martes, 1 de marzo de 2011

BUENOS AIRES DESDE 70 AÑOS ATRÁS José Antonio Wilde



Índice
• Buenos Aires desde setenta años atrás
o Una palabra de introducción
o Capítulo I
Primeras impresiones. -Los españoles. -El empedrado. Nuestras calles. -Pantanos. -Limpieza de las calles. -Barrido por los mozos de tienda. -Empedrado moderno. -Construcciones antiguas. -La estufa. -Rejas voladas; perjuicios que causaban. -Robos con caña. -Construcciones modernas.
o Capítulo II
La ciudad desde la rada. -El bajo. -Desaseo. -El muelle antiguo. - Carretillas . -Los ingenieros Bevans y Cattelin. - Alameda ; quiénes concurrían a ella. -Paquetes a Montevideo. -Navegación a vapor. -Visita de sanidad. -Don Pedro Martínez. -Rada natural. -Nuestro río. -Bajantes y avenidas. -El murallón. -Pampero en 1810. -Casi captura del Mercurio . -Pérdida del pontón. -Embarco y desembarco. -Enorme incomodidad. -Empréstito de 1821.
o Capítulo III
El antiguo Fuerte o Fortaleza . -El foso. -La guarnición. -El primer horno de ladrillo. -Plaza 25 de Mayo. -Ejecuciones. -Primera ejecución por falsificación. -Valdivia. -Recoba vieja. -Casa de Gobierno Nacional. -Antiguo mercado. -Aventuras de un mono. -Fonda de la Catalana. -Hotel de Faunch. -Altos de Escalada. -Congreso Nacional.
o Capítulo IV
Plaza de la Victoria. -La Pirámide. -La Catedral; lentitud en su construcción. -El Cabildo. -La Cárcel. -El cuerpo de guardia. -La Policía. -Casa de Riglos. -Recoba vieja; proyecto de demolición. -Las viandas; quiénes se servían de ellas. -Recoba nueva. -Callejón de Ibáñez. - Bandolas . -Artificio de los bandoleros. -Singular coincidencia. -Progreso actual.
o Capítulo V
La Cárcel; su estado en tiempos pasados. -Mujeres en la Cárcel. -Presidiarios en las calles. -Matanza de perros; modo brutal de ejecutarla. -Objeto de las cárceles. -Mejoras en la institución.
o Capítulo VI
Teatro de la Ranchería. -El Coliseo. -Destrucción de ambos por el fuego. -Teatro Argentino. -Don Mariano Pizarro. -Alumbrado y decoraciones. -La garita del apuntador. -La maquinaria; cómo se manejaba el telón de boca. -Platea y palcos. -« Es la comedia espejo de la vida .» -Traje de las señoras. -La Cazuela; palco del Gobierno. -La orquesta. -Piezas dramáticas. -Función de tramoya. -Los beneficios. -Sainetes. -Funciones teatrales en Cuaresma. -Stanislas. -Herman. -Cubas. -Toussand. -La contraseña.
o Capítulo VII
Actrices. -Trinidad Guevara. -Error del Diccionario Biográfico Americano. -Matilde Díez. -Antonina Castañera. -Ana Campomanes. -Actores. -Velarde Ambrosio Morante. -Quijano. -Cossío. -Felipe David. -Culebras; sus anuncios in voce . -Marineros ingleses en el teatro. -Cultura del público. -Viera. -Díez. -Cáceres. -Casacuberta; su muerte. -Josefa Funes. -González. -Giménez. -Cordero. -Rosquellas. -Carlota Anselmi. -Zapucci. -Massoni. -Los hermanos Tanni. -Richiolini. -Vacani. -Primera ópera en Buenos Aires.
o Capítulo VIII
Plazas. -Plaza de Lorea. -Indios. -Plaza Monserrat, antes Fidelidad. -Plaza Nueva. -De la Libertad. -Huecos. -Plaza del Retiro. -De Toros. -El Rato. -Cuartel del Retiro. -Plaza del General Lavalle. -Palacio Miró. -Fábrica de Armas. -Jardín Argentino.
o Capítulo IX
Carretillas. -Dueños de tropas. - Lomes. -Almada. -Don Lorenzo. -Caballos; lo poco que se estimaban; su tratamiento. -Apatía de la policía. -Lo que pasa en el día. -White y Bell. -Tropas de carros. -Nuevo sistema. -Primera introducción de animales en el país. -Corambre en 1809. -Caballos de raza.
o Capítulo X
Españoles; extranjeros, ingleses en su mayor número. -Apreciación de un paisano. -Los muchachos y las señoras inglesas. - ¡Ahí va el lobo! -Los hermanos Robertson; su obra sobre estos países. -Don Roberto Billinghurst: su entusiasmo por el almirante Brown. -Bonpland. -Brodart. -Ribes. -De Angelis, sus servicios a Rosas. -Los primeros médicos ingleses. -El doctor Brown. -Wilfrido Latham: su cabaña. -Más ingleses que franceses. -Estafeta, comunicación del «Argos». -Casas de comercio. -Matrimonios entre protestantes, casamientos a flote. -Primer cementerio inglés. -Primera capilla protestante. -Carro fúnebre.
o Capítulo XI
Población inglesa en 1823. -Censo en 1778. -Artículos de exportación. -Buques mercantes. -Censo en 1800. -Sala de Comercio. -Mr. Love; el «British Packet». -La primera escuela inglesa. -Enrique Bradish; su defensa del Huerto. -El Parque Argentino . -El deán Funes; su muerte. -El primer Banco. -Metálico. -Escasez de cambio, apuro de los cobradores. -Billetes de Banco. -La reforma. -Supresión de monasterios. -Los frailes.
o Capítulo XII
Inmigración española; cómo la trató Rosas. -Vascos. -Suceso de Achinelly. -Inmigración flotante. -Inmigración colonizadora. -Los italianos, como labradores. -Escoceses, irlandeses. -Los hijos de ingleses, nacidos en el país.
o Capítulo XIII
Provisión de leche para la ciudad. -Lecheros. -Lecheras. -Tambos. -Don Norberto Quirno. -Cosas de aquellos tiempos. -Carestía de leche. -Manteca. - Mazamorreros . - El lechero , poesía de Florencio Balcarce.
o Capítulo XIV
Peluquerías. -La barbería de antaño. -El barbero. -Incidente en Montevideo. -Valor de una peluquería en el día.
o Capítulo XV
Nuestras calles. -Poca extensión de la ciudad; falta de nivelación. -En los pueblos de campaña. -Nivelación parcial en el siglo pasado. -Nuestro mañana . -Calle de los Mendocinos. -Carretas tucumanas. -Arrias. -Tránsito de mulas. -Vino de Mendoza, hasta 1820. -Productos. -Descarga de las mulas. -Alumbrado. -Aumento de la ciudad. -Nomenclatura. Numeración. -Fin de la nomenclatura de Liniers.
o Capítulo XVI
Sociedad desde 1810 hasta 1830. -Trato y hospitalidad. -Los señores Escalada. -La señora de Mandeville; sus fincas. -Señora de Riglos. -Tertulias. -Tiempo que duraban. -Varias personas notables. -Trajes de las jóvenes. -Tocadores de piano. -Prohibición del fandango . -Cielo. -Bailes de aquellos tiempos. -El general Urquiza. -Maestros de baile. -Espinosa.
o Capítulo XVII
Negros. -La esclavitud en Buenos Aires. -Tratamiento a los esclavos. -Libertad de vientre. -Negros soldados; sus servicios en la guerra de la Independencia. -Medios de libertarse. -Industria de los negros. -Documentos de transferencia de esclavos.
o Capítulo XVIII
Ocupación de los negros después de su libertad. -Maestros de piano. -Hábitos y costumbres de los negros. -Su longevidad. -María Demetria. -Notable disminución de negros y mulatos después de su libertad. -Barrio del tambor. -Organización por naciones. -Sus bailes o candombes . -Manuelita. -Un personaje indispensable. -Distintas ocupaciones de los negros. -El tortero. -El tío o vendedor de dulces. -El vendedor de aceitunas. -El hormiguerero. -El pastelero. -Las lavanderas. -Amas de leche. -Conducta de las negras en tiempo de Rosas.
o Capítulo XIX
