martes, 1 de marzo de 2011

CARTAS ANUAS de la Provincia del Paraguay 1637-1639

CARTAS ANUAS


foja 1


Cartas segundas algún tanto más corregidas que las primeras
Cartas anuas del Paraguay de los años
1637 - 1638 - 1639



f.1 vuelta

El P. Francisco Lupercio de Zurbano, Prepósito Pro¬vincial del Paraguay, saluda a los Muy Reverendos Padres en Cristo Nuestro Señor, Asistentes de las provincias de Francia y de Alemania.

Al recorrer poco há, mis amadísimos Padres, las regiones del Paraguay, me fue dado conocer el espíritu y fervor que durante muchos años ya pasados, desplegaron vuestros hijos fervorosos y hermanos nuestros enviados en la ayuda de los indios de esta provincia. Al mismo tiempo pude comprobar su celo ardoroso por las almas, tanto que me sentí inflamado por él para pedir encarecidamente ta¬les ministros de Jesucristo, sobre todo ahora que se presenta la opor¬tunidad tan favorable de la ida a Roma del Procurador de esta pro¬vincia. Pues en ocasión semejante, otros tres Provinciales alcanzaron el bien tan grande de que gozamos. Y no sólo espero que vuestras provincias no se mostrarán menos compasivas y generosas conmigo y con esta provincia, a la que acostumbraron favorecer con tantos de entre sus más esclarecidos hijos, sino que, al contrario, las encon¬traré más generosas y prontas para otorgarme igual beneficio. Y a fin de que se animen a llenar mi deseo muchos que ansían entregarse a Dios y a su servicio aquí entre los indios, os escribo estas cartas anuas, rogándoos que las hagáis leer en vuestras provincias. Pues ten¬go plena confianza que estas cartas serán gratas no sólo a vosotros, sino también a cualquiera que las leyere imbuido del espíritu de pie-dad. No falta en ellas variedad de motivos, ya de alegría, ya también de tristeza; Narran hechos esclarecidos de los colegios, llevados a cabo en honor de Nuestro Señor Jesús; los vaivenes de la fortuna y el estado próspero de nuestros ministerios, en medio de los contratiem¬pos con que nos prueba Cristo. Aquí se ven fielmente referidos los muchos, grandes y fructuosos trabajos, que nuestros operarios en la viña del Señor han acometido por la salud de las almas en la región del Tucumán. Pero en lo que más se alargan,

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aunque sin descuidar el laconismo compatible con la claridad, es en la narración de los acontecimientos del Paraguay. Se cuentan las bata¬llas y las victorias; las aflicciones, las pestes, los dolores, las enfermedades con las muchísimas muertes que producen; las hambres y por fin la índole tan varia de los indios, sus inclinaciones y la dificultad que hay en subyugar naturalezas tan rebeldes como son las de algu¬nos de ellos. El conocimiento de todo esto enardecerá a los más ani¬mosos en Europa y avivará en muchos el deseo de venir a estas regio¬nes. Pues es cosa sabida y vosotros, amantísimos Padres, bien lo comprendéis, que los ejemplos preclaros de varones insignes han tenido siempre una gran eficacia para animarnos a emprender difíciles empresas. Así César, contemplando la estatua de Alejandro Magno y recordando su gloriosísima juventud, lloró, como teniéndose a sí mismo de ánimo apocado, y por no haber llevado aún a cabo, siendo ya hombre, aquellas grandes hazañas que la fama atribuía a Alejandro durante su juventud. Y el mismo César, según lo refiere Suetonio, mandó colocar públicamente en uno y otro pórtico del foro estatuas ecuestres que representasen a los hombres más ilustres a manera de triunfadores, a fin de que él, los demás próceres y la posteridad se formasen según los ejemplos de aquellos, les imitasen en sus costum¬bres y se moviesen a emular las hazañas de aquellos cuyas imágenes contemplasen gustosos, reverentes y llenos de deseos de llevar a cabo hechos semejantes. Y pasando con más alto y cristiano acuerdo a recordar hechos ilustres consignados a las Sagradas Escrituras ¿qué motivo especioso y que engañosa reflexión incitó a los émulos de los Macabeos a tomar ellos también las armas en contra de los enemigos constituyéndose en defensores del pueblo de Israel, si bien con infausto suceso, por no ser ellos de la raza y estirpe que Dios había escogido para la salvación de su pueblo? ¿Acaso no les sirvieron de poderoso acicate para combatir el haber conocido las gloriosas batallas libradas por los Macabeos y las célebres victorias que ellos habían logrado contra innumerables y poderosísimos enemigos.
Por tanto, como quiera que en estas cartas se proponen a la vista, como en un pintado cuadro, tantas y tan ilustres hazañas realizadas por vuestros hijos en Cristo, en busca únicamente de la gloria de Dios y salvación de las almas, y eso a costa de trabajos y sudores y en medio de continuos y evidentes peligros de perder la vida ¿cómo es posible que no se conmuevan vuestros pechos y no se enardezcan los ánimos fervientes de vuestros súbditos? ¿Y quién puede dudar que se avivará vuestro amor para con estos pobrecitos indios, y que por todas vuestras provincias cundirá una santa emulación por venir

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en ayuda nuestra? Ciertamente que es de esperar que la lectura de estos hechos edificantes contribuirá a despertar y avivar más y más la llama de vuestro celo ardiente y los deseos vivísimos que muchos abrigáis, sin duda, de partir desde Europa para estos lejanos países.
Recibid, pues, nuestros cordiales saludos, ¡oh Padres tan deseados, y como los Patronos más selectos de esta Provincia! No de¬jéis de consolarla con vuestros valiosísimos consejos, de favorecerla con vuestra poderosa y oportuna ayuda, y de socorrerla sobre todo, con vuestras fervientes oraciones, tan aceptas y eficaces ante el divino acatamiento. Una y mil veces adiós, Padres amadísimos en unión de vuestras respectivas Provincias.

Córdoba, 1 de junio del año del Señor 1644
Vuestro siervo en el Señor.

































foja 3

Cartas Anuas de esta Provincia del Paraguay:

Contienen los hechos notables que se han realizado por los esfuerzos de la Compañía de Jesús en servicio de Dios nuestro Señor por el espacio de estos tres anos, 1637 a 1639. Se envían a Roma a nuestro muy re¬verendo Padre General de la Compañía de Jesús, Pa¬dre Mucio Viteleschi, de parte del Padre Provincial de esta Provincia, Padre Francisco Lupercio de Zurbano, en Córdoba del Tucumán.

Algo atrasadas llegarán estas Cartas, muy reverendo Padre, pues debían enviarse hace ya tres años; cuando llegué a esta Provincia, hice lo posible para despacharías. Pero sobrevinieron muchos estorbos imprevistos, que impidieron el cumplimiento hasta de nuestros de¬seos más apremiantes, Ya en 1637 había ido a Roma el Padre Procu¬rador Francisco Díaz Taño, y el Padre Provincial de entonces, Diego de Boroa, tenía que hacer su viaje de Visita por la Provincia, dejando encargada la redacción de esta Carta. Frustróse este pedido por los trastornos que sobrevinieron. Tal vez influyó en el fracaso cierta lentitud en suministrar las informaciones necesarias de parte de los Rectores de los diferentes colegios. El caso es que mientras de nuevo puso mano a la obra el Padre Diego de Boroa, recibí en Lima inopinadamente las Letras Patentes de parte

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de Vuestra Paternidad que me nombraron Provincial de esta Provin¬cia apostólica del Paraguay. Me fue forzoso acatar esta órdenes, siendo ellas la expresión de la voluntad de Dios, aunque me parecían mandar una cosa muy difícil y poco proporcionada a mis fuerzas tan limitadas. Dejé mi cátedra de teología, subía a caballo y me encami¬né hacia acá, haciendo un dificilísimo viaje, de unas quinientas leguas. Salí de Lima a fines de mayo, y casi en línea recta, dejando a un lado la ciudad de Potosí para no demorarme, trepé por las monta¬ñas casi inaccesibles, y llegué con el favor de Dios, al feliz término por setiembre. Inmediatamente comencé la Visita de la Provincia.
Encontré entonces que todavía no estaban redactadas definiti¬vamente estas Cartas Anuas, disculpándose el atraso por las circuns¬tancias desfavorables. Reunidas por el Padre Boroa, conocedor de la región paraguaya desde el Tucumán, las envío por fin. Ahora pude completarlas. No pude enviarlas el año pasado porque estuve ausente, y no se las pudo terminar. Nada llega a feliz término si no se lo em¬prende con espíritu esforzado. Bien, me alegro; llegadas a su término, van para allá, pasado el 1643, el 5 de febrero de 1644.
Con estas Cartas Anuas presento a los ojos de Vuestra Paterni¬dad los piadosos y gloriosos trabajos de sus hijos. Estoy persuadido de que, como me conmovieron a mí, así impresionará no menos este espectáculo a Vuestra Paternidad y a toda nuestra Compañía, y como a mí me han entusiasmado, así excitará el celo de otros. Parece que esta Provincia es la vanguardia de la Compañía, fervorosísima, admirable, realizando grandes hazañas, no solamente sus jefes, sino también los soldados subalternos, siendo los jefes sumamente solícitos, vigilantes, edificantes, y los soldados incansables, valerosos, ávidos a emprender cosas difíciles, constantes en los sufrimientos, impávidos en los peligros,

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cuando se trata de la salud de las almas, prontos a hacer cualquier sa¬crificio, pareciendo corno hechos para todo esto y predestinados a emprender cosas grandes para la gloria de Dios nuestro Señor y para la salud de las almas. Tienen tal celo que no me parece exageración cuando afirmo que ellos buscan la salud de las almas con tanto fervor como si se tratara de salvar su propia alma.
Comencemos pues con la misma narración de los hechos. Estos consisten en lo acaecido aquí desde la fecha de la partida del Padre Procurador a Roma, por el espacio de tres años, reduciéndose la narración a lo más necesario, interesante y edificante, dejando a un lado todo ulterior adorno, y lo menos importante. Pero lo acaecido durante mi propio gobierno, esto, con el favor de Dios, lo referirán las Anuas que en otra ocasión se enviarán, si no sobrevienen algunos contratiempos en el viaje, o de parte de los adversarios.
Brevemente se puede decir que nuestros operarios han trabaja¬do con éxito y constancia tanto en Tucumán como en el Paraguay. Los sujetos de esta Provincia son por todo 143 repartidos en las 24 reducciones del Paraguay y en los 8 colegios de la Provincia. A la vuelta del Padre Procurador, el mismo día de Navidad de 1639, vi¬nieron con él otros 28 sujetos más, muy bienvenidos para ayudarnos en los trabajos que más abajo se mencionarán. Hubo en este perio¬do 9 muertos, que esperamos estén ya en la gloria. En su lugar en¬traron aquí en la Compañía 14 novicios en parte para hermanos escolares y en parte para coadjutores. Todos son gente fervorosa en el servicio de Dios, en la propia santificación yen el cumplimiento de las santas reglas; todos son buenos hijos de San Ignacio. A todos es común un gran entusiasmo por las misiones entre los Indios. Este buen espíritu de los nuestros me alivia un poco el cargo de gobierno.

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Se manifestará este buen espíritu en lo que voy a contar de cada cole¬gio en particular y de cada una de las reducciones de indios, lo que resultará interesante a cualquier persona que 10 oiga en Europa.

Colegio Máximo de Córdoba

Como nada tiene consistencia en este mundo, mucho menos se puede esperar de este último rincón del globo. Así este colegio, por cierta estrechez en lo temporal, ya desde hace años, no progresa en su fortuna. Es cierto que tiene estancias para diferentes cultivos, y al¬gunos esclavos negros para la labranza. Pero no hay salida de los productos en esta misma región, y así fue preciso vender cada año en el Perú 4.800 cabezas de ganado para sacar así una renta de 2.000 pesos. Hay esperanza de salir poco a poco del mayor apremio y poder pagar la gran deuda de 5.000 ducados. Se acumuló esta gran deuda por las malas cosechas, causadas por la inclemencia del tiempo y por la calamidad de granizos, caídos estando ya para madurar el grano, y otros semejantes infortunios, como son grandes heladas, langostas innumerables, y enfermedades en las espigas; no obstante tantos infor¬tunios, algo se podía cosechar todavía.
Lo más admirable es que el Padre Manuel de Cabrera, de esta ciudad, alumno del fallecido Padre Don Pedro Luis de Cabrera, donó a este Colegio 15.000 escudos, parte de la herencia que le había correspondido, la que fue empleada en gastos de alimentación, aparte de 12 esclavos a los que asigné campos fértiles. Y no estaría de más lamentar cuántos esclavos de estos predios murieron a consecuencia de pestes que sobrevinieron en estos últimos tres años; fueron más de doscientos, con gran prejuicio para la casa.

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Del precario estado económico del colegio se puede deducir que el número de sus sujetos, durante este trienio, debía Variar no poco. Su mayor número era de 60, bajando enseguida a 41, incluso los novicios. En este momento, en que se escriben estas Caltas Anuas, contienen este colegio 21 sacerdotes, incluyendo los Padres de la Tercera Probación, con su instructor; 5 Hermanos teólogos, otros 5 Hermanos filósofos y trece Hermanos coadjutores.
Se notaba la misma fluctuación en los estudios y estudiantes, cesando temporalmente la cátedra de filosofía por falta de oyentes; como si hubiera habido una reacción de cansancio después de tantos años de florecimiento de los estudios. En la teología, también algo lánguida, hubo sin embargo hasta 10 oyentes de los nuestros, faltando casi totalmente la asistencia de extraños. A los estudiantes, aunque pocos en numero, no faltaba la aplicación al estudio, siguiendo ade¬lante la costumbre de las disputaciones periódicas y de las resoluciones de casos de conciencia. En la vida espiritual, empero no se notó ningún relajamiento, ni en los Padres por el ejercicio de los sagrados ministe¬rio, ni en los estudiantes por las preocupaciones literarias, ni en los coadjutores por sus quehaceres domésticos. Fielmente han hecho todos sus Ejercicios Espirituales cada año, y la renovación de los Votos cada semestre. Resultado de este fervor era el éxito más hala¬güeño en la santificación propia y la de los prójimos.
Vamos a ver ahora los trabajos de los nuestros mas en particular. La mencionada peste duró en esta ciudad y sus alrededores por espa¬cio de algunos años. Trabajaron incansablemente los nuestros durante ella, llamados de día y de noche, por los españoles e indios, para ad¬ministrar los santos sacramentos, siempre con el pié en el estribo. Así se logró que nadie muriese sin los sacramentos de la Iglesia, aunque era excesivo el número de las víctimas del contagio, tomando en cuenta la pequeñez de este pueblo, hasta suceder que en un solo día fueron sepultados seis, siete y hasta nueve muertos.
Hubo a veces una pausa en el furor de la peste, lo cual sin embargo no dio motivo a los nuestros para descansar del trabajo. Florecen las congregaciones de indios y morenos, debido al celo de sus Padres directores.

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Tienen sus acostumbradas reuniones los días de domingo, sin falta, para asistir a la explicación del catecismo y a la predicación de la Divina Palabra. Los mismos domingos y los viernes un Hermano escolar, destinado a este fin, explica el catecismo a los niños. Además acuden muy numerosos los españoles, indios y morenos, y criollos mestizos a nuestra iglesia a confesarse y comulgar, no sólo en los jubileos, sino hasta durante la semana, especialmente muchísimas señoras nobles con no poco adelanto en las buenas costumbres. Así trabajan los nuestros incansablemente en provecho de las almas, siendo al mismo tiempo muy frecuentada la portería por los pobres y hambrientos que hallan allí alivio en sus sufrimientos materiales. Se les reparte, sean pocos o sean muchos, alimentos en abundancia; no pocas veces también abrigos para cubrirse. Esto para los sanos. Para los enfermos empero, hay una botica especial en casa, de donde se reparte gratis toda clase de medicinas. Así logra la Compañía acudir a todas las necesidades humanas, las del alma y las del cuerpo, todo por amor a Dios y por caridad para con el prójimo.
Estas cosas suceden en casa. Fuera de ella no se hace menos. Continuamente son llamados los nuestros al campo y a las estancias, muy numerosas en esta tierra, para asistir a los enfermos, tanto espiritual, como corporalmente. Pues, fuera del alimento de las almas les suministran medicinas y alimentos convenientes. Sería interesante referir todo lo que se ha hecho en estas ocasiones para la gloria de Dios y bien de las almas. Pero el espacio limitado de estas Cartas no me perrnite alargarme. De lo poco que se dice aquí se puede deducir lo mucho que, especialmente en ciertas épocas, se ha hecho. No lo puedo especificar para no causar fastidio.

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Suelen los nuestros hacer excursiones de dos en dos por la montaña que se extiende al occidente de Córdoba desde el año 1638, siendo estos viajes abundantes en privaciones y molestias. Fruto de estas correrías han sido las 1.743 confesiones, con las cuales se han remediado vidas extraviadas hacía ya muchos años; otros han hecho confesiones generales de toda su vida, por haber sido mal hechas las anteriores.
A más todavía se extendió el celo de nuestros operarios, no retrocediendo en hacer sacrificios para la salvación de las almas. Hay aquí en Tucumán gran variedad de idiomas difíciles, los cuales no era posible aprender a la vez y en tan poco tiempo. Así los misioneros se vieron precisados a servirse de intérpretes para oír unas 150 confesio¬nes. Referiré algunos sucesos acaecidos en estas ocasiones, que tal vez interesaran- en Europa.
Había un joven sumergido en toda clase de crímenes. En lugar de borrar sus pecados por una buena confesión, los aumentó por sus confesiones mal hechas. Mientras tanto, los remordimientos de conciencia no le dejaban sosegar. Muy inclinados son los indios a hacer malas confesiones. lo que se comprende tomando en cuenta su rudeza e incapacidad para profundizar sus conocimientos religiosos. Obstinadamente siguió aquel joven en su mala vida, haciendo con sangre fría las más grandes barbaridades. La misericordia de Dios, empero, había resuelto sacudir aquel corazón endurecido. Estaba una vez durmiendo, cuando se vio puesto, por medio de unos demonios, delante del tribunal del Eterno Juez. Siguió el sumario y se pronun¬ció la sentencia. Sintióse el joven azotado bárbaramente por los demonios y cuando despertó, le atormentó tal dolor en todo su cuerpo que no pudo levantarse. El gran sufrimiento le hizo volver a buen juicio y arrepentirse de veras. Llamó

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por el Padre hizo una larga y buena confesión. Sanó en alma y cuer¬po, y persevera en el buen camino.
Otro individuo, encontrándose por casualidad con un sacerdote de la Compañía, depuso a sus pies la carga de sus pecados, mostrando después gran enmienda de su vida.
Sucedió que con ocasión de estas mencionadas excursiones, este joven se encontró otra vez con los nuestros y acudió a ellos para con¬fesarse de nuevo. Hízole este servicio uno de los dos misioneros, el cual quedó sorprendido al encontrarse con un alma limpia, apenas manchada con pocos pecados y muy leves. Preguntó al joven, como podía mantenerse sin culpa grave en semejante ambiente corrompi-do. Contestó el penitente: Padre, desde aquel tiempo, en que la pri¬mera vez me había confesado con los Padres de la Compañía, logré de la Divina Misericordia la gracia de aborrecer siempre las faltas gra-ves, y cuando me venían tentaciones, las rechazaba haciendo la señal de la Cruz. Así contestó. En estos dos casos mencionados se ven los diferentes caminos de Dios al hacer misericordia con los hombres, dirigiendo nuestra vida a su gloria y a nuestra salvación. Es el mismo, quien adorna los prados con la variedad de flores, y a la Iglesia con las diferentes virtudes de los hombres.
Experimentaron los favores del cielo no sólo los jóvenes, sino también gente de edad madura.
Cierta anciana, muy devota de la Santísima Virgen desde su más tierna infancia, se había conservado hasta su vejez libre de toda culpa grave, por la intercesión de su celestial Patrona, la cual oyó benignamente el rezo del Santo Rosario de su devota; esta, en vez de una sarta de perlas, contaba las decenas de Ave Marías con sus dedos. La virgen recompensó también este recurso de su devota.

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Pues, vagando un día la anciana por los campos, para buscar yerbas para comer, encontró, al arrancar una de ellas, un hermoso rosario. Agradecida a la Divina Providencia, lo llevó como premio de su piedad.
Lo que voy a contar ahora, me parece ser una prueba de la ver¬dad de que delante de Dios no hay distinción de personas, cuando se trata de mantener en su divina gracia hasta almas rodeadas de espinas y abrojos. Hallaron un día los Padres a un indio muy anciano en un rancho pajizo. Estaba cubierto de terribles y dolorosas llagas. Con todo estaba muy alegre y contento. Al manifestarle los Padres su con-miseración, contestó muy serio: ¿Qué es lo que dicen Ustedes, Padres? ¿Os impresionan mis sufrimientos? Más bien debéis felicitarme por que nuestro Señor haya hecho tantos favores a un pobre hombre como yo. Estas llagas me parecen ser regalos. Tengo sólo una pena, y es que estoy imposibilitado de asistir a la Santa Misa, ni puedo comulgar. Si queréis hacerme un favor, llevadme de cualquier modo a la iglesia y hacedme recibir el Santo Cuerpo del Señor. Esta será la mejor medicina en mis dolores y el mejor alivio de mis llagas. Cum¬plieron los Padres el deseo del buen anciano, el cual después de comulgar volvió con gran alegría a su choza.
Es verdaderamente admirable la benignidad del Señor para con esta pobre gente. En realidad, nadie entre ellos, ni siquiera los más indignos, mueren sin sacramentos.

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Conocida es la inclinación de esta gente a la ebriedad. Sin em¬bargo, se encuentran no pocos entre ellos libres de aquel vicio. Más todavía: aunque su alimento es sumamente deficiente, nunca, em¬pero, les falta la carne. Sin embargo, no comen carne en los días prohibidos por la Iglesia. De paso digo, que cosa semejante se puede decir también de los negros, esclavos de los españoles, que labran la tierra. Hay entre ellos quienes son tan temerosos de Dios, que sirven de buen ejemplo a sus amos, tanto por su virtud, como por su piedad; señal de que la gracia de Dios no excluye a nadie.
Dirijamos ahora nuestros pasos hacia el sur. Al siguiente año misionó uno de los Padres por aquellos dilatados campos, y no sin fruto. Es verdad que encontró a aquella gente muy abandonada, y como embrutecida, tan entregados al servicio del demonio, que ya no había nada de bueno en ellos. No son para contar los horribles crí¬menes, comunes entre ellos. Sucede casi diariamente que se les presenta el demonio personalmente en figura humana y, viviendo ellos tan embrutecidos fácilmente obedecen a sus horribles insinua¬ciones y se dejan engañar miserablemente.
Un día encontróse uno de nuestros Padres con esta clase de in¬dios, el cual no sabía cómo podía atraer a hombres tan perversos para reducirlos a buen camino. Hizo a lo menos una tentativa y atrajo a sí, por medio de donecillos, a uno de ellos. Comienza a aconsejarle e instruirle; este, después le contó sinceramente todo lo que el demo¬nio hacía con ellos. No lo puedo repetir aquí sino en parte, para no faltar a la decencia. Este antiguo embustero engañó miserablemente a estos pobrecitos con fraudes y mentiras, y con hechicerías. Este mismo indio, que contó estas cosas, un

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día se encontró solo en el campo. Se le presenta el antiguo enemigo de los hombres en disfraz muy grande y temible; con barba muy larga, con ojos horribles. Sin embargo saludó blandamente al Indio, prome¬tiéndole muchas cosas, con tal que se le entregara a su servicio. No disgustó esto al indio, el cual en su estupidez no consideró que nada de bueno le podía ofrecer un ser de tal figura. Entonces salió este mal enemigo con sus exigencias, mandando al indio la circuncisión. Obedeció el indio y sufriendo las consecuencias, el demonio se burló de él y le mandó guardar la sangre para hechicerías. Así iniciado en la maldad, se enredó cada vez más en la perdición, sirviendo como esclavo a aquel tirano implacable, el cual se le presentó cada noche en figura humana para cometer indecibles barbaridades.
Así por veinte año enteros, este pobre miserable hombre es¬taba sujeto al enemigo maligno, enredado en innumerables crímenes.
Para cumplir sus solemnes promesas y para tapar en algo sus en¬gaños, dio el maligno como única recompensa a aquel pobre iluso un poncho ya viejo y gastado.

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Así lo contó el mismo indio al Padre que le había atraído por medio del buen trato y de regalillos. Siguió instruyéndole en la re¬ligión y le desengañó tocante a las mentiras satánicas> le admitió al fin a los santos sacramentos y le envió a su casa, animándose el Padre por este buen suceso a intentar la salvación de otros pobres malhechores entre esta gente dispersa.
Siguiendo así en sus correrías campestres el Padre, topó un día con un campamento de unas quince casas dispuestas como las de los gitanos. Era de la misma laya aquella pobre gente, totalmente embrutecidos, y completamente ignorantes en cosas de la religión cristiana, pero ejercían prácticas de idolatría, y esto en una región habitada por españoles cristianos. Daba lástima al Padre tal estado de cosas, y comenzó a explicarles algunas verdades religiosas: del Creador del mundo, de Jesucristo, nuestro Salvador, mostrándoles un gran Cru¬cifijo y doblando delante de él sus rodillas. Los bárbaros al instante hacen lo mismo que el sacerdote arrodillándose delante de la Santa Cruz. Les habló también del Santo Bautismo y ellos, sin dificultad, le ofrecen sus párvulos, para que los bautizara, mostrando su contento. Bautizó el Padre los párvulos, pero difirió el Bautismo de los adultos para otro tiempo, para excitar así más su deseo de recibirlo. Se retiró de los indios, y se dirigió hacia cierto valle, donde encontró a 15 españoles, pobres agricultores, los cuales vivían con grandes pri¬vaciones

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en una especie de pequeña aldea, pero con extremada discordia, tan distantes de la caridad cristiana como distaban de la ciudad. Reinaba a la sazón una gran sequía, y todos deseaban una lluvia abundante, porque era tiempo de sembrar. Al encontrase pues, de improviso con un sacerdote, se les ocurrió luego el mismo pensamiento a todos: le detienen y le suplican que les diga la Santa Misa para obtener de Dios que les envíe lluvia; y al mismo tiempo suplicaron que el Padre organizara una procesión en honor de Santa Ana, abuela de Cristo Nuestro Señor. No pudo menos el Padre que consentir en deseos tan piadosos. Les dijo la Misa, y después del Evangelio les hizo una plá¬tica enérgica sobre el amor de Dios y del prójimo. Después de la Mi¬sa siguió disertando sobre el mismo tema, añadiendo que Dios no mi¬raría con buenos ojos sus rogativas, mientras ellos guardaran en su co-razón tanto odio contra el prójimo. No cayeron en él vacío estos buenos consejos, pues con la ayuda de la divina gracia, se abrazaron y perdonaron mutuamente. En seguida salió la procesión por estos campos silvestres y por las breñas hacia el camino real. Dios oyó las súplicas de aquella gente ya pacificada. Envió una lluvia abundante y se impregnó la tierra de agua. Al mismo tiempo cayó el rocío de la gracia divina sobre estos corazones, que igualmente se ablandaron y se purificaron por el sacramento de la penitencia. En una palabra, de aquella excursión campestre resultaron 600 confesiones entre españo¬les, indios y negros, la mayor parte de ellas hechas por gente aban¬donada.
Baste lo referido sobre los trabajos de los operarios de este colegio; son magníficos, por cierto, y honran mucho a este colegio, inflamando sus resultados a sus moradores con un crecido celo en bien de las almas.
Tenemos que añadir ahora también algo sobre los que han fa¬llecido. Murieron dos Hermanos coadjutores.
El primero era Francisco de Puebla, coadjutor formado. Alcanzó la edad de 68 año, habiendo estado en la Compañía 23 años.
Era un hombre piadoso y activo. Era del pueblo Adamus dela dióce¬sis de Córdoba.

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en España. Descendía de familia noble, cuya honra no sólo quiso conservar, sino ensalzar más todavía. Por esto, sirvió primero en Lisboa en la milicia de los castellanos del presidio. Ascendido al rango de alférez se embarcó con mil soldados más para el reino de Chile. Era tan popular entre los suyos que allí, por aclamación universal fue elegido jefe del ejército. Era hombre honrado delante de Dios y de los hombres. Desengañado del mundo, se dedicó cada vez más a la piedad, y comenzó a tratar con cierto Padre franciscano, piadoso y prudente, sobre su vocación religiosa. Aquel Padre le aconsejó entrar en la Compañía de Jesús. No faltaban religiosos de otras órdenes que le prometían el sacerdocio, con tal que entrase en su Religión; pero él prefirió el humilde grado de Hermano Coadjutor en la Compañía, diciendo textualmente que le gustaría más servir de cocinero, fregar platos y cortar leña que brillar en otra parte con la dignidad sacer¬dotal. Admitido en la Compañía, abandonó Chile y se encaminó de¬recho a la provincia de Tucumán. Hizo su noviciado en San Miguel del Tucumán, contento con la suerte de Marta. Tenía una piedad tan só¬lida, tal modestia y humildad, y era de tan perfecta observancia re¬gulas, que no parecía novicio, sino un soldado veterano en la mili¬cia de Cristo. Su firmeza de carácter y su magnanimidad, que había demostrado antes en el manejo de las cosas seglares, la conservó en la Religión, mudando únicamente el objeto. Después del novicia¬do pasó a Córdoba, con gran contento de todos los moradores del Colegio. Sirvió allí de portero, desempañando al mismo tiempo, el cargo de panadero. Era ya algo anciano cuando fue trasladado al cole¬gio de la Asunción. Aunque era de quebrantada salud, siguió durante 12 años


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enseñando las primeras letras a unos 200 niños de aquella ciudad, ta¬rea ciertamente muy trabajosa y abnegada. Supo el Hermano instruir a sus alumnos no sólo en las primeras letras, sino también en las prácticas de la religión. Mientras así estaba dedicado a la educaci6n de la juventud, Dios nuestro Señor estaba preparándole la corona de la gloria, no sin enviarle otras ocasiones para probar su santidad. Sufrió mucho de gota en los últimos años de su vida, sin que aflojase en el trabajo. Aguantó sus dolores por 10 años enteros. Quebrantadas ya sus fuerzas físicas, pero todavía muy despejado de espíritu, fue envia¬do otra vez a Córdoba, sin que se siguiera allí algún alivio en su enfermedad. Aunque piadoso durante toda su vida, se acrecentó cada vez más su piedad, asistiendo él cada día a tres Misas y alargando el tiempo de sus meditaciones. Dos veces cada semana se acercaba bien preparado a la Santa Comunión, y casi continuamente rezaba el San¬to Rosario, mirando muchas veces una pequeña calavera, fijada en su rosario. Fuéle forzoso al fin guardar cama, ya que la enfermedad as¬cendía desde los pies hacia la cabeza. No se pudo atajar una hemo¬rragia por la nariz, hinchándosele al mismo tiempo la garganta. Apre¬suradamente pidió los últimos Sacramentos, antes que la enfermedad le imposibilitara recibirlos. Apenas administrados ellos, murió este buen soldado de la milicia de Cristo, el cual había despreciado por el Señor los grandes honores del mundo que le esperaban, pasando a mejor vida en Noviembre del año mil seiscientos treinta y ocho.

f. 11

El segundo difunto de este colegio fue el Hermano coadjutor Gabriel Brito, de Villarica, pueblo en el Paraguay. Fue admitido a la Compañía a la edad de 20 años, y vivió en ella 6 años con mucha edificación, así en el noviciado, como despu4s de haber hecho los votos. Era muy obediente a la voz del Superior, muy modesto y amante del silencio. Después de haber cumplido con sus quehaceres domésticos, dedicaba el tiempo restante al trato con Dios. Al princi¬pio se le destinó a los estudios, pero pareciendo que era poco apto para ellos, e inclinándose más a los servicios humildes por amor a Jesucristo, pidió y alcanzó de los Superiores que le destinaran al estado de los Hermanos coadjutores. Vivió después contentísimo en su gra¬do. En Córdoba se le encargó la administración de la estancia, después de haber servido en otra parte por poco tiempo como maestro de primeras letras. En su nuevo oficio le sorprendió el común contagio de viruela que estaba desbastando la región de Córdoba. Se había retirado Gabriel al colegio para hacer sus Ejercicios Espirituales anuales. Los hizo con tal fervor, como si hubiera presentido su cercana muerte. Volvió al campo y allí asistió a los muchos obreros enfermos, atacados por la peste, hasta que la enfermedad lo atacó a él mismo. Apenas se había confesado, cuando perdió el conocimiento. En su delirio se manifestó su corazón acostumbrado a la piedad. Po¬cas horas antes de fallecer volvió en si, y pudo recibir los demás Santos Sacramentos

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Casa de Probación

Poco hay que añadir en lo referente al colegio de Córdoba. El noviciado es un anexo de este colegio y forma con él una casa y una comunidad. Se mantiene a expensas de la Provincia, de fondos especiales, administrados por el Procurador de la Provincia. Le propor¬ciona todo lo necesario al colegio, pasando la cuenta al Procurador. En estos tres años hubo muy pocos novicios. Es estéril esta región en vocaciones y lo será no de otro modo en adelante. Por lo demás, sean pocos o muchos los novicios, no faltó para mantenerse y esto por la prudente y acertada disposición del ex-Provincial Padre Diego de Boroa, el cual hizo vender en el Perú 1.300 mulas, sacando así un capital de 12.000 ducados, de cuyas rentas se pagan estos gastos generales de la Provincia y los viajes de visita del Padre Provincial, quedando así libres las demás casas de esta Provincia de cualquier contribución. Los novicios todos, como es obvio, también en lo espiritual, reciben una formación sólida, con la única diferencia que los novicios aquí no pueden hacer los experimentos acostumbrados de ministerios en bien del prójimo. Así no pueden salir a los hospitales porque no los hay, o porque el único que hay, casi siempre está vacío. Cárcel no hay tampoco, aunque sobran malhechores los más desvergonzados. Transitoriamente se ofrece a veces a los novicios una pequeña ocasión de ejercer los oficios de caridad y humildad en público; de la cual ávidamente se aprovechan. Lo dicho basta para estas Anuas; en las Anuas que se escribirán acerca de los años subsi¬guientes, se dirá algo más del noviciado.

El Colegio de Santiago del Estero

Está esta ciudad, la capital del Tucumán, casi completamente arruinada, en consecuencia de una serie de infortunios, que le sobre¬vino de parte de la justicia Divina. El colegio sufrió no poco

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en semejantes circunstancias, y apenas escapo de la crisis económica. El edificio y la iglesia se hallan en un estado ruinoso y lamentable. Es verdad que los obispos se esforzaron en remediar esta situación pre¬caria, pero no lo lograron, aunque los Padres allí residentes no desesperan del todo, y creen que con el tiempo se compondrá este estado de cosas. Son por todo 6 sacerdotes y otros tantos Hermanos, los cuales se mantienen decentemente, aunque con frugalidad. Posee el colegio, a poca distancia de la ciudad, un molino con una huerta, alivio ciertamente no despreciable para el colegio. Para su servicio y cultivo se han comprado 20 negros más, según la costumbre y nece¬sidad de esta regi6n. El que no tiene negros, es aquí un pobre mise¬rable. l-a renta anual se saca, también según costumbre del país, casi únicamente de la venta de mulas. Pues, el Perú se provee de ellas casi exclusivamente desde esta provincia del Tucumán, por lo cual no faltan aquí nunca los corredores de este comercio, los cuales en su vuelta al Perú llevan a la vez 7.000, 10.000 y 15.000 mulas, pagando empero un precio muy bajo: un ducado para cada 6 mulas.
Los ornamentos sagrados se han aumentado por la donaci6n de un ex–jesuita, el cual abandonó por su salud la Compañía, conserván¬dole todo su afecto. Este pasó por aquí viniendo del Perú para embarcarse en Buenos Aires para España. Estando en Santiago del Es¬tero, regaló al colegio tapices de seda para adorno de la iglesia, y dos crismeras de plata.
En los alrededores de la ciudad hay un sinnúmero de grandes y hermosas quintas. las cultivan los indios y negros en provecho de sus dueños, quedando empero, sus almas sin cultivo alguno.

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Allá dirigen muchas veces sus pasos nuestros Padres, para ocuparse con la salvación de aquellas almas, no sin gran provecho.
Más grande aún sacan en nuestra propia casa por la dirección de las almas. Buena ocasión para ejercer nuestros ministerios ofreció también aquí el contagio común a toda esta región, por lo cual referente a esto no hay que añadir a lo dicho arriba nada nuevo, ya que nuestros operarios en todas partes son iguales en celo y espíritu de sacrificio, aunque a veces sucumben algunos al excesivo trabajo.
Marchan bien las congregaciones de indios y morenos, y las escue¬las de primeras letras. Se predica mucho, tanto en nuestra propia igle¬sia, como en la catedral, a la cual nos llaman muchas veces, como también a las iglesias de los Padres Mercedarios y Dominicos.
Hubo varias grandes discordias en la ciudad, entre la gente princi¬pal, con muchos enredos y con peligro de tomar mayores proporcio¬nes. Lograron nuestros Padres apagar la discordia y terminar los pleitos. Por todo esto, es muy frecuentada nuestra portería, con mo¬tivo de semejantes asuntos delicados. Se evitaron algunas muertes vio¬lentas, apartando a gran distancia a los dos hombres nobles discordes. Por estos servicios de la Compañía en favor del bien público, se les abrieron los ojos a algunos de nuestros más pertinaces enemigos los cuales nos querían a todo trance arrebatar nuestros alumnos, encomendados a nuestro cuidado por el Rey y el obispo de Tucumán, para entregarlos a un régimen seglar.
Ahora, teniendo a la vista el libertinaje y la sinvergüenza de aquellos estudiantes, y comparándola con su anterior modestia, honestidad, piedad y buen ejemplo, se arrepienten mucho de su anterior campaña y quieren que la Compañía tome otra vez a su cargo su educación. Pues, es tan patente la diferencia entre la virtud y el vicio, que su contemplación, aunque tardía, no puede menos que provocar el arrepentimiento por el bien perdido, y despertar la solicitud para guardarlo.



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El celo apostólico de nuestros Padres no quedó circunscripto dentro de las paredes de casa, sino que buscó un campo más amplio. Salen de a dos, bien provistos con facultades extraordinarias, otorga¬das por el obispo, a las poblaciones campestres de indios, haciendo una buena cosecha de almas, siendo el número de confesiones más de mil. Algunas de ellas se hacían la primera vez y abarcaban toda la vida, otras iniciaban una buena reforma de costumbres. Señal de la buena disposición de los penitentes es que los hombres de noche se reunían
en la iglesia, oían un ferviente sermón seguido por una disciplina pública de todos, entre lágrimas y sollozos.
También hacia las montañas se han hecho excursiones apostóli¬cas muy provechosas, tanto para los españoles como para los indios. Para evitar repeticiones, omito las cosas particulares.

La Residencia de La Rioja

Viven allí cinco de nuestros Padres y dos Hermanos coadjuto¬res. Son pocos, porque aquel pueblo es pequeño. Tiene sólo 40 fami¬lias, y estas bastante agrestes. Son más bien viñaderos que ciudada¬nos, siempre muy ocupados en el cultivo de sus viñas. Por esta causa no frecuentan ellos mucho nuestra iglesia y aunque hubieran querido venir a ella, era tan ruinoso y feo el antiguo templo que

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daba miedo entrar en él. Mientras tanto se ha construido una nueva iglesia con sólidos fundamentos, con un hermoso interior y con un magnífico altar mayor. En realidad, la hermosura de la iglesia nueva parecía atraer algo más a ella a los habitantes de la Rioja. Pero, para decir la verdad, el provecho espiritual no corresponde al trabajo in¬vertido.
En la comarca más lejana empero, él trabajo es más fatigoso hay más privaciones, y es más difícil apartar los corazones de Satanás y atraerlos a Dios. Sobrevino además una rebelión de los indios, en consecuencia de la cual muchos de ellos han apostatado de la fe y han vuelto a sus ritos gentílicos. Mucho han trabajado nuestros Padres en la reformación de las costumbres de ellos, caminando por aquellos campos en una excursión prolongada por mucho tiempo. Se han aprovechando de ella no sólo indios, sino también españoles, de los cuales muchos viven casi todo el año en sus estancias. Todos estaban ya olvidados de Dios y necesitaban ante todo una esmerada instruc¬ción catequística acerca de las verdades fundamentales de nuestra religión. Resultado de esto era un buen número de confesiones, con su correspondiente tranquilización de las conciencias y aumento de piedad. El mismo bien se sacó en tiempo de la mencionada pestilen¬cia que se extendió por la ciudad y el campo. Acudieron nuestros Padres a todas partes, donde los enfermos necesitaban el socorro espiritual.
Grande es allí el número de esclavos negros, que sirve a los españoles, y hasta se ha instituido en nuestra iglesia una congrega¬ción de morenos, en provecho de ellos y de sus amos; y para prepararlos debidamente al recibimiento de los santos sacramentos.
Hubo en estas correrías uno que otro caso de especial Providen¬cia divina. Preguntó un Padre de paso en el camino, si por allí tal vez alguien necesitaba sus servicios. Se le contestó que no muy distante de allí estaba una india enferma.

