miércoles, 2 de marzo de 2011

“LOS BOLIVIANOS NO ACABAMOS DE MORIR...” Sergio Almaraz Paz

RÉQUIEM PARA UNA REPÚBLICA



Cuenta René Zavaleta Mercado, que en su cama del hospital paceño donde iba al encuentro con la muerte, Sergio Almaraz le balbuceó cuatro frases -en realidad cuatro preguntas sin respuestas- que, casi implorando, pedían: «Qué nos ha pasado... Por qué somos una nación vencida... Por qué hemos fracaso siempre... Qué nos ha pasado... Somos una raza perdida de Dios». Era la madrugada del 11 de mayo de 1968 y Sergio Almaraz tenía apenas cuarenta años. No eran ésas, por cierto, las preguntas finales de un escéptico, un descreído, ni un desentendido. Al contrario moría alguien que, desde los diecisiete años, había hecho de esas inquietudes una activa militancia intelectual y política. Alguien que había estudiado, con singular agudeza y profundidad ese enigma que es Bolivia. Más que enigma una tragedia y una tragedia que excede sus propio marcos nacionales y en buena medida prefigura -en su dramática precipitación- muchos de los subsiguientes males latinoamericanos, sus reiteradas luchas y frustraciones. Sergio Almaraz radiografió como nadie ese singular proyecto histórico que -desde la plata del Potosí- terminó en la Bolivia contemporánea, entrañablemente latinoamericana.

La mita no terminará en América con aquel decreto de las Cortes de Cádiz de 1812. Hasta 1819 hubo mitayos en el Alto Perú y la caída del imperio español en América, no significará el mejoramiento sustancial de los indígenas, ahora «bolivianos», desde que en 1825 el país se hizo independiente de España. ¡Los indígenas bolivianos siguieron pagando tributo hasta 1930, cuando recién un decreto del presidente Villarroel lo derogó! Cuatrocientos cincuenta años «tributando», no se sabe muy bien qué, ni por qué, pero tributando. Como en casi todo el Nuevo Mundo -pero en Bolivia mucho más agravado todavía- esa «independencia» fue sólo formal, ya que en la práctica significó un cambio en la fuente de dependencia: del funcionariado español, a los ricos criollos altoperuanos -no menos crueles, por cierto- y de la metrópoli España, a la metrópoli Inglaterra -no más generosa, tampoco-. El cordón umbilical de esa dependencia externa boliviana -que la desarrolla al mismo tiempo que la asfixia- fue la explotación minera. De los siglos XVI al XVIII la plata del Potosí, la minería del estaño. Es decir de la mita española, a la de Simón Patiño, Aramayo o Hochschild, los tres propietarios mineros más grandes de Bolivia (transformada ahora en primer productor mundial de estaño). La célebre y todopoderosa «Rosca Minera» que Almaraz describirá puntillosamente en El poder y la caída (libro que en 1966 gana el premio de Literatura y Ciencias de su ciudad natal, Cochabamba, pero que no le permiten editar por su último capítulo «La conspiración de mayo»). «Rosca» en cuyos bufetes se decide cada día el destino de la nación. Siempre igual al de sus cuentas corrientes. Darcy Ribeiro, en pocas líneas sintetiza ese «destino boliviano»: «Desde la independencia se desarrolló en Bolivia la concreción más clara del modelo de Estado nacional dominado por un sector empresarial monoproductor, controlado desde el extranjero. La economía allí implantada (escribe en 1960) responde precisamente a este esquema: los yacimientos han sido explotados por empresarios nativos que a la postre se han asociado al monopolio internacional del estaño, cuyas oficinas centrales y plantas de transformación del mineral se encuentran en el extranjero». Perfecta continuidad histórica: desde que «alguien», en el siglo XV, gritó en quechua que la plata del Potosí no era para ellos, sino «para los que vendrán», los bolivianos cumplieron forzosamente ese papel: trabajar para otros y nunca terminar de morir del todo. Acabado el ciclo de la plata, las mismas minas empezaron a dar estaño y el mundo moderno necesitaba ahora estaño y allí estaba, en Bolivia, para arrancarlo no más. Y sus mitayos siempre listos. Gente guapa y empecinada, si la hay.
En una página memorable de su Réquiem, Sergio Almaraz describe así «Los cementerios mineros», escenarios privilegiados de ese lento desangrarse:

“Hay que conocer un campamento minero en Bolivia para descubrir cuánto puede resistir el hombre ¡Cómo él y sus criaturas se prenden a la vida! En todas las ciudades del mundo hay barrios pobres, pero la pobreza de las minas tiene su propio cortejo: envuelta en un viento y un frío eternos, curiosamente ignora al hombre. No tiene color, la naturaleza se ha vestido de gris. El minero, contaminando el vientre de la tierra, la ha tornado yerma. A cuatro o cinco mil metros de altura donde no crece ni la paja brava, está el campamento minero. La montaña enconada por el hombre quiere expulsarlo. De ese vientre mineralizado el agua mana envenenada en los socavones el goteo constante de un líquido amarillento y maloliente llamado copajira, quema la ropa de los mineros. A centenares de kilómetros donde ya hay ríos y peces, la muerte llega en forma de veneno líquido proveniente de la deyección de los ingenios. Al mineral se lo extrae y limpia pero la tierra se ensucia. La riqueza se torna en miseria. Y allí en ese frío, buscando la protección en el regazo de la montaña, donde ni la cizaña se atreve, están los mineros. Campamentos alineados con la simetría de prisiones, chozas achaparradas, paredes de piedra y barro cubiertas de viejos periódicos, techos de zinc, pisos de tierra; el viento de las pampas se cuelga por las rendijas y la familia apretujada en camas improvisadas - generalmente bastan unos cueros- si no se enfría, corre el peligro de asfixiarse. Oculto en esos muros está el pueblo del hambre y de los pulmones enfermos, los de las “tres puntas”, los del “veinticuatreo” (descendiente directo de los mitayos y los mingados de la colonia). Sin pasado ni futuro, esta miseria lo ha envuelto todo... Esta vida no puede resistir mucho tiempo. Los obreros de 38 años ya son viejos. Por cada año de trabajo en minas profundas, calurosas, mal ventiladas, envejecen tres. Las partículas de sílice producidas por los taladros al perforar la roca, quedan adheridas a los pulmones endureciéndolos gradualmente hasta producir la muerte lúcida y lentamente... La enfermedad para la cual no hay cura ni drogas se oculta hasta donde es posible, pero los ojos ardientes, la piel pegada como cuero seco en los pómulos y la fatiga constante, no pueden esconderse mucho tiempo. El y sus camaradas saben lo que pasa; las mujeres también; cuando aparecen los primeros síntomas -vómitos de sangre- callan.

No hay gestos desesperados. Ellas comprenden y se resignan. Cuando van a la chichería, dicen afectuosamente al marido, “tomate nomás”. Y beben olvidando. De todos modos no podrían hacer mucho adoptando normas de sobriedad, esto es si la miseria fuese compatible con esta virtud para ricos. El alcohol es la más inocente de las evasiones y la única de sus fugas. El fin se precipitará con una breve visita al médico; el certificado dirá “incapacidad total permanente”. Luego vendrá un extraño sepelio burocrático por las oficinas del seguro en La Paz, en las que luchará por lograr la calificación de su “renta” de incapacidad que nunca será más de la mitad del salario y frecuentemente la tercera y cuarta parte... Las últimas jornadas serán en un hospital donde un día la muerte se producirá por asfixia, debida a que esos pequeños restos de pulmones se niegan a seguir trabajando. La lucidez en ningún momento habrá abandonado al moribundo.”

¿Es necesario agregar alguna palabra más, o éstas huelgan?


La Bolivia de los años treinta era una sociedad articulada sobre la base de estructuras atrasadas en los planos económico, social y político La mayor parte de la población estaba constituida por indígenas que trabajaban como colonos en las haciendas o en las comunidades "libres"; practicando una agricultura de subsistencia. La clase dominante estaba compuesta por hacendados, mineros, grandes comerciantes, unos pocos industriales y algunos profesionales. Se trata de una elite formada por personas educadas en las mismas escuelas, miembros de las mismas organizaciones sociales y ligados por lazos de parentesco; poseían además el control de los altos puestos de la administración pública (Klein 194).Secundando a esta elite, había una clase media urbana servicial formada por profesionales, comerciantes y artesanos, habilitados para votar, que ocupaban las posiciones subalternas. Hacia 1932, bajo el impacto de la Guerra del Chaco, comienza a manifestarse la divergencia de intereses entre ambos estratos, y se inicia un lento proceso de deslegitimación del sistema. Los sectores medios comparan con disgusto a su sociedad con las de los países más avanzados y perciben con claridad que están en medio de una situación donde la falta de movilidad social les impide desarrollar una carrera aceptable (Klein 193, Malloy 89).