Las cigarrerías. -El picador de tabaco. -El cigarrero. -La cigarrera. -Interior de su casa. -Fabricación de cigarros; absorción por las máquinas y el hombre. -La madre de la cigarrera; su talento diplomático; el almacenero.
o Capítulo XX
El limosnero. -Limosneros a caballo. -Escritores ingleses, sobre este punto. -Limosneros negociantes. -Limosneros propietarios. -Asilo de mendigos; su inauguración. -Mendicidad en el día.
o Capítulo XXI
El señor Bevans. -Proyecto de muelle. -Noria de la Recoleta. -Los primeros sepultados en la Recoleta. -La ensenada de Barragán. -El camino blanco. -Traje de Bevans. -Su aventura en la Quinta.
o Capítulo XXII
Primer establecimiento de Correos en Buenos Aires. -El correo de aquellos tiempos. -Don Melchor de Albin. -Transformaciones desde la Revolución de Mayo, su antigua residencia. -Don Manuel Rodríguez de la Vega. -Distribución de oficinas. -Mejoras introducidas por su director don Gervasio A. de Posadas. La actual Casa de Correos; pormenores sobre el edificio.
o Capítulo XXIII
Agua para el consumo. -Los pozos. -El agua en verano. -El aljibe. -Reparto del agua. - La carreta aguatera . - El aguatero .
o Capítulo XXIV
Cafés y hoteles. - Cafés Catalanes ; sus varios dueños. -Cómo se servía el café con leche. -Los mozos, sus trajes. -Hoteles de hoy y hoteles de entonces. -Banquetes en ellos. -Residentes escoceses. -Ministros norteamericanos. -Banquete del 23 de abril de 1823; concurrentes a él. -Brindis. -Cordialidad entre nativos y extranjeros. -Banquete a César Augusto Rodney; su inesperado fallecimiento; honores fúnebres decretados por el Gobierno.
o Capítulo XXV
Hoteles de Faunch , de Keen , de Smith , de Thorn . - Fonda de la Ratona . -Cómo eran las fondas. -Vinos. -Anécdota de Ramírez. -Los mozos; su traje y comportamiento. -Hoteles del día. -Posadas.
o Capítulo XXVI
Usos y costumbres. -Patrullas. -¿Quién vive? -La Patria. -Crímenes; menos que hoy. -Asesinato de Misereti. -El uso del cuchillo. -Criminales en el día. -Empeños. -Administración de justicia; lentitud de sus procedimientos. -Exposición de cadáveres. -El suicidio. -Vida fácil en tiempos pasados. -Velorios. -Saludo en la calle. -Medidas filantrópicas. -Presos en Jueves Santo. -Azotes. -El bando.
o Capítulo XXVII
Cruces en la Boca. -Al pasar por la iglesia. -Imágenes y estampas. -Pedir el fuego. -Incidente de carnaval. -La pajuela. -Mujeres fumando. -El mate. -Horas de almorzar y de comer. -El cumpleaños. -Música. -Afición al baile.
o Capítulo XXVIII
El comedor de hoy. -El comedor de antaño; su mueblaje. -Servicio de mesa. -Platos de aquellos tiempos. -Día de mantel largo . -El almuerzo. -Eramos más frugales. -La siesta. -Muchachos en las horas de siesta; duración de ésta. -Revelaciones íntimas.
o Capítulo XXIX
Los hombres de entonces. -Proyecto de telégrafo antes del año 20. -Primer paquete en 1824. -Primeras tiendas extranjeras de ropa hecha. -Relojerías. -Ferreterías, etc. -Varangot. -Un polaco. -Sala de Comercio; quienes podían ser socios; su biblioteca; modificación de su reglamento. -Cordialidad entro nativos y extranjeros. -Efecto de las cuestiones políticas. -Testimonio de gratitud de escritores extranjeros.
o Capítulo XXX
Episodio histórico. -Batalla de Ayacucho. -Entusiasmo popular. -Festejos. -Representación dramática. -El coronel Ramírez. -Serenatas. -Banquetes. -Brindis. -Baile en el Consulado. -Otro dado por los norteamericanos. -Los cónsules Poussett y Slacum.
o Capítulo XXXI
Continuación de costumbres. -Baño en el río. -Escuela de natación. -Las señoras y el baño. -Escenas grotescas. -Galletas. -Las tormentas de verano. -Familias en el campo; modo de transportarse.
o Capítulo XXXII
Traje a la española. -Taco alto. -Medidas adoptadas en diversas épocas contra el lujo. -El figurín en Buenos Aires. -Gorras y sombreros. -Don Juan Manuel. -El moño. -El mono. -Modistas. -Escritor inglés en 1823. -Avisos en 1817.
o Capítulo XXXIII
Incidente sangriento con un inglés. -Fanatismo religioso. -Repique de campanas. -Concurrencia a las iglesias. -Diversiones. -Sucesos del año 10. -Zozobra de los españoles. -Contento de los sud-americanos. -25 de Mayo; fiestas mayas. -El himno nacional. -El doctor López. -Las danzas. -Pueblos de campo. -Paseos a caballo. -Carruajes hasta el año 20; el primer fabricante en ese año.
o Capítulo XXXIV
Academia de música. -El padre Picazarri. -Massoni. -Juan Pedro Esnaola. -Don Esteban Massini. -Trillo. -Robles. -Serenatas. -El Cancionero argentino- Introducción. -Canciones; sus autores. -Gusto por las óperas. -Los doctores Cordero y Albarellos. -Pancho Munilla. -La magna serenata. -Venia de Rosas. -Ocurrencia inesperada.
o Capítulo XXXV
Solicitud del interesado para continuar enseñando en un colegio. -Informe de los testigos requeridos. -Información del Director del Colegio. -Tramitación interminable. -Curiosa circular del Obispo Medrano.
o Capítulo XXXVI
Contraste notable. -La primera Sociedad Literaria. -Algunos de sus trabajos. -Sociedades en 1822. -Las de época anterior.
o Capítulo XXXVII
Don Santiago Wilde. -Sistema de contabilidad. -Memoria de Hacienda. -Caja de Ahorros. -El Argos. -Don Ignacio Núñez. -Carta del doctor Gutiérrez.
o Capítulo XXXVIII
Las flores. -Jardines. -Jardines antiguos. -Incidente. -Vasijas para plantas. -El Barón de Holmberg. -Catálogo antiguo. -Sillas en la calle. -Braseros en la vereda. -Pescado frito. -Puestos. -Cómo se vendía la carne. -Carretas de carne en las calles. -Traje del carnicero de entonces. -Carnereros.
o Capítulo XXXIX
La lotería. -Los billeteros de aquellos días. -Seña y contraseña. -¡Viva Clavijo! -Los esclavos y la lotería.
o Capítulo XL
Don Manuel Álvarez, el primer médico en 1601. -Doctor don Cosme Argerich. -Primer curso de anatomía por el doctor Fabre. -El protomedicato. -Médicos de policía de campaña. -Don Salvio Gafarot. -Anécdota. -Doctor Montufar.
o Capítulo XLI
El pasaporte. -El pase. -La Sociedad de Beneficencia. -Su instalación. -Quiénes fueron socias.
o Capítulo XLII
o Capítulo XLIII
Pulperías. -Pulperos. -Su traje. -¿Quiénes eran? -Refrescos. -Cómo se hacían. -La llapa. -Cómo eran los pulperos.-Su libro de fiados. -Almacenes. -Progresos.
o Capítulo XLIV
La educación entre nosotros. -El primer maestro de escuela. -Belgrano y Rivadavia. -Adelanto en la educación; esfuerzos por mejorarla en 1823. -Otra vez la Sociedad de Beneficencia. -Ateneos y colegios. -Primer acto de distribución de premios.
o Capítulo XLV
Prácticas religiosas. -Oración en la mesa. -El rosario. -El toque de oraciones. -La primera salida a la calle. -Nacimientos. -La bendición. -El repartidor de pan. -Su modo de vivir. -El apero. -Lomillerías. -Dónde había más. -El señor Adrogué. -Inconvenientes y ventajas del recado. -Puebleros transformados en gauchos. -Su despedida. -Rosas.
o Capítulo XLVI
Fiesta de la Recoleta. -Opinión de la prensa a su respecto. -Duración de la fiesta en años atrasados. -Bailes. -La tempestad.
o Epílogo