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Interrumpe el Padre su viaje y se encamina a la enferma. La encontró tendida en la ceniza todavía medio caliente. Estaba ella tan flaca que parecía mas bien un esqueleto. Apenas se dió cuenta la enferma de que estaba a su lado un sacerdote, cuando no se pudo contener de alegría. Mucho tiempo bacía que deseaba tal dicha, y habían pasado muchos años que no había visto sacerdote. Con gran conmoción hizo su confesión, y poco después expiró, como escogida para la gloria.
El Padre Director de la congregación de indios exhortó a sus en¬comendados en tiempo de la peste a que estuviesen siempre preve¬nidos para la hora de la muerte. No había hablado de balde. Entre los oyentes había un joven, el cual, terminada la plática, sin demora hizo una circunstanciada confesión. Volvió contento a su casa. Pocos días después sucumbió al contagio, perdiendo desde luego el conocimien¬to, delirando mucho. Murió pronto, pero santamente, porque se había prevenido para bien morir.
Todo esto sucedió cerca. Hay otras cosas que sucedieron lejos del colegio, con ocasión de una expedición apostólica de nuestros Padres a algunos indios rebeldes, distantes de la Rioja unas 27 leguas, en un paraje que toma su nombre del de un gran pantano formado por las aguas que bajan de la montaña y que inundan los campos, de modo que hay que vadearlos con el agua hasta las rodillas, molestan¬do los pasos el mucho fango arcilloso.
Estos indios, instigados por los Calchaquíes rebeldes (aquella nación de indios tan belicosos, enemigos del español y de Dios mismo por ser idólatras del sol y de las estrellas, e insignes por sus terribles borracheras), se habían levantado contra los españoles con variada suerte. Para sujetarlos de un modo, se habían construido en su tierra un presidio de españoles. Allí había¬¬

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un párroco ya muy anciano y enfermo. Este se alegró al encontrarse con nuestros Padres, que le podían ayudar en el desempeño de su cargo. Los indios, empero, los recibieron con cierta desconfianza, teniéndolos ellos por sacerdotes seglares, y no habiendo visto nunca a ninguno de los nuestros. Temían de los nuestros los males inferidos a ellos por otros sacerdotes; y estos no son pocos y pequeños, e indig¬nos del cargo sacerdotal. Son los pobres indios ignorantes, rudos, cria¬dos entre rocas y breñas, y carecen de todo. Los nuestros, vagando por los montes salobres, no sin peligros, invitaban a los indios a con¬currir a la instrucción religiosa. Hallaron unas 1200 almas, pero no lograron ganarlas. Se contentaron con haber preparado el camino para más tarde, cuando Dios quiera. Volvieron al presidio español, administrando a algunos amos y sirvientes los sacramentos, aprove¬chándose del Jubileo, aunque hubo bastante estorbo. Sacaron tam¬bién la procesión por los campos, y administraron los sacramentos a los enfermos de la servidumbre.
Hay que advertir, referente a estos indígenas y a los demás in¬dios salvajes de Londres, a donde habían dirigido nuestros Padres sus pasos para hacer la tentativa de reconocerlos, que ellos están muy envueltos en las supersticiones de sus antepasados, y se manifiesta esto mayormente en las ceremonias fúnebres. Están además tan en¬tregados a la borrachera que querer quitarles este vicio, sería lo mis¬mo que querer degollar a un toro bravo con la uña.
Basta lo dicho sobre este colegio.

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El Colegio de San Miguel

Lo arriba mencionado sobre el colegio vecino, vale también para este, en lo referente al serio empeño de los nuestros en procurar la salud de las almas, aunque el resultado no corresponda al trabajo ímprobo, por causa de la poca disposición de los ánimos. Asimismo vale lo dicho sobre algunos trabajos realmente provechosos realizados en nuestra casa, así como en las demás Casi diariamente hay que salir al campo para auxiliar a los enfermos. Son tan frecuentes estas sali¬das de los nuestros, porque los párrocos o no salen, o salen de mala gana, cuando son llamados a los enfermos, y la gente sabe que, por lo contrario, pueden acudir de día y de noche a los nuestros sin molestarnos. Así pueden hacer mucho nuestros Padres para el bien de las almas.
Sucedió una noche un caso muy singular que manifestó a las cla¬ras la omnipotencia, Justicia y Misericordia de Dios. Tres indios estaban durmiendo en una misma casa, tendidos sobre un mismo cuero de buey, su acostumbrado lecho, tan agradable como un col¬chón. En el entretanto se descompuso el tiempo y se acercó una tem¬pestad eléctrica. Cayó un rayo con terrible fragor y carbonizó al que dormía en medio, lanzando a los otros dos a los rincones de la choza. Vueltos de su aturdimiento los dos, se dieron cuenta del terrible peli¬gro de sus vidas del que se hablan librado e hicieron una seria confe¬sión.
Tanto en la ciudad como en el campo dio bastante que hacer a nuestros Padres el contagio universal, varias veces ya mencionado, por lo cual omito particularidades, ya que la Compañía en todas partes tiene el mismo modo de proceder.
En Esteco, ciudad española, pidieron a algunos de nuestros Padres, y se les cumplió su deseo, en

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viándoles dos misioneros, los cuales trabajaron allí con celo y prove¬cho. Para omitir lo ordinario mencionaré sólo casos singulares. En aquella peste universal sucedió que una señora española estaba ya para expirar. Su alma se encontraba en un estado lamentable, ya que por cuatro años había hecho malas confesiones; y hasta en su enfer¬medad mortal se había confesado sacrílegamente con uno de nues¬tros misioneros, y comulgado en semejante estado. Pero, por la infinita misericordia de Dios, al fin, cayó en la cuenta de su estado, llamó otra vez al sacerdote, y le contó que estas dos últimas veces quería al principio confesarse bien, pero cada vez le parecía que alguien le apretase la garganta para que no hablara. Lo contó delante de toda la gente, y así este caso se hizo público por especial Providencia de Dios.
En estado no menos lamentable se hallaba otra, la cual por mu¬chos años vivía mal, sin preocuparse de su eterna salvación; tanto, que ni siquiera en el tiempo de la peste, estando ya atacada por ella, y estando para morir, quería arrepentirse. Sin embargo, Dios tenía lástima de ella, y cuando ya no había esperanza de escapar a la muer¬te, dió ella oído a los que le aconsejaban que mirase por su

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salvación. Se llama al sacerdote, y este se va al instante y se pone a oír en confesión a la enferma. Ella se calla y parece obstinada y haber cambiado otra vez de opinión. La verdad era, empero, que ella estaba horrorizada por ver algunos espectros, que le parecían volar alrededor suyo, como cantáridas. Los que estaban presentes no vieron nada, pero ella se lo manifestó al fin. La tranquiliza el sa¬cerdote y le aconseja arrepentirse de sus pecados. Lo hace, pro¬rrumpiendo en fervorosas exclamaciones. Dios le oyó, y en seguida confesó sus crímenes. Acabáronse con esto todos los espectros.
No hablemos sólo de mujeres arrepentidas; había también hombres de esta clase. Uno de estos era un perdido que como frenéti¬co y desesperado se revolcaba en toda clase de vicios, hacía ya seis años enteros; no pudiendo oír mencionar siquiera los santos sacra¬mentos. Un día había cometido en la selva uno de sus acostumbrados crímenes, cuando de repente oye terribles voces, sin entender lo que decían. A las voces siguió una espantosa tempestad, sacudiendo toda la selva, temblando hasta el suelo. Se despertó el infeliz, como de un sueño profundo y pesado, cayó en la cuenta de su triste estado, im¬ploró la Misericordia Divina, y se levantó de su postración. Buscó en seguida un confesor y encontró a uno de nuestros Padres que a la sazón estaba misionando en aquel pueblo. Bajo esta saludable conmoción hizo una buena confesión, llevando en adelante una vida más cristiana.

La Residencia de Salta

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Esta casa, ya desde hace mucho tiempo, padece una extremada pobreza. Aunque parecía levantarse una vez de su triste situación, volvió la miseria en que está hoy, la cual es tan grande, que la residencia está gravada con una deuda de 7.000 pesos. Este estado económico, sin embargo, no es del todo desesperado.
Los sujetos que viven en esta casa, son 5 sacerdotes y dos coadjutores. Murió un Padre y un Hermano.
El primero que se fue a la felicidad eterna es el Padre Juan de Cereceda. Nació en Alcalá de Henares, y entró en la Compañía ya siendo bachiller de filosofía, el año 1603. Vino a la Provincia del Paraguay en 1617. Murió a la edad de casi 60 años, y era profeso de cuatro votos. Había vivido en la Compañía 22 años; cuando hizo su profesión solemne, siendo el total de su vida en la Compañía 39 años. Se había dedicado ya al estudio del idioma de los Indios, cuando fue nombrado Rector del Noviciado, siguiendo después su Rectorado en la Rioja, y finalmente en Salta, donde murió. Era al principio de muy buena salud; pero esta se resintió poco a poco a consecuencia de su fervor religioso, resultando, por sus muchos achaques, su aspecto como cadavérico. Siempre se le tenía, así por los nuestros, como por los de afuera, por un hombre de sólida virtud, de genio apacible y delicado, de gran modestia y prudencia, siendo más recatado todavía delante de las mujeres. A sus superiores era obediente como un novi¬cio; en su quebrantada salud de pocas exigencias, así en lo referente a la comida, como a otras comodidades corporales; no aflojando en su celo por la salud de las almas, a causa de sus enfermedades ni a causa de sus ocupaciones de gobierno. En cierta fiesta, oyendo confesiones, según su costumbre, durante varias horas, se levantó al fin tan exhausto de fuerzas, que le fue preciso acostarse, para no levantarse más. Sintió que se estaba acercando su

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muerte y pidió los Últimos Sacramentos. Sus compañeros creyeron que no era conveniente darle la Santa Comunión, porque le molesta¬ba mucho el vómito. Al advertir el enfermo la perplejidad de ellos, se recogió en oración y dijo enseguida: Traedme el Santo Viático. Tomo sobre mí la responsabilidad. Comulgó, sin que por largo rato le molestara el vómito. Poco antes de morir volvió aquel malestar con mayor vehemencia, causando grandes dolores al enfermo ya demasia¬do debilitado. Pidió que en su alivio se leyera sobre él el Santo Evan¬gelio de la Pasión de Cristo. Se leyó, escuchando él con atención, con los ojos fijos en el Crucifijo. Así expiró plácidamente en el día octavo después de la fiesta de nuestro Padre San Ignacio, con gran sentimiento nuestro y de toda la ciudad. Se le hicieron solemnes exequias con gran asistencia. Su memoria persevera todavía hasta hoy día.
Siguió a este su Rector, el Hermano coadjutor Gonzalo de Jus¬te. Era de Villamayor, aldea de Galicia. Murió a los sesenta años de edad y 24 de Compañía, 13 después de sus últimos votos. Era antes militar en el Reino de Chile, y en el estrépito de las armas no había perdido la piedad. Era muy aficionado, cuando soldado, a oír la pa¬labra de Dios, y sus visitas predilectas eran a las funciones sagradas. Buscó ávidamente el trato con nuestros Padres, los cuales le tenían a su vez en gran aprecio. A' fin pidió ser admitido en la Compañía, lo que se le concedió sin dificultad, ya que era persona muy conoci¬da. Hizo con


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fervor su noviciado, haciendo ahora la guerra a sí mismo con gran intrepidez, como buen soldado. Maltrató su cuerpo de una manera increíble, comiendo por muchos años sólo mendrugos de pan ya casi mohoso, yendo rara vez, y sólo por mandato de los Superiores a la mesa común. A esto añadió crueles austeridades corporales, tan¬to que resultó su espalda derecha una gran llaga gangrenosa, a la cual curaba a veces con una teja muy caliente, o con fierro candente, re¬husando cualquier otro remedio. El mismo modo de curación aplicó a veces a sus rodillas entumecidas, perforándolas con un asador candente. No aflojó nunca en mortificarse de semejantes maneras. Para curarse de una postilla podrida debajo el brazo, mandó a uno de los negros de casa, que con el martillo de la carpintería y con un cin¬cel de fierro se la quitara. Había puesto ya mano el esclavo a esta singular operación quirúrgica, cuando felizmente entró de improviso uno de los Padres, poniendo fin a esta cruel carnicería. A este su espíritu de mortificación se añadieron otras preclaras virtudes. Era muy inclinado a los ejercicios de piedad, y los practicaba en cuanto se lo permitía el cumplimiento de su oficio, pronunciando mientras tanto fervorosas jaculatorias.
Su modestia, especialmente de los ojos era grande, y asimismo el cuidado que puso en guardar la castidad con la perfección exi¬gida por el Instituto de la Compañía. Un día, cuando él había salido a caballo, se encontró con cierta española que le quiso preguntar algo. El se hizo el desentendido, picó el caballo con las

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espuelas y se escapó; aunque en realidad no había asomo de malicia de parte de ella, como ella misma lo contó a nuestros Padres, sin que llevara a mal esta modestia del Hermano.
De este modo el buen Hermano Gonzalo estaba ya maduro para el cielo por sus virtudes; cayó enfermo de pulmonía y tuvo que guardar cama sobre su cuero de buey. Siete días duró su enfermedad, haciéndosele el dolor de pleuresía intolerable desde el ter¬cer día antes de morir. Hizo su última confesión, declarando a su di¬rector espiritual que Dios había sido con él siempre extremadamente misericordioso, apareciéndosele muchas veces la Madre de Dios con su Divino Hijo. Así sucedió un día sirviendo él de compañero a uno de nuestros Padres, que le pareció a este el Hermano esta vez más abismado todavía en sus oraciones que de ordinario. Supo después por el mismo Hermano lo que había acontecido. Había visto los cielos abiertos, sin divisar más que su indecible hermosura, que le llenó el alma con inefable suavidad. Oyó enseguida una voz que decía:
Esta será tu morada por toda la eternidad, en compañía de la San¬tísima Virgen María.
La santidad del Hermano hace creíble esta visión.
Bien fortalecido pues con los Ultimos Sacramentos partió de esta vida a la eterna el día séptimo de su enfermedad.
De esta misma casa de Salta se han hecho varias veces excursio¬nes a los indios Lules, y a la ciudad de Jujuy, sin que haya habido cosas extraordinarias en este género de trabajos, si se exceptúa tal vez el constante empeño de los habitantes de Jujuy en conseguir una residencia estable de Jesuitas en su ciudad; no contentándose con la permanencia de los nuestros entre ellos sólo por dos meses. Por de pronto es imposible acceder a sus ruegos y tal vez es mejor así, por que lo que es raro, se aprecia más y el bien continuado causa no pocas veces fastidio.

Varias tentativas de fundar misiones

Por mandato de Virrey del Perú, habíase hecho una expedi¬ción militar por un español de nombre Martín Ledesma a cierta región del Tucumán, donde vivían indios tobas.

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Le salió mal la empresa y tenía que retirarse vergonzosamente, con la pérdida de algunos de sus soldados. Volvió de nuevo allá uno de nuestros Padres y fue bien recibido por los tobas, explicándose la buena acogida con el cambio de método. En lugar del aparato militar se empleó esta vez como arma la Cruz de Cristo, de la cual no había que temerse ruina, sino salvación. Otro jefe animoso e intré¬pido entre los nuestros, el Padre Gaspar Osorio, no armado cierta¬mente de lanza y loriga, no rodeado de soldados, sino sólo con la Cruz, en lugar de la lanza, con Jesús en lugar de loriga, con su esfuer¬zo por coraza, preludiando hechos más grandes, inflamándose en va¬lor divino, no humano, emprende una obra digna de toda esperan¬za.
Entró pues al Chaco con toda seguridad, bien acogido por To¬bas y mocovíes, aunque estos Indios tienen fama de indómitos y muy bárbaros. Por el Padre Osorio se logró la primera vez, entrar en trato con esta clase de Indios. El primer cuidado del Padre era en¬señar los fundamentos de la fe a los Indios. Hablando, empero, aque¬llos un idioma desconocido, se buscó un intérprete, con cuya ayuda se esforzó el Padre en traducir a la lengua Toba el catecismo, y lo lo¬gró. Luego comenzó a enseñarlo a los niños y viejos. Había pasado bastante tiempo sin que se tuviese noticia del Padre, y los españoles, que desde un principio desaprobaron la fundación de esta misión, le tenían ya por muerto. Mientras tanto tranquilamente estaba Osorio, enseñando el catecismo, y bautizando a los párvulos, con la esperan¬za de que por largos años podría trabajar en esta misión. Pero el Padre era hijo de obediencia, y así sucedió que fue llamado a casa por el Padre Provincial Diego de Boroa. Al instante se encaminó, aunque los Indios, entre lágrimas y llantos, le querían suje¬

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tar para que quedara con ellos. Osorio ciertamente les había gana¬do la voluntad, y le querían mucho, teniéndole especial respeto, porque no le habían podido intimidar, viéndole tan despreocupa¬do entre ellos, siendo ellos mortales enemigos de los españoles. Así, una vez, querían probar su intrepidez, simulando una conjuración para matarlo, y avisando en secreto a uno de los compañe¬ros fingidamente lo que harían al Padre. Asustóse este grandemente y se apresuró a prevenir de todo al Padre. El Padre Gaspar se sonrió, y con toda tranquilidad dijo: Pues, que se apuren. Tendrán miedo tal vez ellos al verme contento. Tengo solamente una vida, y con gusto la daría mil veces por Cristo Nuestro Señor. Lleva el compañero esta contestación a los Tobas. Maravilláronse ellos mucho, respetando tal valor y tan grande amor a Jesucristo.
La otra prueba que hicieron los tobas con Osorio era más infa¬me. Estaban en una de sus acostumbradas borracheras y habían per¬dido toda consideración en su ebriedad. Echaron al Padre Osorio sobre un poncho y comenzaron a jugar con él, echándole al arre como una pelota, dejándole exhausto de fuerzas. El Padre se calló. Pasó la perturbación de sus mentes y se avergonzaron de su fechoría, y aún siendo bárbaros no podían menos de reconocer la modestia y paciencia del Padre. Resultó, pues, que cada vez más se aficionaron del Padre, dominando este a aquellos únicamente por su heroica vir¬tud. Al tratarse de la salida del Padre, ellos en su desesperación caye¬ron en una estratagema estúpida para sujetarlo en su tribu (lo que cuento sólo en loa de la virtud del Padre). Para

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este fin le escogieron entre sus mejores mujeres una virgen para es¬posa, no cayendo en cuenta de la barbaridad de su intento. Reprendióles el Padre seriamente, explicándoles la dignidad del sacerdote cuyas manos tienen que buscar el Santo Cuerpo de Cristo. Les con¬soló al mismo tiempo de que su ausencia no se prolongaría mucho. Así logró al fin que los indios le dejasen obedecer al mandato de su Superior.
Me alargo tanto en estas Cartas Anuas refiriendo las hazañas de este Padre, porque, insistiendo constantemente en esta em¬presa evangélica, logró más tarde la corona del martirio.
Ausente ya de sus tobas, el Padre Osorio sintió algo su inac¬ción. Tenía él, por aquel tiempo, que asistir a la Congregación Pro¬vincial con otros muchos Padres más. Ya tocaba a su fin esta asam¬blea, cuando el Padre Osorio con energía comenzó a tratar con los Padres convocados, para que le ayudasen a conseguir la continuación de aquella misión del Chaco. Duró algún tiempo el debate sobre este asunto, pero triunfó al fin el Padre, pudiendo llevar a su amada misión a otro Padre más. En el viaje hacia allá pasó por cierto pueblo, encontrando allí a un español, conocido suyo, que insistió mucho con él, para que de camino pasara por su encomienda de indios ocloyas, cuya mayor parte carecía del Santo Bautismo. El Pa¬dre consintió en hacer esta obra buena; pero para realizarla, le era preciso trepar fatigosamente por las montañas. Encontró al fin a los ocloyas, al parecer gente de buena disposición para recibir la instruc¬ción evangélica. Encontró, empero, entre ellos a muchos inválida¬mente bautizados por cierto religioso, no teniendo ellos ni la mínima noción de las verdades de la fe. Puso el Padre mano a la obra, los instruyó con trabajo ímprobo y les administró el Bautismo co¬mo convenía. Después comenzó con la instrucción de los demás. Así tuvo que recorrer varias pequeñas aldeas, bautizando unos 200 indios en el espacio de dos meses, ocurriendo la particularidad que al principio no

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encontró ni mujeres ni niños. Se habían escondido por miedo, ob¬servándole desde lejos. Poco a poco se amansaron y se acercaron sin miedo. En todos estos pueblecillos se concluyó la misión con una devota procesión, durante la cual manifestaron su arrepentimiento clamando por misericordia.
Concluida esta expedición apostólica por todas las aldeas de los indios ocloyas, se despidieron de ellos los Padres para volver a Jujuy, como se les había ordenado, a donde felizmente llegaron en poco tiempo. Era precisamente tiempo de Cuaresma, durante la cual se dedicaron con provecho a los acostumbrados ministerios de la Compañía. Apenas habían pasado las fiestas de Pascua de Resurrección, cuando solícitamente pensaron en volver a los ocloyas, como efectivamente lo hicieron. Hicieron reunirse a los caciques de aquellos indios para persuadirlos que se juntasen todos en una reduc¬ción céntrica, donde se les pudiese atender con más comodidad y acostumbrarlos a una vida cristiana, y que a este fin abandonasen sus montañas inaccesibles y estériles y bajasen a los llanos más fér¬tiles. Les pareció muy bien y comenzaron a transmigrar a un sitio muy hermoso y cómodo, distante unas once leguas de la ciudad de Jujuy. Con esta ocasión hubo un caso muy providencial. En la pri¬mera llegada de los Padres a la tierra de los ocloyas no habían en¬contrado a cierta anciana de ochenta años. Esta nada había oído de la presencia de los Padres. Al comenzar la trasmigración supo de ella uno de nuestros Padres, y al instante se fue a verla. La encon¬tró ya moribunda, y en el acto de trasmigrar a la otra vida. La ins¬truyó en lo más necesario para la salvación, la bautizó, y poco des¬pués descansó la anciana en el Señor, encontrando en el cielo mejor sitio que hubiese encontrado en la tierra.
Los demás llegaron felizmente a su nueva reducción, y comen¬zaron luego a construir su iglesia. Al mismo tiempo levantaron sus viviendas, bien dispuestas en hileras, y los Padres sosegadamente pudieron entregarse a la catequización de aquella gente. En las ma¬ñanas se instruían los niños y las niñas, y a la tarde,

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acabada la tarea de los cultivos campestres, se les enseñaba la doctri¬na a los adultos. Después del catecismo se daba con la campana una señal para rezar por las ánimas de los difuntos. A todos gustaron estas funciones sagradas, rezando ellos todos juntos y en voz alta.
Todo andaba con viento en popa en aquella reducción, y el Padre Osorio, según se le había ordenado, la dejó enteramente al cui¬dado de su compañero, y a la llegada de otro compañero que era el Padre Antonio Ripario, se encaminó a su antigua misión del Cha¬co. Pensaba que esta nueva reducción de los ocloyas estaba en buenas manos, cuando, ¡he ahí que se levanta contra ella una ines¬perada tempestad! La perturbación vino de algunos Padres Franciscanos, los cuales no dejaron piedra para mover, para hacer valer su precedencia en misionar a estos indios. Nuestros Padres, hasta ame¬nazados de ser llevados a los tribunales, como si hubiesen invadido injustamente competencias ajenas, y como si se hubiesen aprovecha¬do de trabajos ajenos, en bien de la paz religiosa desistieron de su defensa y se retiraron de aquella reducción recién fundada, desean¬do (con San Pablo) que todos fueran profetas, con tal que se predica¬se a Cristo. Pero tenían el sentimiento grande de ver, con la mudanza de misioneros, escaparse precipitadamente los indios a su an¬tigua morada en las montañas, porque les quitaban los Jesuitas. Dios hará justicia un día.

Vuelven los Padres al Chaco y son martirizados

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El hombre propone y Dios dispone. Y después del suceso es fácil criticar la empresa. Si sale bien, entonces alaban grandemente lo acertado del intento, y si sale mal, le echan la culpa al empresa¬rio. Criticar con semejante ligereza la empresa de nuestros Padres Osorio y Ripario, sería una gran injuria. El Espíritu sopla, por donde quiere, y el mismo Espíritu Santo dirigió a Osorio y Ripario por el camino que conducía a su muerte gloriosa de valerosos cam¬peones de Cristo. El Padre Provincial Diego de Boroa había ordenado por carta que el Padre Osorio, juntamente con el Padre Ripa¬rio, sin demora se fuesen al Chaco para emprender una obra muy grata a Dios nuestro Señor. Alegres se encaminaron los dos por aquellas soledades casi impenetrables, y se adelantaron sin guía por parajes que les eran desconocidos. Se había juntado a ellos un joven paraguayo, aspirante de la Compañía. Llevaba consigo Oso¬rio algunos regalillos de poco valor, pero de mucha estimación en¬tre los indios, para atraerlos más fácilmente. Iban a pie, ya que los altos arbustos espinosos no permitían andar a caballo, abriéndose ellos el camino con el machete.
Avanzando así estos apóstoles de Cristo por los montes tupi¬dos, encontraron después de algunos días a algunos indios llamados palomos, por lo cual se regocijaron mucho los Padres, y los procuraron atraer con los mencionados regalillos. Al acercarse ellos, lue¬go los misioneros les explicaron su intento de evangelizarlos. Ellos parecían oír con gusto estas noticias. Tenían ganas los Padres de en¬contrarse con más gente de esta clase, por lo cual siguieron adelante su marcha, sirviendo de guías los recién hallados indios palomos. Al avanzar toparon con otra clase de indios, con los chiriguanos, enemi¬gos de la tribu de palomos, a los cuales estaban asaltando en este momento con sus armas. Hicieron una tentativa nuestros Padres de apla¬car a los chiriguanos con los mismos regalillos, con los cuales habían atraído a los palomos; y así animosamente se acercaron a aquellos bárbaros, hablándoles asimismo de su intento apostólico. Impresio¬naron favorablemente a algunos, mientras otros se enfurecieron, burlándose de ellos y de su doctrina. Así comenzó la conjuración contra nuestros Padres Osorio y Ripario, según cuenta un indio de su comitiva.
Se habían acabado las provisiones de los misioneros, por lo cual habían enviado a renovarlas a aquel joven paraguayo men¬cionado a la más cercana ciudad que era Salta, mostrándole el cami¬no dos de estos chiriguanos, mientras los Padres se quedaron prosi¬guiendo la catequización de los demás, o de aquellos que habían manifestado algún interés en oírlos. Volviendo ya aquel joven, le asesinaron sus dos acompañantes pérfidos, llevando su cabeza cor¬tada al partido adverso de los Chiriguanos. Al verla ellos, primero se asustaron, después los animó la sangre que chorreaba de la cabeza

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a hacer lo mismo con los Padres, añadiendo al asesinato el sacrilegio Se enfurecieron cada vez más, y así cayó en cuenta de su intento sacrílego uno de los niños sirvientes de los Padres, el cual asustado les dio noticia de lo que había observado. Ellos, empero, no perdieron su serenidad y confianza en Dios. Acercándose ya la noche se acostaron tranquilamente sobre sus jergones en su choza pajiza resignados a morir por una causa tan santa. Esperaron los malhechores hasta muy entrada la noche. Entraron en la choza y robaron el cofre con los ornamentos sagrados. Al amanecer se levantan los Padres y hacen oración. Se acercan los conjurados, armado cada uno con su porra, con gran furia, atacando primero al Padre Osorio, el cual tranquilamente se hincó de rodillas ofreciendo su cabeza. Un porrazo le quita la vida.
Del mismo modo acaba su santa vida el Padre Ripario, volando a las riberas eternas, donde los dos gozan del bien merecido premio de sus trabajos. Quitan los bárbaros las vestiduras a los cadáveres y les cortan las cabezas, y se las llevan consigo a su tierra.
Sabemos estas noticias de dos indios, compañeros de los Padres, los cuales presenciaron todo, escondidos en los matorrales Volvieron después a Salta y allí contaron todo.
Así consiguieron los dos Padres el fin glorioso tan deseado y tan ansiosamente buscado en sus múltiples correrías apostólicas.
No basta referir sólo el heroico sacrificio del Padre Gaspar Osorio, sino conviene contar también algo de sus demás virtudes. Omitimos lo que se cuenta de los numerosos prodigios seguidos, se¬gún fama, a su gloriosa muerte, por faltarnos su completa compro¬bación, y por no ser necesarios ellos para comprobar sus virtudes. El Padre Gaspar de Castrillo era natural de Villavega, y murió de 44

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años de edad, y 27 de Compañía, siendo profeso de cuatro votos. Vino de España a estas tierras con el Padre Procurador Juan de Via¬na el año 1617, sirviendo aquí continuamente como misionero de indios, con qué fervor, esto se ha visto en lo dicho arriba.
Era un hombre muy piadoso, y en sus meditaciones fraguó aquellas virtudes, que le han distinguido tanto. A sus superiores era muy obediente; era de un corazón muy candoroso, y muy amante de la santa pobreza. En su exterior era de gran compostu¬ra y modestia, aunque era muy vivo en la conversación privada, y en sus sermones públicos. Un religioso que le oyó, dijo de él que hablaba como un verdadero apóstol. Aborrecía las comodidades corporales; estaba acostumbrado a la mortificación, y contento con vestimentas ya medio gastadas. Su cama era nada más que un cuero de buey. Usaba además otras crueles austeridades corporales; ayuna¬ba con frecuencia, especialmente en las vísperas de las fiestas de la Virgen Santísima, las que pasaba a pan y agua.
Este método de vida siguió, tanto con buena salud como con mala. Un día, estando enfermo le visitó un personaje distinguido, y le encontró tendido sobre su cuero de buey con una piedra por almohada. Así es que por su vida abnegada estaba en cierto modo pre¬parado para recibir la corona del martirio. Como mártir le celebraron en público sermón dos distinguidos religiosos, uno Dominico, y otro Mercedario. El mismo obispo del Tucumán, el fraile agustino Melchor de Saavedra, al recibir la noticia de su muerte, le dio este mismo ti¬tulo de mártir;

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aunque, para no anticiparse al juicio de la Iglesia, le honró de otro modo en la Iglesia Catedral, haciéndole funerales muy solemnes.
Se hicieron los funerales de los dos a la vez, de Osorio y de Ripario.
Lo que se ha dicho hasta ahora de Osorio, conviene en gran parte también a Ripario.
Acabaron los dos sus días del mismo modo en el mismo lugar, el mismo día y a la misma hora. También su vida era semejante, ya que tenían la misma formación religiosa, los mismos ministerios apostólicos, y en ellos la completa unión de voluntades. Así es, que los dos merecen la misma gloria y alabanza.
Sin embargo, conviene referir también lo que era propio a Ri¬pario. Era natural de Cremona, principado de Milán. No se sabe, a qué edad murió; sólo que vivía en la Compañía once años, ejercitan¬do ya en Italia los acostumbrados ministerios de la Compañía. Cuan-do allí estaba, enseñando por cuatro años gramática latina, reinaba en su clase tan buen espíritu religioso, que muchos de sus discípu¬los se hicieron religiosos.
Lo que atraía tanto a su persona, era su afabilidad, y su gran modestia; era tan ingenuo y candoroso, que parecía no haber pecado en Adán. Era muy aficionado y dedicado a los ejercicios de piedad; y al mismo tiempo de un espíritu emprendedor, siend6 su mayor in¬clinación a las obras humildes y pesadas. Esto se vio en los días fes¬tivos, cuando los demás salían a predicar en las parroquias, entonces él se contentó con salir a los arrabales de los pobres para enseñar allí el catecismo, siendo el motivo de esta predilección el camino más largo y la rudeza de la gente. Por semejante motivo había resuel¬to, acabados sus estudios, pedir de los superiores que le enviaran a Córcega, por ser malsano su clima, como probó la muerte de tantos operarios nuestros, y además, por ser la gente isleña muy ruda. Lo¬gró al fin una suerte más feliz: ser enviado a los indios de América. Hablaba con frecuencia y con gran entusiasmo de esta vocación evan¬gélica y de su deseo de derramar su sangre por Cristo, o

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a lo menos, de sufrir mucho por su causa. Esta gracia pedía en espe¬cial a San José, glorioso esposo de la Santísima Virgen, al cual te¬nía muy grande devoción, afirmando a sus directores espirituales, que nunca en vano le había pedido una gracia.
Era también muy devoto de San Francisco Javier. Tenía un pe¬queño relicario de este Santo, del cual se sirvió en circunstancias muy azarosas. M venir a América con la expedición de misioneros nuevos, los sorprendió en la mar una gran tempestad. Bajó el reli¬cario con una cuerda hasta tocar con las olas, con gran confianza en la intercesión de San Javier. Y en realidad, se aplacó la tem¬pestad y se sosegaron las olas.
Llegado felizmente al puerto, le era preciso encaminarse a Cór¬doba, para concluir su curso de teología, y hacer después su Ter¬cera Probación. Fue destinado entonces a la misión del Chaco, diciendo él con esta ocasión que debía a San José este favor. Se fue a su destino con ánimo de trabajar y sufrir mucho por Cristo, y de convertir el Chaco entero.
Se contentó Cristo nuestro Señor con su buena voluntad y le dio por su corto trabajo el premio exuberante que hemos referido, aquella gloriosísima muerte y felicidad eterna, llegando tan inesperadamente Ripario a las riberas eternas.

Colegio de Santa Fe

Hemos contado ya bastante de la región del Tucumán. Dejemos esta región para encaminarnos a la del Paraguay, comenzando por su parte austral. Después de un viaje de unas 50 leguas llegamos pri¬mero al Colegio que no sin justa razón se llama de Santa Fe. Tiene su nombre del pueblo español de allí, antiguamente grande e impor¬tante, y ahora, por la inestabilidad de las condiciones humanas, decaído en extremo. Se llama este colegio con razón de Santa Fe, por distinguirse por las obras de la fe, pues, acordándose de las pala¬bras de Cristo, el cual promete el cielo a

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los que dan un vaso de agua a sus pobres, este colegio da hospeda¬je liberalmente a todos los nuestros que pasan por allí, y hasta a personas extrañas, cuando lo pide la necesidad o la urbanidad, pro-veyéndoles además con bastimento para continuar el viaje. Nota este colegio, con agradable sorpresa, que Jesucristo les paga estos servicios cor abundancia. Son nuestros Padres de allí los mesoneros generosos de todos, haciendo este bien sólo por amor a Dios, sirvien¬do esta bendita casa como de seguro refugio, a todos los caminantes, que a ella vienen de todas las regiones, ya sea los que proceden de río arriba, como los de río abajo. Mas todavía resplandeció esta li¬beralidad con ocasión de una invasión de los salvajes Calchaquíes, que les habían arruinado sus estancias, y llevado sus ganados, espe¬cialmente los caballos para servirse de ellos en su guerra contra los españoles; además 2.000 ovejas y gran número de ganado vacuno.
No decayeron de ánimo los Padres por esta pérdida, y menos disminuyeron por eso su hospitalidad.
Los sujetos de este colegio son siete, de los cuales 5 son sacer¬dotes y 2 Hermanos coadjutores.
Bajo el gobierno del rector Padre Francisco Velásquez se han aumentado los ornamentos sagrados; se han pagado las deudas, y se ha provisto la casa con todo lo necesario para su subsistencia.
Hay, empero, un gran inconveniente en esta casa: la muy poca ocasión para ejercer los sagrados ministerios de la Compañía. No se pueden hacer expediciones apostólicas a los habitantes del campo, por estar desierta toda la región circunvecina. Dentro de las mura¬llas de la misma ciudad trabajan nuestros Padres con gran celo;
especialmente entre los indios y morenos de servicio, sin olvidarse de los españoles, aunque allí la cosecha espiritual es escasa por el re¬ducido número de ciudadanos.
Había allí un joven muy perdido que llevaba una mala vida hacía ya doce años, haciendo alarde de su impiedad, aunque esta¬ba ya gravemente enfermo.

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No permitió, sin embargo, el Buen Pastor que llevara el infernal lobo a la oveja perdida. Acercándose la hora de la muerte, le iluminó la gracia de Dios, e hizo una buena confesión. Le difirió algo la ab¬solución el confesor, para que se reconciliara otra vez al día siguiente. Pero Dios, que sabía todas las cosas, estorbó el plan de nuestro Pa¬dre. Este se había despedido ya del enfermo con la promesa de vol¬ver al otro día, y quiso levantarse para volver a casa, pero no pudo, sintiéndose como detenido en la silla, y como amonestado del cielo para que no se fuese sin dar la absolución. La dio, y aquella misma noche el enfermo santamente entregó su alma al Criador.
No hay más noticias de importancia de este colegio, ni las puede haber por el decaimiento de aquella región.

El colegio de la Asunción

Ocupa este colegio el segundo lugar, después del de Córdoba, tanto por su antigüedad como por su importancia, aunque no llega a tener un número igual de alumnos. Residen allí diez sacerdotes y cinco Hermanos coadjutores. Tocante al estado económico del co¬legio no hay novedad, pero, sí, tocante a su estado espiritual; pues, hubo una ocasión especial, en tiempo de la peste, para ejercer los sagrados ministerios, como se ha hecho en las demás partes por las mismas circunstancias.
Además crecieron las congregaciones de indios y morenos, tan¬to en número como en fervor, y su capilla de la Santísima Virgen se adornó con más esplendor. La devoción a la soberana Reina creció del mismo modo, y lo recompensó nuestra Señora con favores ex¬traordinarios en beneficio de sus devotos, habiendo habido hasta algunos verdaderos prodigios obrados por la poderosa intercesión de la Virgen, de los cuales referiré algunos, constatados por testigos delante de la autoridad

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eclesiástica. A una niña de diez años había picado una víbora vene¬nosa en el dedo, que era el índice derecho. Todos los remedios re¬sultaron ineficaces, tanto que la punta del dedo estaba ya consumi¬da por el veneno, y todo el brazo horriblemente hinchado, y tieso, sufriendo la pobre criatura indecibles dolores. Este estado de cosas duró muchos años, hasta que la niña tenía ya 25 años de edad. Celebróse este año con la acostumbrada solemnidad la fiesta de la Inmaculada. Sacóse, como siempre, en procesión la imagen de la Virgen entre el repique de las campanas y el son de la música. Acudió la gente de todas partes, entre ella también aquella niña enferma. Hi¬zo tocar su rosarito en la sagrada imagen y lo aplicó a su brazo des-figurado. Al instante notó ella que cesaron los dolores y que podía mover el brazo. Volvió a casa para cerciorarse de esta mejora, levan¬tando con este brazo algunos objetos bastante pesados. Resultó, pues, efectivo el prodigio, obrado por la Virgen, y ella y toda su familia volvieron al templo para dar las gracias a María Santísima.
Hizo tanta impresión en los demás este milagro, que enseguida se notó gran aumento del número de congregantes.
Otra mujer sufrió de varias úlceras incurables en la pierna. Aplicó un día algo del aceite de la lámpara del santuario, colgada delante la Virgen, y pronto sano.
Murió durante la epidemia cierto niño en los brazos de su ma¬dre, la cual pensaba que era sólo un desmayo, aplicándole agua fría, para que volviera en sí. Quedó yerto el niño, sin señal alguna de vida, y ambos padres del niño comenzaron a clamar fervorosamente a la Virgen Inmaculada. No duró mucho, pues el niño abrió los ojos y se sentó sobre las rodillas de su madre. Lo llevaron agradecidos sus padres al templo para ofrecerle a Ella como futuro congregante.
Omito otros casos para no causar fastidio por la semejanza que hay entre unos y otros. Así que es un hecho que durante la peste han sanado varios por la sola aplicación del aceite de la lámpara del santuario.

