viernes, 18 de marzo de 2011

HUINCA PERICLES MATANDO Memorias docentes


Por Enrique Carlos VÁZQUEZ

Según el dicho popular la juventud es un estado de ánimo. Ser profesor de historia en un colegio secundario es ser muchos estados de ánimo. optimismo y pesimismo todo al mismo tiempo, apenas separados por un recreo, o por una pregunta fatal.
Es una de esas hermosas clases de principios de año, cuando reinan el entusiasmo y las expectativas y las pilas están cargadas. Estamos hablando acerca de la importancia del conocimiento del pasado, de quiénes protagonizan la historia, del tiempo, de los cambios. Todos participan, opinan, dan su punto de Vista. Extrañamente, un chico levanta la mano para pedir la palabra. Es una señal de que algo va a pasar.
–Profe, no se enoje. Mire que a mí me gusta lo que usted enseña. Pero yo voy a ser cirujano. Cuando esté hachando a un tipo por la mitad, ¿para que me va a servir saber historia?
Silencio absoluto. El estilo brutal de la pregunta daría para reírse, sin embargo nadie se ríe. El pibe preguntó algo serio y todos
esperan una respuesta. Por la mente del profesor se cruzan deseos de eliminar al futuro cirujano y de sepultarlo con argumentos. Se le ocurre que podría hablarle de Hipócrates o de las formas de curar las pestes medievales. Pero no hay nada que hacerle, el alumno tiene razón. En ese momento, la historia no le va a servir para nada.
Pero cuando salga del quirófano no será sólo un médico y ahí puede ser que tenga algún sentido conocer el pasado. El profesor encuentra una respuesta convincente y sonríe satisfecho. Por ahora pudo mantener a salvo sus convicciones. El villano ha sido puesto en su lugar y todos sonríen aliviados. La clase sigue.

20 años atrás
Hace muchísimo tiempo –unos 20 años–, algunos jóvenes creían en la utilidad de conocer y enseñar el pasado. Transformar la sociedad y acelerar la historia parecían empresas posibles. El realismo utópico de los ‘70 obligaba a bucear en las minucias de revoluciones lejanas y cercanas en tiempo y espacio. Franceses, rusos, chinos, argelinos, cubanos. Tanto un esclavo rebelde –Espartaco– como un emperador romano –Julio César– podían ser tomados como paradigmas revolucionarios, según cómo se viera la cosa. Cualquier ejemplo servía para discutir en un colectivo si era más revolucionario Perón o Salvador Allende.
Después bajó la marea y se vino el reflujo: una insólita revolución conservadora nos llevó a archivar aquellos ímpetus, a perder en el camino aquellos libros y revistas que intentaban unir "Pasado y Presente".
Cuando comenzamos a alejarnos de los dark ages de Videla, los airecitos democráticos y el paso del tiempo fueron arrimando a la escuela secundaria a algunos de aquellos que soñaban con los cambios del pasado y del futuro. La libertad de expresión de la que comenzamos a gozar los alumnos y profesores en muchos colegios sacudió un poquito ese edificio inconmovible que fue por décadas la enseñanza de la historia en el secundario.
El campo parecía propicio. Algunos profesores escuchamos entusiasmados "no estás obligado a seguir el programa oficial, podés enseñar la historia que quieras y cómo quieras". Si señor, teníamos permiso. El día había llegado. Por fin se podrían liquidar los lugares comunes de la vieja historia: próceres de bronce, Belgrano que mira al cielo y se inspira, la batalla de Cepeda y las máximas para Merceditas. A la basura con el programa oficial. Nos preparamos para tomar la Bastilla.
Entramos en las aulas seguros de nuestro triunfo: enseñaríamos la otra historia, la de los que perdieron, con nuevas ideas, con nuevos textos que narrarían procesos y no una colección incomprensible de hechos aislados, con métodos modernos para que los chicos disfrutaran aprendiendo.
Las cabezas de Ibañez y Astolfi por fin rodarían, segadas por el frío de la guillotina jacobina. Era la hora final para esos textos que contaban una historia de reyes, jefes militares y gobernantes que se peleaban entre sí vaya uno a saber por qué. Historias donde miles de tipos que pelearon y murieron seguramente por algún motivo en un combate, se resolvían con el impersonal "se produjo la batalla de Pavón." Historias sin pueblos, sin sociedades, sin personas.
Para luchar contra Ibáñez y sus acólitos algunos alzaron, a la manera de periódicos clandestinos de una página, la novedosa fotocopia. Otros optaron por armarse con nuevos textos que las editoriales ofrecieron demostrando olfato para adaptarse a los nuevos tiempos.
Sin embargo, los cambios no resultaron tan fáciles. El Antiguo Régimen no se desplomó. Las armas de que dispusimos no fueron las mejores. Las fotocopias, cual material descartable (como un volante político en tiempos en que no interesa la política), aparecían pisoteadas después de una clase o, en el mejor de los casos, eran conservadas hasta el momento de la evaluación. Los nuevos libros eran sólo versiones aggiornadas de los antiguos –con más colores, figuritas, y algunos retoques poco sustanciales–. Era como reemplazar la monarquía absoluta por otra parlamentaria y lo que nosotros queríamos era una República.
Lo más grave es que la vanguardia idealizó al pueblo. Habíamos dado como un hecho que éste celebraría alborozado los cambios. Cada clase de historia seria una fiesta. Pero algo no anduvo del todo bien. Los chicos no querían estudiar historia. No importa, pensamos. Debe ser porque en la primaria se la enseñaron mal, los aburrieron con fechas y datos. ¿Era esa la causa o había algo más?