Una palabra de introducción
A Colón cupo la gloria de descubrir esta parte del mundo en 1492.
Descubiertas las márgenes del Río de la Plata por Solís, en 1515, (1) las repetidas expediciones enviadas por España, lograron someter los territorios comprendidos entre el Brasil y la Cordillera de los Andes, fundando a fines del siglo XVI dos grandes Gobiernos independientes del Perú, hasta la creación en 1776 del Virreinato del Río de la Plata.
Los Virreyes de España gobernaron por tres siglos, los más vastos y ricos territorios, hasta que, habiéndose declarado independientes las colonias inglesas en 1783, siguieron su ejemplo las de España en 1810, logrando todas su autonomía, excepto las islas de Cuba y Puerto Rico.
Desde esta época, próximamente, pretendemos [14] hacer partir nuestros Recuerdos, por hallarse lo que se refiere a la época anterior, desde la conquista, hábilmente consignado en gran número de obras.
Pudiéramos dividir nuestro trabajo en tres períodos bien marcados:
1.º Desde 1810 hasta la elevación de Rosas al poder,
2.º El de su gobierno,
3.º Desde su caída hasta la fecha;
pero preferimos hacer el bosquejo a grandes rasgos de la fisonomía de la época que recordamos, sin orden escrupuloso de fechas, cosa que nos daría muchísimo trabajo, sin producir gran ventaja para el fin que hemos tenido en vista -salvar del olvido algunos de los hábitos, usos y costumbres de los tiempos ya pasados.
No nos proponemos, pues, trazar en este libro la historia propiamente dicha, ni seguir los pasos de la política en nuestro país. Sólo tocaremos incidentalmente algunos acontecimientos que vienen encadenándose con estas reminiscencias ocupándonos menos de los más recientes, por ser más generalmente conocidos.
Nos concretamos casi exclusivamente a la vida social; punto que no hemos visto tratado por nuestros bibliófilos: a lo que fuimos desde hace setenta años; a lo que fue nuestra ciudad y campaña. Queremos persuadirnos que aquellos que han sido testigos oculares, y muchas veces actores en algunos de los acontecimientos, colaboradores en las innumerables mejoras que se han venido operando, leerán sin desagrado estos renglones que despertarán recuerdos de tiempos que pasaron, hallando, acaso, placer en esta mirada retrospectiva; y que [15] que pertenecen a una época más reciente, comparando la ya pasada con la actual, apreciarán en su verdadero valor (por lo que, hoy ven), el grado de progreso e ilustración a que hemos alcanzado; no olvidando, sin embargo, a aquellos que, con sacrificio de todo género, prepararon el camino que debía conducir a tan prósperos resultados. [17]



Capítulo I
Primeras impresiones. -Los españoles. -El empedrado. Nuestras calles. -Pantanos. -Limpieza de las calles. -Barrido por los mozos de tienda. -Empedrado moderno. -Construcciones antiguas. -La estufa. -Rejas voladas; perjuicios que causaban. -Robos con caña. -Construcciones modernas.


El que después de muchos años de ausencia se encontrase repentinamente en las calles de esta ciudad de la Santísima Trinidad de Buenos Aires, quedaría, sin duda, admirado de los cambios y transformaciones que en ella se habían operado en el transcurso, por ejemplo, de 50 años; aun cuando su admiración se modificase un tanto ante la sencilla reflexión de que el fenómeno que observaba era el efecto natural y lógico de la marcha del tiempo y de los progresos que la civilización paso a paso imprime a los pueblos. [18]
Sin embargo, llevado de su primera impresión, oiría el bullicio en nuestras calles, se asombraría de ver los grupos de vascos, italianos y gallegos que reemplazan en el día a nuestros antiguos negros changadores; observaría el ir y venir de tranways, de carruajes, y se abismaría de los diversos medios de transporte de que hoy disponemos; contemplaría absorto los regios edificios particulares, los suntuosos palacios y la magnificencia y austera belleza del inmenso número de nuestros edificios públicos.
Pero mayor sorpresa experimentaría cuando, llamando en su auxilio sus recuerdos, contemplase tal cual los dejó en aquella ya remota época, en diversos puntos de la hoy vasta ciudad, y cual si protestasen contra la transformación completa que se pretendía operar, por ejemplo, la casa de la Virreina Vieja; en la calle del Perú, hoy convertida en Monte-Pío; el edificio entonces denominado el Consulado (hoy Tribunal de Comercio), en la misma calle; la casa de Del Sar, calle San Martín; la casa calle Belgrano, donde en el día se encuentra la Comisaria General de Guerra, que fue construida en 1778; y tantos otros edificios diseminados por la ciudad, que conservan la fisonomía especial de las construcciones de aquella época, con sus espaciosas piezas, sus grandes patios 1.º, 2.º y 3.º, o huerta; edificadas en terreno de 17 ½ varas de frente y fondo completo (75 varas); y evocando siempre esos mismos recuerdos, se encontrase repentinamente en una calle central, en medio de soberbios edificios, tal vez de tres o cuatro altos, con un antiquísimo cuarto o casucho amenazando ruina y que conoció con el mismo aspecto derruido, allá por los años 15 o 16, o aún antes; y por fin, los mismos altos y bajos en algunas de sus [19] veredas, la misma mezquina y ruin estrechez de sus calles, con que los fundadores de esta magnífica ciudad contribuyeron, sin pensarlo, a su futura insalubridad.


II
Constituía la ciudad un vasto paralelogramo, dividido en cuadras, cada una de 150 varas.
Nuestras calles permanecieron por muchos años sin empedrado. Para aproximarnos al origen de éste, penetremos por un momento a la época colonial, aun cuando nuestro propósito sea que estos recuerdos daten del año 10 adelante.
Acúsase a los españoles, y creemos que con mucha razón, de haber mantenido por ignorancia o por una economía mal entendida, las calles de un pueblo de tanta importancia comercial, en tan pésimo estado, que algunas eran completamente intransitables, sin embargo de tener tan a mano el mejor material, la piedra, y los medios de conducirla a poca costa. -Cuéntase que se hacía creer al pueblo que el empedrado era obra de romanos.
Citaremos, sin embargo, como excepción honrosa al Virrey don Juan José Vértiz y Salcedo.
Algo más que a mediados del siglo pasado, por los años 1770 y tantos, a consecuencia de una lluvia, que continuó por muchos días, formáronse tan profundos pantanos, que se hizo necesario colocar centinelas en las cuadras de la calle de las Torres, (hoy Rivadavia), en las cercanías de la plaza principal, para evitar que se hundieran y se ahogaran los transeúntes, particularmente los de a caballo. [20]
Tal debió ser todavía el estado de nuestras vías urbanas, cuando por medio del intendente don Francisco de Paula Sanz, se propuso el Virrey «limpiar esta ciudad de las inmundicias e incomodidades en que la había tenido hasta entonces «constituida el abandono y ninguna policía en sus calles, para que se respire un aire más puro y se remuevan de un todo las causas que casi anualmente hacen padecer varias epidemias que destruyen y aniquilan parte de su vecindario.»
Después de haber provisto al mejoramiento de las calles y veredas, quiso también el buen Virrey que los transeúntes que no podían hacerse acompañar con un negro y un farol, o cargar linterna, se librasen de malhechores y de malos pasos, estableciendo lo que se llamaba la iluminación, por medio de velas de sebo.
Dícese también que el Marqués de Loreto, siendo Virrey, cuando se inició el primer pensamiento respecto a empedrado, manifestó, entra otras razones, en contra del proyecto el peligro que corrían los edificios de desplomarse, por cuanto se moverían sus cimientos al pasar vehículos pesados sobre el empedrado y aun daba otra razón, de mucho peso, en su opinión, y era que se tendría que gastar en poner llantas a las carretas y herraduras a los caballos, que valdrían más, decía, que los mismos caballos.
Parece que su sucesor Arredondo no participó de esos temores, y que, auxiliado por una suscripción voluntaria, emprendió con asiduidad los trabajos en 1795. El sucesor de Arredondo continuó la obra. Poco o nada se hizo después hasta la época de Rivadavia, 1822-24; pero los empedrados siempre fueron malos.
Aun en la última fecha citada, antes de ella y por mucho tiempo después, la ciudad (confiados, sin duda, sus habitantes en la buena salud que en ella reinaba), era sucia; en invierno, por el barro, en verano, por el polvo. Sus calles jamás se barrían, salvo el barrido impuesto en cierto radio a los tenderos, que lo efectuaban los sábados, por medio de sus dependientes, y sólo se limpiaban de tiempo en tiempo por los copiosos aguaceros que las convertían en vastos mares, rebalsando las aguas los terceros, derramándose luego por las calles en raudal hacia el río de la Plata, arrastrando la corriente cuanto hallaba en su curso.