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Por todo esto hay gran devoción a la Virgen, Patrona de la ciu¬dad, y los favores en bien del cuerpo animan a pedir semejanza para el alma.
Igualmente hay aquí gran devoción a San Ignacio, también pa¬trono de los habitantes.
Conviene referir algunos de los favores conseguidos por la in¬tercesión de este Santo.
Un niño tenía la garganta hinchada por una angina, que se la obstruía. Impusieron al enfermo la imagen de San Ignacio y rápida-mente curó el moribundo. Pues el benignísimo Padre, invocado, se hace presente por la divina piedad a cuya gloria todo está consagra¬do en la tierra.
La misma imagen fue llevada después a una india, impedida de hablar a causa de la enfermedad, que no había podido llegar a la con¬fesión y le comunicó el beneficio de la salud, de la voz y de la con-fesión.
Vivían, como otros muchos, algunos españoles en el campo. Allí los molestaban mucho ciertos espíritus malignos, en especial a una muchacha ya casadera. No podían ya aguantar aquellas veja¬ciones misteriosas, y la gente dio cuenta de ello a alguno de nues¬tros Padres. Este recomendó un exorcismo en nombre de San Ig¬nacio. El mensajero que había ido a la ciudad volvió con esta noticia alegre al campo.
En la noche, a la hora acostumbrada, se presenta el maligno. Invocan los moradores, como se les había mandado, el nombre de San Ignacio, y al punto huyó el espíritu, dándose a conocer rasgu¬ñando como un perro. Por tres días hubo calma, después de los cua¬les comenzó otra vez el espíritu a tirar por todas partes terrones; asustando a todos los presentes. Avisan otra vez al Padre, y él ahora fue en persona a aquella estancia del campo. Dice allí la Santa Mi¬sa en honor de San Ignacio, a la cual se siguió una tranquilidad com¬pleta, para no perturbarse más.
Del mismo modo se echó el demonio de otra casa. Dijo el Padre la Misa en honor de San Ignacio, y tuvo que ausentarse el maligno, no sin dar una señal de su rabia, llevándose una cortina, con la cual está cubierta la imagen de San Ignacio sobre el altar, sin que volviera a aparecer.

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Célebre es la eficacia del nombre de San Ignacio para fugar al demonio ¡He aquí otro ejemplo! A cierta india molestaba mucho el maligno con sus vejaciones. Le traía, quien sabe de dónde, manzanas verdes, otras veces le traía pescado, y así por el estilo, afligién¬dose la pobre mujer por estas impertinencias. Muchas veces se había ya intentado el exorcismo por parte de sacerdotes seglares y por religiosos. A nuestro San Ignacio, empero, estaba reservado el reme¬dio. Se llamó al fin a uno de nuestros Padres; invocó este el podero¬so nombre del gloriosísimo San Ignacio, y salió triunfante, quedando libre la india, con el favor de Dios y la intercesión de San Ignacio.
Por lo demás, se hallan en buen estado las congregaciones de indios y morenos, los cuales se juntan con regularidad para la instruc¬ción catequística y para la frecuentación de los sacramentos.
No faltó tampoco a los españoles ocasión de aprovecharse de nuestros ministerios. Siempre que se ofreció ocasión se atendió a los enfermos, también a los pobres en la portería con limosnas.
Más frecuente y provechosamente se hacían excursiones apos¬tólicas al campo, y se socorría a los enfermos, así a los españoles como a su servidumbre. Ya que están espiritualmente muy abandonados, reciben ambas clases sociales con gusto nuestros servicios.
Todo marchaba a la maravilla, así en la ciudad, como en el cam¬po, cuando de repente se levantó una tremenda tempestad entre los ciudadanos, la cual finalmente arrebató también en su torbellino a nuestros Padres. Abrieron los Padres Dominicos una universidad, as¬pirando tal vez como dice el Apóstol, a los mejores dones, la cual, como se propalaba, tenía que abarcar todas las clases, desde las pri¬meras letras, hasta los grados académicos de Teología. Estos planes eran muy vastos, y se prometieron mucho aquellos Padres de su rea¬lización, tanto para sí como también para la gloria de Dios. Los ciudadanos siempre nos estaban algo desafectos y como una veleta fácilmente se tornaban en adversarios.

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Con esta ocasión se pensaba en atraer especialmente a los ele¬mentos descontentos, prometiéndoles mil cosas; por lo cual se con¬siguió en realidad que se retiraran todos los alumnos de nuestra escuela. La cosa no podía durar, porque había comenzado con vio¬lencia y contra la ley natural. Pronto fracasaron estos intentos y empeños y los mismos estudios. Se aburrieron los ciudadanos y volvieron a nuestros Padres, confesando su error y pidiendo que admitiésemos sus hijos otra vez en nuestra escuela, declarando que habían cometido una torpeza, al dejar de la mano una cosa cierta por la incierta.
Opinaron nuestros Padres que convenía, según la doctrina de Cristo, pagar con el bien el mal recibido, y no pusieron dificultad ninguna para cumplir los deseos de aquella gente. Entró la juventud de nuevo a nuestra escuela y progresa en letras y virtud, es asidua la asistencia a las clases y en días determinados y con devoción cumplen sus funciones religiosas públicas. Al acercarse el día de San Ignacio hacen grandes preparativos para celebrar la fiesta con ejer¬cicios militares, y asisten formados a vísperas y misa solemne, con general contento de la ciudad.

El colegio del Puerto de la Santísima Trinidad (Buenos Aires)

Está colocada esta casa en un sitio muy importante para poder sacar gran provecho en el nobilísimo negocio de la salvación de las almas. Todos los años llega a este puerto abundante mercadería de almas.
Son ocho nuestros Padres, ocupados con este sagrado comercio, y tienen cuatro Hermanos coadjutores que con sus quehaceres do¬mésticos dejan expeditos a nuestros Padres para su comercio espi¬ritual.
Por lo demás no hay novedad en esta nuestra casa. Siempre hay las mismas ocupaciones ya referidas en bien del prójimo, siendo el principal trabajo el cuidado por la inmensa multitud de esclavos negros que se importan

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aquí año por año. Llegan estos pobres en un estado deplorable. Casi todos salen apestados de las bodegas de los buques, que son verda¬deras prisiones, donde estos miserables viven apretados como arenques, y donde, naturalmente, por su disposición mala y sus malas costumbres, tienen que contraer enfermedades contagiosas. No se limita el contagio a ellos, sino siempre, precisamente estos últimos años, fue apestada toda esta región hasta el último rincón.
Lo que da más lástima es que inicuamente se les arrastra a la es¬clavitud, y esclavitud perpetua; y más todavía: no son sólo esclavos de los hombres, sino también del demonio, y no saben nada de Dios y de la salvación de su alma. Por 10 cual uno que otro de nues¬tros Padres aprendió el idioma de los negros, y está estacionado aquí para su servicio espiritual. Día y noche está ocupado con ellos, bus-cándolos por las calles y las casas. Logróse la conversión de algunos, siendo la conversión tan sincera, que ya no quieren hacer vida co¬mún, después del bautismo, con sus compañeros que todavía son es-clavos del demonio. Pues, es de saber que hay negros bastante inte¬ligentes, los cuales, una vez bien instruidos, son muy tenaces en la religión. Así sucedió, no hace mucho, que uno quedó por tristeza tres días sin comer, porque él, siendo todavía gentil, no fue admi¬tido por sus compañeros ya bautizados a la misma habitación. Llo¬ró amargamente. Preguntado por su dueño el motivo de su tristeza, le contó lo que había sucedido. El dueño lo llevó a nuestros Padres, los cuales le instruyeron y bautizaron. Muy contento volvió y vivió en adelante tranquilamente con los demás.
Es, empero, colosal el número de esta escoria de la humani¬dad que llega anualmente a esta ciudad, por lo cual está repleta ella y sus alrededores con esclavos negros que juntamente con in¬dios, cultivan estas tierras. Se componen de muchas naciones, por lo cual hablan en diferentes lenguas. Algunos son dóciles para la ins¬trucción religiosa, como los paraguayos. Otros, empero, son borra¬chos y deshonestos, sin ninguna disposición para el cristianismo. Ni les importa la misma cárcel.
Referiré un caso singular. En cierta choza pajiza

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estaba tendido un indio muy anciano, cristiano desde la llegada de los españoles; pero, viviendo en su juventud entre los infieles, había vuelto a las costumbres gentiles. Mucho se ocuparon con él nuestros Padres, para quitarle sus supersticiones e infiltrarle la doctrina cris¬tiana. Cuando pensaban que estaba bastante instruido, le oyeron su confesión. En este acto notó el confesor al lado de la cama del enfer¬mo una especie de ataúd cubierto con un paño negro, y preguntó al anciano, qué significaba esto. Contestó: Los restos de mis antepasados se guardan allí en señal de amor y reverencia. Este, pues, era el resultado de tanto trabajo para quitarle sus supersticiones. Le dice severamente el Padre, que no le era lícito guardar supersti¬ciosamente los restos de aquellos los cuales (por su infidelidad) no se habían salvado. Así trató de convencer al anciano buena-mente de su error, y sacó entonces el ataúd de la choza, como para enterrarlo. Muera lo destapó. Exteriormente estaba pintado, y contenía adentro siete cráneos adornados con plumas en forma de corona y una sarta de chaquiras como collar. No quiso que estos restos tuviesen mayor distinción que las almas de estos difuntos, y así los entregó al fuego. Al saber esto el viejo y una vieja que le acompañó, comenzaron a dar señales de luto a su usanza, y por varios días seguidos no encendieron el fuego. Tan empedernida es esa gente ruda en sus malas costumbres.
Sin embargo, Dios tiene entre ellos también sus escogidos. He aquí un ejemplo. Cierto indio recién bautizado se sentía tan feliz que parecía su cara radiante de alegría. Dijo al español, en cuyo servicio estaba: Señor, ¡qué felicidad, poder seguir y servir a Cris¬to. Dijo el español: ¡Porqué me dices ésto! Replicó el indio: Antes, cuando yo todavía no era cristiano, todas las noches me molestaba el demonio y me aconsejaba que no me hiciera cristiano, que me es¬capara para volver a mi tierra, para seguir nuestras costumbres an¬tiguas,


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tan dulces, tan divertidas, tan diferentes de esta ley nueva y pesada de los cristianos. No hacía yo caso de estas inspiraciones malas, y con todo corazón me hice cristiano. Desde aquel momento estoy siempre alegre y contento, sin que me moleste ya el demonio. Así dijo el indio, para que se vea la infinita Misericordia de Dios con sus escogidos.
Así trabajan los nuestros por la gloria de Dios y la salvación de las almas, mientras gozan de buena salud. Dejó, empero, esta vida el Hermano Luis Berger, para recibir el premio de sus fati¬gas. Era coadjutor temporal formado, y murió en este colegio a la edad de 53 años, después de 30 años de Compañía. Era natural de la provincia de Artois, ciudad de Arras. Entró en el noviciado de Bélgica. Era muy conocido del Padre Oliverio Manarco, el cual le profetizó su vocación a las misiones de Indias, lo que se cumplió. No se puede negar, que era una especial providencia de Dios que le tocara la provincia del Paraguay. Pues, sabiendo él una multitud de artes e industrias, fue de una incalculable importancia para esta pro¬vincia. Prestó sus servicios de pintor, músico, platero y fabricante de instrumentos musicales, primero en la región del Tucumán, des¬pués en la misión de indios paraguayos, enseñando a estos indígenas a pintar, tocar los instrumentos y fabricarlos; asimismo introdujo allí las evoluciones artísticas o danzas.
Es increíble, como estas habilidades atrajeron a los indios a la religión. Esto era también el principal y único intento del Her¬mano Luis, ganar por estas industrias humanas a los indios para Cristo nuestro Señor; y después de haberlos ganado, conservarlos en la religión. Ya bien encaminados los indios paraguayos, quiso el Hermano probar fortuna también con los indios del Tucumán. Enviáronle pues, los superiores a Córdoba, para ejecutar desde allí sus planes. Fracasó su intento, por no ser apropiados los indios del Tucumán a tanta cultura. Hizo otra tentativa con el permiso de los

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superiores con los indios de Chile. No aprendieron tanto como los paraguayos, y el Hermano volvió después de tres años destinado al Puerto de la Santísima Trinidad. Durante el viaje se enfermó, pero siguió adelante. En Córdoba recobró un poco sus fuerzas, y continuó su viaje a Buenos Aires. Aquí se agravó su mal y tuvo que guardar cama. Le sobrevinieron grandes sufrimientos, que soportó con gran paciencia.
Es de advertir que el Hermano Luis era también un caritativo y solícito médico y farmacéutico. Ahora él mismo estaba gravemente enfermo, y Dios dispuso que el Hermano experimentase, en recom¬pensa, la caridad de otros para con él. Pues había entonces en Buenos Aires otro Hermano, bien experimentado en estos oficios de enfer¬mero, el cual asistió solícitamente al Hermano Luis. Rápidamente se le acercó la hora de la muerte. Recibió los últimos sacramentos y murió. Era un hombre piadoso, amable, desprendido de sí mismo, con los demás caritativo, servicial, afable, compasivo, abnegado, en una palabra: era un buen religioso.
Todo esto sucedió a este lado del río Paraguay. Queda por con¬tar lo que acaeció al otro lado.

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Los variados sucesos de la región del Paraguay
Las Reducciones allí fundadas

Nuestra peregrinación sale de la región de las amenas colinas, de las pampas vírgenes, y de las huertas de una verdadera Babilonia de gentes, y se endereza a las escarpadas cimas de las montañas, a los precipicios de rocas áridas, a los rápidos torrentes y caudalosos ríos, a los cenagosos pantanos, a los montes espesos, por entre espinas y abrojos...
Con el Soplo de vientos favorables levantamos ancla, y pasan-do por aguas tranquilas nos acercamos al océano embravecido su¬cumbiendo casi por naufragio. ¿Cómo puede ser que después de ha¬ber oído los felices resultados de los trabajos de nuestros Padres en el Tucumán, oigamos sin lágrimas sus padecimientos en el Paraguay, sus inauditas vejaciones sufridas por parte de cristianos bautizados? Tendremos que contemplar iglesias profanadas, incendiadas, converti¬das en cuarteles y fortalezas, rebaños de mansos corderos, ganados recientemente para Dios, destrozados por rabiosos perros infernales, desgarrados juntamente con sus madres. Para decirlo claramente:
Los indios recién reducidos y sujetos al yugo de Cristo, los vemos casi totalmente arruinados, llevados presos por mano de algunos cri¬minales. Aquellos nuevos cristianos que celebraban al Señor con dul¬ces himnos y cánticos, acompañados por el concierto de sus instru¬mentos musicales, llevando el corazón hacia los coros celestiales, ya no cuelgan sus instrumentos musicales en los sauces, sino que se ven obligados a entregarlos a las llamas. Increíble: Cristianos nue¬vos llevados a la ruina por cristianos antiguos (si merecen ellos se¬mejante denominación), maltratados, asesinados, los niños estrella-dos contra los árboles, los viejos y enfermos ineptos para seguir al destierro, sin más, hechos pedazos, o medio muertos abandonados para que los devore el tigre ¿Quién puede oír o pensar todo esto sin conmoverse?
No carecerá de interés oír lo que prodigiosamente se sabía de antemano acerca de aquellos traidores, por lo cual, parece quiso el todopoderoso Criador y Conservador del mundo, señalar los grandes males' que amenazaban a estas reducciones, para que se previnieran.
Lo pongo en este lugar, para no tener que Interrumpir después el hilo de la narración.
En la reducción de Santa Teresa, pocos días antes de la inva¬sión incendiaria de los Lusitanos, cayeron dos rayos del cielo, sin que hubiera estado extraordinariamente encapotado de nubes, y se oyó un trueno tan espantoso, que los indios más viejos afirmaron que nunca habían visto u oído semejante cosa.
Pocos días después hubo un eclipse tan total que aparecie¬ron las estrellas, aunque este caso no tenía carácter demasiado in¬sólito. Pero hubo otro que tenía más probabilidad de cosa sobre natural,

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y está plenamente comprobado por un testigo tan indudablemen¬te fidedigno, corno es el Padre Pedro Romero. Este Padre, un día de domingo, después del almuerzo, y acabada la explicación del catecismo, estaba en la puerta de la iglesia, para mirar no sé qué cosa, cuando de improviso por adentro, donde habían queda¬do juntos los indios, oyó una voz misteriosa, notando al mismo tiempo en el templo un horrible e inexplicable ruido. La voz decía:
¡Mira que arde toda la iglesia; incendiaron la iglesia!
Otros de la concurrencia oyeron decir: Está arruinando todo el templo. Otros oyeron: ¡Ved, como vienen los caballos! ¡ved como los bueyes se precipitan hacia el templo! Estas voces eran percep¬tibles a toda la concurrencia, tanto que todos resultaron sumamen¬te consternados y horrorizados; y como fuera de sí; y en el mayor desorden acudieron a las puertas de la iglesia, cerrando uno al otro los pasos, con tal precipitación que había que temer una gran mor¬tandad. Abren las ventanas de la iglesia, las rompen y las sacan, Pa¬ra escaparse por ellas, para abrir un boquerón. En esta terrible con-fusión y patente peligro de muerte de todos, apenas podían ser sosegados en algo por los esfuerzos del Padre Romero. En compañía del cacique mayor de la reducción, el Padre inspeccionó la iglesia por todos los lados, lo mismo que sus alrededores, sin encontrar el menor motivo para preocuparse. Parecía haber sido una gran alucinación, pero muy pronto los tristes acontecimientos probaron lo contrario, como veremos luego.
No dejaré en el tintero, como dice el proverbio, la relación del innegable prodigio, que sucedió en la reducción de San Miguel a la vista clara de todos. Descansa la iglesia sobre altos horcones o columnas de madera, labradas de un árbol de bálsamo, del cual se ha hecho toda la viguería. Cuatro años después de la construc¬ción del templo, el día de los mártires San Marco y San Marcelino, el 18 de Junio, al entrar a la iglesia el párroco de esta reducción, el Padre Miguel Gómez, vio inopinadamente que aquellas columnas chorreaban agua, estando el cielo raso igualmente mojado. Co¬rría

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empero el agua en gotas espesas, mojando el suelo. Llama el Padre a los niños encargados en el oficio de sacristanes y pregunta por quién y porqué se había mojado todo el maderamen. Ellos contemplan perplejos el portento, y dicen que no sabían explicar esto. La fa¬ma de este sudor misterioso corrió por todas partes. Acuden los in dios y delante de ellos sigue chorreando el agua hasta muy entrada la noche. Quedaron, en consecuencia, consternados todos los in¬dios. Los acontecimientos posteriores dieron la explicación del sig¬nificado de este portento.
Siguieron otros presagios funestos para avisar con tiempo a esta nueva cristiandad; y sería conveniente mencionarlos aunque brevemente, por manifestar ellos la gloria y misericordia de Dios nuestro Señor.
Confieso francamente, que no obstante mi buena voluntad y el carácter de estas Anuas, no es posible referir extensamente todos estos acontecimientos tan importantes, y juzgo ser mejor restringir. me lo más posible en lo ya dicho arriba y en lo que voy a contar, y referir sólo algunos rasgos selectos y bien comprobados, en lugar de acumular los hechos hasta el fastidio. Me haré semejante a un viajero que va apresuradamente adelante y no tiene tiempo de reco¬ger todas las flores del campo, y sólo puede agarrar una que otra, que le parece más hermosa. Prevengo esto, para que nadie se fastidie, cuando explico uno que otro caso un poco más detalladamente. Siempre quedaré corto en lo que refiero.
Creo además que todo lo que atañe a una nueva cristiandad, como esta, siempre se oirá con simpatía.

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Comienza la guerra con los lusitanos

Antes de entrar en el asunto, hay que advertir que los Padres que a fines del año 1637 se reunieron en Córdoba para la congregación provincial, estaban para volver cada uno al lugar de su resi¬dencia ordinaria. Y en lugar de descanso por las fatigas del viaje, se encontraron con noticias sumamente tristes. Se decía que los ladrones paulistas, aquellos lusitanos, despreciadores de todas las leyes divinas y humanas, estaban acercándose. Al oír esto, se afligie¬ron nuestros Padres sobre manera y pensaron solícitamente, cómo podían de algún modo salvar a sus encomendados de los asaltos, porque estos desalmados llegaron por diciembre a las cercanías de las reducciones de la serranía del Tape, a Santa Teresa, San Nicolás y San Carlos. Se llaman reducciones de la serranía, porque están co¬locados en cerros muy altos hacia el oriente, donde nuestros Padres les enseñan la religión. Son los más expuestos a la invasión de los lusi¬tanos, porque se les acercan mas.
A las primeras noticias de la invasión, el Padre Diego de Alfaro, Superior de todas las reducciones, las recorrió para ver que se podía hacer en su defensa y dio las órdenes del caso. Es el Padre Alfaro un hombre de mucha energía. Indica él la línea de defensa. Los in¬dios de armas tomar se reúnen rápidamente en el lugar designado, en número de 1.200 combatientes. Atacan al enemigo como leones que invaden un rebaño de ovejas, casi desnudos, contra soldados bien armados y disciplinados militarmente. Dije casi desnudos, porque los indios no llevan ninguna armadura, sino sólo su acostumbrado poncho de lana sin mangas, y se habían hasta quitado esta ropa, para poder pelear con menos estorbo. Antes de comenzar la ba¬talla, los todavía no bautizados, habían pedido este sacramento, para poder pelear con más tranquilidad. Después de haber recibido el bautismo, ardían en deseos de comenzar la batalla. Los que entre ellos eran ya cristianos

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se confesaron, para saetear mejor. Así preparados atacan con gran va¬lor al enemigo y lo obligan a huir, cayendo en la batalla algunos de los lusitanos, y muchos más de sus indios aliados, los tupís. Toman nuestros soldados por asalto el campamento de los vencidos, y comien¬zan a saquearlo, llevándose cargas enteras de los despojos. En triunfo llevan a su reducción armas, banderas, y otros pertrechos militares.
Esta primera batalla se libró en la célebre región del Caaró, donde tres de nuestros Padres hablan derramado su sangre por la pre¬dicación de la religión de Cristo nuestro Señor; como si aquellos mártires de Cristo hubieran conseguido por su intercesión en el mismo paraje fuerza y ánimo a los soldados, y para que a estos bien¬aventurados Roque, Juan y Alonso, se adscribiera el éxito de la batalla.
No se contentaron los indios, empero, con esta victoria, sino que asediaron día y noche al enemigo, encerrado en una palizada, de tal modo que los mismos enemigos vencidos confesaron que jamás habían visto tal valor en los paraguayos, sino que hasta entonces siempre los habían tenido por tímidos y cobardes, que temblaban al oir un tiro de fusil. Es que los indios habían robustecido su carácter por las peleas anteriores.
Por esta vez, pues, estaban vencidos los lusitanos, pero no se había calmado la rabia de aquellos lobos. Allí comienza su famosa política taimada: ya que no tenían fuerza para vencer por las armas, lo pretenden por medio de fraudes y engaños. Así son estos lusitanos desvergonzados. A 10 cual se añadió la variable suerte de guerra, siendo ellos al fin, juntamente con sus aliados tupís, aquellos bár-baros crueles, por el arte militar y sus armas perfeccionadas, muy


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superiores a estos nuestros indios, acostumbrados sólo a pelear con arcos y flechas desde las celadas distantes, y con mazas más de cerca. Una victoria en tal caso no es gran cosa.
En esta ocasión disimulan su vergonzosa derrota, y comienzan cobardemente a engañar a los vencedores. En cierto modo estaban bien defendidos por su palizada; pero hubiera sido posible vencerlos allí, si todos hubiesen oído los consejos de algunos de nuestra milicia, los cuales siempre insistían en tener gran cuidado con los encerrados en el fortín. Hubo sin embargo, algunos atrevidos que despreciaron estos prudentes consejos, y sin orden militar atacaron la palizada. Lo pagaron muy mal, porque un cañonazo derribó a muchos de ellos. Entre otros cayó cierto joven muy valiente, el más atrevido en ata¬car el fortín. Al caer él, se perturbaron sus parientes y precipitada¬mente y sin orden ninguno se retiraron a la reducción.
Mientras tanto nuestros Padres, a ejemplo de Moisés, tenían levantadas las manos al cielo, ya que aquellos nuestros soldados defendían su patria, su libertad y vida, peleando por sus esposas e hijos. Felizmente no se frustró del todo esta plegaria. Aunque nuestros soldados habían sido derrotados, para humillarlos y para que no atribuyesen a si mismos el buen suceso anterior, nuestros Padres luego acudieron a su alivio atendiendo a los heridos. Sepul¬taron a los muertos y ofrecieron preces por su eterno descanso.
La índole de la guerra es muy insidiosa y ninguna de las partes contendientes puede fiarse de ella. Así sucedió que de nuestro ejérci¬to se apartó enojado durante la misma batalla un cacique cristiano, el cual se dejó embaucar por los falsos rumores lusitanos de que nuestros Padres traidoramente llamaron a los lusitanos para entregarles los indios.

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Así sucedió que por los inescrutables designios de Dios los ya vencidos resultaron vencedores, pero los nuestros por esta su primera derrota no se desanimaron. Veremos por los sucesos posteriores que no habían perdido su antiguo valor.
Refiero todo esto, para que se vea en Roma y en todas partes la particularidad que tiene esta nueva Iglesia, y para que los nuevos misioneros que quieran venir acá, estén prevenidos de antemano de las buenas cualidades de nuestros indios, para que los europeos se animen a socorrerlos, viniendo a estas misiones . Hablé hasta ahora en general. Veamos que hubo en cada reducción en particular.

La Reducción de Santa Teresa

Era esta reducción la más importante, teniendo 1200 familias y muchas provisiones, y diariamente creció con advenedizos, atraídos de todas partes.
Tranquilamente estaba gozando de su prosperidad cuando al acercarse los salteadores, comenzaron nuestros Padres a temer graves daños para esta noble reducción. En estas circunstancias les parecía preciso trasladar la reducción a un paraje menos expuesto. Los mis¬mos indios reducidos, empero, no querían por nada abandonar esta, su tierra, tan hermosa, ventajosa, cómoda y querida, aunque no todos habían nacido allí. Pero Dios, que sabe todas las cosas, les dio claras señales de los males que les amenazaban, para que con más docilidad siguieran los consejos de los Padres relativos a la transmigración. Ve¬nerábase en la Iglesia de Santa Teresa una imagen muy hermosa de la Virgen, Madre de Dios. En el año 1636, el 18 de Diciembre, día en que en España se celebra la fiesta de la Expectación de la Virgen, comenzó a derramar abundantes lágrimas, del ojo derecho; el cual se dirigía hacia la región del Brasil hostil. Causó este prodigio no pequeño horror a todos, ya que indicaba a este pueblo un peligro muy grande.

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En realidad, este mismo día y mes del año siguiente de 1637 este pueblo fue saqueado por los bandidos lusitanos. 200 paulistas, ayudados por 500 indios tupís, a manera de una manada de lobos infernales, invadieron este noble rebaño de Jesucristo, sin hacer caso del temor de Dios, sin lástima ninguna con esta pobre gente desnuda, y con una atrocidad que parece haber sido inspirada por Luzbel, príncipe de los demonios. Estos hombres bestiales, o más bien ti-gres infernales, se llevaron unas 4.000 almas a un campamento poco distante. Allí vejaron a estos miserables más que lo acostum¬braban los egipcios, maltratándolos con múltiples suplicios.
Acercóse la gran fiesta de Navidad y ¡he aquí cómo la cele¬braron estos piadosos bandidos! Con velas encendidas, como para honrar a Dios, se van a nuestra iglesia, y asisten al servicio divino, como si no se hubieran acordado de las barbaridades que hablan co¬metido, profanando más bien de este modo la fiesta, y perturbando el carácter festivo de la misma.
Tomó ocasión de estas circunstancias uno de nuestros Padres, para hablarles desde el púlpito, y fácil es suponer, con qué fervor y gravedad, aunque en vano. Pues, ¿qué fruto podían sacar estos hombres perdidos de la palabra de Dios? A nuestros Padres no quedó al fin otro arbitrio que salir de la iglesia con el más grande dolor del corazón. Sólo con la mayor indignación podían contemplar a sus encomendados cargados con cadenas, hechos esclavos de unos perdidos, condenados a trabajos forzados a los mismos que poco antes habían sido ganados a Dios nuestro Señor después de indecibles trabajos de parte de los misioneros, y a los cuales habían visto servir a Dios y la Virgen, y procurar la salvación de sus almas.

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Añadióse a esto que a nuestros Padres ni siquiera les era permiti¬do asistir y aliviar a los enfermos.
Menos permitían aquellos desalmados, más fieros que bestias, que los sanos fueran a la iglesia, que se confesaran y buscaran la tran¬quilidad de su conciencia. Ya no tenían estos miserables ningún con¬suelo ni alivio. Ya que todo parecía perdido, pensaban nuestros Padres salir de allí, no pudiendo por más tiempo sufrir tanto dolor. Aquellas maldades iban a costarles la vida. Aconsejaban a los Indios cautivos que procurasen escaparse cuanto antes.
Así se hizo. Un centenar de ellos con los suyos lograron retirar-se a parajes más seguros. Los otros se conformaron con su suerte, no oyendo los consejos de los Padres. Retiráronse los Padres a la reduc-ción de San Nicolás, destruida por los mismos bandidos, al igual que las reducciones de San Carlos, San Pedro y Pablo, Santos Mártires y Candelaria, consumándose así la maldad de aquellos hombres perdidos.
La victoria había hecho a los brasileños más insolentes, después que se habían enriquecido con los despojos de los cristianos (que más bien eran robos pérfidos, no ganados por derecho de la guerra, sino por el furor de salvajes y con impiedad infernal). Reanudaron la guerra el once de Febrero del siguiente año de 1638.
Su ejército se había aumentado con un buen número de comba¬tientes, atraídos por la fama del gran botín pasado. Se formaron en batalla en tres pelotones y avanzaron por la campiña formados siempre militarmente, pasando no muy lejos de las recién destruidas reducciones, a son de tambores y clarines, alborotando toda la comarca, menos a nuestro ejército de unos mil indios de nuestras reducciones, los cuales otra vez trabaron pelea por Cristo y la libertad, en guerra justísima, contra aquel poderoso enemigo, atacándole vale¬rosos como leones. Cinco horas largas se peleó furiosamente de parte de ambos contrarios, hasta que fueron derrotados los enemigos, puestos en desorden y precipitada fuga.

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Esta era la segunda victoria. Buen número de lusitanos cayeron, para no levantarse más a pelear. Mayor número quedó herido y se es¬caparon a sus trincheras. De nuestros soldados cayeron sólo cuatro, y 80 quedaron levemente heridos. Así, con el favor de Dios, venció nuestro ejército, el cual en triunfo volvió a sus reducciones, dando gracias al Señor de los Ejércitos.
Los lusitanos empero, con esta tremenda derrota que era la segunda que sufrían de parte de los indios, procuraron ponerse a salvo, eligiendo por refugio la reducción de San Nicolás recientemen¬te destruida por ellos, donde descansaron, y curaron a sus heridos. Llenos de perfidia como están, y no tomando en cuenta la justísima ira del Todopoderoso contra ellos, ya que no prevalecieron por las armas, se sirvieron otra vez de sus acostumbradas artimañas para engañar a los indios. Había entre los indios de su séquito un hechi¬cero, semejante en maldad a ellos, al cual enviaron a nuestros solda¬dos indios, para que con sus diabólicas astucias los atrajese y los per¬suadiese a desertar y abandonarnos. Puso mano a la obra el impostor solícitamente, para vencer a los vencedores, y hacerse benemérito delante los lusitanos. Nada sacó el ministro de Satanás con los cam¬peones del Señor, cayendo él mismo en la trampa que había puesto para otros. Al comenzar a criticar a nuestros Padres, le toman preso, cargándole de cadenas, como merecía.
Cuando los paulistas notaron que su intento les había salido al revés, volvieron a la carga con otra artimaña, a su parecer de más eficacia.
Envían a una mujer, india muy astuta y experimentada en el arte infernal de seducir.
Esta acercóse atrevidamente a nuestros campeones fieles de Cristo nuestro Señor, y soltó su mala lengua, para

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ver que podía conseguir con sus armas carnales, como si peleara la carne contra el espíritu. Dios asistió a los suyos, y todo el mundo, los suyos y los nuestros comenzaron a burlarse de aquella miserable, pues pronto se habían aburrido nuestros soldados de semejante des¬vergüenza, y también tomaron presa a esta segunda embajada. Al mismo tiempo, se burlaron de los paulistas, felicitándoles por esta su generala tan valiente y por esta embajada tan prudente y capciosa.
Verdaderamente, este caso pinta al natural su modo de ser, ya que no podían enviar embajada más semejante a ellos. Viéronse descubiertos los brasileños, y se dieron cuenta del carácter firme de nuestros soldados.
Mientras tanto, por otros caminos, el Padre Pedro Romero había enviado una carta al Padre Superior de todas las reducciones, pidiendo socorro contra los paulistas, avisando que él pronto vendría con una numerosa tropa de auxiliares, en número de 1.500 solda¬dos;,así esperaba poder expulsar al enemigo de toda la región del Paraná y Paraguay. Así pensaban todos los indios, y Dios los había de ayudar en sus intentos.
El correo llevó esta carta a su destino, pero en el camino tro¬pez6 con los espías enemigos, que vagaban por aquellos campos. Viéndose atacado con las armas, se puso a defender con valor, juntamente con sus compañeros de viaje. Los espías huyen asustados, mientras nuestros indios los persiguen para matarlos. En la refriega se perdió la valija con las cartas, y, como se vio, por especial Providencia de Dios. Cayeron las cartas en manos de los enemigos, causando entre ellos gran consternación. Apenas habían leído las cartas y comprendido el intento de Romero y de sus indios, cuando sin demora inicia-ron su retirada. Tenían guardado su botín en un fortín cerca de San Nicolás, y esperaban aumentarlo. Hacia allá se refugiaron ahora, te¬miendo, no obstante sus poderosas armas, a los desnudos Indios.

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Erigieron allí siete fortines con las vigas que sacaron de la iglesia de Apóstoles, siendo esta nueva barbaridad más bien obra de herejes que de católicos.
Dejémoslos ahora tranquilos en sus trincheras, y volvamos a nuestros Padres, y a la narración de algunos hechos gloriosos realiza¬dos por los indios.
Esta nueva Iglesia de Cristo tiene mucha semejanza con aquella antigua de los hebreos, en su modo de guerrear con los enemigos, y conquistar la tierra de promisión. A los hebreos pareció muy natural, seguir a su jefe Moisés, el cual gobernaba la iglesia, y organizó el orden público, procurando al mismo tiempo la salud de las almas. Ya he referido arriba algunas particularidades de este estilo, y en ade¬lante tengo que referir más de esta clase. Por ahora mencionaré brevemente la solicitud de nuestros Padres en procurar el bien univer¬sal de sus encomendados. Durante los combates de los indios por la gloria de Dios y su propia defensa, estaban entregados los Padres a fervorosa oración. Ofrecían misas y mortificaciones al Señor, ya que se hablaba de la divina gloria y de la salvación de los Indios. Por estas armas espirituales bien sabían comunicar una fuerza irresistible a los proyectiles de fierro, lo que ya los israelitas' habían experimentado como consecuencia de las oraciones de Moisés. Muy reconocidos quedaron los indios por tantos beneficios recibidos de sus misioneros, aprovechándose ellos de cualquier ocasión, en especial durante- el tiempo de estas luchas, para alabar y ensalzar a sus Padres. Igual a su valentía y arrojo contra sus enemigos los lusitanos, era su afecto y generosidad para con nosotros. Muchas veces pretendían estos paulistas enajenar los ánimos de los indios contra nuestros Padres con la burda calumnia de que ellos habían venido llamados por los Padres, pero no sacaron nada con estas mentiras, ni alcanzaron su pretensión de atraerse

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a los indios, convirtiéndolos en apóstatas. Al contrario, se burlaron los fieles de nuestros Padres de las astucias de los calumniadores, pe¬netrando las intenciones perversas de esta raza satánica. Lo único que se consiguió con todo esto, era acrecentar su afecto para con los Padres, y su disposición generosa para entregar su vida por sus queridos padres. A tal grado llegó este afecto que sin titubear hubieran expuesto al peligro a sus propios hijos, con tal de poner a salvo a sus Padres. No temen tanto las espadas, lanzas y balas, como las calum¬nias contra sus amados párrocos, las que reciben como fieras y como lanzadas contra ellos mismos. Tal es el afecto de los paraguayos para con los que son sus Padres en Cristo nuestro Señor.
Manifestóse también a las claras, durante el estrépito de estos combates, el sólido amor y santo temor de Dios, con que están imbuidos los indios. Hubo muchas pruebas para ello, de las cuales referiré sólo una que otra. Un joven soldado nuestro estaba saeteando al enemigo, cuando el mismo recibió en su alma un tiro del mismo satanás. El caso era, que el joven había dirigido una mala mirada, no al enemigo, sino a una mujer india, la que le causó una grave herida en su corazón, sucumbiendo él a la mala tentación. Pero Dios que sabe todas las cosas, como buen médico de las almas, procuró a esta alma, mortalmente herida, un eficaz remedio. Fue alcanzado aquel joven por un proyectil del enemigo, que le hirió no demasiado gra¬vemente, pudiéndose retirar al campamento para curar la herida. Al mismo tiempo llamó al sacerdote y le confesó la oculta causa de esta herida, bendiciendo a Dios que le había hecho este beneficio, que él no había merecido, de enviarle al instante un castigo por su falta co¬metida, para que se acordara de su pecado; lo confesó y tuvo más cuidado de ahí en adelante.

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Hubo otro que no se atrevió a pelear antes de haber hecho buena confesión, alegando por motivo que aliviado de las molestias y del peso de los pecados, no temería el combate, y saldría al encuen¬tro del enemigo con valor. Cada vez, antes de tirar el proyectil, se hincan de rodillas y se persignan. Podía parecer esto a algunos una pequeñez. Pero suplico al crítico que considere el natural bár¬baro y feroz de esta gente y su antiguo carácter rastrero, y que hasta hace poco era totalmente ignorante hasta de lo más rudimentario de las verdades religiosas. Entonces estas sus prácticas religiosas parecerán, no pequeñeces, sino cosas grandes, no vilezas, sino cosas sublimes, a lo menos delante de Dios, el cual sabe apreciarlas en su justo valor.
Las riberas de ambos ríos, las del Paraná y las del Uruguay lle¬garon a estar en paz y libertad, pero no duró mucho la calma. Los Pa¬dres temían su inestabilidad, escarmentados por la triste experiencia. Era un hecho que estas reducciones estaban demasiado cerca del enemigo, y por lo tanto siempre expuestas a inesperadas invasiones. Así resolvieron trasladarlas, unas a las riberas del Paraná, otras a las del Uruguay, donde, libres de disturbios belicosos, podían servir a Dios en paz y tranquilidad. Pensaban, pues, en evacuar la Sierra del Tape. Pero era esta un empresa muy difícil y más difícil, convencer a los indios para que abandonaran su tierra natal, que pusieran fuego a sus casas, que dejaran sus sembrados para cambiarlos por una tierra inculta, llena de espinas y abrojos. Pero, con el especial favor de Dios, se vencieron al fin estos obstáculos. Siguieron los indios los consejos de los Padres y comenzaron a retirarse a lugares más seguros. Lo quiso estorbar también el enemigo, el cual con fraudes y engaños, falsos rumores y otras estratagemas de este jaez, quiso oponerse a la partida. Deshicieron los Padres estos enredos oportunamente.