Es en esta época cuando en Cochabamba nace Sergio Almaraz (hijo de un profesor de química) que habría de tener gran repercusión como político y ensayista. Cochabamba era una región cuya economía latifundista se basaba en la agricultura cerealera y en la elaboración de la chicha. La suerte de los sectores medio urbanos, como en otros departamentos del país, dependía de la posibilidad de acceder a la muy inflada administración pública. El estudio de las leyes era considerado el principal canal de ascenso en la época. Sin embargo, cuando consiguió ingresar a la facultad de derecho un número considerable de "cholos", la profesión de abogado comenzó a perder prestigio social (Malloy 453-54).

1. El político

Cuando Almaraz concluyó los estudios secundarios (al igual que tantos jóvenes que carecían de tierras, dinero o vinculaciones familiares) se inscribió en la facultad de derecho. Para tener una idea del espíritu que reinaba en el ambiente estudiantil, basta con leer los severos trazos con que el ensayista boliviano Carlos Medinaceli pinta a la universidad de su tiempo, cuando afirma que no se salía de ella con la capacidad creativa necesaria para lograr una posición económica independiente que garantizara la libertad de expresión. Por el contrario, el joven graduado - víctima de una acción que anulaba toda vocación auténtica- se veía obligado a ponerse al servicio incondicional de los caciques de la política (Medinaceli 379). La política era la única salida para los jóvenes ambiciosos de las clases medias (Malloy 88).

Almaraz organizó con otros estudiantes un grupo donde se debatían temas tan diversos como la existencia de Dios, la muerte y el sexo. Estas actividades contaban con el apoyo de Doña Angélica Ascui, quien prestaba su casa y su biblioteca para las reuniones. Estos grupos, clubes y cafés constituyen espacios discursivos, según Habermas, cuya importancia radica en que dan origen a corrientes de opinión que luego emergen en la esfera pública. Recordemos a la Bohemia Trujillana (Klaren 108), en los orígenes del APRA peruano, con la diferencia de que los miembros de esta última estaban más en contacto con las novedades que se producían en Europa. En Bolivia, estos pequeños círculos siempre desarrollaron actividades interesantes e intensas. Podemos mencionar a los periodistas que asistían a las charlas de Franz Tamayo en la redacción del periódico El Hombre Libre (Marof 162), a las reuniones de los redactores del diario La Calle (Knudson 111-119) y hasta a los artesanos anarquistas que participaban activamente en grupos de lectura, para profundizar el conocimiento de su doctrina e intercambiar las publicaciones que con gran esfuerzo podían conseguir (Lelhm 207).

El grupo de Almaraz fue la base del Centro de Estudios Sociales Libertad, más tarde sus miembros se afiliaron al Partido de la Izquierda Revolucionaria (PIR) y trabajaron simultáneamente en ambas organizaciones hasta la desaparición del Centro, a raíz de la muerte de la Señora Ascui, su benefactora.

Los principales dirigentes del PIR mantenían relaciones con el Partido Comunista chileno. Por esa circunstancia Almaraz fue enviado a la escuela de cuadros de este partido, y a su regreso dictó clases sobre la historia del Partido Comunista de la Unión Soviética, poniendo de relieve sus sobresalientes dotes de teórico y doctrinario (Taboada 141). Con esta escuela, y con el periódico Orientación, contribuye a la creación de una corriente revolucionaria en el seno del PIR. Finalmente, en 1950, al ver que el Partido se alejaba cada vez más de los obreros y de los campesinos, enfrenta a los dirigentes en un célebre debate y funda posteriormente con otros jóvenes el Partido Comunista de Bolivia (PCB). A partir de ese momento comienza su lucha en dos frentes, contra la elite en el poder y contra la burocracia de su propio partido.

Su condición de militante le permite asistir a algunos de los tantos festivales y congresos que las organizaciones internacionales realizaban en Europa. Allí puede conocer a Pablo Neruda, Jorge Amado, Ilia Eremburg y otros escritores a los que admiraba.