III
En los primeros días de mayo de 1823 se celebró remate por la policía para la limpieza, de las casas y calles, entregándose a don Manuel Irigoyen 80 carros nuevos y 60 mulas. La limpieza de las casas comprendía desde las Monjas Catalinas, por la Fábrica de Armas, plaza Lorea, Concepción y Residencia.
Desde aquella época hasta la fecha, nuestros lectores saben que se han hecho varias tentativas en sentido de mejorar las vías públicas; que se ha ensayado el asfalto, el macadam, el adoquinado, etc., y saben también, muy a su pesar, que el que actualmente existe, destructor de toda clase de vehículos, es el más vergonzoso, visto nuestro adelanto, en todo sentido, y que no se toleraría en parte [22] alguna del mundo, en un país en iguales condiciones. (2)
Volviendo a las calles de aquellos tiempos, ya fuera de la época colonial y hasta hace no muchos años, se veían aún en los puntos más centrales de la ciudad, inmensos pantanos: a veces ocupaban cuadras enteras. Ne era raro, pues, ver a un médico dejar su caballo (entonces no andaban los médicos en carruaje) en una bocacalle y caminar una cuadra o más, hasta la casa de su cliente, por no lanzarse a caballo en ese mar de lodo; y al pedestre obligado a rodear una o más manzanas para llegar a un punto dado, aprovechando el paso que algún vecino caritativo o algún pulpero interesado había improvisado, con el auxilio de unos cuantos ladrillos, pedazos de tabla, etc.
Los pantanos se tapaban, hasta hace muy pocos años, con las basuras que conducían los carros de la policía, que eran pequeños y tirados por una sola mula.
Estos depósitos de inmundicias, estos verdaderos focos de infección, producían, particularmente en verano, un olor insoportable, y atraían millares de moscas que invadían a todas horas las casas inmediatas.
Muchas veces se veían en los pantanos animales muertos, aun en nuestras calles más centrales, [23] aumentando la corrupción. De los pantanos, desgraciadamente no nos vemos libres hasta la fecha; sólo sí, ya no se ven en el centro, pero no faltan, aunque no tan profundos y extensos, en los suburbios.


IV
Las casas, aunque en general sólidamente construidas, estaban muy lejos de ser confortables. Por muchos años se edificó en barro, siendo relativamente moderno el uso de la mezcla de cal; muchos revoques se hacían también con barro. En las paredes sólo se empleaba el blanqueo, tanto al exterior como interiormente; la pintura al óleo y el empapelado casi no se conocían, y menos el cielo-raso; los pisos eran generalmente de ladrillo, denominados de piso.
El uso de la estufa fuese introduciendo muy lentamente, pues parece que se miraba con terror; sin embargo, muchos buscaban refugio contra el frío en el brasero, mil veces más perjudicial que aquélla. Poco a poco se fue comprendiendo que la estufa es un medio excelente para producir una temperatura agradable en nuestras piezas, comúnmente húmedas, sin los incontestables inconvenientes del brasero.
Una cosa que afeaba mucho el exterior de las casas, era las inmensas rejas voladas en las ventanas a la calle. Algunas sobresalían más de una cuarta de vara, lo que, agregado a la extremada estrechez de las veredas, que apenas tenían una [24] vara de ancho, ponían en constante peligro al transeúnte, especialmente en las noches obscuras.
A propósito de estas rejas, un periódico de aquellos tiempos, decía:
«Un artesano honrado que tiene estropeado el brazo, derecho por una de las innumerables rejas de ventana que usurpan el paso en nuestras veredas; y una señorita bonita, que acaba de perder un ojo por la misma causa, van a presentarse, dicen, a la H. Junta para que, a más de obligar a sus dueños a pagar una multa fuerte por cada desgracia que originen, se imponga a cada una de estas ventanas una contribución anual, mientras subsistan en el estado presente.
»Es muy bien pensado; y no dudamos que la señorita, cuyos ojos eran muy capaces de hacerse justicia por sí solos, la conseguirá ciertamente de nuestros representantes.» Esto sucedía allá por el año 22.
Estas rejas de hierro deben chocar al extranjero recién llegado, que las reputará, sin duda, más adecuadas para una Penitenciaría, que para la residencia de hombres libres; no obstante, la construcción elegante de las rejas modernas, de formas y molduras caprichosas, bien pintadas y a nivel con la pared, ofrecen una vista que, hasta cierto punto, embellece los edificios.
Por otra parte, por feas que ellas fuesen, prestaron aquellas rejas, en más de un sentido, buenos servicios; entre otros, el de poder dormir, como era muy común en aquellos años, con las ventanas abiertas en tiempo de verano; si bien es cierto que ni aun con rejas podían los amantes del aire fresco, verse libres de la astucia de los cacos. Entonces no había serenos ni vigilantes apostados [25] en las esquinas, y aunque los robos eran infinitamente menos que en la actualidad, no dejaba de haber algunos.
Uno de los medios de efectuarlo era el siguiente: Armábanse de una larga caña, con un gancho o anzuelo en un extremo, que introducían por la reja, y con la mayor destreza, sustraían las ropas sin ser sentidos. No pocas veces, sin embargo, se han despertado los pacíficos habitantes a tiempo para ver salir balanceándose su reloj con cadena o su pantalón, en la punta de una caña.
Excusamos detenernos a hablar del prodigioso adelanto que se observa, no sólo en la elegancia, sino en el gran número de construcciones modernas; (3) no obstante, nuestras casas, aun en el día, y a pesar del magnífico aspecto de muchas de ellas, fuerza es confesarlo, están, en general, lejos de ofrecer el confort de la gran mayoría de las europeas. [27]



Capítulo II
La ciudad desde la rada. -El bajo. -Desaseo. -El muelle antiguo. -Carretillas. -Los ingenieros Bevans y Cattelin. -Alameda; quiénes concurrían a ella. -Paquetes a Montevideo. -Navegación a vapor. -Visita de sanidad. -Don Pedro Martínez. -Rada natural. -Nuestro río. -Bajantes y avenidas. -El murallón. -Pampero en 1810. -Casi captura del Mercurio. -Pérdida del pontón. -Embarco y desembarco. -Enorme incomodidad. -Empréstito de 1821.