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Como Patrona de esta empresa se imploró a la Santísima Virgen, y pronto se vio el efecto de su poderosa intercesión ante su divino Hijo; pues, todos de buena gana emprendieron el viaje al Paraná.
Como tiene este río su origen en insignificantes torrentes que bajan de la montaña, crece continuamente en su curso, resultando un río ancho y profundo, casi como la mar. Muy distantes de las ribe¬ras de este río, hacia el occidente, a cuya parte meridional se dirigían los pasos de los teresianos, habíanse establecido otras apacibles reducciones. Mientras tanto, el diablo no podía menos de ingerirse ya que se le sacaba de la mano una presa tan grande, que pensaba devorar con el auxilio de sus satélites. Así comenzó a llenar a muchos con el descontento por las fatigas del viaje, y aconsejarles la fuga.
A los pobres Padres causó esto no pequeño aumento de trabajo, congoja y cuidado. Tenían que recoger a los que habían escapado, y animar a los demás a proseguir el viaje. Un Padre que había buscado a los huidos, los halló medio muertos de hambre; los consoló y re¬frigeró como pudo, y los llevó adonde estaban los demás, con no pequeño trabajo, sudor y cansancio.
Se notó también durante este viaje, la oportuna Intercesión de San Ignacio, asistiendo como es su costumbre, a una india que estaba de parto. No se acabó con esto su asistencia; pues, faltó el agua para bautizar al niño recién nacido y urgía bautizarlo porque la madre estaba demasiado fatigada por el viaje y el niño había nacido por esto demasiado débil, tanto que se temía la muerte de los dos. En este trance se le aplicó al niño moribundo una imagencita de papel que representaba a San Ignacio. Al instante comenzó a mamar, alcanzó vivo la aguada, fue bautizado y voló al cielo.
Durante este viaje el Padre Alfaro y otros Padres habían buscado en las riberas del Paraná y Uruguay sitios a propósito, para colocar allí nuevas reducciones. Además se encaminaron los indios del Paraná, antiguos habitantes de la comarca, al encuentro de los fugitivos, llevando abundantes víveres para aquellos pobres. Faltaban todavía 8 leguas hasta el término del viaje, cuando el demonio los instigó a una nueva resistencia a proseguir adelante, por la ya vieja

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ilusión de que los Padres los iban a entregar a los lusitanos. Muy oportunamente vinieron entonces a su encuentro sus otros compatrio¬tas seguros, felices y libres, y en compañía de los mismos Padres, quienes los hablan defendido contra todos los peligros que ellos mismos tan vanamente ahora temían. Así se hizo patente que eran unos ilusos del demonio. En estas circunstancias criticas los Padres habían acudido a su probado recurso: la devota oración a la Virgen Santísima. Santo remedio: pues, apenas aclaró el día, cuando los caciques por su propia iniciativa vinieron juntos a los Padres, prome¬tiendo seguir adelante. Contribuyeron no poco, a aliviar el viaje algunas piadosas congregantes de la reducción de Loreto, las cuales bien sabían (por su retirada diez años antes, del Guayrá), lo que significaba abandonar la querida patria, para emigrar a lugares desco¬nocidos. Ellas mismas tenían que hacer entonces un viaje de más de cien leguas hasta el Paraná, por haber sido igualmente amenazados por las invasiones continuas de los lusitanos. Estas mujeres, pues,
después de haberse encontrado con estos nuevos fugitivos, ayudaron mucho a facilitar el viaje. Animaron a los pobres, les dieron de comer, dando ejemplo para que los hombres hicieran lo mismo con afabilidad. Además les llevaron los trastos y las criaturas pequeñas, y hasta cargaron en sus hombros a los enfermos.
Estos nuevos huéspedes, alojados en esta ocasión en los antiguos pueblos del Paraná, eran en número de 12.000 almas.
Voy a añadir aquí algunos pormenores, para no tenerlo que hacer después con fastidio de los lectores. Nuestros pobres Padres han sufrido en estas transmigraciones increíbles molestias, trabajos, congojas y cuidados. El camino era largo, casi intransitable, cuesta

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arriba, cuesta abajo, de muchas vueltas. El tiempo era frío y lluvioso, los indios a cada rato tenían otras ocurrencias; una veces marchaban de buena voluntad, otras de mala, poniéndose unas veces soberbios, intratables y desvergonzados, y otras no queriendo sujetarse a orden ninguno. Los Padres continuamente tenían que variar su modo de proceder, en el trato con esta gente. Tenían que hablarles a buenas, y a malas. Tenían que procurar el alimento para tanta gente, sirvien¬do los Padres en persona como vaqueros, a pie y a caballo, llevando adelante las reses para la carnicería. Grandísimo cuidado exigía el crecido número de enfermos. Día y noche estaban alertas para que nadie se les muriera en el camino sin bautismo o sin confesión.
Aunque todo era muy grave y variado, no creo sin embargo que a los europeos sea ingrato saberlo todo, y hasta creo que se animarán más por esto, a venir acá para sufrir 10 mismo.
Basta con esta advertencia, ya que se trata de una cosa común a la transmigración de cada una de estas reducciones.

La Reducción de San Ignacio del Paraná

No hay novedad en esta reducción, porque es la más antigua de todas, y en las Cartas anteriores ya se ha hablado difusamente de ella. En su primera juventud, y su subsiguiente florecimiento era muy fe-cunda en gloriosas hazañas, de las cuales estaban repletas las Cartas Anuas anteriores. Ahora esta reducción es ya la vieja, y sin embargo sigue su buen camino y cada año se distingue en buenas obras. Pero no hay variación en ellas y no conviene fastidiar con volverlas a con¬tar. Sólo alguna cosa referiré: Como se sabe, de aquí se envían por la real encomienda indios a la ciudad española de la Asunción, para ser¬vir por dos meses a sus encomenderos. Por esta ausencia de la reduc¬ción y por el trato con los españoles y su mal ejemplo, vuelven ellos engreídos y desvergonzados traspasando con ligereza los limites del pudor y entregándose a la lujuria. Gran trabajo causa esta clase de gente a nuestros Padres, aconsejándoles que se dejen de sus malas cos¬tumbres. Pero están ya muy maleados y como abandonados a sus vicios por Dios. Así se comprende, que dos de ellos se conjuraron

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para quitar la vida a los Padres. Uno de ellos preparó huevos fritos para el Padre, mezclados con veneno. Frustróse su mal intento. El Padre no sintió ningún mal efecto de esta comida, cumpliéndose la profecía de Cristo nuestro Señor hecha a los Apóstoles y discípulos.
El otro mezcló igualmente veneno con el vino de mesa en la vinajera. Uno de los Padres notó que era turbio. Lo pasó por un paño para clarificarlo y lo usó en la mesa sin daño.
Descubrióse luego el crimen, aplicándose un castigo moderado a los culpables. Los demás escarmentaron en cabeza ajena, y de ahí en adelante se reformaron en sus costumbres.
Consérvase floreciente la congregación mariana y se distingue por su espíritu de penitencia y por la frecuencia de los Santos Sacra¬mentos.
Esta reducción prevalece entre todas las demás por su virtud y estabilidad, y además, tiene poco trato con las otras. Así se resolvió por los Padres, que de otras partes se envíen acá, los que no quieren sujetarse y no quieren enmendarse de sus vicios. También los infie¬les se agregan preferentemente a estos para acostumbrarlos más fá¬cilmente a las prácticas cristianas. Dio muy buen resultado este arbitrio.
Por este solicito cuidado de los Padres están bien proveídas las almas; y al mismo tiempo también los cuerpos, como lo experi¬mentan los indios por su comodidad, apetecida también por los demás. Florece entre ellos el cultivo del algodón, y han aprendido también el arte textil que les proporciona vestido; de suerte que de este pueblo está ya completamente desterrada la desnudez. Hay además en este pueblo una buena prevención contra incendios, muy frecuentes aquí; pues, las casas, hasta ahora cubiertas de paja y sarmientos, según costumbre entre indios y españolas aquí, recientemente se han techado con tejas,otras cosas de interés no hay aquí.

La Reducción de Itapua o Encamación

Las cosas particulares de allí son las siguientes.
Se han profundizado cada vez más en este pueblo los conocimien¬tos de nuestra santa religión. Se aprecia aquí mucho la religión cristiana y se desprecian las supersticiones antiguas. Asisten los indios todas las mañanas a la santa misa, y después de ella se dedican a sus faenas agrícolas. Después de la misa siempre hay algunos que se quie¬ren confesar. La frecuencia de los santos sacramentos produjo

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entre ellos un gran temor de Dios, horror grande de cometer pecado, gran firmeza de carácter en guardar la castidad, especialmente por la convicción de que Dios ve todas las cosas. El catecismo se explica nc sólo los días festivos, sino los jueves de cada semana antes del almuerzo. Al anochecer se reza el Santo Rosario en la iglesia, a la cual acuden los indios al volver de sus trabajos campestres, para dar gracias al Señor. Así es que un buen número de estos noveles cristia¬nos pasan todo el año sin cometer ningún pecado grave y si sucede que caen por fragilidad humana, se levantan en seguida, agarrándose de la derecha del Señor, para tener mas- cuidado de no caer en adelante. Así que no hay ya entre ellos malas costumbres arraigadas, si se exceptúa aquel contagio sobrevenido de los españoles, la costum¬bre de jurar por cualquier motivo. Los que en este asunto dan más frecuentemente mal ejemplo, han sido castigados públicamente. Así m quitó de cuajo este vicio.
La frecuencia de los santos sacramentos es muy grande en esta reducción, especialmente en las fiestas mayores. Sucedió que un ca¬cique recientemente adscrito a este pueblo, habla hecho su primera comunión. Desde aquel día estaba tan penetrado de respeto y venera¬ción hacia este augusto Sacramento que en consecuencia de esto apenas
sintió que se le murieran casi todos de su familia, su esposa, sus hi¬jos, cuatro hermanos y muchísimos de sus súbditos, antes bien se empeñó en traer a este pueblo a los demás que se habían quedado en su tierra, para que tuviesen la dicha, de ser fortalecidos al morir con el Viático del santo Cuerpo de Cristo nuestro Señor, porque habla visto morir a sus parientes con gran tranquilidad y alegría. Tan grande era la fe de este hombre recién bautizado.
Los congregantes de la Santísima Virgen, de día en día, crecen en el amor a su Patrona, y ejercen por amor a ella varias obras de misericordia con los enfermos y pobres, trayéndoles leña de la selva, agua de la fuente, y comida, si les sobra algo. A los muertos procuran funerales y rezan por ellos, procediendo en todo esto con tal sencillez y modestia, que quedaron pasmados de admiración algunos españo¬les que les habían observado por casualidad en este procedimiento, diciendo que con la mayor gana quisieran morir ellos en este lugar, donde con tanto

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respeto se entierra a los muertos.
Cada domingo se nombra a seis de los congregantes por turno, los cuales cada día tienen que visitar a los enfermos, socorriéndoles con todo lo necesario por la mañana y por la tarde. Además juntan Iimosnas para los pobres y las distribuyen según las necesidades que hay.
Para los gravemente enfermos se prepara una comida especial en nuestra casa, enviándola a los enfermos por medio del enfermero. A los no tan gravemente enfermos se les envía a lo menos carne, para que la preparen en su respectiva casa y a su gusto.
Verdaderamente, aquí se ve patente un cúmulo de bendiciones celestiales.
Recuérdese finalmente la insigne caridad y eximia liberalidad de este pueblo para con los recién llegados fugitivos teresianos después de su viaje de unas 80 leguas, por la cual los itapuanos se han hecho dignos de perpetua memoria. Proporcionaron ellos hospedaje y sustento en sus propias casas a muchísimas familias fugitivas. Les die¬ron parte de sus propios campos para sembrar. y hasta les ayudaron a labrarlos, hasta que se preparase a los huéspedes campos propios, rozando la selva virgen.
De tantos rasgos de caridad, no sé cuál es la mayor. ¡Júzguelo el lector!

La Reducción de Candelaria

Fue trasladada esta reducción del otro lado del Uruguay a este lugar. Es la tercera en rango entre las reducciones del Paraná, y tiene una suerte tan feliz debida a su celestial Patrona, la Virgen Madre de Dios que, a diferencia de las demás reducciones trasladadas, cuyos ha¬bitantes se resintieron en su salud por el cambio de clima, esta quedó completamente libre de enfermedades contagiosas. Añadió la Santí¬sima Virgen otro beneficio: una abundantísima cosecha, por la cual ya no se conoce ninguna carestía de víveres, ni hambre, ni mortandad. Es que Dios quiso premiar de este modo a estos habitantes por la prontitud, con que cumplieron la voluntad de Dios ~ abandonar su patrio suelo para trasladarse a otro desconocido. Además les recom¬pensó la Santísima Virgen por su liberalidad para con sus compatrio¬tas pobres y hambrientos, en lo cual siempre se ha distinguido esta reducción. Así Dios les pagó lo que hicieron en tiempo de la siembra, cuando las reducciones vecinas les pidieron semilla, teniendo ellos mismos apenas lo suficiente para sembrar.

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Tenía entonces su jefe vergüenza de negarse a lo pedido. Con¬fiando en Dios dio liberalmente lo que se le pedía. Más pronto de lo que se pensaba, vino la recompensa: al otro día, antes de amanecer, se encontró al margen del río una embarcación cargada con maíz.
Aumentó no poco la devoción de esta gente hacia la divina Eu¬caristía la conclusión de su hermosa iglesia, lo mismo que la proce¬sión de Corpus hecha con la pompa posible en este último rincón del mundo.
El entusiasmo que tiene esta gente en esta ocasión, les saca del apuro en que se ven de no tener grandes alfombras ni cortinas de seda. Lo suplen todo con su fervorosa piedad y con adornos sacados del monte.
Por lo mismo, cuando el Santísimo es llevado a los enfermos, se limpia y adorna el camino y lo acompañan ellos con toda solemni¬dad.
Los sanos frecuentan mucho la santa Comunión. Grande es tam¬bién su devoción a la Santísima Virgen, ya que ella es su Patrona poderosa, y de ninguna manera quieren quedar a la zaga de las demás reducciones en lo tocante al culto a Maria Santísima. Se entiende que es grande también su devoción a San Ignacio, ya que este santo desde el cielo les cura los enfermos, asistiendo con su intercesión, como siempre, a las mujeres en parto.

La Reducción de San Cosme y San Damián

En su sitio anterior era esta reducción la más expuesta a las inva¬siones de los lusitanos, por lo cual era evidente que tenía que trasla¬darse. Pero costó a nuestros Padres un trabajo ímprobo conseguirlo, porque estos pobres indígenas aman con tenacidad su patrio suelo, y además temían ellos sobremanera el largo viaje de retirada, su inco¬modidad, el mal tiempo de aquellos días y todas las demás dificulta¬des de la transmigración. Con el favor de Dios se han vencido los obstáculos. Dos meses duró la transmigración, y ahora, después del trabajo, hay que confesar que este les salió beneficioso, no sólo corporal, sino también espiritualmente. Su inclinación a la supersti¬ción, a la flojera, y a sus

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costumbres antiguas, les hacía casi ineptos para la religión. Además tenían gran aversión a la agricultura. Así, para matar el hambre, tenían que salir al monte y a los campos para buscar su sustento, no importándoles a ellos ni Padres, ni iglesia. Además de aquella inicua sospecha contra los Padres, varias veces mencionada, había una especie de superstición muy arraigada entre ellos, que consistía en llamar, en caso de enfermedad, a los hechiceros, para que los sanaran.
Estos médicos diabólicos no saben nada de medicina, sino que simulan inicuamente que chupan algo del cuerpo del enfermo, para que sane.
Así era aquella gente, a la cual se trataba ahora de sacar de su tierra y llevarla a otra. Inesperadamente, y con el favor de Dios con¬sintieron en ello. El día de la Ascensión del Señor a los cielos, se comenzó la transmigración desde este lugar de superstición a los nuevos sitios más favorables. Después de concluirse la santa misa, ellos con su propia mano pusieron fuego a sus chozas, para que después de partir no les viniese la gana de volver a ellas. Durante el viaje les vino aquel tan oportuno socorro de los pueblos de San Ignacio y Loreto.
Descansaron un poco al pasar por la reducción de San Miguel, después de lo cual se dirigieron directamente a un sitio determinado en las riberas del Paraná También aquí experimentaron a su llegada la cari-dad de los cristianos más antiguos, tomando a su cargo los ignacianos y lauretanos la construcción de las casas y la roza de la selva virgen para la sementera. Así sucedió que se dejaron de sus antiguos errores y supersticiones, frecuentando devotamente el nuevo templo por ellos construido, mejorándose ellos de día en día, debido a su buena asistencia a la explicación de la doctrina y de la Palabra de Dios. Colocóse también aquí con la mayor solemnidad el Santísimo Sacramento en el tabernáculo;

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al cual desean recibir ellos ávidamente, siendo admitidos por nuestros Padres tres o cuatro veces al año. A la confesión vienen con más fre¬cuencia.
A consecuencia de la transmigración y el cambio de clima apa¬recieron frecuentes dolencias en el pueblo. Formaron con esta ocasión nuestros Padres de entre los indios, cuadrillas de a dos enfermeros, gente ya de madura edad, sanos, robustos y piadosos, para el servicio de los enfermos, y para investigar silos había en las casas, campos y selvas. Al mismo tiempo estos enfermeros eran los mejores vigilantes contra la antigua superstición de los hechiceros, y los mejores propagadores de las prácticas religiosas. Llevaron a los enfermos a los Padres, para que rezaran el Evangelio sobre ellos, y procuraron que nadie muriese sin sacramentos.
Descubrieron estos enfermos un día a un niñito que hacía dos días que no había mamado. Llevaron al enfermito a recibir el bautismo y recibido este sacramento comienza a mamar, logrando así doble salud, la del cuerpo y la del alma.
Dios en su infinita Sabiduría habla determinado robustecer la fe de esta llueva Iglesia por medio de varios signos y portentos. Por esto se sucedieron estos casos ya mencionados, a los cuales se añadieron otros no menos admirables.
Había un catecúmeno que de repente enfermó gravemente. Se le aplicaron las medicinas del campo de aquella región, pero sin nin¬gún resultado, Para que no muriera sin bautismo, se le administró este sacramento. Poco después expiró volando al cielo, para vivir allí eternamente.
Estas pocas líneas nos darán una idea de cómo aquella, antes tan supersticiosa gente, se trocó en cristiana y de una fe tenacísima.

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La Reducción de Santa Ana

Florecía este pueblo en su tierra antigua y parecía indeleble. 800 familias contenía en aquel entonces, y crecía, todavía, no sólo en número, sino en fe y amor. Pero Dios en sus inescrutables desig¬nios había determinado reducir el gran número de habitantes, que tal vez llegaba a 3.200 almas, por medio de una enfermedad contagiosa, que quitó la vida a gran número de ellos, llevándolos a las habitaciones del cielo.
Otra peste amenazaba contagiar no sólo a esta, sino también a las otras reducciones, la que consistía en la rabia de los lusitanos, por lo cual oportunamente pensaban los Padres en procurarles un buen remedio, que consistió en trasmigrar a otra parte.
Al principio hubo también aquí gran oposición a la pretensión de los Padres. Algunas de las otras reducciones habían llegado ya felizmente a las riberas del Paraná, donde vivían seguros de la rabia insensata de los lusitanos, y todavía tardó la resistencia en Santa Ana en transmigrar. Enojáronse con los Padres y se escaparon a los montes y selvas más espesas. Muy afligidos estaban los Padres. pero no cejaron en urgir la empresa de la transmigración. Como cazadores, despreciando calor y frío, los buscaban. En lugar de agradecimiento por procurarles el bien, experimentaron los Padres un indigno trata¬miento. Algunos indios hasta pensaron en quitarles la vida, entrando uno a deshora

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al toldo, donde estaba descansando el Padre, para asesinarlo. Despertóse el Padre oyendo gritar: "Levántate. Te quieren matar". Al instante llama a los indios de su servicio. Sorprendido por esto, huyó precipitadamente el asesino. Así protege Dios a los suyos con su sua¬ve Providencia. Al fin cedió la resistencia porfiada de los bárbaros a la constancia de los Padres. Recogidos todos de sus escondrijos, y bautizados los párvulos, se encaminan hacia el Uruguay, no sin grandes trabajos sufridos en el camino. Llegados finalmente al término de su viaje, los recibieron los indios uruguayos con la más franca hospitali¬dad. Alimentaron a los hambrientos, dándoles además provisiones para los días siguientes.
Sucedió con ellos lo mismo que con los demás. El cambio de clima les ocasionó enfermedades. Opinaron los Padres que seria mejor buscar un sitio más favorable al margen del Paraná, y sin demora, y no obstante los inevitables sinsabores llevaron ellos allá a los indios. En el camino les molestaba continuamente la enfermedad, pero siguieron intrépidamente adelante. Animáronse mutuamente, y Dios mismo les dispensó favores. Un indio infiel todavía de buena salud cargó a sus espaldas a una pobre india enferma, tan debilitada que ya no podía seguir adelante. En consecuencia de este acto de caridad el indio contrajo la misma enfermedad, que luego tomó un carácter fatal. Dios lo dispuso así para procurarle la salvación. Llamóse al sacerdote, el cual le instruyó en lo más necesario de la re¬ligión, y oyóle atentamente el enfermo. Para probar su sinceridad, el Padre quería diferir el bautismo al día siguiente. Pero Dios no lo quiso así. Cuando el Padre con esta su determinación quiso levantarse para irse a su casa, no pudo. Comprendió este aviso

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del cielo, y al instante administró al enfermo el sacramento del bau¬tismo. Así bien preparado murió el enfermo la misma noche para recibir en el cielo el premio de su obra de caridad, seguramente más grande que el trabajo sufrido.
Al ver los estragos que causó esta epidemia, tal vez pensará alguien que los indios por esto se hubieran desanimado grandemente, en especial, porque ellos lo habían barruntado de antemano, y por esto se habían opuesto tenazmente a la transmigración. No fue así. Animosamente marcharon ellos adelante hasta su sitio definitivo a la margen del Paraná.
A la epidemia siguió ahora desgraciadamente el hambre, al cual sucumbieron en breve tiempo cerca de 450 almas de esta reducción.
Han hecho lo posible nuestros Padres para combatirlo. Como mercaderes ávidos de ganancia, se movieron por todas partes para recoger el sustento y alimento que faltaba, sin avergonzase de tener que ocuparse por Cristo con estas cosas bajas, y ejercer oficios humil¬des con los pobres y enfermos, repartirles y hasta prepararles en persona la comida.
A esto se añadió la asistencia espiritual a los moribundos, y el oficio de sepultureros que ejercen los Padres por falta de otros. Ya que hay buenos y malos en el mundo, no es de admirar que había algunos que alababan a los Padres por lo que hacían en esta ocasión, mientras otros malévolos tomaron ocasión de esto para criticarlos agriamente. Hubo uno que se adelantó tanto en su temeridad que ni siquiera respetaba el Sacramento de la Confesión. Pero no impunemente había provocado a Dios. Se enfermó gravemente.

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Como estaba al mismo tiempo enfermo en el alma, quiso declinar la asistencia de los Padres retirándose al campo. Allí se agravó su malestar por una fiebre muy alta.
Sus parientes temían que se les iba a morir, y al mismo tiempo que se condenase eternamente, ya que se hizo el desentendido todos sus caritativos consejos. Al fin le devuelven contra su voluntad al pueblo, y llaman al Padre. Este le habló a buenas y a malas, pero todo en vano, porque estaba completamente endurecido. Así murió impenitente y fue sepultado en el infierno, para servir de horrible escarmiento a los indios de la reducción. Estando con buena salud se burló de la religión, y por justo juicio de Dios fue privado en la hora de la muerte de los consuelos de la religión.
Hubo otro ejemplo de la justicia de Dios. Cierta mujer, la cual estaba aburrida de sufrir tantas privaciones, convenció a dos indio más para escaparse juntos a su antigua tierra. Añadió a este crimen otro crimen más: desató su mala lengua contra los Padres. Escapándose al fin, pronto ella y los otros dos hallaron un vengador de su barbaridades: un tigre destrozó a la mujer, y los otros dos fueron hallados en estado de descomposición en el campo.

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Hubo en este caso una particularidad, la cual puso de manifiesto la misericordia de Dios con sus elegidos. Estos prófugos se habían encontrado en el camino con otros indios, que andaban con intenciones totalmente opuestas a las suyas: habían abandonado su tierra y habían venido únicamente para vivir entre cristianos y escuchar los ministros de Dios.
A estos querían embaucar los dos fugitivos, para que volviesen su tierra. Pero estos otros viajeros eran demasiado juiciosos, comprendieron los engaños, se encaminaron tranquilamente a este pueblo, y lograron hacerse cristianos.
Unos 10 moradores de este pueblo de Santa Ana, muchas veces habían hecho mala confesión. Pero en la hora de la muerte Dios les dio buen conocimiento, y lograron confesarse bien, y murieron santamente.
El celo de nuestros Padres por la salvación de las almas se colige del siguiente caso. En un monte muy distante del pueblo, donde acostumbraban los indios buscar su alimento, dio a luz una india a un niñito que estaba para morir. Buscan un sacerdote en el pueblo. Al instante, en una noche muy fría, se fue el Padre a pié a aquel monte lleno de espinas. Llegó allá exhausto de fuerzas y penetrado del frío. En este estado quería esperar hasta que clareara el día, pero no quedó tranquilo. Prefirió bautizar al niño antes de descansar. Así, lo hizo, y apenas bautizado, murió el niño.
Durante mucho tiempo, el disturbio de la guerra, impidió el pre¬parar a los indios al bautismo.

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Restablecida la tranquilidad le han conseguido muchos. Párvulos fue¬ron bautizados cien, adultos 486. Se casaron por la Iglesia 44 parejas.
Para mayor seguridad y adelanto de aquel pueblo se colocó solemnemente en la iglesia el Cuerpo de Cristo.
Para conseguir también el patrocinio de la Santísima Virgen, se introdujo aquí su congregación de hombres y mujeres, para que este pueblo no sea inferior en prácticas religiosas a los demás. No podía faltarle a esta reducción el patrocinio de la Virgen, cuando tenía como Patrona especial a Santa Ana, madre de la Virgen.
Se mostró la protección especial de Dios en este caso particular. Había una congregante moribunda, a la cual molestó el demonio con terribles fantasmas; espantóse primero la mujer, pero fortaleciéndose después con la señal de la Santa Cruz, se libró de estas molestias corporales, sintiendo el eficaz socorro de su Patrona, la Virgen.
¡Ojalá que la intercesión de la poderosa Madre de Dios consiga creciente prosperidad a este pueblo dedicado a su madre Santa Ana.

La Reducción de Loreto

Difícil seria referir los progresos de esta y la siguiente reducción, desde el día de su fundación. Hasta ahora no se han enviado Cartas Anuas a Roma, que no estuvieran repletas de sus grandes hazañas en la religión. Se asemejan mucho las dos reducciones, la una a la otra, y lo que se dice de la una, vale de la otra. Pero es más cómodo contar por separado sus buenas obras por la gloria de Dios.

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Esta reducción de Loreto no sólo es la más antigua de todas en el servicio de Dios, sino también la más constante en el ejercicio de la caridad. Esto proviene de que aprendió por su propia experiencia a tener lástima de los sufrimientos ajenos. Resplandeció sobre manera su caridad en ocasión de la transmigración de tantas reducciones. Ya lo hemos indicado arriba. Esta reducción por si sola, durante largo tiempo mantuvo nada menos que dos reducciones ajenas. A tres reducciones más, juntamente con los ignacianos, prestó la semilla ne¬cesaria para sembrar el grano. Preparáronles asimismo los campos para la sementera, rozando la selva virgen y haciendo las quemazones.
Mientras que se esforzaron de este modo en bien de los recién llegados los hombres de este pueblo, sus mujeres se prestaron gusto¬sas para alimentar los hijitos de las huéspedes. Al acercarse ellos, les fueron al encuentro por un camino de seis leguas, todos, hombres y mujeres, cargados de provisiones, para consolar y aliviar a los pobres viajeros exhaustos de cansancio; todo con buena volun¬tad y con liberalidad.
En el momento de encontrarse, quedaron tan conmovidas ambas partidas, que largo rato no podían hablar, sino sólo llorar, hasta que al fin se saludaron mutuamente según su costumbre propia, abrazándose con efusión, y sacando en seguida los refrescos y las pro¬visiones. Era un espectáculo tiernísimo.
Después de haber fortalecido las fuerzas corporales de sus ami¬gos, y conversado buen rato con ellos, los condujeron a su pueblo, ya no muy distante. Para hacerles el viaje más agradable, llevaron las mujeres a los hijos de los fugitivos, y los hombres cargaron con los fardos. Otros llevaron de a dos las hamacas con los enfermos hasta el albergue, todos muy contentos en el Señor. Era de ver, con cuánta prodigalidad partieron sus provisiones con los muchos huéspedes. Después de este tierno recibimiento de los fugitivos, siguió adelante la vida ordinaria con sus tareas.

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en casa, en el campo y en la iglesia.
Todos hicieron grandes progresos y vehementemente crecieron cada día en aquella devoción a la Virgen, Madre de Dios, tal como conviene a tales devotos. Por lo que se proclamaban esclavos de la Virgen, como habían oído a los Padres que tenían el deseo de abolir entre estos hombres toda impureza, escuchando esta piadosa saluta¬ción con el nombre de la Virgen Maria. Esta es la devoción de las mentes piadosas hacia la Virgen de Loreto de todos los devotos que invocaban los nombres del Santísimo Jesús y de su Madre para saludarse. Dio la Santísima Virgen señales inequívocas del agrado con que mira esta piadosa costumbre de sus siervos. Voy a contar una de ellas: Cuando la guerra de los lusitanos contra estos pueblos estaba en su punto, dirigieron estos indios frecuentemente plegarias a la Santí¬sima Virgen, para que les consiguiera una completa victoria, como la consiguieron. Al mismo tiempo estaba expuesto solemnemente el cuerpo de Cristo, después de haber llevado en triunfo la imagen de la Virgen por calles y plaza, por debajo de los arcos artísticamente ador¬nados con flores y ramas del campo, entre súplicas y cánticos sagra¬dos. Se contaron 4.000 concurrentes a esta fiesta, mostrando todos gran piedad y ostentando sus modestos trajes festivos. Habían venido también indios de las reducciones vecinas, para juntar sus oraciones con ellos, ya que se trataba de una necesidad común, suplicando todos a la Protectora, para que interpusiera su poderosa intercesión; así lo expresaron durante la procesión, hincándose de rodillas y pro¬rrumpiendo en fervorosas exclamaciones. Después de estas roga¬tivas por las calles del pueblo, siguieron otras en la iglesia, en cuyo medio habían colocado la Virgen en un hermoso trono, adornado a su usanza. Por veinte días enteros, en la mañana y en la tarde, se fue¬ron los congregantes a la iglesia, cambiando cada

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hora su turno, y rogando a la Virgen por la victoria.
Los niños querían imitar la piedad de sus mayores a lo menos en algo, trayendo cuanta flor encontraron en el campo para ponerla a los pies de la Virgen. María Santísima, por cierto, habrá tenido su complacencia en estos esfuerzos infantiles.
Con esta ocasión sucedió un incidente maravilloso. El sacris¬tán dejó sobre el altar de la Virgen una vela de cera, que tenía que alumbrar hasta muy entrada la noche.
Estando encendida, se torció por el calor y quemó los dos manteles del altar y chamuscó mucho la tabla de la mesa del mismo hecha de madera de cedro.
Era una noche muy oscura y se había levantado una tempestad eléctrica. Era ya cerca de media noche y el Padre Cura Párroco estaba en su pieza todavía, rezando el breviario cuando de repente le comenzó a preocupar el pensamiento de que la iglesia estaba ardiendo No pudo menos de irse apresuradamente al templo, no obstante e. gran aguacero, No vio fuego adentro, sino sólo la luz de la lámpara del santuario. Volvió tranquilo a su pieza. Pero apenas estaba adentro cuando otra vez lo invadió aquella intranquilidad, la que rechazó como efecto de la tempestad.
Al amanecer se hizo patente la especial protección de la Virgen sobre el templo, habiendo ella apagado el fuego que nuestro Padre tenía por imaginación y cuyos vestigios se veían en los manteles y en la mesa de su altar.
Una india, muy devota de la Virgen, al ver los manteles del altar quemados, los reemplazó con otros hechos con tela española que ella poseía, y de púrpura

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de Tucumán, en señal de agradecimiento por haber conservado la Virgen su templo.
En este pueblo se aprecia sobre manera la admisión a la congregación Mariana, tanto que a porfía solicitan muchos este favor, pero se escogen entre ellos sólo unos pocos, tanto para aumentar su deseo como para que se hagan más dignos a esto por una buena conducta.
Cierta india había pedido este favor durante dos años seguidos, y le fue negado, llevando ella la repulsa. con paciencia. Al fin cayó gravemente enferma. Se llamó al Padre, y la india insistió en su devo¬ta petición diciendo: No me dejes morir sin cumplir mi deseo, llevo ya dos años pidiendo la admisión a la congregación de la Virgen. Me la prometió un niño muy hermoso que vi hace poco. Por eso te llamé. Esta gracia es lo único que me falta para morir en paz. Se le cumplió su deseo, y feliz voló a la congregación celestial.
Contaré otros casos notables acaecidos en este pueblo. Se fre¬cuenta mucho de parte de todos el tribunal de la Penitencia. Había algunos culpables de escándalos públicos, entre ellos un joven perdido, el cual para vivir a su anchura, huyó constantemente de la confe¬sión. Estaba cerca del precipicio eterno, cuando en sueños vio a uno de nuestros Padres que le reprendía duramente por su mala vida, amenazándole con su cercana condenación en caso de que no quisiera enmendar su vida y confesarse de sus muchos crímenes. Quedó impresionado aquel joven, y al amanecer hizo lo que se le había orde-nado.
Una india de muy mala vida, estaba tan obstinada que huía de la confesión. Dios tuvo misericordia de ella, sin que ella diera ocasión para ello. Vio ella, como después contó, a un hermoso niño, que la conducía por medio de unos

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precipicios hasta un pozo muy profundo y terrible, de donde salían tristes gemidos y horribles aullidos. Vio allí unos monstruos negros, que revoloteaban por unas espesas nieblas y el fuego que estaba chis-porroteando en los abismos. Entonces dijo el niño a la india: Allí te echarán abajo, si no te arrepientes de tus pecados tan sucios, y no te confiesas. Desapareció el niño y la india se despertó. Al amanecer se apresuró a ir a la iglesia, contó lo que había visto, y con gran dolor de su alma se confesó de sus pecados.
Es una excepción entre tanta gente, que alguien no quiera saber nada de confesión pues, los más son muy aficionados a ella, y no soportan la dilación cuando, por ejemplo, el confesor no acude pronto, retenido por un asunto importante que en aquel instante le ocupa. Temen la muerte imprevista y urgen para que sean oídos en confesión luego, aunque a veces no tienen nada de importancia que confesar, o 10 hayan confesado ya varias veces, haciendo esto, para ganar más gracias sacramentales. Dicen ellos, ya que no tuvieron vergüenza de cometer aquellos pecados, menos vergüenza tienen para confesarse repetidas veces y a varios confesores, para mejor satisfacción delante del justo Dios, y para que por esta humillación pierdan la gana de cometerlo otra vez.
No se ve sólo entre los adultos de Loreto este fervor en el ser¬vicio de Dios y de la Santísima Virgen, su Patrona, sino hasta los niños se distinguen por este fervor.
Estaba para morir una niñita, cuya abuela desesperada hizo una promesa a la Virgen de Loreto, si sanaba la nieta. Oyóla la chica, de poca edad, pero de mucho juicio, y dijo a la abuela: ¡Porqué te afliges por mi, y porqué haces una promesa para salvar mi vida! Sería mejor llevarme a la iglesia, para que me eche su bendición el Padre para el viaje al cielo. Consintió la abuela y llevó a la nietecita a] templo. Recibida la bendición, todavía en brazos de la abuela, vuela al cielo la virgen a la Virgen de las vírgenes.

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Otro niño, nieto de cierto indio del pueblo, ya estaba para morir. Le echaron un poco de aquel agua, con que habían lavado la imagen de la Virgen, y sanó el niño. En agradecimiento de esto, el niño fue consagrado al servicio de la Virgen; a este primer ejemplo de dedicación a la Virgen, siguieron pronto otras más. Por el trato con los Padres, por la explicación de la doctrina y por la bendición de la misma Virgen, adelantan ellos mucho en la piedad.
Concluyo la descripción de esta reducción con el testimonio de] Gobernador, el cual visitó todas estas reducciones para informar al Rey sobre ellas. Llegó acá precisamente por las fiestas de Navidad y fue como era obligación, recibido con distinción, y hospedado en nuestra casa. Entró en la iglesia, que es muy grande, y muy hermosa, vio el espléndido altar mayor, las muchas velas encendidas todo perfumado de bálsamo, oyó el canto sagrado, acompañado con la orquesta de los instrumentos músicos, observó la gran modestia y piedad de los indios, todos decentemente vestidos, y quedó profundamente sorprendido, no habiendo esperado tanto aparato entre las selvas y peñas. Exclamó: Feliz el Rey de España que tiene por súbditos a semejantes indios. Más solemnidad no se encuentra ni en Madrid. Dirigiéndose entonces a nuestros Padres, les felicitó, y les prometió referir al Rey todo lo que ellos hablan conseguido con sus trabajos, y que él acababa de ver con sus propios ojos.
Lástima que lo que tan ampulosamente prometió, no lo cumplió y veremos en su lugar, en qué consistían sus informaciones.

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La Reducción de San Ignacio de Yavevirí

Ya se ha dicho arriba que esta reducción es muy semejante a Loreto, tanto por su antigüedad como por su grandeza.
Esta gente parece hecha para vivir como cristianos. Son las primicias de la provincia paraguaya y fruto de sus grandes trabajos. Hasta en su exterior parecen españoles por su modo de vestir, siendo aquí ya completamente desterrada la desnudez de antes. Las muje¬res tienen su moda india, pero muy decente, y visten también decen¬temente a sus hijos. Introdujeron nuestros Padres el cultivo del algo¬dón, que saben ellos hilar y tejer, y de estos paños de algodón se visten ellos. Ya están acostumbrados a trabajar, más que las otras reducciones, en lo cual los mismos caciques dan buen ejemplo a sus súbditos. Así es que tienen su pueblo muy bien construido, con sus calles rectas y planas, con sus casitas hermosas, acomodadas a su modo de vivir. Ante todo tienen una magnífica iglesia, aunque de madera.' Pues, son carpinteros de primer orden, y además tienen mate¬rial para el maderamen de primer orden en sus grandes, altas y tupí das selvas.
Ya hemos referido arriba, con cuánto cariño y con cuanta libe¬ralidad han recibido a los fugitivos uruguayos, dándoles de comer y alojamiento, y ayudándoles en el cultivo de los campos y en la construcción de sus casas.
Siguieron ellos el consejo del Apóstol con caridad no fingida, y con mucha paciencia, siendo al mismo tiempo grandes devotos de nuestro santo Patriarca Ignacio, del cual bien aprendieron su gran piedad, y caridad para con el prójimo.
Esto basta sobre el estado general de este pueblo.
Todo esto no quiere decir que aquí no haya habido también señales de la fragilidad humana, ya que el prado más floreciente y fra¬gante produce sus espinas y abrojos. Esto no quita nada de la buena fama de los indios, sino la ensalza más todavía.
Pues habla algunos, aunque pocos, de mala conducta. Así, por ejemplo, había una india muy mezquina, la cual se negó a socorrer a los fugitivos recién llegados. Pronto le sobrevino el castigo por su avaricia. Se había ido al campo para cortar leña. Dio vuelta el palo cortado y cayó sobre la cabeza de ella. Cayó al suelo desmayada. Re¬cibió la gracia no merecida de recobrar sus sentidos, y de poder arrepentirse de su dureza. Volvió a su casa, y contó que Dios la había castigado. Cambió enteramente de sentimientos, trocando su avaricia en liberalidad, su dureza en compasión.
Mayor castigo recibió cierto joven por un crimen mayor. Mu¬chos de los moradores de este pueblo iban por los campos y las selvas a buscar provisiones por medio de la caza, y recolección de fru¬tas silvestres. Al acercarse un día de fiesta, se volvían todos para cum¬plir con sus deberes

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religiosos. Aquel joven, empero, se burló de los demás, y se quedó solo en las selvas, no haciendo caso ni siquiera a las instancias de su esposa, que le reprendía porque por un poco de comida desprecia¬ba las funciones sagradas. Contestó él con mucho atrevimiento:
¿Quién me da de comer en la iglesia?
Estando, pues, solo en la selva, buscando ávidamente sus provi¬siones, le alcanzó el castigo por su atrevimiento. A media noche fue asaltado por un tigre, desgarrado y devorado, dejando sólo rastros de la desgracia. Muchos en esta ocasión se escarmentaron en cabeza ajena.
Muy edificante fue este caso: Estaban algunos de viaje y no tenían qué comer sino la carne que hallaron cazando, la cual prepara¬ron y pusieron sobre un plato de madera para comerla enseguida. No habían puesto su mano todavía a la comida, cuando por en medio de ellos pasó una serpiente. Al mismo tiempo se acordaron que era día de ayuno. Dejaron pues, aquel plato, pasando ellos religiosamente todo el día sin comer.
Cierto indio cayó gravemente enfermo. Ya se le acercaba el úl¬timo momento, cuando quedó un poco dormido. Soñó que fue llevado al borde de un terrible precipicio, donde vio un gran fuego. Sus acompañantes le agarraron para echarle abajo, cuando apareció un joven que los detuvo y les dijo: Sin duda ya te quemarías en este fuego, si Dios no hubiera tenido lástima de ti. Vete ligero al sacerdote. Despertó el enfermo, llamó el Padre, y le contó todo. El Padre sospe¬cha algo y le preguntó al enfermo, si tal vez había hecho alguna vez una mala confesión. Nególo el enfermo, diciendo repetidas veces que siempre se había confesado bien.

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Entonces el Padre mencionó, como de paso, el bautismo. Al instante dijo el enfermo: ahora tengo por seguro que no estoy bauti¬zado. Parece que Dios inspiró esta pregunta. Pues, me acuerdo que, cuando niño, fui llevado por los portugueses al Brasil, juntamente con mi madre infiel. Allí crecí no sabiendo nada del bautismo. El lusitano, a quien servia yo, siendo ya muchacho, me llamaba Pedro, pero de la doctrina no sabia yo ni una palabra, y cuando en los domingos veía repartir el agua bendita, lo tenía yo por el bautismo. No obstante mi ignorancia me tenían por cristiano.
Sin demora administró el Padre al enfermo el sacramento de] bautismo. Juntamente con la salud de alma recobró la del cuerpo, mejorando al mismo tiempo de costumbres, porque antes era un hombre áspero e intratable, siendo después manso y servicial, efecto patente de la gracia del bautismo.
El siguiente caso fue como una buena preparación para el cielo. Hacia mucho tiempo que una india estaba postrada por su enferme¬dad, y muchas veces se le había ya llevado el Santísimo Sacramento. Tenía ya unos 60 años, y no cometía ninguna falta de importancia. Agravóse su enfermedad, y mientras ella sola se entretenía con su Dios, advirtió que en la choza de enfrente habla un monstruo negro, amenazando con algo a la enferma. Se acercó y apretó con su mano infernal la garganta de la enferma. Ella invocó, como podía, el nombre de Jesús, con lo cual ahuyentó al monstruo, quedando ronca la enferma. Llamóse al sacerdote, y se cercioró de lo que había suce¬dido. Conocía él bien las buenas costumbres de la mujer, y comenzó a sospechar que la enferma tal vez no estaba bautizada. Preguntó si estaba cierta, si era bautizada. No pudo afirmarlo como cierto. Con¬sultó el Padre sobre esto a los caciques. Contaron estos que antes de 'a llegada de los Padres al Guayrá, cierto español había bautizado a muchos sin previa instrucción y con la inválida fórmula: "Yo os hago cristianos en el nombre del Padre y del Hijo", suprimiendo al Espí¬ritu Santo.