En 1952, la insurrección de las masas acaudilladas por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) dio impulso a un torbellino que arrastró también al PCB; tendencia que no habría de mantenerse, al ser este último una y otra vez subordinado a la estrategia internacional de la URSS. Esta y otras causas hacen que en 1956, Almaraz presente su renuncia al Partido por considerar que su permanencia en él, "no convenía a ninguna de las partes". A pesar de haber renunciado, es posteriormente "expulsado" y acusado de revisionismo pequeño-burgués. Hay un documento donde es atacado con el discurso típico de la burocracia estalinista, cuyo chaleco de fuerza estaba sofocando a tan inquieto militante:

"Almaraz, cuya podredumbre ideológica buscó hacer extensiva a las filas partidarias, encubriendo, de modo cobarde sus pretensiones, con el manto de la discrepancia política, táctica o ideológica de su "neo-humanismo" en el fondo revisionista." (PCB en Lora 235)

Es que Almaraz —explica Zavaleta— prefería leer a Camus antes que a los teóricos soviéticos como Konstantinov (Zavaleta 162). Más tarde confesaría a uno de sus amigos: "yo no sirvo para militante" (Taboada 151). Sin embargo, en 1967 funda, con un grupo de correligionarios, la Coordinación de la Resistencia Nacionalista (última organización política a la que perteneció) para oponerse al gobierno militar y defender la nacionalización de los recursos naturales del país.

El alejamiento del Partido Comunista le permite aproximarse ideológicamente al nacionalismo y, al mismo tiempo, dedicarse al estudio de temas apremiantes como el petróleo y el estaño.

2. El intelectual comprometido

En un discurso en homenaje a Almaraz, Marcelo Quiroga Santa Cruz se preguntaba acerca del papel del escritor en una sociedad en crisis (Quiroga 130). Sergio Almaraz, le hubiera respondido que el intelectual es un testigo y un vocero de su tiempo, y que "no importa desde qué ángulo ideológico se pronuncie el escritor. Lo importante es que diga su verdad con lealtad absoluta" (Almaraz, Para abrir 135).

Al respecto, Gramsci afirma que el intelectual comprometido con las clases subalternas debe ir más allá de la defensa de los principios teóricos, es necesario que se sumerja en la vida práctica y que participe en la lucha diaria (Piñón, Gramsci 252). Octavio Paz, en cambio, cree que es imposible comprometerse con un proyecto político y, al mismo tiempo, mantenerse en la perspectiva psicológica que requiere el análisis sereno de los fenómenos humanos (en Piñón "Intelectuales"). Sin embargo, en Almaraz encontramos ambas facetas: el teórico y el político. Es que, como sostiene Mounier, los grandes hombres de acción se mueven entre ambos polos, aunque "por lo común el temperamento político que vive del arreglo y el compromiso, y el temperamento profético que vive en la meditación y la audacia, no coexisten en el mismo hombre" (Mounier 53).

El intelectual, según Octavio Paz, ama a las ideas por encima de todas las cosas, y las ama en sus formas más perfectas, por eso intenta "implantar sus hermosas geometrías" olvidando que la realidad es "irregular y rebelde". Los documentos y testimonios a los que hemos podido acceder nos permiten afirma que Almaraz no adoptó nunca semejante postura. Un apasionado lector de los existencialistas no podía ignorar que lo absoluto no es de este mundo; y que, por lo tanto, no es bueno que el hombre espere a que existan causas perfectas y medios irreprochables para decidirse a actuar.

"La experiencia boliviana desemboca en el punto más ardiente del debate sobre la revolución en nuestro tiempo. Los bolivianos hicieron la suya y su instrumento fue el MNR. La observación de que habría sido preferible otro tipo de revolución es pueril porque la historia no es un escaparate. La revolución fue ésta y no otra, sin margen de elección"(Almaraz Requiem 19)

Octavio Paz afirma que los intelectuales no vacilan en sacrificar a los hombres en aras de las ideas, al contrario de lo que haría un político piadoso: "El amor a las abstracciones es amor a la perfección, mientras que el amor a los hombres es paciencia y compasión ante lo inacabado y lo imperfecto" ¿No han desencadenado las revoluciones enormes olas de violencia? La respuesta avant la lettre del revolucionario Almaraz es la siguiente:

"...No debemos entregarnos al culto perverso de lo abstracto. Uno de los malos signos de nuestro tiempo es la facilidad con que los hombres se apasionan por conceptos absolutos: matan y mueren por ellos. Ni la idea más grande vale más que la vida del más humilde de los hombres [...] Es la ponderación de los conceptos abstractos la que divide, y los escritores y artistas están más propensos a estos peligros que los demás hombres". (Almaraz Para abrir 29-33)

Almaraz no vacila en recomendar una metódica que evite abordar los problemas desde una prisión construida por las estructuras teóricas:

"El talón de Aquiles de todo intelectual en función política es perder el sentido común y caer en el esquema. Muchas revoluciones dejaron de hacerse por ello. Muchos partidos de izquierda vegetan por la misma causa. No hay nada más grande ni más peligroso que un ideólogo de izquierda. Mientras su mente la tenga más fresca, menos influenciada por el planteo teórico, mientras razone con el rigor lógico de un obrero y sea capaz de sistematizar conclusiones con en nivel de una formación cultural superior, entonces y sólo entonces se desempeñará en función dirigente." (Almaraz Para abrir 59)

Sabido es que los intelectuales gozan de cierta autonomía con respecto a los otros grupos sociales, sobre todo con aquellos involucrados en el proceso productivo, por lo tanto su comportamiento suele fluctuar. Según Sanjinés, la sociología alemana usa el término Freischwebende (algo así como flotar lleno de aire) para referirse a la situación incierta y provisional propia del intelectual (Sanjinés 2). Las oscilaciones en el comportamiento de los escritores, según Almaraz, obedecen a dos tipos de presiones: "una presión externa que tiende a anularlos mediante la intimidación o el soborno y la otra, de tipo interno, que se patentiza en una cierta lealtad a determinados principios como el de la libertad de expresión", la que no debe ser limitada políticamente (Almaraz Para abrir 121).

Hay un adagio en política que habla del arma de la crítica y la opone a la crítica de las armas. En tiempos revueltos, los gobiernos prefieren tener a los intelectuales burocratizados, llenos de premios y honores porque, en estas circunstancias, el pensamiento es más temido que la crítica de las armas, pues a ésta se la puede combatir con la violencia estatal. Los intelectuales que no aceptan estas reglas y conservan su independencia suelen ser condenados al aislamiento y, en otros casos, cruelmente reprimidos (Revueltas).

En Bolivia, según el mismo Sanjinés, apenas se aquietaron las aguas de la revolución, las burocracias civiles y militares impidieron que los intelectuales se aproximaran a las clases populares (Sanjinés 26). Distanciado del partido que fundara, e invitado a colaborar con el gobierno, Almaraz ocupa modestos cargos de segundo orden en la administración pública, los que acepta a título personal y sin afiliarse al partido oficial como era de práctica, para preservar su independencia de criterio. En ese entonces no puede dejar de lamentar la pérdida de dinamismo del proceso revolucionario. Es la hora de las cosas pequeñas, dice, el tiempo en que la revolución se empequeñece "y con ella sus hombres, sus proyectos y sus esperanzas" (Almaraz Requiem 17). Como observa sagazmente Maffesoli, al comentar situaciones similares, la potencia aparentemente indomable de las masas desemboca inevitablemente en nuevas formas de dominación (Maffesoli 30).

3. El escritor

La honestidad intelectual de Almaraz ha sido testimoniada por personas como Marcelo Quiroga, quien dio la vida por sus ideas, y René Zavaleta, entre otros que dedicaron las suyas a obedecer el mandato de sus conciencias.

"...la fidelidad política no le prohibía el tener una comprensión penetrante de la vida de los personajes históricos, incluso cuando eran los enemigos de sus ideas, y cómo disponía Sergio de una admirable captación del matiz vital. Era militante pero su prosa no tenía nada que ver con la propaganda". (Zavaleta 167)

Su compromiso político no le permitió gozar de las condiciones mínimas necesarias para plasmar su potencial como escritor. Prefirió la lucha a la consagración estética (Zavaleta 168). La cárcel, el destierro, las huelgas de hambre y la angustia por lo que sucedía en Bolivia minaron su salud de forma irreversible. Su obra más importante, El poder y la caída, pudo terminarla en una de las pocas treguas que le concedió la vida, cuando haciendo un alto en el camino que le trazara su abnegación, se trasladó a Cochabamba para cultivar rosas y claveles en una finca que todavía conservan sus familiares (Ossio 13).