Contemplada en aquellos tiempos la ciudad de Buenos Aires desde la rada, ofrecía al que llegaba a sus playas el aspecto más desconsolador; no se veía, como en el día, acordonada la ciudad de espléndidos edificios altos y bajos; la gran Estación Central de ferrocarriles, edificios públicos, bellos jardines y paseos.
Lo que se dominaba el bajo era un trayecto desaseado, cubierto de cascajo, arena y cuanto dejaba el río en su receso: viéndose, con frecuencia, gran cantidad de pescados que los pescadores abandonaban por inútiles, muchas veces en estado de putrefacción; siendo también el depósito de basuras y caballos muertos, que a la cincha arrastraban de las calles de la ciudad. [28]
Veíase desde el río un cordón de casas de pobre apariencia, bajas, casi todas iguales en su construcción y que daban al pueblo un aspecto lóbrego y poco agradable; monotonía interrumpida sólo por la belleza y arrogancia de las torres de sus iglesias y lo pintoresco de las barrancas del Retiro, la Recoleta, etc.
Aún existen al sud de la antigua Fortaleza, en dirección al Riachuelo, edificios en ruina, casuchos inmundos, que no dicen, ciertamente, con la elegancia de las construcciones de la ciudad.
Próximamente en el sitio en que se ha construido el actual muelle, existió, por mucho tiempo, uno hecho de piedra bruta como de 180 a 200 varas de extensión por 12 o 13 de ancho y de 6 más o menos de elevación; fue hecho en 1805. Es evidente que esta corta proyección era insuficiente o inadecuada para que los botes pudiesen atracar, de donde resultaba la inevitable necesidad de emplear carretillas, únicos vehículos que por entonces había para la conducción de pasajeros.
En octubre de 1822 llegó a Buenos Aires (creemos que llamado, como otros extranjeros, por el señor Rivadavia), el ingeniero hidráulico mister Bevans. En esa época se pensó en la construcción de un muelle, puerto, etc., en cuyos trabajos debía tomar parte monsieur Cattelin, ingeniero militar: pero por falta de recursos, nada se hizo. (4)
La Alameda que ocupaba una parte de lo que hoy [29] se denomina Paseo de Julio, tendría escasamente 200 varas de extensión. Una fila de ombúes, que jamás prosperaron, y unos pocos bancos o asientos de ladrillo completaban el paseo público, al que concurría un limitado número de familias en los días de fiesta. Más constantes eran algunos señores ancianos, como los señores Jaime Llavallol, Domingo Navarro, su inseparable amigo Miguel Villodas, Vicente Casares, Miguel Martínez Nieto y otros que se reunían allí las más de las tardes.
Tal vez no sería muy frecuentado este paseo, debido a que, muy a menudo, ocurrían peleas entre la plebe y los marineros extranjeros, que no faltaban en el bajo y en las pulperías inmediatas al muelle, y entre quienes existía un marcado antagonismo.
El murallón que actualmente existe en el Paseo de Julio, fue construido cuando el río bañaba casi constantemente el local que hoy ocupa este paseo hasta las puertas de la Capitanía, y otro tanto sucedía con la Aduana.
No será de más recordar aquí que el primer ensayo de navegación a vapor que se hizo en el Río de la Plata fue el 13 de noviembre de 1825. El buque se había traído de Europa. Salió de nuestro puerto a las 11 y 20 minutos de la mañana con 40 pasajeros; estuvo en San Isidro 4 horas y fondeó de regreso a las 9 de la noche.
Por aquellos tiempos había 3 paquetes, buquecitos de vela, que hacían la carrera entre Buenos Aires y Montevideo; goletas Pepa, Dolores y Mosca; más tarde la Flor del Río, Ninfa y otros. El pasaje costaba 16 pesos; algunas veces con vientos favorables se hacía el viaje en 14 o 16 horas; pero otras duraba muchos días. Por supuesto que [30] las comodidades y el menú estaban muy lejos de lo que nos proporcionan los vapores que hoy hacen la carrera.
Recién en 1821 puede decirse que se estableció de un modo regular entre nosotros la visita de sanidad a los buques de ultramar. Por muchos años fue médico del puerto el señor don Pedro Martínez, muy generalmente conocido por Don Pedro el Físico.
Este señor era partidario decidido de «Le Roy». Administraba este medicamento y fue, creemos, el primero que estableció un laboratorio donde se expendía con profusión: publicó también una obra en que encomiaba sus virtudes.


III
Podemos jactarnos de poseer la mejor rada natural del mundo y a la vez debemos confesar ingenuamente que hemos tenido la especial habilidad de conservarla hasta la fecha casi en el mismo estado en que la Providencia nos la concedió.
La ciudad debía extenderse al Este ganando gradualmente sobre el río, y desalojándolo hasta cierto punto.
Los Gobiernos que se han sucedido, o no han podido o no han querido hacerlo, y una mezquindad incomprensible en nuestra proverbial liberalidad, un apego ridículo y altamente perjudicial que se ha tenido siempre a los terrenos de propiedad pública, por improductivos que hayan sido, a más de cierta desidia que nos es peculiar, fueron sin duda la causa de no ceder a empresas particulares, que se ofrecían a construir terraplenes y levantar sobre ellos edificios y especialmente grandes almacenes. Esto por sí solo, habría venido a constituir nuestro puerto, pues que entonces, como sucede en otros países, los buques de alto bordo podrían atracar para cargar y descargar.
Hay, pues, a este respecto, como en otras muchas cosas, la misma falta de iniciativa, la misma falta de protección que existía hace más de 50 años.
Andando el tiempo se ha venido a hacer evidente que nuestro verdadero puerto, el que ofrece abrigo y toda clase de conveniencia es el de la Ensenada, reconocido como tal muchísimos años ha, por inteligentes en la materia y plenamente confirmada esta opinión por Wheelwright poco antes de su muerte. Allí hemos visto entrar con toda comodidad y seguridad una corbeta de 500 toneladas, mientras que aquí se han gastado millones casi inútilmente en canalizaciones, reconocimientos, etc. El problema del Riachuelo, por mucho que se diga, no se ha resuelto todavía, a pesar de haber gastado tres veces más de la suma presupuestada. Parece abrigarse la esperanza de un éxito feliz; sin embargo, la opinión se encuentra muy dividida entre los tres puntos indicados.
Dos causas han obrado muy poderosamente para que la rada natural se perpetuase frente a la ciudad de Buenos Aires. Por una parte, los intereses particulares que, desgraciadamente, encuentran facilidad entre nosotros para sobreponerse a los generales; los trabajos y la influencia de ricos propietarios que se oponían por los perjuicios que sufrirían; y por otra, la manía fatal de la centralización. [32]


IV
Nuestro río está sujeto a variaciones remarcables. Bajantes han habido en que personas a caballo y aun a pie, han penetrado por la arena o playa hasta más de una legua. Otras veces las crecientes han sido alarmantes y aun destructoras.
En julio de 1810 faltó poco para ser capturada por los patriotas la fragata española Mercurio, que bloqueaba nuestro puerto, debido a una bajante. Se inició un pampero tan continuado y violento, que en las primeras 48 horas era un verdadero huracán, aumentando por momentos la fuerza del viento.
La bajante fue tan grande en esta ocasión, que al día siguiente se veían venir caminando por la playa tripulantes de buques que se encontraban en la rada exterior.
Viendo al Mercurio en seco se resolvió atacarlo con infantería y artillería, y sólo fracasó el plan por demoras y recelos por parte de Saavedra, quien con órdenes y contraórdenes perdió la oportunidad. Al tercer día el río, que en esta ocasión se había retirado más de tres leguas, había vuelto a llenar.
En agosto de 1820 acaeció una gran avenida y creciente que trajo a la costa muchísimos buques de cabotaje y aun algunos de alto bordo. El temporal duró tres días, destruyó más de 40 buques mercantes y varios edificios de una de las calles que da frente al río.
En 1828 hubo una bajante que dejó en seco la [33] escuadra brasilera, y que nos costó la célebre fragata en que tantas proezas llevó a cabo nuestro bravo almirante Brown: sólo nos servía en aquella época de pontón; quedó tumbada y en vez de apuntalarla y dejarla en condiciones de poderse poner a flote, se dejó y la creciente, encontrándola de costado, la cubrió de agua y se perdió.


V
A pesar del vasto movimiento comercial que existía ya en aquella época, y del que tendremos ocasión de ocuparnos más adelante, los medios de embarco y desembarco eran pésimos.
Mucho sentimos tener que decir que, a pesar del gran número de años que han transcurrido, muy poco se ha adelantado en ese sentido, especialmente en cuanto a mercaderías; se han cambiado, es verdad, las carretillas de entonces por carros de cajón, más altos, más anchos y tirados al pecho, pero que no siempre sirven para salvar los efectos de mojadura, y que nos cuestan un buen número anual de caballos que se ahogan en el largo y penoso trayecto que tienen que recorrer; agréguese a esto el tiempo precioso que esta dilatada operación hace perder.
Estas detestables carretillas servían a los pasajeros como único recurso de transporte para ir a bordo o bajar a tierra; el arancel por mucho tiempo fue de 10 centavos por persona, fuese corta o larga la distancia que hubiese que andar, siendo [34] a veces de pocas varas y otras de muchas cuadras para llegar al bote. Este inconveniente se ha salvado con el muelle.
Sin embargo, el embarcar o desembarcar de pasajeros es todavía en el día asunto serio; lo más incómodo y a veces peligroso imaginable, aun efectuándolo (que es lo mejor), por los pequeños vapores para los paquetes que se estacionan más allá de Quilmes, durando el transporte con tiempo favorable, hora y media y aun más.
Personas que han ido a Europa nos aseguran que lo más penoso del viaje es llegar del muelle o aun del riachuelo al vapor. En la Ensenada, conducidos desde la ciudad por el tren, inmediatamente estarían a bordo, o bien con un muelle en Quilmes, como ya lo propuso una empresa particular, sólo habría que andar por el río 3 o 4 millas en vez de 16 o 18 como actualmente sucede, haciéndose el resto del viaje por el tren.
Recordaremos para terminar este capítulo, que ya en aquellos años el ingeniero hidráulico señor Bevans, propuso la realización de una Aduana y muelles. Este gigantesco pensamiento motivó el empréstito de 1821. [35]



Capítulo III
El antiguo Fuerte o Fortaleza. -El foso. -La guarnición. -El primer horno de ladrillo. -Plaza 25 de Mayo. -Ejecuciones. -Primera ejecución por falsificación. -Valdivia. -Recoba vieja. -Casa de Gobierno Nacional. -Antiguo mercado. -Aventuras de un mono. -Fonda de la Catalana. -Hotel de Faunch. -Altos de Escalada. -Congreso Nacional.