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Sabiendo el caso nuestros Padres recién entrados al Guayrá, ave¬riguaron quiénes estaban bautizados de este modo, y los bautizaron como convenía. En aquel entonces esta mujer estaba ausente del pue-blo, quedando así sin bautismo legitimo. Puesto en limpio este caso, el Padre bautizó a la enferma, la cual murió poco después.
Hubo otro indio que había sido llevado por los lusitanos al Brasil, donde vivió muchos años, hasta que, ofreciéndosele una buena ocasión, escapó y volvió a su tierra. Pocos días después le picó una víbora en el pie y puso en peligro su vida. Hizo llamar al sacerdote y confesó públicamente que por justo juicio de Dios le había sucedido esto, porque con ese mismo pie había él pisado por burla una cruz cuando estaba en el Brasil, para complacer a cierto lusitano. El misericordioso Dios, sin embargo, le salvó la vida, haciéndose él des¬pués buen cristiano.
El siguiente caso refiere un beneficio alcanzado por la interce¬sión de nuestro Santo Padre Ignacio. En la víspera de la fiesta de nuestro Patriarca San Ignacio, habíase escapado un toro bravo; corrió furioso por el pueblo, a la hora de las funciones sagradas de la tarde. Asaltó al nieto del cacique mayor, niñito de siete años, rompién¬dole las espaldas. No permitió este santo Patrono que se echara a perder la fiesta preparada a su honor, llenando el pueblo con dolor. Ungen las espaldas del niño con el aceite de la lámpara que ardía delante del Santo, sin aplicar otra medicina ninguna, y al instante sanó el niño.
No son casos raros estos prodigios de la omnipotencia de Dios entre los moradores de este pueblo.
Frecuentan mucho los santos sacramentos entre año, y se nota el efecto en la pureza de sus costumbres, y

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el aprecio que hacen de la castidad. Resisten admirablemente las mujeres a cualquier provocación, lo mismo que los hombres guardan la firmeza de su carácter al ser provocados por una mujer sinvergüenza. Se cuentan a veces en público semejantes casos. Oigamos a lo menos uno. Caminaba sola cierta mujer, cuando cortó sus pasos un individuo malo. No tenía otra cosa para defenderse aquella mujer que su crucifijo, colgado en su cuello. Agarró el santo Cristo y lo pasó por delante de la cara del joven, diciendo: ¿Te atreverás a cometer tus maldades, en presencia de esta cruz, mojada con la sangre divina por nuestros pecados? Se avergonzó aquel, vencido por la sobrenatural firmeza de esta mujer, y se retiró. Tan grande efecto causa la gracia sacramental en el corazón de esta gente sencilla.
Este espíritu no decayó en el tiempo de la guerra, sino que se acrecentó, como lo comprobaron sus fervorosas oraciones para alcanzar la victoria contra los lusitanos.

La Reducción de San Carlos

Tuvo que sufrir esta reducción los mismos trabajos que las demás con ocasión de la transmigración a su nuevo sitio. Dobláronse sus trabajos al hacer la roza para posibilitar las sementeras. Esta diligencia siempre es la primera, sin la cual fracasa el éxito de la transmigración. Pues, sucede entonces que se desparraman los indios por las selvas y campos, para buscar algo de comer, y dejan su casa y su iglesia. Ante todo hay que construir casas nuevas, y un templo nuevo, y organizar el pueblo. Cuando hubieron llenado sus graneros con la cosecha, lo acabaron todo en breve tiempo. Una vez construí-da la iglesia, la frecuentan asiduamente. Los hombres, muy a la mañana, antes de salir a sus faenas agrícolas, oyen devotamente la santa misa. También asisten atentamente a la explicación del cate¬cismo y a la predicación de la palabra de Dios, y lo que es muy principal: se aprovechan bien de las santas enseñanzas, porque son dóciles y de buena disposición.

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Cierta mujer, más bien quiso morir que consentir en el pecado, aunque le ofrecían una recompensa. Y realmente murió de hambre, y voló al cielo, a la Virgen purísima. Tanto más notable fue esta hazaña, cuanto se considera que en este caso se trató de una cristiana nueva.
Había otra muy desemejante a la primera, para que veamos los secretos de la divina gracia. Esta segunda, exhausta por efecto de un hambre atroz, pospuso a esta vida tan breve el amor a Dios y a la santa pureza. Pero fatalmente no pudo disfrutar de la ganancia mate¬rial sacada de su pecado. Apenas había vuelto a su casa cargada con las provisiones mal habidas, le asaltaron tremendos dolores en todo su cuerpo, tan profanado por un poco de comida; lo peor fue que lo único que sacó de su pecado, fue la eterna condenación, pues no obstante sus dolores, no dio ninguna señal de arrepentimiento, y así murió. Este caso conmovió grandemente a los moradores de este pue¬blo.
Todos sufrieron esta hambre atroz y se vieron casi obligados a volver a su tierra antigua, con eminente peligro de vida o de caer en esclavitud. Por lo cual nuestros Padres estaban afligidísimos y se vieron impelidos a hacer esfuerzos extremos para salvar a esta gente. No podían ver a los indios vagando por los lugares desiertos; los bus¬caban como ovejas descarriadas. Algunos permanecieron constantes en el pueblo y en las prácticas religiosas, no obstante la escasez de víveres. Para alimentarlos, los Padres pidieron ganados y todo lo demás para su sustento.
Estos indios arrastraron pobremente su vida, extenuados hasta el extremo por un ayuno forzado. Sin embargo no dejaron sus acos¬tumbradas penitencias corporales y sus sangrientas disciplinas. Cier¬to joven había

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caído imprevistamente en un pecado carnal. Le dolió tanto, que comenzó a tratar cruelmente su cuerpo con diferentes clases de asperi¬dades, no dejando ni la cara sin su especial suplicio. Así preparado, se acercó al tribunal de la penitencia, profundamente conmovido por el dolor y arrepentimiento.
Una india, ya rematada por la tisis, estaba dando a luz un hijo muerto, al parecer, en consecuencia del estado desesperado de la madre. Era precisamente en la fiesta de San Ignacio. Sus parientes clamaron a San Ignacio, para que concediera que la criatura naciera con vida. Dios los oyó. Nació viva y pudo alcanzar ser bautizada. Más todavía: la enferma en poco tiempo sanó.
Los pobres Padres pronto tuvieron que pasar por otra dura prue¬ba. Invadió al pueblo una mortal epidemia de fiebre, tan fuerte que hacia delirar a los enfermos, y en su delirio se escapaban a las selvas y daban en una muerte segura, comidos por los tigres y picados por víboras. Los Padres lograron 'hallar a algunos y volverlos a sus casas.
Ya hablé de los peligros que esperaban a los indios en las selvas. He aquí, un ejemplo: vagaba uno de ellos por el monte para hallar algo para comer, cuando repetidas veces un tigre le asaltó para desgarrarlo. No tenía otra arma el indio, sino la señal de la Cruz, que lleva¬ba en la mano, y con ello hizo fugar a la fiera.
Es este caso al mismo tiempo una prueba de la fe profunda de esta gente. Reprobarán algunos lo que añado: Se empeñan tanto en solemnizar el culto divino que no ahorran ni trabajo ni gastos, para poder comprar instrumentos musicales, y para este fin darían su propia vestidura. Me parece que hay que respetar tal afán, y alabarlo grandemente, ya que se alaba también a varios Santos por haberse despojado de sus vestiduras por amor de Cristo.
Penetrados de esta fe viva pidieron el favor y lo consiguieron, de tener en su iglesia a Cristo sacramentado, y celebraron mucho su colocación en el tabernáculo, con los preparativos a su usanza, e invi¬tación de las reducciones vecinas con sus Curas Párrocos, en núme¬ro de 17.
Así adelanta en la fe y virtud aquella gente que, hace poco, era aún salvaje.

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El Pueblo de San José

Hizo una tentativa el demonio y sus secuaces para perturbar este pueblo, puesto bajo el patrocinio de tan sublime Patrono. Tratóse de seguir el ejemplo de las otras reducciones y emigrar al Paraná. Intentó estorbarlo cierto indio soberbio y furioso, sublevando a toda la población, a causa de que los Padres le habían cortado ciertos tratos ilícitos. Vociferó horriblemente contra ellos aquel hombre impertinente. Para lograr su intento se pintó la cara a usanza de esta gente, se armó con arco y flechas, y entró furioso en la casa de los Padres para matarlos. Ellos se hincaron de rodillas, ofreciéndole el pecho y el cuello desnudo. No les hizo nada, y volvió con ojos centelleantes. Resolvieron entonces los Padres, impedir el mal efecto de las maqui¬naciones de este hombre insensato, asegurarse de él y doblar su sober¬bia. Apresuradamente se fue uno de los Padres al pueblo vecino, pi¬diendo socorro. Reunió una buena tropa armada, con la cual volvió a su pueblo, pero en secreto, y después de haber indicado a cada uno su tarea. A media noche rodearon la casa donde dormía aquel hom¬bre, lo agarran, lo aseguran con ataduras, y se lo llevaron a su pue¬blo, como sus Curas lo habían ordenado. Así se calmó el desorden. Ya no había resistencia contra la transmigración, y la prepararon todos gustosos. Aquel perturbador volvió de su prisión amansado, y se puso a urgir la partida. Esta tuvo lugar el día de Pentecostés, y después de la santa misa se puso fuego a las casas, para que, reducidos por las privaciones del viaje, no tuvieran ganas de volver a su pueblo.

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Quedaron bastante animosos en medio de las inevitables angus¬tias por las cuales tuvo que pasar esta multitud de gente con sus mu¬jeres e hijos, en su viaje al destierro. Más que todos sufrieron nuestros Padres, andando adelante y dando buen ejemplo. Era invierno a la sazón, y el campo estaba en parte inundado. Tenían que subir y bajar por los montes, hasta que, después de mil trabajos, llegaron al sitio preparado para el pueblo, estando ya construidas las casas, y sembrados los campos. Los antiguos moradores con buen corazón habían preparado todo para los fugitivos.
Pronto descansaron y se comenzaron de nuevo las acostumbra¬das funciones sagradas.
Como conclusión fué también aquí solemnemente colocado en la iglesia el Señor sacramentado.
También aquí, como en las demás reducciones, los indios son muy aficionados a frecuentar los santos sacramentos y lo hacen con el mismo saludable efecto que en otras partes.
Así adelantaba prósperamente este nuevo vástago, bajo el pode¬roso patrocinio de San José, cuando de repente le sobrevino una tre¬menda tempestad, o sea aquella peste que desbastó la vecina reducción de San Carlos, con no menor número de defunciones.
Le siguió una plaga, peor todavía, el hambre, la cual hizo despa¬rramar a la gente por las selvas y campos para buscar algo de comer.
En aquel tiempo prestó cierto indio su campo a una india recién llegada, para que lo cultivase. Hecha la sementera, y madurando ya la cosecha, fue tentado gravemente el bienhechor y quiso seducir a la india. Ella empero quedó firme, y aunque faltó poco tiempo para la cosecha, prefirió morir de hambre, antes de consentir en el crimen pro¬puesto, despreciando la vida presente para ganar la futura. Dejó en poder del hombre perverso el campo y la cosecha, quedando ella po¬bre y hambrienta, pero con gran esperanza en Dios y en la Virgen.
Crece por la intercesión de San José, padre de crianza de Jesús, continuamente el buen espíritu entre los moradores de este pueblo.
Son al mismo tiempo guerreros avezados desde su niñez, y ellos, juntamente con los moradores de San

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Carlos han rechazado la invasión de los lusitanos, venciéndolos y haciéndoles huir, dejando en las manos de los indios un rico botín; atribuyeron ellos este feliz éxito a su santo Patrono.

La Reducción de Corpus Cristi

Desde la fundación de esta reducción correspondieron sus habi¬tantes a la dignidad de su denominación de Corpus Cristi, siendo ellos muy aficionados a recibir este augusto sacramento. Efecto de esto era
la caridad, con la cual este pueblo recibió a los pobres fugitivos del Tape, y los sostuvo con el fruto de sus trabajos por seis largos años.
Es notable la gran solicitud con la cual se preparan a recibir este santo sacramento.
En especial los congregantes de la santísima Virgen se distin¬guen por la propia santificación, y por sus obras de caridad, asistien¬do a los pobres y enfermos.
Dos veces al mes reparten ellos entre si los oficios de caridad, en especial los cargos de enfermeros, asistiendo durante la enfermedad y a la hora de la muerte y procurando a los difuntos los convenientes funerales. Así sucede que nadie muere sin sacramentos, porque ellos avisan con tiempo al sacerdote, para que los administre.
Grande es el santo pudor de las mujeres, las cuales prefieren su¬frir cualquier martirio, antes de mancharse con un pecado; por lo mismo, para guardar las castidad, ellas, por propia iniciativa, procuran dominar su pasión con asperidades corporales.
Hasta sucedió que sintieron algunas mucho, que no podían tan¬to como los hombres, servir a Dios y a sus ministros. Ya que no son admitidas a las disciplinas públicas de los hombres, inventaron modos para ejercer penitencias en secreto, lleva-

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das por el deseo de participar de la Pasión de Cristo nuestro Señor. También aquí hay casos de la fragilidad humana. No es de admi¬rar que entre tantas mujeres piadosas y honradas, se halle a veces una que no sólo ha perdido su pudor, sino que pretenda además encubrir su crimen con el infanticidio.
Hubo una, que a su criatura ilegítima tapó la boca con pasto se¬co, para que no llorara, echándola entre las breñas, para que la comie¬sen los tigres, siendo ella más fiera que los tigres. Pero el misericor¬dioso Dios frustró la impiedad de la madre. Providencialmente pasó por allí, después de anochecer, otra mujer, la cual oyó los muy dé¬biles vagidos de la criatura. Se dirigió al sitio de donde salían, y encontóla casi moribunda. La tomó en sus brazos y la llevó a toda prisa al Padre, donde fue bautizada, muriendo momentos después, para rogar delante del trono de Dios por su desnaturalizada madre. Pronto cayó en cuenta aquella madre de su gran crimen, se arrepintió y tomó sobre si la grave penitencia impuesta por el sacerdote.
Así he descrito todas las reducciones del Paraná, y la gran sementera de almas, maduras para la cosecha. Mencioné también los gloriosos, aunque terribles trabajos de nuestros Padres, todo lo más sinceramente que pude. Los bautismos de párvulos fueron 4200; de adultos 2200 y las confesiones innumerables.
Ya es tiempo de referir los sucesos de las reducciones del Uruguay.

Las Reducciones del Río Uruguay

Antes de comenzar la relación de lo acaecido en las reducciones del Uruguay, creo que conviene advertir a los lectores de estas Cartas Anuas, que en vano buscarán en ellas las descripciones topográficas o geográficas, la etimología de los nombres propios, las distancias de un lugar al otro, lo pintoresco del paisaje, su fertilidad, las alturas de las montañas, la etnografía y otras semejantes noticias.

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Lo omití, en primer lugar, porque no entra en la fórmula pres¬crita de las Anuas por el Padre General de la Compañía, refiriéndose ella sólo a lo obrado por la gloria de Dios y la salvación de las almas.
En segundo lugar, aunque semejantes noticias hacen agradable la lectura de la relación, son más bien materia de la Historia Universal, y no de estas simples Cartas Anuas.
Además, no hay necesidad de repetir lo ya referido en las Anuas desde la fundación de la Provincia hasta hoy día.
Sería abultar demasiado y sin razón estas Anuas con todas estas menudencias, y causarían estas repeticiones no poco fastidio a los lectores.
Pues, como lo hemos hecho hasta ahora, lo haremos en adelante: Referiremos en lo restante de esta Carta sólo lo edificante.
Al margen del río Uruguay están situados siete pueblos de In¬dios; además hay a la distancia de dos o tres leguas del río otras tres reducciones.
Reina en estos pueblos el buen conocimiento y la cultura cris¬tiana, no menos que los ya mencionados pueblos del Paraná.

El Pueblo de Concepción

Es este pueblo de la Concepción el principal y más antiguo, y es el primero que encontramos viajando del Paraná al Uruguay, por cual sirve continuamente de albergue para nuestros Padres y los indios, cuando están de viaje.
Allí se reúnen los nuestros en sus asambleas periódicas. Nuestra casa se distingue allí por la disciplina religiosa que reina en ella, y por la mucha exactitud en los ejercicios espirituales, así como se estila en las demás.
Esta reducción es muy grande y tiene 700 familias, sin contar los muchos fugitivos hospedados, y los redimidos de la esclavitud d< los lusitanos. Aquí reina la misma fe viva, que en la demás reducciones, la misma notable frecuencia de sacramentos, no sólo los domingos y fiestas, sino también entre semana. Se acercan con la buena intención de fortalecerse de este modo contra las inclinaciones malas y lograr la perseverancia en el servicio de Dios hasta el fin de la vida Se ve el efecto

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sacramental tanto en la firmeza de carácter de los hombres, como en el pudor de las mujeres. Es frecuente entre ellos también el uso de asperidades corporales para robustecer la fragilidad de la carne, y para honrar la Pasión de Jesucristo.
Mayor fervor todavía demuestra la congregación Mariana. Y tienen los congregantes una severa policía entre si, no permitiendo en sus filas escándalo ninguno.
He aquí una prueba: Había un joven congregante, que se dejó vencer por la pasión, causando deshonra a la congregación. Le impusieron una grave penitencia: fue borrado de la lista de congregantes con gran vergüenza suya. Para alejarlo de la ocasión del pecado, un Padre le llevó de compañero en una excursión al campo. Al volver los dos al pueblo los sorprendió una terrible tempestad eléctrica, con una lluvia torrencial y espantosos rayos y truenos. El Padre buscó algún abrigo en un cercano bosque. Apenas llegado allá, se le avisó que Marco, aquel ex–congregante, había sido herido por un rayo Acude inmediatamente el sacerdote, no obstante la lluvia, al lugar de] siniestro, y manda llevar a Marco a la casa más cercana. El joven ya no dio señal de vida. Todos se echaron a rezar juntamente con el sa-cerdote. Después de un buen rato volvió en sí el enfermo. Y se confe¬só convencido del justo castigo de Dios. Escapó de la muerte, él y otro compañero suyo, y en adelante vivió honestamente. Este otro compañero, que quedó ileso, contó después el suceso de este modo: cuando cayó el rayo, vio en él como un cuerpo blanco, el cual, hirien¬do al joven, le echó al suelo. Tenía este cuerpo misterioso los brazos extendidos en forma de cruz y voló alrededor de la víctima. Era este acontecimiento un buen escarmiento para los congregantes, para que guardasen la pureza de cuerpo y mente, porque sirven a la Virgen Purísima.
A otro no le fue tan bien, como a este. Era uno de los principa¬les congregantes, y se distinguía en un tiempo por la amabilidad de su carácter incansable era en el ejercicio de su oficio de congregante, y tenía una tierna devoción a María Santísima. Era muy servicial y cari¬tativo: en una palabra, era tenido por todos por un congregante

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ejemplar. Pero como sucede fácilmente entre hombres frágiles, este congregante no perseveró en el bien. Poco a poco se entibió su fervor, y al fin, el que era el dechado de todos, resultó, por su mala vida, la abominación de todos. Ya no le importaba la congregación, y se fasti¬dió de su acción benéfica, ya que le ocupaban otras cosas muy dife¬rentes. Aborrecía los buenos consejos de sus antiguos compañeros y directores espirituales. Sucedió lo que suele suceder: "Corruptio optimi pessima", cuando más celoso y emprendedor ha sido uno, perdiéndose el primer fervor, más profunda será la caída y perdición. No hubo otro remedio que expulsar a este individuo de la congrega¬ción. Dios le había destinado otro mayor castigo: Se apoderó de este infeliz una profunda melancolía, la cual le arrastró a un abismo de miseria. Cuando una tarde todos iban a la iglesia a las acostumbradas funciones sagradas, se quedó desesperado en su casa, sacó el Rosario, que tenía colgado en el cuello, y lo tiró al regazo de su esposa; salió en seguida apresudaradamente afuera a la selva como un loco. Por dos días no se supo nada de él, después se le halló ahorcado con una soga, y caído su cadáver al suelo, donde le habían despedazado las fieras. Horrible ejemplo de la justicia divina, el cual llenó de espanto a todos, y los instigó a conservar con cuidado las buenas costumbres.
Inescrutables son los designios de Dios. A este perdieron sus crímenes. A otra salvó Dios de una manera admirable. Era una cate¬cúmena, la cual juntamente con sus parientes se había ido a las selvas para recoger frutas comestibles. Sorprendióles la noche oscura, y volviendo a casa. Aquella, empero, paró a la entrada de la selva, espe¬rando la luz de la luna. Abundaban en aquel tiempo allí los tigres, atraídos por los cadáveres de tantos muertos de hambre, no dejando intactos tampoco a los vivos. Así fue atacada aquella india por una de estas fieras, mientras ella descansaba tranquilamente. La desgarra miserablemente, la arrastra, le destroza

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la cara y le arranca un ojo. Las espaldas estaban tan terriblemente maltratadas, que la pobre respiraba por las mismas heridas. Dio. no permitió que esta catecúmena muriese sin bautismo. Ella, así como pudo, se arrastró al pueblo. Cerca de las primeras casas se desmayó. La hallaron así al amanecer aquellos vecinos y llamaron luego al sacerdote. Este la bautizó, muriendo ella enseguida, para alcanzar la integridad de su cuerpo destrozado por el cielo.
Una calamidad pública, a veces más atroz que un epidemia, es el hambre, la que aquí hizo grandes estragos. En ese tiempo murieron muchos lastimosamente por haber comido la raíz de mandioca mal sazonada: el caso era que por hambre la gente no tenía paciencia para prepararla debidamente hasta hacerla digerible y quitarle el jugo ve¬nenoso. Comida así medio aderezada, les quemó las entrañas.
Felizmente encontró uno de nuestros Padres un remedio efi¬caz para esos casos fatales. Una chica de diez años, reducida por el hambre, había comido mandioca venenosa. Le hizo mal. Perdió los sentidos y ya estaba muriéndose, cuando el Padre le aplicó algo del algodón que había mojado en el sudor de la imagen de la Virgen mila¬grosa en Santa Fe, implorando al mismo tiempo la intercesión de la Madre de Dios. Volvió en sí la enferma, se confesó y sanó, adscri¬biéndose ella por agradecimiento a las congregantes de la Virgen.
Otros prodigios se han alcanzado por el fiel siervo de Maria, San Ignacio. Un fuerte torbellino, acompañado de una furiosa granizada, había desvencijado gran parte de la iglesia, volando por el aire las tejas y tablas arrancadas, y derribándose al mismo tiempo muchas casas de los Indios. Entre las ruinas quedaron sepultadas tres indias, de las cuales dos todavía alcanzaron confesión. La tercera, que estaba en cinta, la sacaron estando ella inmóvil y

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sin sentidos. En este estado quedó seis horas. Se le aplicó entonces una reliquia de San Ignacio y volvió en si, confesándose en el acto. Al otro día ya se levantó sana, y pocos días después dio a luz una criatura en buen estado, aunque se temía que por el accidente hubiera muerto.
Con satisfacción verán todos la gran afición de estos indios redu¬cidos a la santa confesión. Es tan grande que muchos se acercan a ella, completamente libres de graves culpas, y sólo con faltas pequeñas, inevitables por la fragilidad humana.
Así sucedió que una mujer, apenas vuelta del campo, se fue de¬recho a la iglesia. Después de haber orado allí un rato, hizo llamar al sacerdote. Este estaba ocupado, y le hizo decir que volviera otro día. Replicó la mujer: Quién sabe, si vivo tanto tiempo. Es verdad que no tengo culpa de importancia, pero no quiero ni faltas leves sobre mi conciencia. Por esto suplico, que se me oiga en confesión, porque este es mi único consuelo.
Así se vio obligado el Padre a cumplir estos piadosos deseos, y hacer participante a esta mujer de la gracia sacramental.
Tan edificante, como era el caso recién referido, tan triste es este que sigue. Una de las fugitivas recién llegadas fué atacada del contagio, por lo cual la visitó uno de nuestros Padres para adminis¬trarle los últimos sacramentos. Comenzó a disponerla con palabras paternales, pero ella no quiso saber nada de confesión, y se escapó al campo, aunque otras se lo querían impedir, insistiendo que la enfer¬ma se confesara sin demora. Todo fue en vano. Agrávose la enfer¬medad en el abandono del campo. Ahora hasta su mismo marido insistía en que volviera y se confesara. Pero ella obstinada, no quiso saber nada de los Padres, ni hacer caso de ningún buen consejo. El hombre quiso salvar a su mujer a todo trance, y sin más, la cargó a hombros y la llevó al pueblo, contra todas sus protestas, diciendo ella en el camino, que prefería que la llevaran los diablos, antes de encon¬trarse con los Padres. Dios oyó esta maldición y la cumplió, mu-

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riendo la mujer antes de llegar a casa, y desde los hombros de su marido bajó al fuego eterno.
Otra súplica de mejor laya oyó Dios benignamente. Rogó cier¬ta mujer por su hijito de tres años de edad. Era un niño lindísimo, querido a porfía por todo el mundo, y por supuesto, el orgullo de su madre. Cierto es que, desde que nuestros primeros padres se dejaron impresionar por aquella manzana agradable a la vista, el género humano corre detrás de lo hermoso. Tenía lo bueno la hermosura corporal de este niño, que correspondía a un alma graciosa, siendo este tan tierno niño muy inclinado a la piedad. Muchas veces corría a las rodillas de su madre, con las manos levantadas al cielo, suplicándole lo dejara ayudar a rezar. Reflexionaba muchas veces aquella buena madre sobre cierto peligro que amenazaba a ella y al niño. Pensaba que mayor seria su futuro dolor que su presente alegría, si un día este niño, una vez hecho grande se dejara arrastrar por las pasiones. Suplicó a Dios, muy de veras, que llevase a este niño al cielo, en caso de que previera en su divina sabiduría, que este niño caería más tarde en pecados, pues era preferible su muerte temprana a la ganancia de un mundo entero. Dios oyó esta heroica súplica, y se llevó al niño al lugar de las hermosuras eternas.
Por Pascua de Reyes llegó acá el gobernador del Paraguay, acompañado de otros españoles más. Quedaron pasmados al ver cómo solemnizaban este día los indios. Tocaba la gran orquesta música instrumental, que acompañó ala música vocal. A todos conmo¬vió profundamente el sermón entusiasta del Padre Cura. Esto por la mañana. Después de comer hubo bautismo solemne de indios adultos y de muchos infantes; el Gobernador y algunos de los caballeros espa¬ñoles con sumo agrado sirvieron de padrinos, siendo este día de gran complacencia para Dios y para los hombres.
Otra grandísima fiesta se celebró en cumplimiento del voto hecho a la Virgen, en caso de alcanzar la victoria sobre los lusitanos. Con esta ocasión se reunieron aquí una gran multitud de indios, de las reducciones vecinas, con sus respectivos Padres Curas. Llevaron en un magnífico carro triunfal la imagen de la Virgen

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alrededor de la plaza principal, aclamándola: "Viva la vencedora, viva la vencedora". Estaba adornada la imagen magníficamente a su usan¬za. En lugar de cochero estaba en el pescante del carro un niño revestido de ángel, llevando en la derecha una corona con cintas, en la izquierda un ramo de palmas. En los cuatro ángulos del carro estaban colocados cuatro niños, entonando con suave melodía aquel motete de la Iglesia: "Sancta María, soccure miseris", con lo demás del texto. Colgaban del carro los grillos y cadenas, con las cuales solían arrastrar a los pobres indios presos los ladrones lusitanos, significando estos trofeos los despojos hechos por la Virgen al enemigo portugués.
Iba delante una gran multitud de niños y ancianos, y seguía la con¬gregación Mariana, después nuestros Padres en roquete.
Esta solemne acción de gracias hecha a Dios y a la Virgen entusiasmó grandemente a los Indios a pelear por la gloria de Dios y la libertad de la patria.

San Miguel

Entre todos los indios de esta región, han sido siempre los miguelistas los más fieles y sumisos a los Padres. Aunque han sufrido las mismas molestias de viaje, caminando un millar de ellos cuesta arriba y cuesta abajo por las montañas, cargados con sus provisiones y trastos, con buena gana dejaron su suelo natal para transmigrar a parajes nuevos. Una vez llegados, erigido su pueblo, y concluida la se-mentera, se fueron algunas cuadrillas de ellos a su antigua tierra para recoger en las selvas a sus compatriotas rezagados. Con su presa bastante considerable pronto volvieron a su reducción. Así felizmente constituidos, se colocó también aquí con gran pompa y solemnidad el cuerpo de Cristo sacramentado en el tabernáculo de su iglesia, como mejor e inexpugnable protección del pueblo. Allá acuden ellos con frecuencia en sus necesidades, y con el uso de este sacramento se hacen ellos cristianos de gran

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firmeza en la fe.
Entre ellos había un Indio de unos 60 años, buen enfermero y muy caritativo con los pobres. A los cancerosos trataba con predilección, sirviéndoles con sus propias manos sin repugnancia. A los difun-tos arreglaba sin hacer caso de las consecuencias de su descomposición
En lo referente a los pobres criaba él en su propia casa un buen número de huérfanos; tenía sus sementeras especiales, destinadas a sus obras de caridad.
Su mayor cuidado era el vigilar día y noche, para que ningún enfermo muriese sin sacramentos.
Entre tantas obras de caridad le sucedió un día que, mientras curaba a un indio canceroso en el pecho, le atacó el contagio y cayó en una enfermedad dolorosísima, la que le llevó al sepulcro, o mas bien al premio por tantos actos de caridad, causando su muerte gran pesar y muchas lágrimas de parte de sus compatriotas, ya que el bien conoci¬do no se pierde sin amargura.
Siguióle a la otra vida un cacique, el cual por su fiel empeño y su valioso consejo llevó consigo al redil de Cristo a muchos otros caci¬ques, antes dispersos como ovejas descarriadas, edificando a todos por su fe, su piedad y demás virtudes cristianas. Durante la común epidemia sufrió mucho por una disentería. Viéronle todos morir con general sentimiento, ya que en el buen gobierno del pueblo él siem-pre asistía a los demás caciques por su consejo y ejemplo, para que persiguiesen, inexorablemente a los malhechores. Cuando en tiempo de la atroz 'y larga hambre todo el mundo se ausentaba del pueblo, vagando por los campos y las selvas, él quedóse en el pueblo con la intención de no quedarse sin sacramentos en la hora de la muerte, ali¬mento preferible al de los campos, al cual consideraba despreciable y peligroso para la vida del alma.

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Santa María la Mayor

La raza humana en todas partes es la misma y engendra en todas partes los mismos fenómenos, y provoca siempre los mismos actos de misericordia de Dios para con los hombres. Se nota esto en especial en las reducciones del Paraguay. Y así es que en este pueblo de Santa María la Mayor se ven los mismos actos de fe y las mismas obras buenas que en las demás, ya que se emplea en este pueblo la misma solicitud de parte de nuestros Padres, como en otras partes. Omito pues, lo ordinario, para no cansar, y mencionaré lo particular.
Un indio se confesaba sacrílegamente, seducido por un estúpido temor, olvidándose de la salud de su alma y del temor de Dios. Era tísico rematado, enfermo de cuerpo, pero más del alma. El misericordioso Dios quiso prepararle la medicina, no esperando a que el en¬fermo se lo pidiera. A este fin le había enviado ya la enfermedad corporal, no demasiado molesta, sin que el enfermo se diera cuenta de esto. No entendió el primer aviso de Dios. Agravóse entonces la enfermedad, y todavía quedó el enfermo sin caer en la cuenta. Se le acercó la hora de la muerte, y le avisaron para que se confesase. Lo hizo, pero mal como siempre, resultando, como justo castigo de Dios, mayor molestia corporal. Por especial favor divino se despertó aquel
infeliz como de un sueño profundo, y conoció la relación que había entre su malestar corporal y espiritual. Hizo llamar otra vez al sacer¬dote para hacer al fin una confesión válida. Sanó en el alma y sanó igualmente en el cuerpo, y el que quería llevar el diablo, ahora sirve bien a Dios su Salvador. Señal evidente de la obra de la gracia es, si uno, sumergido antes en la ciénaga de los pecados, se levanta para ser¬vir a Dios con más fidelidad.
Ayudados otros por la misma gracia divina, se oponen valerosa¬mente a sus malas inclinaciones y a las tentaciones del demonio, ven¬ciendo la fuerza de su baja naturaleza con la fuerza que viene de Dios.

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Así cierto joven estaba de viaje y se encontró en él con una mujer lasciva, a la cual contestó el joven con una sola palabra: No te acuerdas que rezas cada día en el Padre nuestro: no nos dejes caer en tentación.
Oyendo ella tal réplica, se avergonzó y se fue. El vencedor tran¬quilamente continuó su viaje.
Había un niño de diez años, muy aficionado a la confesión. Un día manifestó al sacerdote su más grande deseo, el cual consistía en que quería este niño morir pronto para no mancharse con un pecado mortal. Este deseo le vino, porque una vez se vio en peligro de cometerlo.
Claro está que el demonio no puede ver sin envidia tan respla¬ndecientes virtudes, y hace lo posible, para apartar a estos noveles cristianos del buen camino. Esto se hizo patente en el siguiente caso:
Había un indio muy pobre y desnudo. Lo supo otro indio, y con su buen corazón y buen conocimiento, envió una buena porción de algo¬dón por su esposa al mencionado pobre, para que se hiciese con esto su ropa. Apenas pisó la buena mujer la casa del pobre, cuando le cor¬tó los pasos un terrible monstruo rodeado de llamas y con una espada de fuego en la mano. Tocándole el brazo, le dijo: Cuidado, que no en¬tregues esta limosna, si no quieres que yo te mate. Ella despreció el fantasma y quiso forzar la entrada. Entonces el mal enemigo le echó al suelo y le hirió la cabeza con la espada. Ella sintió el dolor, pero conservó su sano juicio. Pronunció los santos nombres de Jesús y María, y con estas valiosas armas venció ella las armas infernales, hu¬yendo el demonio al oir la primera palabra.
Quedó la mujer con la mala infección del brazo, desde entonces ulcerado. A los gritos de la india acudieron los moradores de aquella casa y pudieron percibir todavía el fantasma infernal. Llevaron enseguida adentro a la mujer maltratada, la cual recobró sus fuerzas para contarles todo el suceso.

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En seguida procuró ella fortalecerse con los santos sacramentos porque pensaba que iba a morir. En sus dolores tomó en sus manos como arma poderosa contra las insidias del demonio, el santo Cristo. Pero pareció que el demonio no hizo caso de la resistencia de la india, y de nuevo la asaltó ferozmente, estando ella todavía enferma. Le mandó que se quitase la cruz. Ella la apretó más a su pecho; entonces el demonio quiso quitársela por la fuerza. La simple invocación de los santos nombres de Jesús y María le ahuyentó. Pero porfiadamente volvió pronto a la carga. Estaba durmiendo la enferma, y el demonio perturbó la tranquilidad de su conciencia, procurando persuadirla que ya estaba muerta, y que él quería asistir a su entierro, llevándola a una fosa profunda y fea. Le mostró adentro hombres de terrible aspecto, amenazando a la mujer con echarla abajo Ella empero invocó a la Virgen y se defendió con la cruz. Dios permitió esta lucha larga para su mejor gloria, y para mayor mérito de la enferma. Logró el demonio arrebatarle la cruz y tirarla lejos. Despertó al fin y contó lo que había visto. Venid, clamó, y buscad, donde está la cruz. La hallaron después de mucho buscar, en un rincón de la casa. Entrególa el marido a su esposa. La recibió gustosa y la apretó a su pecho, porque vio al demonio vencido, furioso y maquinando venganza. Impresionada la mujer por esta visión, imploró encarecida¬mente a la Santísima Virgen, que la preservara de nuevas vejaciones. Le oyó la benigna Señora del universo, consolando a la enferma con presentarse visible con mucha afabilidad, y aconsejándola que sufrie¬se con paciencia su enfermedad,

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que no se separase de la cruz. Dijo la india, que después de haberla consolado la Virgen, se había alejado hacia el templo. Se mejoró un poco la enferma pero no pudo levantarse, durando sus atroces dolores tres meses largos, con postemas abiertas, hasta que consumida por la enfermedad, se fue al cielo para recibir el premio de su paciencia.
A los moradores de esta reducción nunca deja sin su poderosa protección la Santísima Virgen, a la cual invocan en todas sus necesi¬dades, y a la cual veneran de día en día con más devoción.

La Reducción de Apóstoles

Ya hace once años que esta reducción de San Pedro y San Pa¬blo ha emigrado de sus nativas montañas a las playas del Uruguay, huyendo de la frenética avaricia de los lusitanos. Pasan ahora la vida muy tranquilamente, adelantando mucho en la religión cristiana, no faltando, empero, uno que otro desliz, como es de suponer en una gente recientemente convertida de la barbarie. Poco es esto, en comparación con las virtudes esclarecidas, no esperadas en esta clase de gente. Voy a lo particular, dejando a un lado lo común a todos los pueblos de indios.
Habíase determinado el día para el solemne bautismo de algunos catecúmenos. Metióse entre ellos un joven sordomudo de nacimiento, imitando como un mono todos los movimientos de los demás, persignándose, golpeando el pecho, y como escuchando atentamente las explicaciones. Con señas estaba pidiendo el bautismo. Dudaban nuestros Padres de su disposición y no se atrevieron a bautizarlo. Pero pronto se manifestó que era la voluntad de Dios que le bau¬tizasen.
Llegó el momento en que se les administró a los catecúmenos el santo bautismo. Abrióse el sordomudo camino hasta la pila y presen¬tó también su cabeza para que se le echase el agua. No quiso bauti¬zarlo el Padre. Triste se fue el indio a su casa, enfermándose grave¬mente. Al saberlo el Padre Cura, sin demora le

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administró el bautismo, y el sordomudo sanó.
Algunos aflojaron en el fervor religioso, dejando abandonado el templo, para vagar por los campos. Quedaron sordos a las amones¬taciones de los Padres, y a sus amenazas de que Dios los castigaría, enviándoles una multitud de tigres para su perdición. Todo en vano. No tardó Dios en castigarles. Manadas enteras de tigres invadieron el campo y bramaron furiosos en las selvas. Nada estaba seguro de ellos. Hicieron un estrago enorme. Asaltaron a tres indias a la vez, desga¬rrándolas y arrastrándolas de una parte a la otra, y hubieran acabado con ellas, si otros indios no hubieran acudido con tiempo a su socorro. Llevaron a las mal heridas al pueblo, donde lograron todavía a recibir los últimos sacramentos.
Los demás, escarmentados en cabeza ajena, se enmendaron, fre¬cuentado en adelante la iglesia, y asistiendo a la santa misa. Reti¬ráronse entonces los tigres, como para hacer patente que eran nada más que ministros de la justicia de Dios.
Mostró en este tiempo la Virgen Santísima su protección a una virgen india de apenas quince años de edad, que había caído en una grave enfermedad. Todavía no había recibido los santos sacramentos, para lo cual estaba instruyéndola el sacerdote. Había determinado a' fin el día para la Primera Comunión, no apurándose, porque pareció que no urgía el estado de la enferma. Aconsejóle el sacerdote que se encomendara a la Santísima Virgen, para que ella le ayudara a reci¬bir a su Divino Hijo en su corazón todavía virginal. Así lo hizo la jo¬ven enferma. Un rato después hizo llamar apresuradamente al sacer¬dote y le dijo que estaba ya bien preparada, porque la Virgen mis¬ma le había enseñado todo lo necesario para bien comulgar, y en señal de esto le repitió lo que otros deben contestar, cuando se les pre¬gunta sobre el santísimo sacramento y la comunión, añadiendo ella el credo y la doctrina, y todo lo que deben saber los cristianos. Por lo cual sin dificultad se le administraron todos los sacramentos, después de lo

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cual entró en agonía y murió santamente, volando a la Reina de las vírgenes.
Ahora voy a referir algo, aunque no con mucha gana, porque pa¬rece demasiado inverosímil, acordándose uno del genio humilde de esta gente, y el poco tiempo que ha pasado después de iniciarlos en la religión. Pero hay que considerar también que para Dios no hay nada imposible. Un día había comulgado una mujer piadosa y respetada por todos. Al retirarse a su casa quedó ella como extasiada, perseve¬rando dos días en este estado sin señal de vida. Llamaron al sacerdo¬te. Este averigua todo. Llama a la enferma con su nombre y no le contesta, hasta que ella al fin, pronunciando afectuosamente el nom¬bre de Jesús, volvió en si. Al ver a su lado al sacerdote, le pidió el Rosario. Lo toma en su mano y lo lleva a sus narices. Sospechó el Padre que allí había unos enredos diabólicos. Amonesta a la mujer que ten¬ga cuidado de los engaños del demonio. Ella empero contestó tran-quilamente: “Después de mi comunión pasada me pareció que este tu Rosario exhalaba una gran fragancia. Desvanecí en seguida, oyen¬do suaves cánticos, y viendo la gloria celestial. Vi allí a la Santí-sima Virgen en su gloria, rodeada de coros de ángeles que cantaban sus alabanza. Este aspecto y estas voces me hicieron perder los sentidos. Después de largo rato me retiré del templo como enajenada, y no sé como logré llegar a mi casa. Y ahora me parecía que aun salía aquel olor de tu Rosario". Esto testificó tres veces aquella mujer, así delante de los Padres, como de su familia.