Los mejores años de su vida los dedicó a la defensa de las riquezas naturales de la nación, en detrimento de sus logros individuales." Hay que resignarse a escribir en un clima febril bajo la sensación de estar constantemente sobrepasados por el tiempo. Los intelectuales que han aceptado el compromiso no tienen mucho tiempo..." (Almaraz Para abrir 172). En los últimos días de su vida confesó en una entrevista periodística: " Hace cuatro meses que no escribo, me impide hacerlo mi enfermedad y una creciente angustia. A veces odio mi oficio; la máquina de escribir me parece un terrible monstruo" (Almaraz Para abrir 119).

Almaraz no ocultaba su admiración por los escritores de su generación, en los que ponderaba el vuelo poético y la fluidez narrativa. Marcelo Quiroga, Augusto Céspedes y René Zavaleta estaban entre sus preferidos. Frente a ellos se sentía demasiado racionalista y, al referirse a su forma de trabajar, dijo con modestia: "elaboro con dificultad, no tengo disposiciones de escritor o por lo menos de cierto tipo de escritor" (Almaraz Para abrir 119).

Pese a tanta adversidad, pudo cultivar "una prosa tranquilamente bella, como la propia belleza de su espíritu", al decir de Zavaleta, quien lo considera dueño de un estilo tan puro como las aguas que caen de los altos cerros en los valles quechuas. Un estilo "serenamente inteligente", donde la lucidez del fondo configura lo claro y esbelto de las formas. (Zavaleta 167).

3.1 Petróleo en Bolivia (1957)

A mediados de los años cincuenta, el petróleo era un tema candente en América Latina. En esa época el argentino Arturo Frondizi publica Petróleo y política (1954) y Rómulo Betancourt, Venezuela, política y petróleo (1956). El libro de Almaraz data de 1957, aunque posteriormente se le agregó como apéndice una conferencia que pronunció casi diez años más tarde.

Almaraz consideraba que el petróleo era un tema a partir del cual se producirían alianzas y divisiones en las fuerzas sociales de Bolivia, porque el bienestar o la ruina del país dependían en gran medida de la política que la nación siguiera en materia de hidrocarburos

El plan de la obra presenta, como bien señala Capriles Villazón, la armadura propia del montaje cinematográfico. " Nos da una panorámica general del cartel petrolero mundial, formado por las Siete Hermanas [...], luego una toma de conjunto sobre la suerte de los hidrocarburos latinoamericanos que va de la autodefensa nacional en México hasta la apertura a la libre empresa extranjera en Venezuela. Finalmente en el primer plano nos presenta lo que más nos atañe: el drama del petróleo en Bolivia" (Capriles 177).

El método seguido para elaborar el libro fue descrito con modestia por su autor. "La información recogida en libros, informes artículos de prensa, etc., la fui ordenando en un fichero. Esta fue la primera etapa del trabajo. La siguiente fue confrontar y depurar esa información y la última correspondió a la sistematización en temas generales" (Almaraz Para abrir 114). Lo cierto es que "detective por encargo de su patria", al decir de Zavaleta, se vio en vuelto en una "lucha agónica hecha de números y de pesquisa de datos sepultados; se entregó a un juego insólito y amenazante", hecho de "diálogos interminables, de comunicados que nadie quería publicar, de discursos que otros leían mal" (Zavaleta 165).

3.2 El poder y la caída. El estaño en la historia de Bolivia. (1966)

Esta es, sin duda, la mejor obra de Sergio Almaraz. En ella, estudia el proceso de formación de la sociedad boliviana como una totalidad concreta, considerando la articulación de sus diversos niveles: economía, clases sociales, cultura, ética y política.

En El poder y la caída se pueden apreciar los procesos a través de los cuales la fuerza económica se transforma en fuerza política. La clase que convierte a su estructura de poder en núcleo aglutinante y a su propio espacio social en el espacio de casi toda la nación; transformando a elementos de la sociedad civil en parte de su propio proyecto, y a su proyecto en el proyecto de toda la nación (Zemelman 134-135). La categoría central del libro es la "estructura del poder", y su objetivo es una tentativa de interpretación de la misma (Almaraz El poder 260).