Amenofis, el de Banfield
Los jóvenes modelo 80-90 dicen que la historia no sirve (léase, no es útil). Una horrible y tajante expresión popular –más filosa que nuestra guillotina justiciera– se difundió entre los jóvenes: ya fue. Fuiste Amenofis IV, fuiste Perícles, fuiste Moreno, fuiste Rosas.
Cuando nos preparábamos para atacar con nuestro nuevo –con páginas que hablaban de luchas sociales, de campesinos medievales que intentaban sobrevivir cotidianamente, de guerras mundiales, de Yrigoyen y Perón y de historias recientes nunca contadas en el secundario–, los pibes nos dijeron "eso ya fue profe". ¿Cómo que ya fue, si yo recién lo traigo?
El monstruo de 30 o más cabezas (según el tamaño del aula) nos mira con ojos de desinterés posmoderno. Y uno se vuelve loco. ¡No puede ser, no les estoy hablando de una cadena de carbono, no puede no interesarles! Y no hay caso, puede. El tipo sale destruido, va la sala de profesores y se lamenta a coro con sus colegas:
–Es inútil, son unas bestias. Me busco otro trabajo.
Y ahí nomás empieza el anecdotario del día. El profesor de 5º 1ª dice que un alumno suyo, un casi ciudadano de 17 años, escribió que Evita fue presidenta luego de la muerte de Perón en 1974.
–Bueno, profe, es fácil confundirse, Evita, Isabelita…
Otro casi ciudadano, cuenta la profesora de 5º 4ª, afirmó que a Onganía lo sucedió Gutemberg. ¿Gutenberg el de la imprenta? ¿Confundió el siglo XVI con el XX? No, no era un problema de espacio, ni de tiempo. La docente, gracias a una astucia-desarrollada en años de práctica, pudo desentrañar el misterioso mecanismo por el cual el alumno confundió a Gutenberg con Levingston.

La galaxia Levingston
Advertido el casi ciudadano de su error respondió.
–Bueno, profe, no se chive, usted me entendió igual…
(Discépolo pudo haber dicho: Gutenberg y Levingston, Carnera y San Martín… )
–¿Sabés lo que me dijo el salvaje ese de 4º 3ª ? Que historia es una materia fácil, que no estudia más porque con leer un poco antes de la prueba zafa.
–¿Ese te dijo eso? El. año pasado, cuando le explicaba que los primeros hombres que poblaron América llegaron caminando desde Asia, cruzando el estrecho de Bering, el pibe me preguntó: ¿Cómo van a ir de Asia a América si Asia está en una punta y América en la otra? ¿Como en una punta?, le dije. Y claro, para el pibe (y sus compañeros que escuchaban silenciosos) la Tierra debe ser plana. Se imaginan la Tierra como un tablero de TEG: se creen que Gobi y Terranova son países y que es fácil viajar de Brasil al Sahara.
El profesor de 2º recuerda su primera clase del año. En cuanto entró en el aula, y después de las presentaciones de ocasión, un pibe levantó la mano para preguntarle por los contenidos de la materia.
El profe pensó: empezamos bien, están interesados. El chico dijo: ¿Con qué pueblo comienza Historia de 2º? Sorpresa: ¿Como con que pueblo empieza? Claro, dice el alumno: primero vienen los egipcios, después los mesopotámicos, después los fenicios. Desazón: habrá que empezar de cero. La profesora de primero y el manual los convencieron de que los pueblos entran y salen de la historia, aparecen y desaparecen. Los romanos empiezan cuando terminan los griegos, y así.
Rápidamente, la charla se vuelve mítica. Entusiasmados, los profesores compiten por contar la anécdota mas sabrosa. Algunos se apropian de leyendas que circulan por los pasillos desde hace varios años y las transforman en experiencias propias. Un relato muy exitoso (se dice que el suceso real que le dio origen ocurrió hace tiempo en La Lucila) cuenta que un alumno sostenía que Napoleón era negro. Ante la mirada incrédula de la profesora, el joven trajo la prueba irrefutable: en el libro de texto podía leerse: Napoleón, un oscuro soldado del ejercito francés…