Nos hemos ocupado del aspecto que ofrecía la ciudad desde la rada deteniéndonos luego en la ribera y sus inmediaciones; tenga ahora el lector la complacencia de penetrar con nosotros a la ciudad de aquellos tiempos.
En el local en que se encuentra en el día la Casa o Palacio del Gobierno Nacional, se hallaba entonces el antiguo Fuerte o Fortaleza, (5) donde existían también las Oficinas de la Casa de Gobierno. En ella residieron por varios años los gobernadores [36] en tiempo de la Patria, como lo habían hecho anteriormente los Virreyes.
Este edificio siniestro y sombrío, sobre cuyos muros se destacaban varias bocas de cañón, tenía por entrada un enorme portón de hierro con un puente levadizo a través de un ancho foso que circundaba todo el edificio.
En este foso, depósito eterno de inmundicias, se veían jugando a la baraja o tirando la taba, o echados al sol en invierno, algunos soldados de los que formaban la guarnición, bastante mal vestidos, muchas veces descalzos, con el pelo largo y desgreñado. Por añadidura, nunca faltaba un buen número de muchachos holgazanes, de los que en todas épocas abundan y que hacían una rabona muy cómoda en el zanjón.


II
Nos encontramos, pues, en la plaza del 25 de Mayo, llamada por espacio de algunos años después de 1810, plazoleta de la Fortaleza, completamente destituida de todo adorno, con sólo unos pocos asientos de ladrillo (poyitos) inmediatos al foso, semejantes a los de la Alameda, sin empedrado y sucia como el resto de la ciudad.
En esta plazoleta tenían lugar las ejecuciones de criminales o de los sentenciados por causas políticas; allí, inmediato al foso, se colocaban los banquillos; en algunos casos era suspendido en la horca después de la ejecución el cuerpo del criminal. [37]
Más tarde las ejecuciones se efectuaban en la localidad en que se había cometido el crimen, o en donde la autoridad designase.
La primera ejecución que tuvo lugar en nuestro país por falsificación fue en febrero de 1825 en la plaza del Retiro. El falsificador era el joven Marcelo Valdivia. Ya anteriormente había sido condenado a la misma pena por igual delito, pero se le conmutó, debiendo ponerse en expectación en la plaza, prisión por 8 años y destierro por el resto de su vida. En julio de 1824 ejecutó la primera parte de su condena, sentándolo por 4 horas en la plaza pública, con los billetes que había falsificado, colgados sobre el pecho.
Estando preso emprendió una nueva falsificación, en la que comprendía la orden de su libertad. Pero dejemos tan tristes recuerdos y volvamos a la plaza 25 de Mayo.


III
En cuanto al frente que separa esta plaza de la de la Victoria, (Recoba vieja), no hay alteración substancial que notar.
En el frente opuesto acabamos de citar el Fuerte, muestra de la época colonial, y que hoy se encuentra convertido parte en Palacio del Gobierno Nacional o Casa Rosada, como suele llamarse, con sus lindos jardines, sus departamentos y sus espaciosas oficinas, y parte en el monumental edificio o Casa de Correos y Telégrafos, de la que nos ocuparemos más adelante. [38]
La plaza hoy adornada con jardines, calles de árboles y ostentando en su centro la magnífica estatua ecuestre del general Belgrano, era allá por el año 1815 mercado. La carne se vendía donde hoy es el Congreso, las perdices y mulitas (de las que entonces se traían muchas), en el costado del foso; la verdura bajo los altos de Escalada. Como no estaba preparada la plaza para este objeto, careciendo de edificios aparentes, compradores y vendedores tenían que refugiarse en tiempo de lluvia bajo la Recoba.
Nos refieren un suceso que no dejó de producir excitación. Sería por el año 16 o 18 que concurría un gran número de negras que se estacionaban reunidas en el mercado, vendiendo esta patas de vaca cocidas, aquella huevos, la de más allá chicha, tortas, etc., siendo negras también las sirvientas que con sus tipas de cuero acudían a mercar.
Sucede que la familia de Morel, que vivía allí inmediato, poseía un enorme mono, y escapándose cierto día atropelló el campamento de las negras esparciendo en él el terror; al fin agarró una de ellas y la tuvo a mal traer, salvando gracias al pronto y eficaz socorro que recibió. Fácil es concebir la batahola que este suceso produjo.
El costado izquierdo, partiendo de la plaza de la Victoria en dirección al río, ha variado considerablemente de aspecto, debido principalmente al gran edificio que constituye el Teatro de Colón, (6) y los almacenes en la parte baja, en los que hoy [39] hay varias agencias marítimas y más adelante mercerías y no pocos cuartos de remate, desde cuyo mostrador el rematador aturde al transeúnte con los golpes de su martillo y sus repetidos alaridos atrapando de vez en cuando algún incauto.
Toda esta parte ha cambiado de un modo notable, pues que antiguamente sólo se veían cuartos inmundos, en donde se expendían bebidas y donde concurrían los marineros, casi siempre en estado de embriaguez. Lo que aún subsiste, y afea ese frente son unas caballerizas sucias y de lóbrega apariencia al lado de lo que fue Hotel del Congreso; establecimiento que no tenía otra cosa de que hacer alarde sino de su nombre y que hoy es Imprenta del Correo Español. Termina este frente la Gran Casa Amueblada de pésima fama, esquina de Rivadavia y 25 de Mayo. (7)
Creemos que fue por el año 23 o 24 que el entonces célebre Hotel de Faunch, del que también hemos de volver a hablar, se encontraba en la Plaza 25 de Mayo, entre la calle de la Paz (hoy Reconquista) y 25 de Mayo, inmediato a las caballerizas de Crow y de Malcolm, y de la sastrería (quizá la única inglesa en este tiempo) de Coyle.


IV
Vamos ahora al último frente, o sea el costado derecho de la plaza.
Existe tal cual existía, hará tal vez más de 70 [40] años, la casa de altos de Escalada, que haciendo ángulo con la plaza de la Victoria, va a formar una tercera parte del frente correspondiente a la del 25 de Mayo.
Lo que tiene de remarcable ese edificio es que, aun después de una serie tan larga de años, haya escapado de los cambios y transformaciones de la época y que continúe prestando aún, el mismo servicio para el que fue construido, es decir -casa de inquilinato- siendo sus moradores principalmente artesanos y personas de cortos posibles.
Tiene el edificio un extenso pasillo o balcón corrido que da a las calles Victoria y Defensa, sirviendo para desahogo de los innumerables inquilinos que ocupan piezas independientes.
Allá por el año veintitantos había en la casa varios fondines; entre éstos uno muy acreditado, llamado de la Catalana, propiedad de una rechoncha hija de Barcelona, en donde iban a comer los tenderos de esas inmediaciones, españoles los más. El mondongo a la Catalana, según es fama, se servía con mucho esmero y era muy celebrado por los epicúreos de aquella época; decíase por lo menos que los tenderos concurrían allí atraídos sin duda por el mondongo de la Catalana; sea de ello lo que fuere, la fonda era objeto de grandes y honrosas alabanzas.
Después de los altos de Escalada sigue una serie de cuartos bajos en los que hoy hay diversa clase de negocios; y luego tenemos inmediato ya a la calle Balcarce, el Congreso Nacional, del que podemos decir hasta cierto punto lo que Ochoa del Palacio de Luxemburgo: «residencia de María de Médicis y luego de tantos poderes efímeros; ya Cárcel, ya Cámara de Pares, hoy Senado...» [41]
En efecto, nuestro Congreso fue carnicería; ya Cuartel de caballería, ya de infantería, ya de escolta de Gobierno; especie de mercado y hoy... Congreso.
El frontis es sencillo y no de mal gusto; pero el edificio es mal ventilado y se sube a la barra por una escalerita estrecha que apenas estaría bien en la casa de inquilinato de Escalada, que acabamos de citar. [43]



Capítulo IV
Plaza de la Victoria. -La Pirámide. -La Catedral; lentitud en su construcción. -El Cabildo. -La Cárcel. -El cuerpo de guardia. -La Policía. -Casa de Riglos. -Recoba vieja; proyecto de demolición. -Las viandas; quiénes se servían de ellas. -Recoba nueva. -Callejón de Ibáñez. -Bandolas. -Artificio de los bandoleros. -Singular coincidencia. -Progreso actual.