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Para comprobar la fe y la piedad de estos indios, voy a referir uno que otro fruto, sacado de los sermones. Cierto joven oyó contar en el sermón la célebre hazaña de San Benito, de combatir las tentaciones deshonestas, revolcándose entre espinas y abrojos; imitóle aquel joven, poniendo su mano entre ascuas encendidas, para vencer las tentaciones, apagar el fuego de la pasi6n y librarse por este breve dolor de las llamas del infierno.
El mismo Padre predicó un día sobre la sinceridad en la confe¬sión. Impresionóse por esto grandemente cierta india, levantándose repetidas veces e interrumpiendo al predicador con la exclamación: ¡Socorro, Padre! el demonio me quiere llevar! Concluyó el Padre y tranquilizó a la india. En seguida averiguó la razón de este incidente y encontró que el sermón tocaba a la india. La amonestó a hacer una buena confesión, lo que, con el favor de Dios, al fin logró que la mujer hiciera, por lo cual se restableció la paz en su alma.

Reducción de los Mártires del Japón

Esta reducción es un conjunto de muchos pedazos de antiguas reducciones desaparecidas, y es un vivo ejemplo de la eficacia de la gracia de Dios, pues, compuesta de gente de diferente índole, tiene sin embargo como un solo corazón, una sola voluntad, y gran amor mutuo, y por consiguiente sirven a Dios en paz y tranquilidad. Son prisioneros arrebatados de la mano de los lusitanos.

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Tienen en su iglesia a Cristo sacramentado, de cuya colocación no creo preciso hablar, por haber descrito ya de sobra semejantes solemnidades. Sólo referiré los saludables efectos de esta presencia de Cristo.
Estaba muriéndose un indio a consecuencia de la disentería, el cual deseaba vehementemente poder fortalecerse con el Santo Viáti¬co. Se lo llevaron, y el resultado fue que el indio al instante sanó Frecuentemente tal vez es este efecto del Santísimo sacramento, pero en nuestro caso hay que tomar en cuenta que se trata de un indivi¬duo recién convertido del salvajismo.
Otro, por lo contrario, alcanzó la salud de su alma por la gracia de este sacramento. Su esposa comulgaba con frecuencia, de lo cual el indio estaba descontento, despreciando él este santo misterio. Dios, en lugar de castigarle como merecía, le atrajo a sí benigna-mente. Cayó enfermo, primero levemente, y se le habló de arreglar su conciencia. Enojóse el enfermo, profiriendo blasfemias. Dios tuvo paciencia con él. Hizo que su enfermedad se agravase, hasta que el en¬fermo echó sangre por la boca. Comenzó a reflexionar seriamente, reconoció su impiedad y el justo castigo. Hizo llamar al sacerdote, y entre lágrimas y suspiros se preparó a bien morir. Apenas confesado se desmayó. Después de algún tiempo, volviendo en sí, contó que había visto a Cristo, nuestro Señor, el cual le

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reprendió benignamente, y le amonestó a comulgar con devoción, ya que por la salud de los hombres estaba sacramentado.
Así la omnipotente mano de Dios había trocado a este hombre en otro. Comulgó con mucho fervor y murió.
Así como este recién mencionado tenía antes odio al santísimo sacramento, así hubo otro, que intentó profanarlo sacrílegamente, acercándose al comulgatorio sin el vestido nupcial de la gracia santifi¬cante, no dándose cuenta de lo horrendo de su maldad, porque la pasión había endurecido su conciencia. Al instante cayó enfermo, y se le abrieron los ojos; enfermo como estaba, se levantó y acudió al templo horrorizado, para hacer una buena confesión. Restablecida la salud de su. alma, sanó también su cuerpo.
Así se comprende, que por estos casos se aumente grandemente el re8peto y la veneración a este augusto sacramento.
No se atreven estos cristianos nuevos irse a la guerra contra los lusitanos, sin haberse fortalecido con la Eucaristía, así como tampoco los catecúmenos no se marchan sin bautismo. Así se arraiga cada vez más el cristianismo entre esos indios que poco antes estaban profunda mente sumergidos en las supersticiones gentílicas.
Basta eso en lo referente a la Eucaristía. Ahora un poco sobre e sacramento de la penitencia. Había un indio muy enredado en su mala vida, por lo cual huía de la confesión, ni quería oir nada de ella gloriándose y haciendo alarde de sus maldades. Pronto le alcanzó e. castigo: Mordióle una víbora, devolviéndole la mordedura el sano juicio, picándole la conciencia más que la víbora. Conoció el justo castigo de Dios. Hizo felizmente una buena confesión y murió.
No murió con esta dicha otro individuo, enredado en las mis mas cosas, siendo los dos del mismo pueblo. En vano le aconsejaron nuestros Padres, y le castigó el cacique, hasta que Dios puso remedio al escándalo. Durmió el infeliz una noche en la casa del cacique, juntamente

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con la mala compañía; inopinadamente dejó Dios caer un rayo del cielo, al cual carbonizó al principal culpable, arrojando al compañero a un rincón de la casa. Todos los demás que estaban en la casa, quedaron ilesos. Así resultó verdadera la palabra de Cristo: "Uno se recoge, y al otro se le deja".
Oigamos también, cÓmo Dios premia a los buenos. Cierta india hacia ya un año entero que estaba enferma, sufriendo con paciencia grandísimos dolores. Sin embargo rezaba todos los días el Santo Ro-sario. Un día, mientras estaba ocupada en esto, se le apareció la Se¬ñora del Universo en gloria y majestad y dijo a la enferma que venia para llevarla consigo al cielo. En esto volvió su marido del campo, y le contó su esposa lo sucedido. Ya no le dejó a ella la alegría, hasta que después de poco tiempo, murió para irse a su celestial Patrona.
Garantía de la verdad de lo referido es la buena vida de los dos esposos.
La bondad divina es . muy grande y derrocha sus beneficios, sobre estos pobres indios recién convertidos, como sobre los demás mortales. Habíase escapado uno de los moradores de este pueblo para volverse a su tierra natal, donde antes vivía como un famoso hechicero. Al llegar allá (no se sabe si había comenzado a ejercer su antiguo oficio de embaucador) cayó gravemente enfermo. Dios tuvo lástima de él. Así permitió que los demonios molestasen al enfermo, llevándolo en apariencia a los fuegos eternos. Al instante aparecieron dos ángeles para sacarlo de las garras del demonio. En seguida amo¬nestan con bondad al pobre que vuelva al asilo de la salud, para vivir cristianamente en el pueblo que dejó. Escuchó con docilidad, y volvió adonde había salido, y escarmentado por el peligro que pasó, vive ahora con mucha edificación.

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Mientras tanto había ya pasado la mitad de aquel año bastante infeliz de 1639, con su hambre cruelísima. Uno de los dos Padres que cuidaban de este pueblo, ya que la gente no aguantaba más el hambre, se trasladó con una gran parte de ella al otro lado del río, para buscaren el campo yerbas comestibles, frutas silvestres y venado. Pasaron en esto algunos meses con bastante orden y arreglo: cada jueves y domingo había catecismo y sermón. Precisamente para esto había acompañado el Padre a la gente, y cumplió él con su cargo que era pesadísimo a causa de las congojas y privaciones, siendo su mayor cuidado que no se escaparan a su antigua tierra, y que nadie muriese sin sacramentos. Añadióse a todos estos sufrimientos del pobre Padre su ayuno forzado, después de haber distribuido sus provisiones a los enfermos y niños. Para matar su hambre atroz, se vio obligado a comer culebras y otras sabandijas, siendo él mismo casi devorado por los innumerables mosquitos.
Habiendo satisfecho la gente de algún modo su hambre, volvie¬ron a su pueblo, donde en el entretanto les había Dios deparado una espléndida cosecha. Con esto se volvió la tranquilidad, y sirven ellos a Dios en paz.

San Nicolás

No hay rosas sin espinas. Pero por el contraste se aprecia más lo bueno que hay al lado de la maldad. Esto se había notado durante la relación de lo acaecido entre los indios de esta clase. También entre ellos hay buenos y malos. Abundan desgraciadamente estos últimos en San Nicolás, pues es gente agreste, fiera, indómita. Entre ellos hubo un cacique, el cual un día, sin más, volvió a su antigua tierra con todos su súbditos; estaba aburrido de la vida cristiana y no quería ya oir las buenas palabras de nuestros Padres. Siguió sus capri¬chos y emigró a su Egipto, para vivir a su anchura allí entre las sel¬vas y montañas. Hubo felizmente entre sus amigos algunos más sesudos que se empeñaron mucho en persuadirle a que volviese al pueblo. Ya que eran amigos y parientes, escuchó, aunque

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con mala gana, su consejos, y estaba ya para volver, cuando le alcanzó el castigo de Dios por su perfidia. Enfermóse gravemente en el camino y fue abandonado por su familia, la cual no podía aguantar el mal olor que despedía su cuerpo. Comiéronle los tigres y las aves de rapiña. Semejante castigo alcanzó a otros varios. Parece que Dios no deja nada sin castigo, para escarmiento de estos neófitos.
El castigo era muy justo, porque ya eran cristianos, y no obstan-te querían vivir a manera de los gentiles, vagando por los campos, ol¬vidando o despreciando las prácticas religiosas.
Había un cacique principal, el cual, para vivir con más libertad, astutamente se había hecho un sembrado muy distante del pueblo. Así nadie le podía obligar a oir misa y la palabra de Dios. Disfrutó poco tiempo impunemente de su astucia. Cayeron sobre el y su séquito los lusitanos. Y los llevaron presos. A Dios no quiso servir, y debió servir a los tiranos. Felizmente lograron escaparse su mujer y uno de los hijos.
El año de 1638 les alcanzó un castigo de Dios más grande toda¬vía, para que se acercasen a El. El enemigo lusitano ya pensaba que se podía llevar toda esta provincia como botín de su injusta guerra. Tro¬pas grandes de lusitanos y Tupís (sus indios auxiliares y verdaderas fie¬ras) entraron aquí por asalto. Por la derrota del año pasado, vinieron ahora en mayor número y con más pertrechos de guerra. Dividiéronse en tres columnas y avanzaron contra los indios con sus estandartes y al son de tambores, flautas y trompetas.
A toda prisa se habían reunido de nuestra parte unos 800 solda¬dos, los cuales valerosamente se fueron al encuentro del enemigo. Pero el justo Dios permitió que fuesen vencidos. Cayeron seis, y fueron heridos 70. Los vencedores invadieron el pueblo, lo saquearon y lo incendiaron. A la iglesia convirtieron en cuartel, colgando su bandera en la torre. Construyeron su campamento a poca distancia del pueblo y depositaron allí a los pri¬

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sioneros. Se les agrió no poco su triunfo con una carta del Padre Romero dirigida a nuestros Padres. El cartero fue sorprendido por los espías enemigos, y al defenderse de ellos perdió la valija con la car-ta, la cual, hallada por otros espías, fue entregada a los lusitanos. La abrieron y leyeron que el Padre Romero estaba bajando de las monta¬ñas para caer sobre ellos con un fuerte ejército y para arrebatarles su botín, rodearlos por todas partes y aprisionarlos.
Cayó como una bomba esta noticia entre los lusitanos, y a toda prisa se escaparon de la trampa que se les ponía. Abandonaron su recién construida palizada, y huyeron lo más ligero que pudieron.
Por desgracia, rechazado ya el enemigo, y recobrada su liber¬tad los indios, no se enmendaron. Al contrario, abusaron de su liber¬tad, abandonaron estos sitios resguardados contra los lusitanos, adonde se habían refugiado a la primera derrota, y volvieron en gran número a su antigua tierra, para vivir como les antojaba.
Son ellos por su natural extremadamente flojos, sin energía, aborrecen los trabajos fatigosos de la agricultura y prefieren ganar su vida con la caza.
Procuran nuestros Padres domesticar a estos salvajes, los cuales les causan muchísimas congojas con su poca docilidad. Dios asistió a los Padres, domando a los Indios por medio de las fieras que les envía, para que no se portasen con tanto descaro con los Padres. En¬tienden los indios mejor la picadura de la víbora, y la uña del tigre, que no la palabra del Padre. Y así fue que despertaron al fin de su letargo, volvieron en su juicio, y comenzaron a sosegarse.
No acabaron las plagas. Después de los estragos causados por las fieras, comenzó el hambre no menos atroz. Disolvió esta plaga a fami¬lias enteras, yéndose cada uno por su lado para buscar en los campos y las selvas algo que comer. Se hallaron madres muertas de hambre y ya descompuestas, todavía con sus criaturas al pecho. El peligro de muerte impresiona hasta a los bárbaros. Pero, con esta ocasión, algunos mostraron un criterio más sano, y mucho temor de Dios. Para evitar la muerte eterna, despreciaron esta vida tan corta. Y así pre¬firieron quedarse en el pueblo y morir de hambre, que

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por deseo de sustentarse, vivir como las fieras de la selva y morir como ellas. Frecuentan mucho los santos sacramentos y se ve cómo, en consecuencia de esto, se robustece su debilidad y adelantan cada día más en la virtud.
Será tal vez interesante oir contar un suceso relativo a esto. Cuando el hambre estaba en su apogeo en este pueblo, fueron envia¬dos algunos indios de aquí al pueblo de Concepción, para pedir de limosna a los Padres un poco de provisiones como alivio en tanta nece¬sidad. Ya estaban para volver con la dádiva, cuando el Padre se olvi¬dó añadir a ella algo de carne para ellos. Era puro olvido, y no avaricia. Vuelven pues con su carga, apartándose algunos de ellos, enojados por el olvido del Padre. Ya estaban unos pocos minutos distantes del pueblo, cuando se encontraron con un buey de los Padres, que estaba pastando. Tres de los indios quisieron tomar venganza del olvido del Padre; agarraron el buey, lo mataron y repartieron los cuartos. Ponen algunos de estos últimos en un asador de palo, después de haber comido ya otros cocidos. Mientras los tres malhechores rodean el asador, los otros no querían ser parte en su hurto y necedad, que¬dando en ayunas. Pero sucedió que les alcanzó el castigo de Dios. Así como estaban sentados alrededor del fuego, dando vuelta al asador, cayeron de espaldas con sus miembros al aire, y mientras con débil voz rezaban el Padre nuestro y Ave María, se murieron. Los demás quedaron con el susto dos días sin querer comer, y escarmentados en cabeza ajena aprendieron, juntamente con todo el pueblo, a temer a Dios.
Algunos de nuestros Padres refirieron este caso de un 'modo algo diferente. Podía ser que, debilitados por el hambre, comieron de una vez demasiada cantidad de carne, dañándose así su salud y ocasionándose la muerte repentina. Así no hubiera sido venganza de Dios por el robo cometido, sino efecto natural. A lo menos enseña este ejemplo que la muerte es buena maestra.
Dios ama al justo y al pecador; a estos libra de sus pecados por su infinita misericordia, y a aquellos protege en las adversidades, y todo ello para manifestar su gloria y bondad. Sucedió que una mala mujer de este pueblo tuvo un hijo ilegitimo. Diólo a luz en secreto, mientras estaba con otros de viaje a San Javier. Hizo un foso para se¬pultar viva la criatura, añadiendo así un crimen mayor al primero.

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Tapó el foso con paja y tierra. Sorprendiéronla en estos manejos otros caminantes que se acercaron, lo dejó inconcluso y siguió su ca¬mino. Pasó casualmente alguien cerca del niño medio sepultado y oyó el vagido de la criatura, la saca de su sepultura y la limpia de la tierra lo mejor que pudo. Corri6 con el niño en los brazos una legua entera hasta el pueblo, para que lo bautizase el Padre. Este averiguó quién era la madre, y le entregó al niño para que lo alimentase. Des¬pués de doce días murió y voló al cielo.

San Francisco Javier

El sitio de este pueblo está seguro de las invasiones de los lusita¬nos y sirvió desde el principio de fortaleza, y asilo para los fugitivos.
La larga tranquilidad favoreció la siembra y la cosecha, y esta reducción tiene abundantes provisiones para la comida ordinaria de los indios. Pero no faltó sin embargo, ni a nuestros Padres ni a los moradores del pueblo, materia de paciencia. Invadió al pueblo la gri¬pe con tal violencia que murieron muchos de ella, en especial los niños de tierna edad. Reinaba al mismo tiempo un extraordinario frío, que traspasaba los medio desnudos cuerpos de esta pobre gente. Hubo tres y hasta cinco defunciones cada día. El Padre Cura de este pueblo invitó a la gente a extraordinarias rogativas a San Javier en el templo. Convinieron gustosos en ello. Se determinó la hora del comienzo, y al toque de la campana concurrió gran multitud de indios y rezaron con gran fervor.
Claro está que hasta las fieras tienen amor a la vida. Salió el sacerdote en roquete con la reliquia del santo en la mano, imponién¬dola a los enfermos, mientras profería las palabras de San Marcos. Impondrán sus manos, etc. Por ocho días enteros duró esta fervorosa rogativa, y en todo este tiempo no murió ninguno, aunque estuviese

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ya desahuciado. Por este buen efecto, como suele no pocas veces, aflo¬jaron algunos en el fervor de la oración. Nuestros Padres aconsejaron la perseverancia, para que no aflojase igualmente la protección de San Javier, y no recrudeciese la enfermedad. Se cumplió esta profecía. La enfermedad atacó de nuevo a los niños, y murieron muchos de ellos. Predicó de nuevo un Padre al pueblo, hablando de este justo castigo de Dios. Los exhortó a comenzar de nuevo las rogativas, perseverando en ellas con espíritu de penitencia. Escucharon con docili¬dad e hicieron lo que se les decía. Poco a poco cesó la epidemia, restableciendo San Javier la salud al pueblo.
Bondadoso era San Javier con su pueblo, pero no menos lo era con los recién llegados fugitivos. Muy notable fue el caso siguiente. Habían comprado los javieranos de los lusitanos a muchísimos indios infieles, no tanto para devolverles la libertad, cuanto para hacerlos cristianos. Todavía se estaban instruyendo estos catecúmenos por medio de los Padres, cuando uno de ellos manifestó su ardiente deseo de ser bautizado con otros ya preparados, y negándole el Padre este favor para que lo apeteciere más, se metió aquél entre los que estaban para bautizarse, manifestando con alta voz sus pecados, de los cuales esperaba ser librado por el bautismo. Se creyó prudente condescen¬der a tan vehemente deseo. Fue bautizado con los demás, y volvió contentísimo a su casa. Al otro día se le halló muerto, para que se vea la especial providencia de Dios con sus escogidos.
En este grupo de recién bautizados se hallaba también una in¬dia tan inteligente que por sus conocimientos en la religión fácilmen¬te podía competir con cristianos viejos de Europa. Cierto indio in-fiel con mil astucias la persuadió a que volviera a su tierra natal. No se comprende cómo podía consentir la india en esto, pero el hecho es que se fue- con aquel, y vivió cristianamente entre los infieles, aunque la querían obligar repetidas veces a traicionar a Cristo, y a vivir como los gentiles, sus antepasados. Quedó ella firme en defender su religión. Lo que la mantuvo en la fé, era la persuasión de que Dios, el Creador, sabe todas las cosas, y de que se enojaría contra ella, en caso que le ofendiera. Vivió con la misma

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constancia allí, hasta que un nuevo asalto de los lusitanos llevó cauti¬vos, a todos estos infieles. Después de la segunda victoria ganada por nuestros indios, les quitaron todo este botín, y así esta india, con otros muchos más, fue librada de la esclavitud y volvió a su antigua reducción, donde vive hasta hoy cristianamente, asemejándose a los jóvenes Babilonia, que quedaron ilesos en medio de las llamas. Fue ella una prueba del poder de Dios, el cual llenó con la fe y su gracia a una mujer salvaje, recién convertida, de tal modo, que ella con energía varonil resistió a todas las tentaciones carnales y a sus antiguas supersticiones paganas.
Al lado de esta mujer constante, hay ejemplos contrarios de gran inconstancia de parte de algunos varones. El principal cacique de este pueblo tenía una hija ya casadera, a la cual el viejo tenía gran cariño. La había prometido a un joven de su mismo pueblo En eso emprende el cacique un viaje al Puerto de la Santísima Trinidad de Buenos Aires. Pasó en el camino por un pueblo pagano a la orilla del río. Uruguay, donde vivía gente muy mala, muy hostil a la religión cristiana y con semejante gente hizo alianza este cacique cristiano. Vivía en aquella tribu un hechicero criminal y embaucador taimado. Este habla sido tenido por los suyos nada menos que por un Dios, envolviéndolos con sus mentiras en unos lazos más inextricables que el nudo gordiano. Nuestro pobre cacique fue envuelto también en estos líos. Se rebajó tanto que hizo sus honores a aquella canalla, con el fin de conseguir de él un feliz viaje al Puerto. Allí compró los regalos de boda para su querida hija, y volvió en seguida a casa. Al llegar encontró que el mismo día, y en la misma hora, en la cual visitó a aquel infernal embustero, se le había muerto su hija. Esto, y las re¬prensiones de los Padres le abrieron los ojos, se arrepintió de su bar-baridad, y se empeñó a enmendarse de ahí en adelante.
Esta reducción de Indios siempre ha sido muy devota de Cris¬to sacramentado, y quería que se guardase el Santísimo en el templo. A este fin se dirigieron repetidas veces al Padre Boroa (el provincial), para que les concediese este favor. Cuando al fin despachó favorable¬mente su solicitud, se alegraron sobre manera, pensando que pronto podrían adorar a Cristo en su iglesia, y recibirlo en

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la santa comunión. Ahora ya tienen esta dicha y se nota 8u saludable efecto: el robusto cimiento de la fe. Semejante fruto sacan también de su devoción a la Santísima Virgen. Florece ya la congregación Mariana, bien dirigida por los Padres.

La Reducción de la Asunción de Acaraguá

Está situada esta reducción al extremo norte entre las reduccio¬nes colocadas al margen del río Uruguay, como puesto avanzado contra las invasiones de los lusitanos. Es como el centinela que briosa¬mente espera al enemigo paulista con sus auxiliares indios, y rechaza intrépidamente sus primeros asaltos. Por esta razón sus moradores desde su niñez son instruidos en el arte militar, y ejercitados en el uso de las armas y en la disciplina militar. Se conoce su espíritu guerrero, hasta en su vida espiritual, hechos ellos unos buenos luchadores en los combates contra los enemigos invisibles, sobre los cuales han alcanzado ya muchas victorias. Sus instructores en este género de mili-cia espiritual son sus Padres misioneros que les enseñan sin descanso, como deben defenderse contra las tentaciones de parte de las malas pasiones, por medio del escudo de la fe y del santo temor de Dios.
Así es que hasta las mujeres débiles y las tiernas doncellas, de¬fendidas con semejante coraza, resisten varonilmente a las provoca¬ciones de hombres malos. Los varones a su vez sujetan sus pasiones camales, aquel enemigo doméstico, con varias asperezas corporales.
Sucedió que cierto joven, molestado por la tentación, se echó en un hormiguero. Ya bastante maltratado por esto, se revolcó entre punzantes ortigas. Enfermóse por esto, y fue refrenado en sus peni¬tencias por nuestros Padres. Contestó él: No importa. Prefiero morir antes que pecar. Era muy juiciosa esta contestación.
Había otro, que no tan pronto y enérgicamente

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había resistido a la tentación deshonesta, aunque no la quería. Cuando se dio cuenta del peligro en que estaba, maltrató su cuerpo con disciplinas, añadiendo golpes con un palo. Señales son estas que ya está profundamente arraigado en su corazón el santo temor y amor de Dios.
Cuando quieren acercarse a los santos sacramentos, sucede a veces que se preparan para este acto un mes entero. Muy grande es su devoción a la Virgen, e ilimitada la confianza que tienen en su protec¬ción. Esto se debe, según ellos dicen, a que muchas veces han sido detenidos sus enemigos, los indios infieles, como por una mano in¬visible, al querer asaltarles.
Antes de la batalla decisiva, los congregantes de este pueblo to¬maron semanalmente cuatro veces la disciplina, para que por medio de estas asperidades se hiciesen dignos de la protección de su soberana Patrona, juntando a esto obras de misericordia con los pobres y en¬fermos, en cuanto lo permitía su pobreza, y recibieron los santos sacramentos.
Es muy grande y admirable la bondad, con que Dios procura la salud de estos nuevos cristianos, en especial reduciendo a los que se desvían del buen camino, escarmentándose ellos en cabeza ajena. Cierto joven, extremadamente tísico, esperaba ya su última hora. Un día perdió el conocimiento, quedando inmóvil unas dos horas. Cuando volvió en si, se puso muy triste, gimiendo de miedo. Contó a los que estaban a su cabecera, la razón de su angustia: Sentí durante este desmayo los más grandes dolores de cuerpo y alma; pues, me encontré, no sé como, en medio del infierno, donde vi a mi madre rodeada de llamas, y la oí gritar desaforadamente. Al verme también a mí en el infierno, se enojó grandemente y dijo: Tú también, que en tu niñez frecuentabas las funciones sagradas, vienes acá, para contem¬plar mis eternos tormentos. Como yo, hay muchos indios viejos en el infierno, porque tenían, una fe muerta, y casi extinguida, y Sin embar¬go sacrílegamente, sin dolor y arrepentimiento se acercaban a la confesión. Yo soy una de ellos, y como ellos, yo sin fe y casi por broma, me hice bautizar. Y ahora

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estamos por eso en el infierno. Anda y cuenta a los Padres (en el caso que vivas todavía) lo que has visto, para que ellos lo prediquen al pueblo. Tú empero haz una buena confesión, para que no te echen, como a mí, al fuego eterno. Aquí ves la hoguera destinada a los que no hacen caso de lo que enseñan los Padres sobre el camino de su salvación, y no quieren arrepentirse de veras de sus pecados.
Así habló mi madre, y por esto estoy tan triste. En seguida hizo buena confesión, y esperando en Dios, aliviado de sus culpas, durmió en paz.
Este caso hizo en todos una saludable impresión. Comenzaron todos a examinar su conciencia con mucho cuidado, confesándose hasta de las más pequeñas menudencias, cometidas después del bautismo, añadiendo a su preparación varias penitencias corporales.
Así se renovó eficazmente el espíritu cristiano entre ellos. Así, como dije, suele Dios estimularlos al bien.
Un día vieron dos de estos indios, entre sueños, a dos ángeles en forma humana, que les reprendían por su mala confesión y les amo¬nestaban a dejar su mala vida. Al amanecer acudieron los dos al confesor, sin que el uno supiese cosa del otro. Después de arreglar su conciencia, los dos hicieron por largo tiempo graves penitencias.
Una india vio en sueños a un venerable sacerdote que la amo¬nestó muy seriamente, que acabase con sus sacrilegios, que se dejase de su mala vida, y que hicese al fin una buena confesión. Obedeció ella, y la enmienda de su vida ha sido indicio de que en realidad su visión era sobrenatural, aunque no se sabe quién era aquel sacerdote que la reprendió.
Esta notable mudanza tenía relación con la colocación solemne del Cuerpo de Cristo nuestro Señor en el tabernáculo de la iglesia
de este pueblo. Añadieron a estos festejos sus juegos y un drama alu¬sivo a la fiesta.

Reducción de Santo Tomé, Apóstol

Contiene este pueblo mil familias. Por consiguiente es una población muy grande y de muchos habitantes. Estaba situada en el Uruguay boreal en una región muy hermosa

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por sus selvas, fuentes, arroyos y verdes montañas. Tenía abundantes provisiones de grano, por la fecundidad de su suelo. Y esta arrogante población tubo que transmigrar a otro paraje. Salieron el día de la Santísima Trinidad, después de la santa misa, habíendose quemado las casas, para que no les viniese la gana de volver. Marcharon a las le¬janas playas del río Uruguay austral. Por lo demás, esta gente no te¬mía a los lusitanos, ya que eran muchos moradores, y realmente nun¬ca habían experimentado una maloca. No obstante, sin objeción o contradicci6n, emprendieron la transmigración. Dos meses duraron los preparativos, haciendo ellos unas 200 canoas largas y bien labradas, a pesar de su natural flojera y apatía. Se embarcaron en ellas, sufrien¬do en el viaje pacientemente los inevitables trabajos, pues varias veces hubo naufragios, perdiéndose las provisiones, o inutilizándose ellas por la humedad.
Sus Padres Curas mientras tanto no les dejaron a ellos sin pasto espiritual, vigilando solícitamente en los peligros, y teniendo cuidado de que gente tan voluble no se escapase en el camino, escondiéndose en los montes, como es su costumbre. Por lo demás era admirable su afecto y obediencia a los Padres.
Para que se vea, lo que tenían que aguantar en su viaje por el río, óigase este caso. Había un indio que naufragó en esta ocasión tres veces, perdiendo todo lo que tenía, sin que se quejase en lo más minino. Decía que le bastaba vivir con los Padres y servir les hasta la muerte. Esto sería mi más grande felicidad y daría las gracias al Señor. Preciosos sentimientos a la verdad y Dios oyó los piadosos deseos de este hombre. Murió en

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el camino, bien preparado con los últimos sacramentos.
Pronto después murió otro de los caminantes. Estas fueron las únicas víctimas durante la transmigración. Fue especial favor de Dios, que durante un viaje de cuarenta días, de tanta gente, con mujeres, niños enfermos, y entre tantos trabajos y privaciones, sólo sucedie¬ran esas dos muertes. Estaban muy cansados con tanto remar y aburridos por el largo viaje, animándolos continuamente los Padres.
Habían recorrido ya gran trecho, cuando pasaron por la reduc¬ción de los Santos Reyes, o Yapeyú, donde renovaron sus provisiones, y después de haber descansado algo, se marcharon a su lugar destinado.
Llegados allá, cada uno ocupó su lugar. Se trazó el plan del pue¬blo con su iglesia y casa parroquial, y las habitaciones para cada fami¬lia. Rápidamente se concluyeron estas obras.
Alivióles mucho la caridad del Superior de las Misiones, Padre Diego de Alfaro, el cual los proveyó con abundantes provisiones de ganados, beneficiándose cada día ocho o diez reses, dividiendo los mismos Padres las raciones, hechos carniceros por amor a Cristo nues¬tro Señor. Así recibieron todos su justa parte, obreros, ancianos, en¬fermos y pobres.
Mientras tanto pareció que les esperaba una abundante cosecha. Pero para probar la paciencia de nuestros Padres, Dios dispuso que se perdiera la cosecha; tanto por una invasión de langostas, como por la gran sequía. Lo que se sacó al fin, bastaba sólo para sustentarse por dos meses. Para que no se desparramase la población, pidieron nues¬tros Padres socorro de otras partes,

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a fin de que tuviese la gente con qué mantenerse en los 10 meses res¬tantes. Sucumbieron de hambre en este tiempo, muchos ancianos y niños. Ya que leemos hasta en la Sagrada Escritura, que en semejan¬tes circunstancias valía mucho el estiércol de palomas y la cabeza de un burro, refiero cosas iguales de aquí. Hasta el estiércol de las vacas se comía, juntamente con yerbas y raíces, si se las lograba. Se desme¬nuzaba el cuero y se cocía en agua, y parecía una rica comida. Au¬mentó el hambre la escasez singular de pescado en aquellos ríos, en otros tiempos tan abundantes de pesca.
Faltaba todo consuelo humano, y no se sabía hacer otra cosa sino adorar los inescrutables designios de Dios.
Había quedado poca semilla para una siembra nueva. Se la Co¬mió el gorgojo en el granero del pueblo. Ya se había sembrado algo, y sucedió que los pobres hambrientos se iban de noche con tizones al campo para recoger los granos sembrados y comérselos. Entre tan-tas calamidades y penurias, Dios, el eterno Padre de Familias, envió un consuelo a los afligidos Padres; aunque por la sequía se perdió la cosecha de los indios, la de los Padres que estaba en medio de los sembrados de los indios, se desarrolló sin estorbo y maduró intac¬ta. Cierto es que el Señor mortifica y vivifica. Así nuestros Padres con lo suyo pudieron socorrer en algo a la necesidad del pueblo, y pudieron salvar algo para la siembra nueva, para que aprendiésemos tener confianza en Dios.
En realidad, durante toda esta plaga del hambre se han hecho todos los días en la iglesia rogativas especiales, cantándose con acom¬pañamiento de la orquesta las letanías lauretanas, con gran asisten¬cia del pueblo. Oyónos la Madre de Misericordia, regalándonos una cosecha espléndida, dándonos más de lo que nos faltaba. Después del aturdimiento del hambre, cuando ya habían vuelto las fuerzas corporales, se reasumió la tarea de cultivar también las almas, y la frecuencia de los sacramentos, la cual produjo pronto su saludable efecto en las costumbres de la población. Ya hemos mencionado este fenómeno, hablando de otras reducciones, siendo Dios siempre y en todas partes bueno con sus escogidos, por lo cual omito deta¬lles, para ser más breve.

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Había aquí todavía cierto individuo que no abandonaba sus an¬tiguas supersticiones. Un día se encontraba un Padre en el campo, inspeccionando los trabajos de la siembra, cosa muy necesaria, dada la inclinación de esta gente a la flojera, cuando aquel indio cesó re¬pentinamente de trabajar mientras todos los demás trabajaban. Con buenas palabras animólo nuestro Padre a seguir el ejemplo de los demás. Contestó aquel con atrevimiento, que no podía, ya que en este mismo día había nacido un hijo suyo, y trabajando él, mori¬ría la criatura. Los demás indios se rieron de esta ocurrencia supers-ticiosa mientras nuestro Padre se la afeó, como era su obligación. Lo llevó muy a mal aquel indio, y se retiró sin más del campo. Tomó al niño recién nacido y su madre, y se fue a su tierra antigua, como si pudiera provocar impunemente a Dios, y esperar prosperidad en su tierra natal, después de haber descuidado la salud de su alma. Flojo, como era hasta el extremo, pronto todo le fue mal. Le alcanzó ade¬más el castigo por su superstición. Vino un tigre, y el primer día comió a su hijo, el segundo a su mujer, el tercero a él mismo.
Ya que había muchos de estos prófugos, procuraban nuestros Padres reducirlos, enviando a algunos baqueanos a aquellas tierras antiguas, para recogerlos y traerlos al redil de Cristo. Se fueron los emisarios por todas partes y encontraron buen número de fugiti¬vos que vivían como las bestias del campo. Los suplican con buenas palabras, que los acompañen al pueblo, donde podían vivir y ser¬vir a Dios tranquilamente. Finjiéronse conformes, pero en realidad trataron de matar a sus bienhechores. Una vieja, que supo esta trai¬ción, avisó oportunamente a nuestros emisarios que no sospecha¬ban nada de esto. Llegó tarde el aviso. Ya habían cortado la retira¬da los satánicos malhechores. Nuestros Indios se encomendaron a Dios y le ofrecieron sus vidas, hincados de rodillas y con las manos y ojos levantados al cielo. Así esperaron a sus asesinos. Vinieron es¬tos con gran furia y encontraron a sus víctimas con los brazos levan¬tados. Asustóles este

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espectáculo, y cambiaron de sentimientos. También ellos cayeron de rodillas y pidieron perdón, y prometieron seguir sus consejos. Cumplieron su promesa, volvieron al pueblo y viven ahora cristianamente.
Otro caso. Con permiso de los Padres se retiró uno a su tierra natal para buscar alimento. En el camino encontró este a otro indi¬viduo, ya moribundo, a consecuencia de la mordedura de una víbo¬ra. Cargó con él y lo llevó por treinta leguas de camino al pueblo, donde sanó el enfermo en cuerpo y alma. Recibió el portador su recompensa de Dios, porque desde este día no le faltó el sustento.
Ya están arraigados en la fe estos indios, aunque llevan consigo la naturaleza humana en su estado de decaimiento, y así hay entre tantas flores del campo también ortigas, o individuos malos, los cuales, según San Agustín, viven entre los buenos para bien de ambos. Cierto cristiano, legítimamente casado, abandonó a su mujer, juntóse con otra, y volvió con ella a su tierra natal. En el viaje, cuando estaban durmiendo, vino un tigre, como ministro de la justicia de Dios, mató al hombre como más culpable, y maltrató a la mujer, para
que se convirtiera. Volvió ella con gran trabajo al pueblo, alcanzó confesión y murió.
Había otra, ya instruida en la religión, y amonestada muchas veces para que se bautizase, y viviese feliz como los demás. Ella, co¬mo no perteneciente a las ovejas escogidas de Cristo nuestro Señor, no dio oídos a estos consejos. Así sucedió que aquella que huyó del agua saludable, por justo juicio de Dios, cayese en el fuego. Inopinadamente se incendió la casa de aquella mujer, mientras esta¬ba ella adentro, y sin que pudiese escaparse. Así se quemó ella aquí en la tierra para caer a las llamas eternas. Todos reconocieron este caso como justo castigo de Dios.

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Una mujer seria casi siempre queda constante, mientras una de malas inclinaciones, casi siempre es incorregible. Ya hemos visto estos casos en lo que arriba hemos contado en estas Anuas. La naturaleza humana siempre es la misma. Aquí referiré un caso de esta índole, porque presenta rasgos nuevos que comprueban la misericordia divina.
Cierta india tuvo un hijo ilegítimo, y de mil modos quiso tapar su crimen, para que no se supiera. Mató a la criatura y L enterró en una fosa no muy profunda, así que salía el hedor de la descom¬posición. Esto atrajo a un perro, el cual excavó la tierra y sacó con sus dientes el cadáver. Le arrancó tácilmente la cabeza, y la lleva al pueblo por especial providencia de Dios, así que todos la pudie¬ron ver. Al instante siguieron algunos los vestigios del perro para bus¬car el cuerpecito. Lo trajeron, y se comenzó la investigación del cri¬men de homicidio. Se halló la cruel madre y recibió ella su bien me¬recido castigo tanto por este crimen, como por su vida escandalosa. Así resultó verdad: No hay nada oculto que no se manifieste. Por la misericordia de Dios se descubrió esta facinerosa infanticida, para que se convirtiese. En realidad, lo que quiso primero ocultar, una vez salido en público, ya no tuvo empacho de confesarlo también sacramentalmente. Felizmente comenzó ahora a vivir más cristia¬namente.

Reducción de los Santos Reyes o Yapeyú

Dista esta reducción del Puerto de la Santísima Trinidad cien leguas, y pertenece a su jurisdicción. Cerca de ella viven los Indios Charrúas, sus parientes, con los cuales comercian. Por lo demás es esta gente de un corazón extremadamente duro, y hostil al nom¬bre cristiano. Pero vamos a referir un rasgo admirable de la Provi¬dencia divina, que supo elegir a uno de estos enemigos de Cristo para la gloria.
Como es su costumbre, vinieron algunos de ellos a comer¬ciar. Era en la novena de la fiesta de San Ignacio. Uno de ellos lle¬gó enfermo, y cuando los demás salieron de su embarcación, él sólo quedó adentro, no queriendo de ninguna manera irse al pueblo, o imposibilitado por su enfermedad, o por aversión a la religión. Sus compañeros, empero, dijeron a uno de nuestros Padres que había quedado uno en la embarcación. Providencia de Dios era esto, por¬que en su superstición niegan ordinariamente la presencia de un enfermo, y hasta lo esconden. Manda el Padre trae? el enfermo al pueblo. Enojóse este porque sus compañeros le habían hecho trai¬ción. Llevado

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al fin al pueblo le habló el Padre con cariño por medio de un intér¬prete, queriendo prepararlo para el bautismo. De ninguna manera se lo pudo persuadir al enfermo, aunque dos días trabajó en esto el Padre. Mientras tanto había llegado la gran fiesta de San Ignacio. Confiando a la intercesión del glorioso Patriarca volvió el Padre a la carga, amenazando al enfermo con las llamas del infierno, y le describió la compañía de los diablos en aquellos calabozos.
Por otra parte también lé habló del cielo, a cuya felicidad podía llegar, haciéndose cristiano. Le habló de los ángeles y su fa¬miliaridad con los hombres, que dura por una eternidad, con los cuales gozaría él también, abjurando de la comunicación con los demonios.
Parte por estas palabras apostólicas, parte por la ilustración de la gracia divina, al fin capituló el charrúa y se entregó a Cristo. Con corazón dócil escuchó la instrucción catequística, impresionándole, con la divina gracia, los tormentos del infierno, y el premio de la eterna gloria. Después de suficientemente instruido, y recibido el bautismo, acabó esta vida fugaz, para vivir con Dios para siempre.
Habla en este pueblo una moda ridícula tocante a los cabellos. En estas regiones hay mucha variedad en esto. Algunos llevan los ca¬bellos cortos, como los de Europa. Otros los llevan largos, y son lla-mados los peludos. Los habitantes de este pueblo, retuvieron con tenacidad la costumbre de sus antepasados, en parte por moda, en parte por necesidad. A los peludos de este pueblo desde un principio aconsejaron nuestros Padres, no sin resistencia, que se cortaran el pelo, para mayor uniformidad en el modo de vivir. La resistencia era tan grande que sus caciques se fueron al Gobernador del Puer¬to (de Buenos Aires), suplicándole prohibiera a los Padres su insis¬tencia en que se cortasen el pelo.