A partir de la fundación de la República, Almaraz reconoce tres etapas: la del vacio de poder, la de la minería de la plata y la de la minería del estaño, para culminar con la revolución nacional. La etapa del "vacío de poder" es la de los gobiernos nómades. En lo que respecta al poder minero, la principal diferencia entre la minería de la plata y la del estaño es la forma de participación en la política: los mineros de la plata actúan directamente desde los puestos del gobierno, los del estaño lo hacen a través de intermediarios.

La estructura del poder de la minería del estaño es un factor de integración nacional que articula a las demás estructuras (producción agrícola, aparatos culturales, etc.), al tiempo que las subordina a sus intereses y retrasa su desarrollo para maximizar el poder de los grandes empresarios mineros.

"El nuevo poder es consciente de sí mismo. Al saber que hay diferencia entre sus intereses y los de Bolivia, busca una cierta forma de unidad entre sus integrantes, trata de armonizar la conducta de las empresas, de estereotipar actitudes y planteamientos y se afana por lograr un sentido solidario en la conducta de los mineros grandes. Todo ello le servirá para la actividad legal y la conspirativa, para presentar el rol "progresista" y "nacional" de la empresa y para definir ese mismo rol en términos más íntimos y menos propagandísticos". (Almaraz El poder 96)

La revolución implica el máximo desarrollo de la conciencia nacional, hasta que pierde dinamismo y desemboca en un nuevo vacío de poder.

La revolución nacional hereda de la minería del estaño dos importantes características: una de ellas es el carácter desproporcionado de la actividad minera que había retrasado el desarrollo de los demás sectores; y la otra es la concentración de dicha actividad en una sola etapa, la extracción, dejando de lado el resto de los eslabones del proceso productivo, entre ellos la fundición.

Finalmente, Almaraz rescata a tres héroes desconocidos que se han destacado en la metalurgia del estaño: el profesor y banquero José Nuñez Rosales, el ingeniero siderurgista Jorge Zalesky y el empresario Mariano Peró. Al reseñar la obra de estos pioneros, abona el terreno para una estrategia para el manejo de los recursos minerales, que luego llevarían a la práctica los gobiernos militares nacionalistas.

Mientras algunos señalan que no hay continuidad entre la antigua estructura y el régimen revolucionario (Prada 79), otros afirman que el andamiaje material y productivo que sirvió de soporte al Estado del formado en la etapa anterior (Rodríguez 746). Es que Almaraz, en sus "instantáneas", muestra las identidades y semejanzas de las estructuras de poder en las distintas fases de la formación de la sociedad boliviana.

3.3 Réquiem para una república (1969)

Hay tres ensayos en esta obra en los que Almaraz alcanza su máxima altura como prosista: El tiempo de las cosas pequeñas, Los cementerios mineros y El sistema de mayo. En el primero de los citados, nuestro autor muestra como el nacionalismo revolucionario pierde impulso y se somete gradualmente a las exigencias de sus adversarios. El segundo está dedicado al proletariado de las minas, al pueblo del hambre y de los pulmones enfermos, que sin embargo sigue luchando y creyendo en la política. El tercero se ocupa de la ideología de quienes derrocaron al gobierno del MNR. Algunos de los capítulos restantes, pese a la riqueza de contenido, no pasan de ser simples bosquejos debido a la trágica muerte de Almaraz en la mesa de operaciones. "Hay una correlación directa entre el hombre que ya se sentía morir (dice Zavaleta) y el mensaje alucinante y feroz del Requiem" (Zavaleta 169).

3.4 Para abrir el diálogo (1979)

Este volumen fue compilado por el escritor Mariano Baptista Gumucio. El libro se divide en tres partes: En la primera se reúnen ensayos y artículos de prensa publicados en diarios y revistas, entre estas últimas Clarín y Praxis, que fueron fundadas y dirigidas por Sergio Almaraz. La segunda parte contiene entrevistas aparecidas en diversas publicaciones periódicas. Finalmente, la tercera está compuesta por homenajes y evocaciones realizados con motivo de su fallecimiento.

Los ensayos de Almaraz tienen un contenido que va mucho más allá de lo que indican sus títulos. Uno de los más logrados es "Buscando el de profundis de una generación", donde se ocupa de la nueva generación de intelectuales frente a la historia literaria de Bolivia. También hay un original cuento tipo ensayo que lleva por título "El diablo dijo: arruinaré a los bolivianos".