Entramos ahora a la plaza Grande o plaza Mayor, según se denominó cuando el general Juan de Garay levantó el plano de la traza de este pueblo, señalando la área que debía ocupar la hoy espléndida Catedral y colocando la piedra fundamental de la Ciudad de la Trinidad, el 11 de junio de 1580.
Pero, siendo más familiar y más grato a nuestro oído el nombre de plaza de la Victoria, le daremos al ocuparnos de ella este nombre que se le acordó en 1808, en conmemoración de la victoria obtenida en ella el 12 de agosto de 1806, en la que quedó reconquistada la ciudad.
La plaza de la Victoria, como es de suponer, no tenía en aquellos años ni un solo árbol; más [44] tarde, en el centro de ese inmenso cuadro, que parecía tanto mayor por su completa desnudez, se elevaba la pirámide que simboliza nuestras glorias, pero que hoy ya forma contraste por su pobre estructura con las construcciones que la rodean.
El 10 de junio de 1826 el Congreso Nacional sancionó la construcción, en vez de la actual pirámide de ladrillo, de un monumento de bronce en el centro de la plaza, con esta inscripción: «La República Argentina a los autores de la revolución en el memorable 25 de Mayo de 1810.»
Esperemos que el buen gusto y nuestros legisladores realicen pronto esta obra.
En lugar de la magnífica columnata, del bello y majestuoso frontis que hoy ostenta la Catedral, veíanse las desnudas y derruidas paredes de un edificio a medio hacer y que parecía destinado a no terminarse jamás. El año 22 se hizo algo en sentido de reparación en el frontis, pero todo se hacía allí con tal lentitud y la obra siempre quedaba incompleta, que se hizo proverbial; así cuando alguna cosa llevaba traza de no concluirse jamás, se decía muy comúnmente: -«¡Bah! esa es la obra de la Catedral.» (8)
La casa arzobispal no existía; veíase en su lugar un sombrío paredón construido de ladrillo en barro; sólo interrumpía esta monótona serie de ruinas la extensa y cómoda casa de la familia del brigadier Ascuénaga, exactamente en el mismo estado que hoy se encuentra; muestra de la arquitectura de aquella época. [45]


II
El frente llamado del Cabildo poquísimo había cambiado hasta los principios de 1879. La vieja torre conservaba hasta esa fecha en su frente el reloj, descomponiéndose con más o menos frecuencia; más abajo el escudo de armas de la patria, debajo de las armas la inscripción en letras doradas «Casa de Justicia» y más abajo aún, «Cabildo 1711». No sabemos con certeza cuál de estas inscripciones fue destruida por un rayo.
La Cárcel y su cuerpo de guardia, situados en la parte baja del edificio, se hacían notables por su falta de aseo.
En aquellos tiempos, desde temprano en la noche el centinela apostado en la puerta de la Cárcel daba el ¿quién vive? al transeúnte, obligando a todos a bajar a la plaza; es decir, no consintiendo su paso bajo los portales.
La Cárcel era entonces un foco de inmundicia y de inmoralidad, y aunque hasta hace muy poco tiempo continuó siendo una afrenta para un país civilizado, mejoró indudablemente de condición en todo sentido: sobre este punto nos ocuparemos más adelante.
Seguía luego la Policía de pobrísimo aspecto y con muy poca alteración, si la hay, la casa de don Miguel Riglos, con lo que termina este segundo frente. No existía en la acera opuesta la gran cigarrería Olivera con sus magníficos altos, ni el [46] elegante edificio del doctor Juan Agustín García, sino la casa paterna de García, que tenía un piso alto y si mal no recordamos, techo de teja.


III
El frente que separa esta plaza de la del 25 de Mayo, estaba como está. La doble fila de cuartos que forman la Recoba vieja, constaba casi en su totalidad de tiendas de ropa hecha, generalmente de lo más ordinario: allí acudían preferentemente los marineros.
En 1869 se presentó un proyecto, creemos que por el municipal señor Tamini y otro del diputado provincial señor Rom, proponiendo la expropiación de la Recoba vieja, para dar con su demolición mayor ensanche a la plaza de la Victoria; exigencias públicas de otro género impedirían sin duda su realización. Esta sería tal vez, una obra de embellecimiento, pero pensamos que ella no compensaría los inconvenientes y aun perjuicios que traería consigo. A más de que está en armonía con otro frente de la plaza, constituye un pasaje sumamente útil; es un refugio para los concurrentes contra el sol, el frío o un aguacero repentino en medio de una fiesta; sin ella la plaza de la Victoria estaría a merced de los vientos fríos y a veces violentos del río, convirtiéndola en un sitio incómodo y molesto en vez de un paseo agradable. Pero ésta no es sino una opinión de paso; volvamos a nuestro relato. [47]


IV
Por aquellos años de Dios, comían todos los tenderos de la fonda. Los llevaban la comida en viandas de lata, y entre 2 y 3 de la tarde, (hora en que entonces se comía), no se podía pasar por la Recoba porque el olor a viandas era insoportable y el tufo a comida que en verano salía de cada tienda de esas, volteaba como un escopetazo. Es imposible que los que por aquella época acostumbraban pasar por allí, hayan olvidado ese olor sui generis.
No se crea que se limitaba sólo a la Recoba el reparto de estas históricas viandas; se llevaban a distintos puntos de la ciudad; a las tiendas y casas de negocio y aun a muchas particulares. Eran generalmente de lata y una que otra familia las tenía de loza. Los conductores eran casi en su totalidad negros y para llevarlas empleaban palancas semejantes a las que llevan al hombro en el día los vendedores de pescado. Pero, falta aún un frente de la plaza.


V
Este frente es conocido con el nombre de Recoba nueva, cuyo techo fue por mucho tiempo de teja. No se veía allí por aquellos años ni las confiterías, cigarrerías, fotografías, almacenes, y sobre todo, ese enjambre de escribanías, que por entonces no tuvieron necesidad de abandonar el Cabildo o sea el Callejón de Ibáñez.
Esta denominación dada al paso por los portales del Cabildo es conocida por la mayor parte de nuestros lectores; sin embargo, muchos habrá que ignoran su procedencia; en obsequio de éstos haremos otra digresión.
En la época a que nos vamos refiriendo el pueblo de San Isidro Labrador, o como también lo denominaban, la Costa de San Isidro, era ya un pueblito de moda; muchas familias pasaban allí los veranos y los domingos y días de fiesta afluían los jóvenes de la ciudad a visitar aquel delicioso lugar. Es el caso que, a cierta distancia en el camino, había una larga y estrecha callejuela con tupidos matorrales por ambos costados. Este pedazo peligroso del camino era conocido con el nombre de Callejón de Ibáñez, por pertenecer al señor Ibáñez los terrenos subyacentes, hoy de propiedad, creemos, que de la señora de La Prida.
Allí pues, eran asaltados con aterradora frecuencia, aun de día, los pacíficos transeúntes, quienes escapaban muchas veces como verdaderos Adanes, sin dejarse de contar, según lo refieren las crónicas, algunas Evas de entre las pobres campesinas que regresaban de la ciudad con el producto de la venta de huevos, gallinas y pollos. Diremos, sin embargo, en honor de los salteadores de aquellos tiempos, que el número de muertos y aun de heridos fue casi nulo, pues que sus proezas se reducían a llevarse el dinero, la ropa y demás prenditas de sus víctimas.
Algún chusco halló, pues, analogía entre este Callejón [49] y el Cabildo y así lo bautizó. Sentimos no conocer el nombre del autor de este epigrama un tanto cáustico en verdad, para los escribanos, procuradores, etc., quienes por otra parte parecen haberlo recibido sin darse por ofendidos, para transmitir ese nombre a la posteridad; pero lo haremos si llegamos a averiguarlo, y estas páginas alcanzan los honores de una nueva edición. Pero volvamos una vez más a la Recoba nueva.