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Callaron por esta vez los Padres, pero poco a poco buenamente por eficaces razones, encomendando también el asunto a la Virgen, consiguieron su intento. Precisamente los congregantes de la Virgen con su ejemplo alcanzaron que poco a poco se despreciara la moda antigua. Por otra parte hay que considerar este cambio como un con¬siderable sacrificio que han hecho, ya que el ejemplo de otros que si¬guieron la moda antigua, les hizo pesado lo que parece tan pequeño. Eran al principio tan reacios los indios en este punto, porque veían que universalmente los indios peruanos y tucumanos, sin excepción de ninguna región, llevaban los pelos largos, y hasta varones y muje¬res de Europa, que están impregnados del cristianismo, por decirlo así, desde su niñez, cultivan con afán y adornan su cabello. Por con¬siguiente, cuando estos bárbaros sacrifican esta vana moda por amor a Dios y a la Virgen, entonces con razón merecen el aplauso de to¬dos. Añádase a esto que estos pobres con la cabeza pelada y sin el sombrero de los europeos, se creían obligados en este clima desfa¬vorable a criar su cabello. Creo que imponer a un europeo andar sin sombrero toda la vida, seria una penitencia bastante grave por sus pecados. Pero nuestros indios siguen ahora dóciles los consejos de nuestros Padres en ese punto.
Esta reducción, pues, quedó bien cimentada en el cristianismo, aunque después de no pequeños esfuerzos de nuestros Padres. Uno de ellos continuamente andaba por selvas y bosques a caza de indios dispersos. Halló un buen número de ellos. Una parte de ellos, seguramente los escogidos del Señor, le siguieron gustosos al pueblo, mientras otra parte, como si no perteneciesen al número de los elegidos, volvieron por el camino a su tierra, acostumbrados a las cebo¬llas y ajos de Egipto. Se supo después que todos perecieron en su superstición, entre ellos un cacique tres veces prófugo e incorregible.
Por el contrario, su hijo y yerno, siguieron al sacerdote ávidos de ser bautizados.

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Con esto concluyo la relación de lo acaecido en las reduccio¬nes del río Uruguay.
En estos tres últimos años se contaron en el distrito del río Uruguay 5.200 bautismos, de los cuales fueron párvulos 2.500. Mu¬chos de estos bautismos se administraron en peligro de vida. El nú¬mero de los muertos por hambre y de peste es de 4.600.
Demuestran estas cifras la gran población que existe en estas reducciones, y el enorme trabajo que cuesta a nuestros Padres su cul¬tivo material y espiritual.

Las razones por las cuales se opusieron los indios a la transmigración

A los lectores tal vez pareció larga la descripción de la transmi¬gración de los indios aunque nos ceñimos a lo más necesario para su inteligencia. Hablóse de paso repetidas veces de la resistencia que hicieron los indios a esta transmigración, tanto los caciques, como los particulares, los cuales delante de nuestros Padres con vehemencia y soberbia los contradijeron. Por lo tanto me parece a propósito ex¬plicar las razones de este proceder de parte de los indios.
No era, en ninguna manera, sin fundamento lo que alegaron los indios contra la transmigración.
De lo referido arriba se deduce que la realización de tal empresa era un verdadero milagro de Dios, el cual movió a aquellos ánimos a ponerla en ejecución, porque por el impulso de su naturale¬za no podían menos que resistir a ella, y los llevó con suavidad y eficacia de su suelo patrio a otra tierra.
A los europeos será interesante oir algo de esto. Comienzo por exponer la última y más profunda razón de su resistencia. Vivían ellos como las fieras en las selvas y montañas, y vagaban por sus dila¬tados campos. Allí nacieron, allí se criaron, allí se habían aclimatado, allí llegaron a ser hombres, allí vivían en plena libertad, algunos ocu¬pados en buscar su sustento, los demás, estando ociosos, haciendo lo que se les daba la gana. Era relativamente fácil hallar algo de co¬mer, dándoles los ríos pescado en abundancia, agarrado sin trabajo con nasas. Vivían sin el temor de las plagas que destruyen las semen-teras; las selvas les proporcionaban frutos

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en abundancia y los campos la carne de los animales de caza, sin ma¬yor peligro. El clima era sano y agradable. Por todo esto, se compren¬de que gozando ellos de tantas comodidades, acostumbrados como estaban a esta vida, cuando se les propuso la transmigración para trocar lo seguro por lo inseguro, ¿cómo se podía esperar que nuestros Padres, a la primera insinuación, no chocasen con una fuerte resisten¬cia? ¿Quién en todo el mundo partirá de buena gana al destierro, y se dejará con gusto echar de su casa?
Dirán algunos: Hay que despreciar todo esto, cuando se trata de la salud del alma. Esto precisamente se les dijo tantas veces. Y ellos contestaron que querían servir a Dios en su patria, añadiendo que lo que aborrecían más, era acercarse a los españoles, a los cuales tenían odio y con mucha razón, por lo mucho que habían sufrido de ellos, y sufrirían sin duda en adelante. Estaban además íntima¬mente persuadidos, como ya hemos advertido arriba, que los nues¬tros llamaban a los lusitanos para privarlos de su libertad.
Imposible era, por lo tanto, que ellos sin más, obedeciesen en este punto a los Padres.
Añadióse a estas razones, que el viaje era de lo más difícil, para tanta gente, con las mujeres y niños, y con los trastos a hombros, y esto por ásperos montes y campos pantanosos, a distancia de unas 50, 80 y 100 leguas.
Lo que les esperaba en el término de su viaje, no era de lo mas agradable: una tierra inculta, talvez infecunda, y antes de sembrar, las rosas de la selva virgen y las quemazones, y después un año de espera hasta la cosecha, tomando en cuenta que esta no se da abun¬dante sino por unos tres años, después de lo cual hay que hacer rosa nueva, añadiéndose el gran trabajo del riego.
Teniendo presente todo esto, se juzgará a los indios con más be¬nevolencia.
Pero lo que humanamente parecía imposible, Dios lo realizó, allanando todas las dificultades, ablandando los corazones de los pobres indios, para que dejasen su amada patria, y con eso, rompiesen los lazos del demonio. Sólo por amor a Dios han hecho este sacrificio, de dejar su felicidad y de abrazarse con el sufrimiento. Por lo tanto, esta transmigración ha sido la demostración de la heroica fe de los indios, y por este único acto ya merecen ellos toda nuestra simpatía.

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Por lo tanto, lo que expuse brevemente, será un monumento perenne para la gloria de Dios y alabanza de los indios. Dios era, quien los dirigió en sus caminos, y los indios correspondieron a la gracia divina, oyeron los consejos saludables, y pospusieron los intereses terrenos a los celestiales, y sus cuerpos a las almas.
Tiempo es que volvamos a referir otras noticias.

Excursiones a Diferentes Regiones Desiertas

El enemigo del género humano vio con desagrado que se le es¬caparon tantas víctimas por el asiduo trabajo de nuestros Padres. Por lo cual estaba buscando nuevos modos, de impresionar a los indios versátiles para que se aburriesen de los Padres. Intentó el demonio por medio de sus fieles secuaces, los lusitanos, desterrar a los jesuitas de estas regiones, donde ellos le habían hecho una guerra tan impla¬cable. Procuraron, por lo tanto, aquellos lusitanos de San Pablo per¬suadir a los caciques, que nuestros Padres les habían llamado para recoger un botín seguro, y llevar a los indios a la esclavitud.
Corrió este rumor por todas partes y causó un indescriptible al¬boroto contra nosotros. Siguiéronse los increíbles sufrimientos de los siervos cíe Dios, que en parte, he mencionado. Lo primero era que los indios ya no querían vivir en pueblos, y se escaparían de las manos de nuestros Padres. Calmados los indios y organizado el pueblo, siempre uno de los dos Padres tenía que guardar la reducción, y doctrinaría, mientras el otro tenía que volver a la tierra abandonada para bus¬car a los indios dispersos. De este modo, con enormes trabajos y sufrimientos, se han recogido por las selvas y montañas, por un solo Padre, 300 familias, que el llevó al pueblo, invirtiendo mes y medio en juntarlos.
Caminado por los montes cercanos a Santa Teresa, se han ha-liado unos pocos. En el antiguo pueblo de San Carlos había algunos enfermos, a los cuales parecía haber conservado Dios la vida sólo para alcanzar confesión, puesto que luego murieron. En otras partes se hallaron niños para bautizar, que también luego después de cristiana¬dos murieron. hubo otros que no querían dejar su patria desierta y vivir cristianamente en los pueblos. Los asaltaron una noche algunos guaraníes enemigos, y los mataron. No querían vivir con los amigos de Dios y fueron entregados a satanás por sus enemigos.
Hallóse entre los arbustos a un joven cristiano,

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gravemente enfermo. Para que no empleasen con él sus usanzas supersticiosas, manifestó este a sus pariente que era cristiano, y como tal quería morir, por lo tanto, hizo llamar a un sacerdote, que pasaba por allí buscando a enfermos, y pidió que lo recibieran bien. Vino el Padre, consoló al joven y le administró los últimos sacramen¬tos. Así bien preparado entregó su alma a Dios, con gran satisfacción de nuestro Padre.
Vencidos ya decisivamente los lusitanos, se fueron algunos Pa¬dres en diferentes direcciones en busca de dispersos, con heroicos celo de las almas, a caballo, a pié, penetrando en lugares casi inaccesi¬bles, sufriendo hambre muchas veces, cuando se les habían acabado sus pocas provisiones de maíz tostado, y todo ello por amor a Jesu¬cristo.
Así caminaron uno por un lado, otro por otro lado, sin descanso, siendo llamados día y noche, y acudían arriba y- abajo, cerca y lejos, por las montañas y ríos, por los lagos y campos, abriéndose camino por el espeso y espinoso monte: a esta parte, para que no muera un niño sin bautismo, a la otra, para asistir a un enfermo, bautizán¬dolo o confesándolo. Apenas podían decir la misa.
Al fin, después de haber recogido unos 600 individuos, volvie¬ron a las reducciones del Uruguay en marcha triunfal. Hubieran sufrido todos los trabajos con gusto, sólo para salvar a un alma. Esta clase de ope¬rarios espirituales no aguantan sentados ociosos a la sombra, sino anhelan lo más pesado, sufrir frío y calor, trabajando incansablemen¬te en la viña del Señor encomendada a ellos en el Paraguay.
Otras excursiones se hicieron desde el Paraná hacia el río Acarayá, acompañando a nuestros Padres los indios de Loreto, los cuales desde hace tiempo se visten como los españoles, por su propia iniciativa. Por esta circunstancia, cuando de lejos los vieron los infieles, con sus rodeles y espadas, los tuvieron por lusitanos, y se escondieron aprisa en las selvas. Al mismo tiempo había engañado a estos infieles cierto apóstata de San Javier,

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de tal modo, hablando mal de nosotros, que no quedó remedio sino volver pronto a casa, siendo la gente recogida sólo 100 almas. La vuelta se hizo por el río, con peligro de naufragio. Mayor peligro les esperó en tierra, porque un cacique se dejó embaucar por aquel falso rumor que corrió entre los indios, y del cual hablé repetidas veces, y entró en la choza del Padre armado con una macana para romperle la cabeza. Lo hubiera hecho, si el Padre con toda tranquilidad no hubiera ido a su encuentro, para dominar al salvaje con su mirada serena. Detúvose aquel hombre furiosos, turbóse y amansóse, y cayendo de rodillas se rindió al Padre, siguiéndole al pueblo. Hallóse muy a gusto allí y se hizo cristiano. Su gente, empero, quedó obsti¬nada, queriendo vivir y morir en su tierra.
¡Ojalá Dios los ilumine, para que no perezcan eternamente!

Vuelven a sus Malocas los Lusitanos, y el Padre Alfaro muere en la Batalla

Avisados nuestros Padres por los arriba mencionados señales del cielo, e inquietadas grandemente todas las reducciones por miedo a nuevos asaltos de parte de los lusitanos, se estacionaron dos de ellos, sujetos muy activos, en la región del Caaró, para servir de centinelas contra un inesperado asalto del enemigo. En realidad, pronto tuvieron noticias de que los lusitanos estaban aproximándose por la parte donde vivían los indios infieles, llevándose al cautiverio cuantos indios encontraban, fieles o infieles. Inmediatamente el Padre Su¬perior de Misiones, Diego de Alfaro, convocó a los Padres a Concep¬ción, para consultar con ellos las medidas que se debían tomar. Todos opinaban que tenía que darse parte al Gobernador de la Pro¬vincia Pedro de Lugo, el cual a la sazón estaba haciendo la visita real en estas misiones. Se fueron a él y le propusieron las medidas del caso: que pusiera a disposición de las obras de defensa 50 soldados españoles, abasteciéndolos los indios con caballos, y provisiones, con¬forme a la Real Orden de. que el Gobernador defendiera toda la pro¬vincia con armas contra los lusitanos. Prometió este hacerlo así, pero fingidamente, como pronto se descubrió.

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El padre Alfaro, por su parte, convocó de las reducciones del Paraná y del Uruguay a 400 soldados indios. Salieron todos a campa¬ña, después del día de la Epifanía de 1638, juntamente con los españoles y su Gobernador, pero estos últimos de muy mala gana. Llegaron al pueblo del Piratini, donde encontraron el templo en ruinas, abandonadas las casas y todo destruido, lo cual impresionó no poco al Gobernador. Envió entonces este a cuatro de sus soldados para explorar toda la región. Volvieron pronto con la noticia de que el enemigo se había fortificado en el Caazapá guazú, teniendo ya gran número de cautivos. Al oir esto, asaltó a los españoles un miedo infantil, advertido lo cual por nuestros indios, se enojaron de tal cobardía, y pidieron con insistencia ser conducidos a donde estaba el enemigo, mostrándose así más valerosos que los españoles. Llegados al salto de la región de Caazapá guazú, que tendrá una legua de extensión, mandó el Gobernador hacer alto, porque temía una emboscada de parte de los lusitanos, a lo menos dijo así, no sabién¬dose si habló la verdad. Animáronle nuestros Padres y avanzaron en dos columnas, para rodear al enemigo. Preparáronse para la batalla los indios fieles con la confesión y los catecúmenos con el bautismo. Cuando estaban enfrente del enemigo, comenzó la pelea con mucho brío de parte de los indios, ya que se trataba de su religión y libertad, y por consiguiente de una causa justísima. No podían los lusitanos aguantar semejante empuje, aunque eran superiores por naturaleza y por los armamentos. Huyeron hacia el salto, protegiéndose en la es¬pesura del bosque. Mientras tanto que peleaban los indios tan vale¬rosamente, estaban mirándolos el Gobernador y sus soldados desde lejos e inmóviles, como si se hubieran encontrado en un circo de gladiadores. Este famoso Gobernador Pedro de Lugo, había amenazado con la pena de muerte a sus soldados, para que no se moviesen de su lugar, despreciando las encarecidas súplicas del Padre Alfaro, dirigi¬das a él en nombre del Rey. Entonces tomó el Padre Alfaro a su cargo la dirección del ejército, metiéndose a caballo en medio de la batalla, como buen Pastor y fiel Protect6r de estos miserables indios, animándolos en alta voz. Le daba pena la suerte de los combatientes, ya que los que por derecho divino y humano debían y podían defender la honra de Dios y del Rey, descansaban vergonzosamente,

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mientras que los indios derramaron su sudor y sangre en la batalla. Con este mal ejemplo no podían menos los españoles que animar al enemigo a la resistencia. En el calor de la refriega dirigió uno de los enemigos escondidos en el bosque su arma hacia el Padre Alfaro y le tiró un balazo, que penetró por las sienes y le arrancó el ojo izquierdo. Cayó el instante sin sentidos. Los que estaban cerca, le llevaron luego al campamento, donde le dio uno de nuestros Padres la absolución con indulgencia plenaria, después de lo cual este buen Pastor dio su alma por sus ovejas y murió con gran pesar de todos los suyos.
Por este inesperado incidente no cesó la batalla, sino que nues¬tros soldados Pelearon hasta alcanzar una gloriosa victoria. El mismo jefe de los enemigos fue herido en el muslo, quebrándose el hueso. Cayó, aunque no mortalmente herido. Ofrecióle Dios tiempo para hacer penitencia, pero él no supo aprovecharse de esta gracia. Llamó sí, con alta voz al sacerdote para confesarse. Contestaron nuestros Padres, que saliese de su campamento llevado por sus soldados desarmados. Trajéronle a hombros sus indios tupís. Comenzó a discul¬parse con mentiras, de que no había venido a hacer guerra, sino para recoger provisiones. No quiso aprovecharse de los buenos consejos de los Padres, ni dar señales de dolor y arrepentimiento, única disposi¬ción para salvarse y confesarse bien. Por lo tanto no se podía hacer nada con él, y volvió él a su campamento.
Mientras tanto nuestros soldados siguieron a pie al enemigo de muy cerca, y lo apretaron de tal modo, que desesperó de la vic¬toria, sobre todo después de la caída de su general. Echáronse de rodillas los lusitanos, levantaron las manos y se entregaron a los vence¬dores. Se les mandó que rindiesen las armas, si les era cara la vida. Al principio tardaron en obedecer; al fin, apremiados por la necesidad lo hicieron, ya que los caciques estaban decididos a seguir la pelea, hasta acabar con todos.
Entregadas las armas acuden los indios a saquear. El botín más precioso eran 2.000 cautivos, los cuales se encontraron presos en una palizada. Cada uno de nuestros soldados puso en libertad cristiana a un grupo de diez o veinte de ellos. Los soldados españoles, estos famosos héroes, que durante la batalla por miedo se habían retirado a la retaguardia, tuvieron la desvergüenza de pedir parte en el botín. Nuestros caciques y sus indios se lo negaron y rechazaron a estos co¬bardes, quienes no querían sino aprovecharse del fruto del sudor y de la sangre ajena. A diez y siete de los vencidos pusieron grillos los caciques, mientras nueve murieron en la batalla. El cacique principal Nicolás había ordenado colgar los presos en los árboles, pero

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a petición de los Padres, los entregaron al Gobernador. Este los reprendió ásperamente, en especial al general herido, finjiéndose el Gobernador muy indignado. Los llevó consigo a la Asunción, como para castigarlos, pero siete de ellos por de pronto pudieron escaparse al Brasil, lo que causó grandes disgustos a nuestros Padres, como se dirá después. También nuestros indios sintieron mucho esta fuga, y echando la culpa al Gobernador, querían arrebatarle el resto de los prisioneros, para castigarlos como lo merecían.
Lo hubieran hecho así, si el prudente consejo de los Padres no los hubiera detenido, y no los hubiera calmado para evitar mayores alborotos.
Brevemente he referido todo esto, pero falta todavía mencionar las barbaridades que los lusitanos habían cometido, mientras tenían presos en su palizada a los miserables indios. Valdría la pena detenerse algo más en este capítulo, mientras por otra parte casi se resiste la pluma a referir tantos horrores. Día y noche fueron maltratados los pobres indios por los paulistas, más que los judíos por los egipcios, porque los judíos a lo menos después se podían acordar de las ollas de los egipcios; a nuestros indios empero, en su palizada, no se les concedió ningún alivio de parte de sus tiranos, y sufrieron ellos allí inmen¬sos trabajos, no teniéndose consideración ni siquiera de los enfermos y niños, ¿Como podían tener conmiseración aquellos que se habían criado entre peñas y tigres, siendo ellos semejantes en fiereza y dure¬za a los tigres y a las rocas? En consecuencia de estos maltratamientos sufridos por los Paulistas, muchos murieron miserablemente, no alcanzando el bautismo. Basta mencionar esta sola desgracia. Dejo lo demás para no cansar a los piadosos lectores.
Volvieron, pues, los vencedores, acompañados de los cautivos puestos ya en libertad. Algunos de estos últimos estaban ya en tan mal estado a consecuencia de los tratamientos sufridos de parte de estos tigres lusitanos, que se les administró los santos sacramentos, muriendo ellos en seguida, para gozar de la libertad eterna. El cuerpo del difunto Padre Alfaro fue llevado a hombros por los indios en una distancia de treinta leguas hasta la iglesia de Concepción, donde fue sepultado entre tantas lágrimas y tanto llanto de los indígenas, como suelen llorar los buenos hijos a su querido padre.
Conviene decir aquí también algo de sus grandes virtudes, para edificación de otros; siendo esto además exigencia de la caridad acostumbrada en la Compañía. Seria imperdonable callar las alabanzas de semejante figura grande, varón de Dios, ilustre en la Compañía y queridísimo en su Provincia –la cual ha hecho grandes servicios por sus incesantes trabajos–, la adornó con sus heroicas virtudes, y la ensalzó con su gloriosa muerte.
Murió a la demasiado temprana edad de 42 años. Vivió 25 años en la Compañía. Rabia nacido en Panamá, ciudad del reino de Perú, criándose en Lima, su capital.

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Todavía muy niño fue enviado a la Universidad de Salamanca por su padre Francisco Alfaro, jurisconsulto y oidor de la Real Audiencia de Panamá. Era el plan de su padre, que siguiese la misma carrera de ju¬risprudencia. Estando Diego en España e instruyéndose en las primeras letras, se sintió irresistiblemente llamado a la Compañía. Fue admitido en la Provincia de Castilla. Al pasar por España el Pro-curador en Roma de la Provincia del Paraguay, el Padre Juan de Viana, para volver acá con una expedición de nuevos misioneros, se fue nuestro Diego a él, manifestándole su deseo de venir. Con gusto lo admitió el Padre Procurador al número de los demás, y así arribó a principios de Mayo de 1617 al Puerto de la Santísima Trinidad de Buenos Aires. Trasladóse de ahí a Córdoba para estudiar filosofía y teología, lo que hizo con gran aprovechamiento, debido a sus grandes talentos. Acabados los estudios fue ordenado sacerdote y destinado a operario misionero, dedicando su celo con preferencia a los indios. Pidió al Padre Provincial Nicolás Mastrilli con lágrimas que le concediese ir a las misiones del Paraguay, y finalmente lo alcanzó. Teniendo una buena memoria y mucha aplicación, pronto dominó la lengua guaraní. Aprovechóse bien de estos conocimientos, explicando el catecismo y predicando con frecuencia a los indios. En medio de estos felices trabajos le sorprendió una orden muy delicada de parte de las autoridades, la de tomar sobre si el cargo de Comisa¬rio del Santo Oficio de la Inquisición de Lima. Tenía que despedirse de sus indios y encaminarse a la Asunción. Al mismo tiempo fue nombrado por Vuestra Paternidad Rector de aquel colegio. Desem¬peñó este cargo con la más completa satisfacción de todos.
Pero él mismo no se hallaba en estas nuevas ocupaciones y con ansia irresistible pidió ser devuelto a los indios. De Roma le vino el cargo de Superior de todas estas reducciones de indios, distinguién¬dose en él de tal modo por su solicitud, prudencia, caridad y traba¬jo, que, como hemos visto, trabajó hasta entregar su vida por sus ove¬jas.
La bondad de Dios habla provisto al Padre Alfaro con abundan¬cia de dones naturales y sobrenaturales, como saltaba a la vista al ver la actividad de este hombre extraordinario. No puedo descender a de. talles para no alargarme demasiado, y basta decir que todos lo querían, y que era un hombre capaz para todo; sabía unir su erudición con una tierna piedad; era muy fino en el trato, muy prudente en los negocios, muy cauto en admitir solicitudes. A un hombre dE esta talla, seguramente, el común enemigo no podía contemplar sin desagrado, y procuraba borrarlo de entre los vivos.

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Dios quiso probar a su fiel siervo con los peligros, y perfeccionar su virtud con los sufrimientos.
Ya antes estuvo en peligro de vida, hallándose todavía en Córdo¬ba dedicado a los estudios. Fue destinado un día para compañero de un Padre que iba a visitar a un enfermo en el campo. Al pasar el río cerca de la ciudad, a la muía en que cabalgaba se le aflojó demasiado e] freno, y cayó al agua, arrastrándole lejos la mucha corriente del río. Acudió en su socorro el mozo indio que los acompañaba y sacó a Al. faro ya sin sentidos e hinchado de la mucha agua que habla tragado. Llevado a casa volvió finalmente en sí. Cuando supo que un indio le había salvado la vida, hizo el voto de emplear esta vida, salvada por un indio, a salvar las almas de los indios. Así lo cumplió, estimulándo¬le todavía más a cumplir este voto un posterior encuentro con los indios paraguayos. Celebrándose en Córdoba la Congregación Provin¬cial periódica, fueron allá los Padres convocados, y entre ellos el Superior de las Misiones guaraníticas, P. Diego de Boroa, quien llevaba consigo algunos indios músicos del Uruguay, para dar a los nuestro una idea de la misión paraguaya. Fue tal el recogimiento, piedad humildad de estos indios, tal su cariño con todos los Padres y tal su habilidad musical, que quedaron los nuestros muy entusiasmado con ellos, sobre todo nuestro Alfaro, el cual desde entonces no cesó de pedir ser enviado a estos indios. Se le concedió al fin lo que pedía y al volver, los Padres a sus respectivas casas, después de la Congregación, pudo marcharse también él al Paraguay. Como era tan devoto de la Virgen, le tocó la suerte de ser destinado a la reducción de Concepción, para ser compañero del Padre Roque González, su fundador Allí aprendió el guaraní, y se acostumbró al trato con los indios. A los dos misioneros tocó al fin el mismo género de muerte, como era semejante su edificante vida.
Para concluir de una vez, se pueden reducir las gloriosas hazañas de Alfaro a las siguientes breves palabras: Todo lo que se puede desear en un buen misionero de la Compañía en estas regiones, se encontraba reunido en Alfaro, en grado heroico, ora que se trate de la instrucción de los indios y la explicación del catecismo, ora de la reducción de los todavía infieles, ora de la asistencia a los enfermos y su prepa¬ración para una muerte cristiana por la administración de los últi¬mos sacramentos, ora de su sepultura cristiana, ora de buscar él sus¬tento de los pobres hambrientos. Acudía a todas partes a llevar el con¬suelo y el socorro a los que se habían dirigido a él.
Grande era en la oración su piedad a Dios su Criador, y la devoción a la Virgen Madre de Dios. Decía la santa misa con mucha emoción, inflamando también a otros a

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que se acercaran a la sagrada mesa con el mismo fervor, así como pro-curaba infiltrar en los corazones su propia gran devoción a la Virgen Inmaculada.
En honor de ella compuso himnos sagrados.
Ya siendo estudiante se preparaba a sus fiestas con asperidades corporales. Así alcanzó, según dije, como primera reducción de in¬dios, la dedicada a la Inmaculada.
De esta devoción a la Inmaculada, parece, provino también su gran pureza de cuerpo y mente, añadiendo a su piedad el temor de Dios y gran mortificación de los sentidos.
Sucedió un día que había ordenado un justo castigo para una india. Ella quiso vengarse, manchando su fama, pero no se atrevió, como si la Virgen Santísima no hubiera permitido tal oprobio a su siervo. La india manifestó después al mismo Padre Alfaro su mala intención.
Para con sus Superiores era dócil como un novicio, tomando sus deseos como orden expresa.
Era muy amante de la pobreza. No guardaba en su poder nada valor, aunque fuese objeto piadoso.
Como Superior era muy bondadoso con los de casa y los dE afuera, en especial con los indios de ambos ríos, a los cuales procuraba hasta el vestido.
Las mencionada transmigraciones le causaron un inmensa aflicción, más grande que la de sus súbditos, pues, siendo Superior, cayeron sobre él todas las responsabilidades. Por meses enteros corrió por todos lados, desde los montes, de donde vinieron los indios. hasta tos ríos, adonde se marcharon, procurando a todos las provisiones, y embarcaciones, y caballos para los enfermos, y todo lo demás necesario para la transmigración.
Solo, el Padre Alfaro trabajó por muchos, luciendo siempre lo< altos dones del cielo, con que estaba provisto, y su grandeza de carácter que le hacían destacarse sobre todos.
Distraído por tantas atenciones, y oprimido por el peso de su cargo, ya después de la primera victoria sobre los lusitanos, y después otras varias veces, se retiró a la soledad para

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recobrar las fuerzas físicas y espirituales, haciendo los Santos Ejercicios. Allí gustaba las delicias del amor a Jesús, y se preparaba a su cercana y gloriosa muerte.
Conocióla de antemano, porque despidiéndose de sus congregantes marianos, cuyo director era, los animó a ser buenos soldados en esta guerra, y les profetizó que él mismo daría su sangre por ellos en esta' refriega, diciendo al mismo tiempo que, viéndole caer en la batalla, no se desanimasen por ello, sino al contrario, acometiesen con más brío al enemigo. Escribiendo a un compañero suyo, se despidió de él como seguro que se marcharía con los indios para defender. los de los lusitanos, y que caeria herido de una bala. Así como lo pro¬fetizó, así se cumplió el día 17 de enero de 1639.
Merece este Padre la gran veneración que le tributaban sus com¬pañeros y en especial el Padre Diego de Boroa. Era un buen hijo de San Ignacio, y un buen pastor que dio su vida por sus ovejas, no re¬tirándose a la agradable sombra, sino saliendo a la arena, animando a pelear contra los lobos a su valiente jauría, y así entregó su vida, y la hubiera entregado mil veces, si hubiera sido preciso.

Persecuciones Contra la Compañía a Consecuencia de la Muerte del Padre Diego Alfaro

Volvió el gobernador con su comitiva; acabada la visita delas reducciones. Volvió, por decirlo así, con poca gloria, habiendo hecho nada de importancia, ni en su favor, ni en el de los indios. Había sido autorizado por el Rey Católico, para que defendiera con las armas a los indios contra los lusitanos y devolviera la paz a una provincia tan molestada. Para tapar malamente su cobardía, o más bien perfidia y la de sus soldados, llevó consigo a la capital los prisioneros lusitanos, como si fuesen fruto de su propio sudor derramado en la guerra. Estos, juntamente con los soldados españoles, vecino de la Asunción, esparcieron en todas partes falsos rumores para justificarse a sí mismos y para comprometer a los Padres, como lo hace la gente vil, que pretende ensalzarse echando borrones sobre otros cosa fácil, ya que el género humano cree más pronto lo malo que se cuenta que lo bueno. Pintaron a nuestros Padres como malos y perversos, y a sí mismos, como inocentes, dignos de conmiseración, sien do en verdad ladrones

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No había llegado todavía el gobernador a la Asunción, cuando estos cándidos lusitanos, fingiéndose enojados con los paulistas, los cuales decían ser enemigos de la nación lusitana, por deshonrarla con sus crímenes, pidieron al Padre rector del colegio, que intercediese ante el gobernador para que no fuesen llevados a la ciudad. Quería hacerles este favor el Padre rector, pero no pudo, porque el gobernador no quería ya saber nada de él.
Estos falsos rumores hubieran quedado sin efecto ninguno, y se hubieran desvanecido por completo, si no fuera que precisamente fueron tiradas las balas con más escarnecimiento desde donde podía esperar la Compañía protección contra la malevolencia: el púlpito sagrado. Un religioso (cuya orden no mencionamos, para no pagar injuria con injuria) de nación portugués, predicando en la Catedral creyó que debía encargarse de la defensa de sus compatriotas contra la Compañía de Jesús. Y para dar más autoridad a sus palabras, pen¬só en pronunciarlas desde la sagrada cátedra de la Verdad. Pareció a este religioso muy conveniente, atacar desde allí a otros religiosos con graves calumnias, injurias, e invectivas con el fin de defender a unos comerciantes de esclavos, ladrones, proscriptos, asesinos, y excomulgados, como si fuese un abogado de buhardilla. De este modo explicó este famoso predicador al pueblo la palabra de Dios y los deberes del cristiano. Pintó a sus portugueses como unos pobres inocentes de cualquier crimen, pero a nuestros padres, en especial a los misioneros de indios, como herejes ocultos, profanadores del santo tribunal de la penitencia, traidores del sigilo sacramental, y hom¬bres completamente perversos, usurpadores de las reducciones de in¬dios. Pero la Providencia divina, la cual a veces permite que sus elec¬tos, a mayor mérito suyo, sean molestados por

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injurias y calumnias, no quiso que sus angustias crecieran con estas persecuciones de tal modo, que se perturbara su espíritu, por lo tanto procuró que el mismo Vicario capitular, sede vacante, y el cabildo eclesiástico tomase nuestra defensa, la de éstos sus hijos y siervos, indignado de esta opresión de la Compañía, sin que ella hubiera invocado su protección. Decretaron que en adelante ni aquel orador, ni su orden, predicase en la Catedral. Abrióse al fin camino la verdad, y poco a poco desaparecieron las críticas. Pasada la tempestad y vuelta la serenidad, después de disipadas las nubes de la insidia, tanto más resplandeció la honra de la Compañía, y el respeto que le tributó la parte sana de la población.
Lo referido era una tempestad abierta, provocada por las malas lenguas. Mientras tanto había otra oculta en el corazón del gobernador, provocada por influjos misteriosos, y por lo tanto de mayor importancia, acritud y peligro. Como se sabe, había sido confiado por el Rey al gobernador Pedro de Lugo la defensa de los indios contra los lusitanos. Pero, en lugar de defensor había sido opresor de esta provincia, y su oculto enemigo. Habla hecho una visita prolija de las reducciones de indios..
Había prometido recompensas a las atenciones experimentadas en esta ocasión como corresponde a un caballero de Santiago, cuyas insignias ostentaba; había quedado admirado del orden y esplendor de estas reducciones de indios encomendados a nuestros padres, felicitando al Rey de España por tener tales súbditos, y tales misioneros. Pero no perseveró este entusiasmo. Quiso ganar los favores de otros, en lugar de cumplir con su deber.

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Hizo un informe tan agrio y parcial, que su mismo escri¬bano le pidió que no procediera de ese modo. Juntó el gober¬nador a este fin unos párrafos apasionados, con suposiciones falsas y apreciaciones exageradas. Insistió en su sentencia, no haciendo caso de la protesta de su escribano. Exactamente como pretendieron los malévolos, así se explicó el gobernador, diciendo, que era indigno, y además muy peligroso el permitir que los indios empleasen sus armas contra los blancos (Así se llaman aquí los españoles). No se fijó en su apasionamiento que aquella pretendida indignidad era una acusación hecha al mismo Rey, como si este Rey católico hubiera querido que se atacara impunemente a sus súbditos, se los arruinase, y llevase a la esclavitud; él que no quiere otra cosa sino lo que prescriben todas las leyes humanas y divinas: que se les defienda con armas a expensas regias contra la pérfida y proscripta turba de lusita¬nos, los cuales en pocos años con sus violencias injustas han arruinado en estas reducciones más de 200.000 almas. Ante todo tienen estas naciones de indios a su favor el derecho natural de la defensa propia, para librarse de cualquier modo contra los asaltos de sus enemigos.
No paró allí Pedro de Lugo en sus maquinaciones contra los indios y contra la Compañía. Rebajóse tanto que instigó a cierto enemigo de la Compañía, para que hiciera una delación jurídica ante él y el magistrado de la ciudad contra los indios uruguayos, para que se les pudiera hacer el proceso criminal. Se levantó contra semejante iniquidad el cabildo eclesiástico entero, protestando contra las calumnias, forjadas por el Gobernador y los malévolos, e instituyó un interrogatorio público, juntando las razones, comprobaciones, y testigos en pro de la tesis: Que los indios, según todas las leyes divinas y humanas, y según el derecho natural podían defenderse con las armas contra cual¬quier laya de ladrones y salteadores.
Añadió el venerable cabildo otro acto de aprecio para con la Compañía. Uno de los más altos dignatarios del cabildo, durante unos solemnes funerales por el difunto Padre Alfaro, hizo la oración fú¬

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nebre, donde ensalzó sus méritos, confirmándolos con senten¬cias de los Santos Padres y razones de erudición teológica, del modo que al perorar concluyó con la alabanza más grande que podía hacer de su protagonista, la que consistió en declarar solemnemente, que el Padre Diego de Alfaro habla entregado santamente su vida por la gloria de Dios, y por la salud de sus ovejas encomendadas a su solicitud pastoral, como lo habla aprendido de su divino maestro.
De su parte, el Padre Provincial Diego de Boroa escribió un tratado apologético muy erudito y enérgico, con razones, citas de autoridades y ejemplos contra las murmuraciones y calum¬nias de los émulos.
Especialmente a consecuencia de aquel sermón, y para no excitar más todavía la indignación pública contra 51, resolvió Lugo enviar a los prisioneros portugueses que habla traído, al gobernador del Puerto de Buenos Aires, a cuya jurisdicción per¬tenecían. Cinco de ellos, los más pícaros, se escaparon al Brasil, pero fueron atrapados en el camino por los indios y heridos, por lo cual se volvieron a Buenos Aires y buscaron asilo en los con¬ventos, alborotando allí a todo el mundo contra la Compañía y los indios.
Así sucedió que también en Buenos Aires se levantó una tempestad contra la Compañía, fomentada por los frailes, y hasta propagada desde el púlpito sagrado.
Aunque todo el mundo se levantaba contra esta única Compañía, ella quedó inmóvil como una roca, y callaba, teniendo puesta toda su confianza en Jesús, y así se estrellaron todos los esfuerzos contra ella.
Tapóles la boca a los adversarios de repente la noticia de la revolución de los portugueses contra su legítimo rey de España.
Restablecida la calma, nuestros Padres siguieron desem¬peñando sus ministerios acostumbrados en bien del prójimo.

Expedición Auxiliar a Concepción del Bermejo

Existe en la jurisdicción del Puerto de la Santísima Trini¬dad de Buenos Aires una ciudad cerca de las riberas del río lla¬mado Las Corrientes, así denominado por launi6n de los grandes ríos Paraná y Paraguay. Se llama aquel pueblo La Concepción. Lo atacaron de improviso los indios caracaras, enemigos de los españoles, y los destruyeron por completo, matando a mu-

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chos españoles e indios de servicio. Para castigar este crimen pi¬dió el gobernador de toda la provincia soldados uruguayos au¬xiliares de nuestras reducciones pertenecientes a su jurisdicción.
Era a la sazón Superior de misiones el Padre Claudio Royer, el cual, después de los tumultos de la guerra, estaba haciendo las diligencias de recoger a los indios dispersos, cuando le llegó la orden citada de parte del gobernador. Inmediata-mente puso mano a la obra, destinando el pueblo de Itapua como punto de concentración de las tropas. uruguayas. Eran 236 indios los que al fin se embarcaron en sus canoas, acompa¬ñados por el Padre Pedro Romero, para trasladarse a cierto paraje que era como un lago muy grande, donde viven dispersos en muchas islas unas 200 familias de los enemigos. Cuando por las inundaciones del inmenso río se sumergen las islas en el agua, entonces aquella gente se traslada a tierra firme, haciendo toda clase de barbaridades contra los españoles, hasta que, cargados con su botín, pueden regresar en canoas a sus islas, como una fortaleza inaccesible. De este modo habían ellos hecho ahora su asalto a Concepción, y habían vuelto después de su victoria, teniéndose por seguros en su fortaleza acuática.
Contra estos se dirigió la expedición marítima de los sol¬dados uruguayos, explorando las muchas vueltas lacustres con sus canoas, dificultando no poco la navegaci6n los muchos jun¬cos y troncos en los canales. Al fin encontraron una isla desier¬ta, pero llena de provisiones, de las cuales se apropiaron con el mayor gusto, trasladándolas a sus embarcaciones. Siguieron des¬pués adelante, sin que supiesen a donde se habla retirado el enemigo. Toparon con otra isla, en la cual habla cuatro colinas fabricadas a mano y compuestas de muchas piedras. Dicen que allí hacen los infieles sus danzas supersticiosas, y sepultan allí a sus muertos como en tierra sagrada, llevándose más tarde los huesos. Después de haber registrado inútilmente esta isla, penetraron más adentro del lago, encontrando una tercera isla con muchos vestigios de superstición, entre otras cosas con un túmulo, la que sostenía levantada en alto una tabla de 17 pies de largo y tres de ancho, con una escultura encima, en forma de una cabeza de horrible aspecto, como suelen pintar al diablo.