La hidra ataca
Timbre y fin de recreo. Volvemos a las aulas sin haber olvidado que nos aguarda otro monstruo de 30 cabezas. El tipo ya viene jugado. Cree recordar que en esa división había planificado una utópica clase sobre los años ‘70 en la Argentina. Les había pedido a los chicos que buscaran algo (lo que fuera) sobre el terna. Por las dudas, el profe tenia listas algunas fotocopias ante la eventualidad de que nadie trajera nada. De pronto se acerca una piba con unas revistas "Crisis" algo deterioradas. Salta otro con una bolsa de libros onda Ortega Peña y Duhalde. Del fondo vienen marchando unos Clarín amarillentos.
–¿De dónde salió todo esto?
–Me los dio mi viejo.
–Mis tíos guardaron algunas cosas de aquella época.
Claro, si éstos son los hijos de aquellos. Se empieza a armar la clase. De las catacumbas argentinas emergen cachitos de pasado custodiados por sobrevivientes. Mucho de lo que sale a la luz es agradable, y sin embargo, el aula es una fiesta. Algunos chicos tuvieron esos libros y revistas al alcance de la mano todo este tiempo y ni los miraron. ¿Habrá sido la clase de historia la culpable? Al profesor le cambió el humor. Se empieza a creer que lo que hace sirve para algo, que es útil.
El momento cumbre es la mesa de examen de diciembre. Allí se encuentran ellos solos, profesor y alumno, frente a frente (como dijo Bonavena, cuando suena la campana no hay nadie más, te sacan hasta el banquito). Todo el mundo cree que allí hay uno solo que sufre, el alumno, víctima indefensa frente al sadismo o el estado de ánimo del profesor victimario. Error.
El profesor piensa una pregunta tonta como para empezar el examen, para que el pibe entre en calor y no se desgarre en el primer pique (ya habrá tiempo para profundizar).
–A ver, Pérez, hable de los Reyes Católicos.
–Bueno, fueron Melchor, Gaspar y Baltasar.
Tras la fracción de segundo que dura la sorpresa, luego de la carcajada estridente, llega la hora de la desolación. Todas las convicciones del profesor tambalean. Comienza una lucha existencial, un monólogo interior plagado de interrogantes que la supuesta Víctima indefensa ni sospecha. ¿Para que enseño historia? ¿Es importante que este pibe recuerde el nombre de los Reyes Católicos? ¿Acaso los Reyes Magos no eran católicos? ¿y si pregunto sobre otro tema? ¿y si le pregunto cuál de los tres reyes magos empeñó sus joyas y le bancó la expedición a Colón? No, se va a confundir con Colón de Santa Fe. Los otros catorce que esperan su turno para dar examen ¿serán como éste? ¿Tengo derecho a arruinarles las vacaciones? ¿Qué estoy haciendo en un lugar como éste?
Increíblemente, el examen sigue. Cada tanto el alumno acierta una. El profesor se va conformando cada vez con menos. Si cuando le pregunte sobre las colonias inglesas me contesta: "Las trece colonias de América del Norte" y no "Atkinson", lo apruebo.
Una cara conocida pasa frente a la puerta donde se juegan la vida alumno y profesor. Este, por puro instinto de supervivencia, sale disparado del aula a buscar esa cara. Era una ex alumna que egresó hace un par de años.
–Hola, cómo estás, ¿que hacés por el colegio?
–Nada, vine a visitar porque extrañaba.
–¿En qué andás? ¿Estás estudiando algo?
–Si estoy estudiando historia.
(¡Aguante Pericles!).
FIN.

Enrique Carlos Vázquez, "Huinca Pericles Matando: memorias docentes", Revista Pagina/30, febrero de 1994, año 4 Nº 43

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