La mayor parte de los artículos están referidos al derrotero de la revolución nacional. Para Almaraz, la revolución es cultura, dignidad, seguridad y bienestar. Alarmado por la violencia que observa en los campos, en las minas y en las ciudades, la que reverbera en el gobierno, la prensa y la oposición, sugiere realizar un alto en la batalla para reflexionar. No se trata de quitarle el fusil al combatiente y sustituirlo por un rosario, nos aclara, sino de utilizar otra clase de arma, el pensamiento, el que tiene su manifestación concreta en el diálogo. El encuentro que desea entre marxistas, cristianos y nacionalistas no es para buscar imposibles identidades doctrinarias, sino para encontrar soluciones a través de las cuales los sectores populares descubrirán el ser nacional, aquellas definiciones necesarias para trazar un arco de solidaridades que posibilite la existencia de la nación como sujeto colectivo.

Al llegar a este punto se pregunta si los bolivianos estarán a la altura de las circunstancias. Mientras la clase obrera se radicaliza, las clases medias parecen marchar en otra dirección. Esas clases medias tan pobres a las que cuesta llamar "pequeña burguesía". La mejora de los niveles de vida de la población – reconoce Almaraz – sólo puede lograrse produciendo más, y esto depende de condiciones institucionales, política y psicológicas. La clave para poner en marcha el desarrollo es la ampliación de la base económica del Estado. No se trata de dejar de lado a la empresa privada, pero paradójicamente en Bolivia para impulsar a la empresa capitalista no se debe proceder con mentalidad liberal y capitalista. En la puesta en marcha de estas transformaciones ningún sector de la población debe quedar excluido. Tal es su ideario político, el que toma forma concreta en un proyecto nacionalista, popular, revolucionario (por lo transformador) y democrático.

4. Colofón

Muchos son los autores que señalan que los intelectuales latinoamericanos, y en particular los marxistas, raramente han conseguido desarrollar un pensamiento creativo a partir de nuestra realidad. En muchos casos, se han limitado a aplicar esquemas conceptuales forjados en otros contextos históricos y con otras finalidades. Sobre este respecto, González Casanova, nota la existencia de un cierto atraso en la construcción de categorías teóricas aptas para analizar nuestras luchas sociales y construir una estrategia de liberación. En este sentido, el trabajo de Almaraz es una notable excepción, como señala H. Zemelman, en su obra encontramos una conceptualización de las relaciones de poder que combina adecuadamente las categorías de "clase" y "nación".

Después de este breve recorrido por la obra de Almaraz, surge inevitablemente la pregunta de cuánto de su pensamiento conserva validez en los tiempos que corren, y qué es necesario recuperar en medio de las incertidumbres y perplejidades de este fin de siglo. He aquí una asignatura pendiente.

Roberto Vila De Prado



Obras citadas

* Almaraz Paz, Sergio y otros. Para abrir el diálogo. La Paz: Los Amigos del Libro, 1979.
* ______. Requiem para una república. La Paz, 1985.
* ______. El poder y la caída. La Paz: Los Amigos del Libro, 1980.
* Capriles Villazón, O. "Tríptico sobre la obra de Sergio Almaraz". En Sergio Almaraz Paz y otros. Para abrir el diálogo. La Paz: Los Amigos del Libro, 1979.
* Klaren, P. "El complejo azucarero y los orígenes del APRA". En T. S. Di Tella (comp.) y otros. Sociedad y Estado en América Latina. Buenos Aires: Eudeba, 1986.
* Klein, Herbert. Orígenes de la revolución nacional boliviana. La Paz: Juventud, 1968.
* Knudson, J. "La Calle: un precursor de la revolución nacional boliviana". En Historia Boliviana II/2 (1982): 111 –119.
* Lelhm, Zulema y Silvia Rivera. Los artesanos libertarios y la ética del trabajo. La Paz: Thoa, 1968.
* Lora, Guillermo. Historia de los partidos políticos en Bolivia. La Paz: Ediciones La Colmena, 1987.
* Maffesoli, M. La política y su doble. México: UNAM, 1992.
* Malloy, J. M. Bolivia: La revolución inconclusa. La Paz: Ceres, 1989.
* Marof, Tristán. Ensayos y crítica. La Paz: Juventud, 1961.
* Medinacelli, Carlos. Estudios críticos. La Paz: Los Amigos del Libro, 1969.
* Mounier, E. El personalismo. Buenos Aires: Eudeba, 1962.
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