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La derribaron y quemaron. Pasaron toda la cuaresma ex¬plorando el archipiélago. Sufrieron con paciencia las muchas pri¬vaciones, inevitables en tales viajes; celebraron allí mismo, en unión con los soldados españoles, la fiesta de Pascua de Resu¬rrección, y toparon al fin con la fortaleza del enemigo. Dio ocasión esto a los soldados uruguayos, para mostrar su valor militar, atacando intrépidamente al enemigo. Cayeron tres de nuestros indios, mientras los pocos heridos podían participar en la vic¬toria.
Ya que estaba entrando el invierno, se apresuraron a vol¬ver a su tierra.
Hablé muy brevemente de este incidente, para que se vea la conocida doble virtud de los indios, la inferior en el manejo de las armas, la superior, en su prontitud para llevar una vida cristiana, y para que se vea también que estos indios paraguayos con gusto toman sus armas para servir al Rey.

Algunas Expediciones a la Sierra del Tape

No se contentan los Padres con encerrarse en las reduccio¬nes. Animados por su celo de conquistar almas para Jesucris¬to, emprendieron algunas expediciones a la Sierra del Tape, antes que comenzase la guerra. Salieron cuatro Padres con más de 1.000 de varios pueblos, llevándose de bastimento 200 bueyes. Llegaron hasta la región de los Caroanos. El calor se puso into¬lerable, ardiendo el suelo como metal derretido, tanto que a los indios se les hincharon los pies, y se les salió la piel de la cara, sin que por eso se disminuyese el entusiasmo de todos. Al fin, ya que comenzó a escasear la comida, y a correr el rumor del acercamiento de los portugueses, volvieron a sus pueblos, para hacer los preparativos bélicos. Después de la guerra no se dió lugar al descanso, sino que se reanudaron las excursiones, siguiéndose la ruta anterior, amenizando la marcha la orquesta del pueblo de San Miguel, acompañando la música las funciones litúrgicas del sábado y domingo, no cesando en este tiempo tampoco los sermones y explicaciones catequísticas,

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y la frecuencia de los sacramentos en los días festivos. Así fue que en el mismo viaje uno se hallaba como en la iglesia, con¬virtiendo el celo de nuestros Padres el campo en pueblo.
Marcharon adelante contentos, hasta que uno de los Padres por los excesivos trabajos se enfermó gravemente. También a algunos indios atac6 la fiebre terciana. Faltaban las medicinas en esta soledad, por lo cual como único remedio cada cual invocó al santo Patrono de su pueblo, en especial a los santos médicos Cosme y Damián. Oyó Dios la intercesión de estos Santos y devolvió la salud a los enfermos, y se pudo continuar el viaje.
Subieron a los empinados montes con no pequeño trabajo, pero con buen ánimo.
Al fin, lo que habían buscado con tanto trabajo, lo encon¬traron felizmente, quedando ellos bien recompensados por sus sacrificios.
Un cacique con todos sus súbditos se les entregó sin demo¬ra, para hacerse cristiano. Este les enseñó el camino para que fueran a otros caciques. Preguntaron nuestros Padres, si allí había cristianos fugitivos. Dijo el cacique que no, porque los que había, habían muerto miserablemente en castigo de fuga.
Juntándose aquellos caciques, fue hallado entre ellos uno, al que reverenciaron como si fuese un dios, porque había sabido embaucarlos con sus hechicerías.
Aconsejáronles los Padres que tuviesen juicio, y que se de¬jasen de su superstición para adorar más bien a sólo Dios, nues¬tro Creador y Redentor. Enojáronse ellos al oir esto y comen¬zaron a tirar saetas contra los Padres. No se acobardaron por esto los Padres y prosiguieron con más ánimo a corregirlos. Fue esto tan inesperado para estos pérfidos, que de susto se escapa¬ron, abandonando a sus mujeres e hijos. Estas prendas les obli¬garon pronto a volver, y se entregaron voluntariamente al ar¬bitrio de nuestros Padres.
Ya se estaban acabando las provisiones, y se acercaba el invierno. Así emprendieron la vuelta, llevándose 300 infieles, para instruirlos en la religión cristiana.

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Bastante grande era este número, pero pequeño en com¬paración con las aspiraciones de nuestros celosos Padres y de los buenos indios, y en comparación con el gran número de infieles que quedaba atrás. Ya en el regreso fueron bautiza¬dos algunos adultos enfermos, y además unos 40 niños.
Otra recolección semejante hubo en la región del antiguo pueblo destruido de Jesús Maria.
Era en su tiempo muy poblado. Pero debido a las invasio¬nes de los lusitanos se perdió y se destruyó. Aquí se juntaron 300 almas recogidas por la vecindad, muriéndose algunos niños recién bautizados. Fue encontrado aquí un cristiano fugitivo del pueblo de Concepción, viviendo entre los infieles. Le había faltado poco para pagar cara su fuga, porque los infieles ya le estaban cebando para comérselo en una de sus fiestas. En este apuro le vino la idea de fingirse herrero y como si supiese hacer hachas. Así se escapó del peligro de muerte y les hizo hachas, como lo había visto hacer en su pueblo, usando como yunque y martillo algunas piedras. Por esto se ve la providencia de Dios, que despierta la inteligencia humana, cuando se trata de salvar la vida, hasta entre los bárbaros.
Al fin, eran muchos los lugares, que se debían registrar, y nuestros Padres no podían atender a todo, por lo cual autori¬zaron a algunos indios de confianza del pueblo de San Cosme y San Damián, para que marchasen al Caaguazú, donde se libró, hace poco, la batalla. Explorando la comarca, se encontraron con unas 50 familias, las cuales se disponían a acudir a una horrible fiesta de caníbales, para comerse a una esclava, engorda¬da antes como se engordan los novillos. Sacaron con astucia nuestros indios este secreto de la gente, y al saber que era efectivo lo que se decía, llenos de indignación cayeron sobre aquellos antropófagos como leones, y los tomaron presos a todos, librando a la india de su suerte de Orestes, y los lle¬varon a todos a su pueblo, donde les esperaba felizmente otra clase de fiestas más santas de la religión cristiana.
Por todas estas correrías o malocas santas se recogieron poco a poco unas 1.200 almas, arrancadas de las garras del demonio, de entre las selvas y peñas, y que sin duda se perde¬rían, si los Padres de la Compañía no los hubieran salvado.

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Muchas ganas tenían nuestros Padres de pasar el torrentoso río Ygal, el cual sirve como fortificación para muchos indios que viven seguros detrás de él, porque es muy difícil pasarlo.
Parecía a los Padres que después de la guerra, y en conse¬cuencia de la gran hambre muchos indios reducidos se hablan refugiado allí. Por lo cual, para salvar a aquellas almas, y no acobardándose de lo difícil de la empresa, marchó desde el Paraná un Padre, acompañado de algunos indios, hacia aquel paraje, distante unas 50 leguas del río Uruguay hacia el Norte. Aquellos indios escondidos, siempre ponen centinelas, para que no los sorprenda ningún enemigo, ni menos los indios reduci¬dos. Así es muy difícil acercarse a ellos inadvertidamente. Por lo cual eligió el Padre unos 50 indios ligeros y los envió delante, para que pasasen el río, y se internasen en el lado opuesto, e intentasen encontrarse con un cacique. Estas precauciones eran necesarias, porque aquellos bárbaros, para que no se supiera su escondrijo, no encienden fuego, ni hacían rozas o quemazones de monte para las siembras. Así fue que estos nuestros explora¬dores anduvieron durante largo tiempo sin encontrar a nadie, hasta que al fin toparon con una chocita, donde se halló un anciano y un joven. Supieron después nuestros indios que a este anciano se le consideraba supersticiosamente como un ser sobrenatural muy venerable y muy benéfico. El mismo viejo les había embaucado de esa manera, haciendo curaciones, no con medicinas, sino con hechicerías, fingiéndose chupar las en¬fermedades de los cuerpos.
Estos dos individuos manifestaron a nuestros indios, dónde podían encontrar cristianos dispersos, mezclados con los infieles. Así exploraron ellos penosísimamente durante seis días enteros las selvas espinosas y los campos con su pasto crecido, pudiendo recoger unos 40 indios. Estos, siguiéndoles de buena gana, y pasando un río correntoso, no sin peligro de naufragio, les indicaron un paraje, donde había más individuos todavía.
Al llegar a este lugar encontraron solamente unos pocos, entre ellos a un anciano, el cual, sólo y en el secreto de la selva, vivía brutal e incestuosamente con sus dos hijas, con el pretexto de tener sucesión por habérsele muerto su esposa, como si fue¬se ebrio, no del vino como Noé, sino de iniquidad, y llamado a restablecer de este modo el arruinado género humano.

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Después de tanto trabajo, resulta al fin relativamente peque¬ña la cosecha de almas, con la cual volvieron nuestros indios a los Padres. No podía ser más grande, ya que la inicua pasión de los lusitanos había devastado toda aquella región a modo de un voraz incendio.
En la región, río Uruguay arriba, estaba tiranizando a todos aquel embaucador infernal, que había hecho asesinar a nuestros misioneros del Caaró. Siendo hechicero poderoso, recorrió todas las aldeas y selvas, acobardando a todos los ca¬ciques y sus súbditos.
Así es que nuestros Padres vieron frustrados sus esperanzas, de poder recolectar una cosecha de almas correspondiente a sus grandes trabajos. Como para hacer un esfuerzo extremo, pasaron allá los seis Padres con sus indios, encontrándose con el cacique principal a la cabeza de sus guerreros. Este interpeló con mucha arrogancia a nuestros Padres acerca de su viaje, evidenciando que estaba inspirado por aquel hechicero. Contestáronle los nuestros que no venían para hacerle daño, sino mucho bien.
Entonces dispuso aquel a sus soldados en línea de combate. Al ver esto nuestros indios, sin más cumplimientos, hicieron un asalto irresistible contra la tropa de este, la cual se asustó y quiso escaparse, pero nuestros indios los rodearon con valor y habilidad, capturando 300 de ellos, y llevándolos consigo al pueblo, donde fueron bien recibidos, instruidos y bautizados.
Estos relatos muestran a las claras el gran celo apostó¬lico de nuestros Padres, valerosos e incansables, mientras les quedaba vida.
Uno de los más distinguidos misioneros es el Padre Pedro Romero. El mismo llevo 200 uruguayos a Santa Fe en socorro, a petición del gobernador del Puerto. En esta expedición sufrió trabajos semejantes a los de la expedición punitiva contra los destructores de Concepción, aguantando con sus indios el frío y el calor, las lluvias e inundaciones, e innumerables mosquitos. Basta el indicarlo.

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Los frutos espirituales recogidos en esta expedición fueron ante todo muchas confesiones, algunas generales. No obstante la campaña militar, habla en los días festivos sermón y catecis¬mo. Se podían recoger algunos cautivos, escondiéndose los demás entre los pantanos. Volvieron los expedicionarios al aproximarse el invierno.

La Pertinacia de los Lusitanos

Ya que nos apresuramos a concluir nuestra relación, no podemos describir las campañas ulteriores a paso, sino más bien a galope, solamente indicando lo más notable. Reanudaron los lusitanos las hostilidades el año 1639, no escarmentados por la derrota anterior, sufrida por ellos no obstante su armamen¬to moderno, por parte de unos indios desnudos y descalzos y tímidos, que defendían su natural derecho. Volvieron, pues, en número de 400 soldados europeos, con una tropa auxiliar de indios tupís en número de 2.000. Alegráronse mucho nuestros indios, deseando venir a las manos con el enemigo. Pusieron centinelas en todas partes, por donde podían venir los contra¬rios. Una avanzada de 2.000 soldados se acercó al Acaraguana, a recoger comestibles, para qué no se aprovechase de esto el invasor. Mientras tanto llegó la noticia que el ejército portugués había ocupado la región de los pueblos abandonados, cautivan¬do los infieles de allá, siendo esto el justo castigo de Dios, por no querer ellos juntarse con los cristianos. Todavía a última hora los habían invitado nuestras tropas avanzadas a retirarse a las reducciones cristianas. Ellos se negaron por instigación de aquel famoso hechicero Neezú.
Al llegar allá los lusitanos, salteadores y ladrones de seres humanos, construyeron diferentes fortificaciones en los lugares antes poblados de San Javier, Santa María de Candelaria, y San¬ta Teresa. Habían venido por el río de arriba con 300 canoas, armada poderosa en comparación con nuestra pequeña escua¬dra de una 40 canoas, con una balsa de carga,

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hecha de dos canoas, unidas con tablas. En esta se había colocado en lo alto el estandarte con la efigie de San Javier, y además un pequeño cañón o mortero. Nuestro ejército constaba de 3.000 infantes, colocados parte en tierra, parte en las canoas y la balsa esperando todos con ansia la señal del comienzo del combate. El general en jefe era el cacique Ignacio, hombre excelente en todo sentido. Se embarcó en una de las canoas, y desde ella arengó al enemigo, reprendiéndole, duramente por su injusta agresión. No esperaron más los nuestros. A la señal de un cañonazo de la balsa San Javier, e invocando al Santo, rompie¬ron con su pequeña flota la línea de combate de las embarca¬ciones enemigas, y comenzaron con irresistible arrojo la san¬grienta - batalla. Cayeron como granizo los golpes de nuestro ejército sobre los portugueses, los cuales pensaban poder defen¬derse con sus adargas; pero ya el primer tiro de cañón echó a pique tres canoas enemigas, matando a muchos tupís y a algunos lusitanos. Se puso en desorden la armada enemiga y se vio obligada a retirarse. El arrogante lusitano comenzó a temblar, desembarcó y se escondió, lo mejor que pudo, en la espesura del bosque, como lo había aprendido de las fieras. Siguiéndoles apretadamente nuestros soldados, reconociendo la pista por la sangre vertida por los heridos, a los cuales procuraban rodear. Otra parte del enemigo se había atrincherado apresuradamente en la orilla del río, pero no les valió su empeño, siendo rodeados también ellos, y bombardeados incesantemente. Así vencidos por tierra y mar, pidieron por carta un armisticio. Les contestó el general Ignacio en nombre de todos los nuestros, que inme¬diatamente abandonasen la tierra paraguaya, si no querían ser todos ellos ultimados. Escapáronse, pues, aquellos, medio desnudos, heridos, pobres y miserables. Lo más curioso empero, y por cierto una señal de la especial protección divina, era que de nuestra parte murieron sólo cinco indios, y unos pocos más resultaron heridos levemente.
Conté todo esto muy a prisa, omitiendo menudencias, pero lo dicho basta para alabar a Dios, Señor de los Ejércitos, el cual enseñó a combatir a los suyos y hasta a estos indios, a los cuales se les había despreciado tanto. Más admirable era esta vic¬toria, considerando el número de los enemigos, sus armas modernas, y su formación militar, en comparación con estos in¬dios rudos y desnudos, que poco antes temblaban al oir un tiro de fusil.

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Esta era la tercera victoria alcanzada sobre un enemigo pertinaz, y atribuida a la intercesión de San Javier, en especial por sus circunstancias tan singulares.
Volvieron, pues, los indios en triunfo a sus hogares, carga-dos de un espléndido botín. Los cautivos alcanzaron una doble libertad al ser incorporados al cristianismo, hablando ellos con horror de su vida pasada. Voy a referir uno que otro de estos casos.
Al principiar la campaña militar un lusitano cautivó a un indio con su esposa e hija, y lo mató, para poder vivir licencio¬samente con estas mujeres (para que se vea, qué clase de gente son estos paulistas). Indignada aquella esposa, no quiso saber nada de aquel torpe e imprudente tirano, y lo rechazó enérgicamente, aun cuando era todavía infiel. Para no exponerse por más tiempo, se escapó con su hijita y vino acá, donde viven aho¬ra como buenos cristianos.
Una mujer sexagenaria ya se había escapado tres veces, siendo atrapada en la fuga otras tantas, hasta que Dios la condu¬jo a los Padres. La había acompañado otra mujer, que murió en el camino, aunque era más joven, y no alcanzó el bautismo, al cual Dios en sus inescrutables designios condujo a la más anciana.
Basta esto en lo referente a las reducciones. Sólo mencio¬naré todavía una breve excursión de dos Padres de Itapua al pueblo español de Corrientes, bajando el Paraná, donde por Se¬mana Santa hicieron una misión popular.

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Para que se tenga una idea del fruto espiritual que sacaron, véase este ejemplo. Una pobre señora española deseaba ya desde muchos años atrás desligarse de ciertos enredos inmorales. Para no llamar la atención cumplía por Pascua sacrílegamente, enredándose así cada vez más, hasta la misma llegada de los Padres en Semana Santa. Cuando supo esta llegada, de susto no podía dormir toda la noche, atormentada por los estímulos de la mala conciencia. No aguantó mM', y al amanecer acudió a la igle¬sia y desenredóse con una confesión general. Siguió el ejemplo de esta mujer, el hombre que había vivido malamente con ella nada menos que durante cuarenta años.
Por Pascua de Resurrección hubo explicación de catecismo para grandes y chicos, lo que era muy necesario. Fuéronse los Padres también a las estancias de los alrededores, dedicándose en especial a los indios de servicio instruyéndolos, bautizándolos y confesándolos.
Acabada su tarea volvieron a casa.
Dejemos al fin los caminos acuáticos y subamos a las áspe¬ras montañas, donde nos edificaremos no menos de otros trabajos apostólicos.

Los Itatines, sus Costumbres y su Morada

Viven los Itatines a gran distancia de la Asunción, hacia el norte, por tierra unas 60 leguas, por el río Paraguay más de 100, en un paraje muy estéril, desagradable y malsano. En verano el calor lo consume todo; en invierno el agua lo sumerge todo. Estos hombres sólo se diferencian de los árboles estériles en que poseen razón; tan pobres en obras son. Por donde se comprende que costó un trabajo ímprobo a los pobre Padres, cultivar a esta

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clase de gente, juntándola en reducciones. Estaban muy aficiona¬dos a su suelo natal. Hizo una tentativa uno de nuestros Padres para persuadirlos que emigrasen a un paraje más aguantable. Consintieron tres caciques y eligieron el sitio bueno de San Igna¬cio Caazuguaní, mientras un cuarto cacique se opuso por su enemistad con el cacique principal de esta nueva reducción. Todos los debates sobre esta cuestión resultaron inútiles. Al insistir el Padre con más energía, se enfureció un salvaje, le¬vantando arco y flecha contra el Padre. Este se arrodilló y ofre¬ció su vida por Cristo y por las almas. Asombróse el salvaje y su comitiva por este espectáculo agradable a Dios y a sus ángeles, no comprendiendo tanto valor de un inerme entre armados, y se retiró avergonzado. Para escarmentarlos Dios, envió a aquel individuo por castigo una grave enfermedad. Tuvo la gran felicidad de ser bautizado y de morir cristianamente.
El cacique principal penetró unas 40 leguas tierra adentro a la región de Tape, para fijar allí su morada con los suyos.
Siguió detrás de él uno de nuestros Padres, y le suplicó que transmigrase a la reducción, pero él no quiso, asegurando empero, que con gusto recibiría en su aldea a los Padres, para ser instruidos sus habitantes en la doctrina cristiana. En ningún caso abandonaría él su tierra natal. Para dar crédito a su palabra de que recibiría allí Padres, entregó como prenda a su propio hi¬jo. Así con buena esperanza volvió el Padre a la reducción. No se desanimaron nuestros Padres por el fracaso de los primeros ensayos, y siguieron animosos en sus caminatas para recoger a algunas almas y llevarlas a Dios nuestro Señor,

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después de haberlas sacado de los inaccesibles reductos del de¬monio.
Así caminaron nuestros Padres otras 50 leguas para ganar al cristianismo a otros caciques más. Aunque, humanamente hablando, también esta tentativa ha fracasado, estará apuntada en el Libro de la Vida. Volvieron con unos pocos voluntarios, y les pareció una buena ganancia. Escapóse otra vez uno de ellos con su familia para volver a su tierra, pero Dios le castigó por su inconstancia, muriéndosele en el camino su hijito de cinco años y su esposa, ambos mordidos por una víbora. Le encontró el Padre que le había seguido, y asustado como estaba de la inesperada desgracia, y temiendo lo mismo para si, oyó los consejos del padre, le siguió y se hizo cristiano.
Entre estos indios concluyó su vida santamente el Padre Diego Ranzonier, belga, de familia noble y católica, hijo único de sus padres. Hizo sus estudios en Maastricht, siendo un estudiante muy piadoso, frecuentando mucho los santos sacra¬mentos, preparándose con esmero a su digno recibimiento. Por su buena fama, fácilmente alcanzó la admisión a la Compañía en Malinas, teniendo 19 años de edad. Hizo su noviciado con fervor y aprovechamiento, siendo después profesor de gramática.
Pasó por allí, a la sazón, el Procurador de la Provincia del Paraguay en Roma, Padre Gaspar Sobrino, reclutando la expedi¬ción de nuevos misioneros, y el Padre Diego tuvo la felicidad de ser incluido en la lista de ellos. Llegó al Puerto de la Santísi¬ma Trinidad en el mes de Mayo de 1628, concluyendo en segui¬da sus estudios teológicos en Córdoba. Ordenado sacerdote, pi¬dió con instancia ser enviado a las misiones guaraníticas más florecientes, y lo alcanzó. Después de algún tiempo fue envia¬do a la más laboriosa de Guayana, cuyos indios eran todavía muy rudos, entre los cuales trabajó incansablemente por

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tres meses, andando descalzo, a veces casi muerto de sed y can¬sancio, sumergiéndose en los pantanos, otras veces pasado de frío o tostado por el calor, todo para salvar a estos pobres indios, animando a sus compañeros a tener el mismo celo, con su palabra y su ejemplo.
Estando todavía en Bélgica enseñando gramática, caminaba a pie a las aldeas vecinas, predicando a veces cuatro veces al día en diferentes puntos. Leyendo por este tiempo las cartas de San Francisco Javier se inflamó del mismo fuego sagrado del amor al prójimo, tanto que en su viaje acá, chapurreando sólo la len¬gua castellana, comenzó, "opportune et importune", a enseñar la doctrina cristiana, como la había hecho su Patriarca San Igna¬cio en Roma, por el irresistible afán de hacerse útil al prójimo, aceptando con gusto sus servicios tanto la tripulación como los viajeros.
Sabiendo ya la lengua general del Paraguay, aprendió tam¬bién la particular de la provincia de Guayana de los Itatines, para atraer a aquella gente con más facilidad a Cristo, hablando su lengua nativa. Tenía el ardiente deseo de ser martirizado entre ellos por Cristo nuestro Señor.
Por esto, llamado a comer, exclamaba: ¡Oh Jesús, cuándo me llamarán a ser martirizado, para ser comido en un banquete de los indios, por tu gloria! Ya se preparaba para eso en el viaje, ocultando el mareo que sentía, para no faltar en las distribucio¬nes de la comunidad.
Era muy aficionado a la oración, y al amparo de ella se re¬tiraba en todos sus sufrimientos, dolores, y disgustos, seguro de restablecer con ella la paz de su alma. Era tan acentuada su piedad, que con frecuencia derramaba lágrimas, en especial du¬rante la santa misa.
Para refrescar y renovar su espíritu, fomentaba mucho la lectura espiritual, copiando de los libros ascéticos y de la sagra¬da Escritura las sentencias que más le habían conmovido, con cuya lectura se inflamaba de nuevo.
En los negocios de más importancia se servía en sus delibe¬raciones de las reglas del libro de Ejercicios de San Ignacio para hacer una buena elección.

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Acostumbraba interrumpir el rezo del Oficio Divino con jaculatorias a los Santos del día para alcanzar la gracia de imitarlos en esta o aquella virtud.
Había hecho voto de ejercer cada día siete veces el amor al prójimo, mortificarse otras tantas veces por amor a Cristo, y humillarse las mismas veces por amor a Maria Santísima.
Así se mantenía de día y de noche en su fervor de espí¬ritu y en la presencia de Dios.
Usaba con frecuencia las asperezas corporales. A las fiestas de los Santos de su devoción se disponía con un ayuno de 8 días. Rendido de la modestia de la Santísima Virgen, la imitaba evitando el hablar de si mismo, cosa que sabía a vanagloria.
En su amor a la humildad se contentaba con lo más vil para su uso personal, prefiriendo sus hermanos a si mismo, a los cuales estimaba como a Santos.
Estando ya gravemente enfermo, venían a visitarle sus compañeros y a consolarle en sus grandes dolores. Contestóles él: soy como un bruto, que no sabe aprovecharse de sus sufri¬mientos, habiendo merecido mucho más castigo.
En su persuasión de no valer nada, suplicó con instancia a sus compañeros que escribiesen al Padre Provincial en su nombre, pidiéndole perdón de sus faltas y de la poca edificación de su vida.
En realidad de verdad era él insigne en toda clase de virtudes. Acercándose ya su última hora, y acrecentándose sus sufri¬mientos, exclamaba a ratos: Más sufrimiento Señor, deme más dolor, ya que los santos mártires han aguantado más por tu amor, aunque tuviera que sufrir hasta el fin del mundo, lo acepto, si es tu voluntad.

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Entre sus tormentos no perdió nunca la paz y serenidad de su alma, y pensando en su cercana gloria en el cielo, no pudo contener las lágrimas de alegría.
Recibidos pues, los santos sacramentos, murió en el Señor el siete de Octubre de 1636, habiendo cierta sospecha de que había sido envenenado, porque sufrió una disentería de cinco meses enteros, con horribles sufrimientos intestinales.
Esto es lo que tenía yo para escribir sobre este varón ilus¬tre, honroso representante de su nación belga. No me consta, quién tuvo la culpa que estas noticias hayan tardado tantos años, antes de ser enviadas allá. Los que las esperaban quedaran contentos por su importancia y su prolijidad.

La Reducción de San Ignacio Caaguazú

Se denominaba esta reducción primero según el Santo Pa¬triarca San Benito, cediendo más tarde este célebre abad su ju¬risdicción a otro nuevo Patriarca y huésped suyo agradecido, a San Ignacio, a raíz de un traslado de la ubicación de este pueblo.
Había estallado una guerra entre los indígenas de esta reducción y sus vecinos los payaguás por causas del asesinato de un itatín, perpetrado por aquellos. Estimulólos además a la emigración el miedo de una invasión de los lusitanos. Así, des¬pués de vencer no pocos obstáculos, se retiraron los itatines a un lugar más seguro, distante del río Paraguay doce leguas, y de la Asunción 50 leguas. Aquí prosperó la reducción a las mil maravillas, conteniendo pronto unas 600 familias, muy entusiastas de progresar en el cristianismo, y hasta en guardar rigurosamente el ayuno de la cuaresma. Los ya bautizados se acercan con frecuencia a los santos sacramentos. Premio bien merecido, por cierto, por los indecibles sufrimientos de los Pa¬dres al recogerlos de las montañas.
El sistema' de reducciones empleado en la cristianización de todos los

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indios del Paraguay es el más propio para que esta gente se acostumbre a la vida de hombres civilizados, pero ante todo, para que hallen su sustento seguro dedicándose a la agricultura.
Por el distrito de esta reducción abunda la célebre yerba paraguaya, a la cual están los indios aficionadísimos; tiene la comarca además abundante caza y pesca, y ante todo sal como indispensable condimento de la comida, y por lo tanto aprecia¬dísima por indios y europeos.
Estas son las razones, por las cuales prospera tanto este pueblo, aplicado, por lo demás en aprender la doctrina cristiana, bajo la dirección solícita de nuestros misioneros.
La paz y tranquilidad de este lugar era demasiado grande, para no ser estorbada a veces por el enemigo común del géne¬ro humano. Así sucedió que a un cacique se le ocurrió volver con los suyos a las selvas. Enojóse con él uno de nuestros Padres, afeándole esta traición hecha a Dios nuestro señor. Enfurecióse el bárbaro, e iba de mal en peor.
Cambió, por lo tanto, de táctica nuestro misionero. Comen¬zó a hablar con buenas razones al salvaje y procuró aquietarlo. Por de pronto se calmó, y enseguida se adelantó más, ayudando a los Padres a recoger indios de las selvas, mostrándose en esto incansable. Es de saber que aquella nación Itatina es muy so¬berbia y arrogante, y hay que tratarla más bien con benignidad que con imposiciones.

Nuestra Señora de Fe, del Tare

Costó harto trabajo a nuestros Padres el poner los cimien¬tos de esta reducción, colocándola en un lugar más a propósi¬to y más cercano a la Asunción, de la cual dista 100 leguas, y de San Ignacio 40. Se conformaron en esto a la expresa voluntad y a la utilidad de los indios, sacrificando su propio interés,

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y aprobando el sitio escogido por los mismos caciques, erigiendo allí la Santa Cruz, y delineando el pueblo.
Su nombre titular de Nuestra Señora de Fe, se deduce de una imagen milagrosa de la Virgen que se encuentra en Bélgica, y cuya copia han traído acá los Padres misioneros salidos de aquella Provincia.
El paraje es bastante sano, situado en lo alto, con un panorama deliciosísimo por las hermosas plantaciones, valles y montañas, pobladas de árboles, donde abunda una rica caza de anima¬les silvestres. Al norte cierra una larga cadena de montañas en forma de media luna, como para detener los vientos fríos. Bajan del terreno accidentado innumerables arroyos abundantes en pesca.
Tan fértil es esta región que por esta misma razón se apre¬suraron a poblaría varios caciques con los suyos, aumentándose todavía más la afluencia de pobladores, al paso que aumentaba su prosperidad. Trabajaron mucho los misioneros en evange¬lizar a esta gente, correspondiendo los indios con bastante do¬cilidad.
Hemos referido estas breves noticias, para que no haya equivocación, ya que arriba dijimos que la tierra de los itatines es un desierto, lo que parece contradictorio a lo dicho ahora, pero hay que tomar en cuenta la variedad del carácter de los diferentes parajes de este país, y a veces en parajes muy cercanos. Aquí puede haber calor, cuando allá hace frío. Aquí el clima es lluvioso, allá seco y árido. Además dista el nuevo pueblo de Santa María de Fe, como queda dicho, 40 leguas del primer pueblo de San Ignacio. Así que San Ignacio está como en un desierto, en comparación con la situación ventajosa de Santa María de Fe.
Hablemos ahora de asuntos más importantes. Sucedió un día, mientras los indios aprendían la doctrina, que un pobre enfermo murió sin alcanzar el bautismo. Se afligió del tal manera, por esta desgracia, la madre del enfermo, que al instante murió también ella.
Salió uno de nuestros Padres a las aldeas circunvecinas y bautizó algunas criaturas, no encontrando a ningún enfermo adulto, hasta que comenzó a sospechar que en esto había algún misterio. En realidad, como dije arriba, existe entre todos los indios aquel miedo supersticioso, que los hace ocultar a los enfermos, para que no los mate el bautismo.

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Los Padres de su parte hacen ciertamente lo posible para Iibrar a los indios de su ignorancia, pero estos adelantan muy poco en deshacerse de sus malas costumbres y supersticio¬nes antiguas, aunque asistan al catecismo.
Ya cerca de dos años hablan trabajado los Padres desespe¬radamente, y todavía no se vio mejoría de costumbres, tan in¬domable es esta gente, tan dura de cabeza, y de tanta bajeza de carácter. No les entran los consejos de los Padres. Así es es¬pantosa entre ellos la borrachera, haciéndose un brebaje fermen¬tado de miel silvestre aumentando su eficacia para embriagar cierta flor del campo, de donde sacan la miel las abejas. A con¬secuencia de esta ebriedad son frecuentes abortos, peleas, ase¬sinatos, y a veces verdaderas batallas entre las diferentes tribus de indios.
Se aburren de la doctrina cristiana y de los misioneros, sin que por esto se desanimen nuestros Padres en su empeño de evangelizarlos.
La mujeres de estas tierras son desvergonzadas. Borrachas, la cara horriblemente pintada, bailan unas danzas verdaderamen¬te abominables. Al reprenderías después nuestros Padres por estos abusos, contestan con atrevimiento: Callate, Padre, tú también harás pronto lo mismo que nosotros.
Dicen además, que se marchen los Padres a buena hora, cuando no quieren conformarse con nuestras costumbres. No¬sotros nunca dejaremos estas costumbres y viviremos como hemos aprendido de nuestros antepasados. Tenemos que multi¬plicar nuestra raza teniendo muchas mujeres.
Así hablan ellos, y en estos principios se apoyan las mujeres de aquí, para cohonestar su criminalidad, así que la más desvergonzada entre ellas, la más disoluta y perdida, es entre ellas la reina.
Queda dicho todo esto para que, cuando en el porvenir, en lugar de producir, como ahora, espinas y abrojos, produzca al fin frutos sazonados, se den las más expresivas gracias a Dios nuestro Señor por este triunfo final. Por ahora, empero, labran nuestros Padres sólo un tierra dura e ingrata, sacando sólo fru¬tos amargos, como se verá del siguiente caso.

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Uno de los caciques de este pueblo se disgustó con los Pa¬dres, y en unión con sus dos hijos y un sobrino los molestaba sobre manera, impidiéndoles las visitas a los enfermos, y amena¬zándoles con matarlos a palos. Del mismo modo estorbaron y desanimaron ellos a los que se iban al catecismo, desacreditan¬do al catequista, llamándolo en todas partes demonio y hechi¬cero, tildando su doctrina como si fuesen embustes y necedades.
Los indios un poco más sensatos, si por lástima con los Padres les hubieran querido hacer algún servicio, no lo hubieran osado sino secretamente, y menos hubieran sacado la cara por ellos. Así habían logrado estos perdidos acobardar a todo el mundo. Creció a tal punto el loco atrevimiento de los hijos del cacique, que encargaron a cierto indio payaguá de matar a los Padres. Pero el payaguá era más fiel que ellos, e indicó esas maquinaciones a los Padres, siendo él un hombre acostumbrado a derramar sangre, y comer carne humana, sin embargo, por espe¬cial providencia de Dios, guardó algunos sentimientos buenos, queriendo más bien salvar a los inocentes que ganar un premio por la maldad.
Pues, es indecible, cuánto daño hizo aquel malhechor a la religión, ayudado por los de su casa, instigador, sin duda, del común enemigo del género humano. Comprendiéndolo perfectamente nuestros Padres, e hicieron sus prevenciones, con¬fiados en la asistencia divina.
Un día determinaron los Padres hacer una excursión larga para buscar infieles, y pidieron un baqueano de aquel cacique inicuo, el cual envió a dos jóvenes, instruyéndolos como debían engañar a los Padres, abandonándolos perdidos en la soledad. Desempeñaron a maravilla su papel de traidores y dejaron a los Padres solos en un espeso bosque

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de palmas. Felizmente les quedaron de guías todavía sus ángeles tutelares, juntamente con la protección divina. Así caminaron por espacio de 8 días en la espesura de palmas y espinas, sostenidos por su firme confianza en Dios. No sé qué resultado tuvo esta excursión. Llegados felizmente a su pueblo, notaron que en su ausencia la cosas habían ido de mal en peor, y que las autori¬dades se ponían cada vez más audaces, así que la evangelización de esta gente parecía completamente imposibilitada, si no se tomaba una resolución enérgica para salvar la situación. El único remedio era cerrar la fuente de estos males, es decir, darles su bien merecido castigo a los 4 causantes de los alborotos, el caci¬que, sus dos hijos y su sobrino, por su falta de respeto para con su Cura párroco. Disimuladamente se fue uno de los dos Pa¬dres al pueblo de San Ignacio, consultóse con los Padres de allá, y con cierto pretexto volvió con 200 indios armados.
Una vez en el camino, comunicó el Padre a los indios de qué se trataba, y distribuyó a cada uno su puesto, para poder poner en práctica con rapidez lo que se debía hacer. Así instruidos los indios, con buena armonía y gran ligereza cumplieron las órdenes que les había impartido el Padre. Llegaron a deshora de la noche al pueblo de Santa Maria de Fe. Con mucha cautela avisa el Padre por un mensajero a su compañero acerca de su lle¬gada. Todos dormían en el pueblo, y el Padre dió las últimas ór¬denes. Marcharon en grupos y en profundo silencio hacia la habitación del famoso cacique, y de golpe lo atrapan, juntamen¬te con sus hijos y su sobrino, desarrollándose todo según el plan preconcebido. A los cuatro perturbadores les amarraron las manos por atrás y escoltados por los soldados ignacianos los condujeron a aquel pueblo.
Siguióse una tranquilidad completa, de suerte que parecía que todos se habían trocado. Ahora vienen corriendo, a la pri¬mera señal de la campana a la iglesia para aprender el catecis¬mo. Hubo además en esta ocasión un caso maravilloso: un tigre que dé día y de noche, en el pueblo y su vecindad, había causado muchos estragos


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entre la gente y su ganado, desapareció aquella misma noche memorable de la prisión de aquellos malhechores, sin que se le haya visto después, como si aquella fiera, por ordenación divi¬na, hubiera sido enviada a vengar la insubordinación de aquellos bárbaros, retirándose ella después del perdón.
Está pues trocado por completo aquel pueblo; se han mejorado las costumbres, ha vuelto el respeto hacia los Padres, y comenzaron a frecuentarse los santos sacramentos. Todos, en suma paz, buscan la salvación de su alma.
Se ve que a veces es bueno emplear el rigor contra gente obstinada y perversa, y remediar con esta santa severidad la iniquidad.
Desde estas reducciones de los itatines tal vez un día se pueda traspasar el río Paraguay, para evangelizar a los innumera¬bles indios que se hallan en el camino hacia el Perú, en la provin¬cia denominada Santa Cruz de la Sierra.
Ya en tiempo del Padre Diego Ranzonier llegaron mensa¬jes de indios de allá, suplicando a los Padres que fueran a evan¬gelizarlos. Perdióse esta ocasión por la guerra entre los guaraníes, payaguás y guatos. Cuando Dios quiera se abrirá un día de nuevo aquel camino. Mientras tanto encomendaremos el asunto a Dios.
Para poner término a esta carta, mencionaré brevemente lo que sabrá ya Vuestra Paternidad. Hay que recordarlo, a lo menos lige¬ramente, para que se vea, como Satán y sus secuaces siempre com¬baten a la Compañía, y como por otra parte Dios deshace todas sus maquinaciones.
A principios de 1640, por el mes de Abril, llegó felizmente la tan deseada expedición de nuevos misioneros a Bahía del Brasil, enviada por Vuestra Paternidad. Al mismo tiempo recibí yo orden en Lima para encaminarme acá. Pues, mientras el Padre Procurador Francisco Díaz Taño con sus compañeros pasaba el invierno en Bahía, capital del Brasil,

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llegó una bula del Sumo Pontífice Urbano octavo en favor de los indios paraguayos, dirigida al Obispo de Bahía, y en la cual se prohi¬bió a los brasileños, y a los paulistas en especial, bajo excomunión, que entraran a extraer a los indios paraguayos de su tierra al Brasil, para servirse de ellos como esclavos. Cosa, por cierto, muy justa.
Vivían muy despreocupados los nuestros, cuando de repente vieron levantarse una inmensa borrasca de furor de todos los brasileños, y con una rabia indigna del nombre cristiano hicieron un asalto a nuestro colegio, rompiendo las puertas con hachas, para sacar a la fuerza a todos los jesuitas, haciéndose apasiona. dos partidarios de los paulistas y de los de San Vicente. Ya antes del tumulto de Bahía habían desterrado de allí a los jesuitas.
Contuvo a los de Bahía su Gobernador Manuel Sá, y todo el asunto se entregó a los tribunales.
Por donde se ve, cómo el interés mezquino y egoísmo malsano, puede perturbar el criterio hasta de una nación que parecía cristiana, sublevándose ella hasta contra el Vicario de Cris¬to y sus justos decretos.
Basta conmemorar estas tristes noticias, ya conocidas a Vuestra Paternidad por otro camino. Concluyo con esto mi sucinta narración de cosas tan variadas. Estas espigas recogí, como la moabita Ruth, en el campo de otro Booz, que es el Padre Diego de Boroa, las que no fueron transmitidas con tiempo como dije, por varios obstáculos.
Los sucesos acaecidos durante mi propio Provincialato los referiré en las siguientes Cartas Anuas, que pronto se enviarán a Roma.
Mientras tanto despacharé estas con el mayor cuidado posible.
Su estilo será poco clásico, pero espero que de cualquier forma que sean, Vuestra Paternidad las recibirá con indulgencia.

Dios guarde a V.P
Córdoba del Tucumán, 13 de Diciembre de 1643
De V.P. siervo en Cristo nuestro Señor


Francisco Lupercio de Zurbano (rúbrica)

Los jesuitas frenaron el avance de los bandeirantes


















Notas

1 comentario:

Catedra de Sociologia dijo...

hola quisiera saber como se puede citar este material. gracias