VI
Desde la esquina de la calle Defensa hacia la de Bolívar, los arcos de esta Recoba se extendían sólo hasta la mitad de la cuadra, o sea más o menos hasta la casa del señor Díaz-Caveda: lo restante se construyó recién cuando edificó el señor Crisol: antes solamente había hasta la esquina calle Bolívar un veredón. En fila y a la orilla de esta ancha vereda se veía lo que se llamaban las bandolas. De éstas hubo una también por muchos años en la plazoleta frente a San Francisco.
Estas bandolas eran una especie de mercería o cachivachería volante. Constaba cada una de un cajón como de 2 varas de largo, por una o más de ancho, colocado éste sobre 4 pies; todo el aparato era de pino, con una tapa con goznes. Abrían los señores bandoleros sus tiendas levantando esta tapa que se convertía en estante o armazón.
Sus efectos constaban en su mayor parte de peines, alfileres, dedales de mujer y de sastre, [50] rosarios, imágenes, anillos, pendientes y collares de vidrio o con piedras falsas e infinidad de chucherías, todas de poquísimo valor. (9)
Cuéntase que estos señores de bandola formaban una logia muy unida y que, visto lo exiguo de su negocio, se valían de ciertas tretas, que ellos reputarían sin duda muy legales, y para cuya ejecución se auxiliaban recíprocamente.
Sus principales parroquianos eran los sirvientes, la gente de color y los hombres de campo que bajaban a la ciudad a hacer sus compras. En éstos había una propensión marcada por las raterías, y las efectuaban con bastante habilidad siempre que se les presentaba ocasión en las casas en que llegaban a comprar.
Alentar esta propensión era la táctica de muchos de estos señores y uno de los recursos con que contaban para hacer negocio. Su plan no deja de ser ingenioso: veamos cómo procedían.
Se acercaban algunos paisanos a una bandola y empezaba el negocio: comprado algo y conocida la inclinación al hurto, daban al descuido la oportunidad para que levantasen y ocultasen algún objeto aparentando no haber visto. Llegaba el momento de pagar y entonces daban la voz de alarma, [51] concurrían los demás bandoleros confabulados, se apoderaban del delincuente, lo registraban y en cambio de enviarle preso le hacían pagar 2, 3 y aún 4 veces más de lo que valía el objeto robado.
¿Qué tal?
Singular coincidencia; muchos años después han venido a agruparse en el mismo sitio, gran número de escribanos con su indispensable séquito de procuradores, corredores de pleitos, etc., constituyendo otra formidable falange, quizá no menos temible.


VII
En el presente capítulo hemos expuesto cuanto nos ocurre respecto a la plaza Mayor, hoy de la Victoria. Mucho quedará sin duda por decir: pero es imposible abarcarlo todo, ni son del resorte de una obra como la presente, la inmensidad de episodios, de recuerdos de un pasado glorioso, que este sitio conspicuo y notable de nuestra ciudad trae en raudal a la imaginación.
Contentémonos con la contemplación de las conquistas materiales que observamos: con el contraste halagüeño entre lo que acabamos de diseñar y los espléndidos edificios que hoy circundan la plaza; sus bien arreglados pisos y veredones de piedra, sus jardines y arboleda, sus fuentes, su alumbrado a gas, su aseo, sus filas de carruajes públicos y todo lo que nos pone a nivel de otras naciones grandes y cultas. [53]



Capítulo V
La Cárcel; su estado en tiempos pasados. -Mujeres en la Cárcel. -Presidiarios en las calles. -Matanza de perros; modo brutal de ejecutarla. -Objeto de las cárceles. -Mejoras en la institución.


I
Dijimos en el capítulo anterior que la Cárcel de entonces era un foco de inmundicia y de inmoralidad y que aun cuando hasta hace muy poco tiempo continuó siendo para nosotros un reproche, mejoró indudablemente de condición en todo sentido, y que nos ocuparíamos de ella separadamente. Vamos a hacerlo en breves palabras.
Al hablar de la Cárcel, no queremos referirnos a la época nefanda de Rosas, en que se aplicaban allí los mayores tormentos y se fusilaba dentro de sus muros en las altas horas de la noche: queremos hablar de ella en tiempos que podemos llamar normales, y hacer notar que los defectos, algunos de los cuales vamos a citar, emanaban más bien de la ignorancia en que nos hallábamos, que dictados por espíritu de maldad. [54]


II
La parte baja del edilicio era ocupada por las mujeres. Por la reja de las ventanas que daban a la calle de la Victoria, en las piezas que más tarde y hasta hace poco fueron escribanías y hoy oficinas de la 1.ª Sala de Operaciones en lo Civil, se veían estas desgraciadas, muchas de ellas medio desnudas, hablando descaradamente entre sí o con los que pasaban por la calle, oyendo y dirigiendo chanzonetas y otras veces pidiendo limosna.
Diariamente presenciaba el pueblo el triste y degradante espectáculo de una cuadrilla de presidiarios andrajosos y desgreñados, arrastrando pesadas cadenas, custodiados por suficiente número de soldados, cruzar las calles, dirigiéndose a los trabajos forzados, pidiendo limosna a los transeúntes, e inspirando compasión y repugnancia a la vez.
A todas horas del día veíanse presos escoltados cada dos de ellos conduciendo en palancas que llevaban sobre los hombros, pesados barriles de agua que traían para el servicio de la Cárcel; de manera que, por una causa o por otra, continuamente se encontraban los presos en contacto con el pueblo.
Espectáculo más desagradable y repugnante aún era el que ofrecían cuando salían en grupos a la matanza de perros. Esto lo efectuaban al romper el día en los meses de mayor calor en verano, pero muchas veces no se retiraban antes de las ocho de la mañana, hora en que todos podían presenciar la [55] brutal operación, haciendo todavía más repelente la escena con sus gritos, risotadas y chistes groseros. Unos llevaban lazo y otros iban armados de gruesos garrotes; una vez enlazado el perro, lo mataban a garrotazos, que, cuando no se veían dar, se oían aun dentro de las casas, entre aullidos lastimeros.
¡Gracias a Dios, hace años que nos vemos libres de tan degradantes escenas!


III
Es indudable que en las cárceles sólo debe procurarse la seguridad de los detenidos, tratándolos del mejor modo posible, habiendo muchos de entre ellos que al fin resultan inocentes.
En nuestra Cárcel pública, sin embargo, eran tratados indistintamente los unos y los otros. Hasta hace muy poco, remitíanse allí también a los acusados y aun sospechosos políticos.
¿A qué conducía, no estando esclarecido el delito, tener de día y de noche con grillos a los infelices presos?...
Demasiado se ha repetido y se sabe que las Cárceles no son depósitos de delincuentes, sino de hombres acusados o aun sospechosos de crimen; pero cuya criminalidad no está todavía averiguada. En esto se diferencian de los Presidios y Penitenciarías, donde son remitidos los convictos y que van a sufrir una pena.
Sabido es también, que el año 23 existía ya un [56] Gobierno paternal, ilustrado e iniciador de importantes mejoras en todos los ramos conducentes al bienestar del pueblo, y la Cárcel participó de sus benéficos cuidados.
Las mejoras desde aquella época fueron efectuándose bajo Gobiernos ilustrados, aunque lentamente, hasta la creación de la Penitenciaria que hace honor a Buenos Aires. [57]



Capítulo VI
Teatro de la Ranchería. -El Coliseo. -Destrucción de ambos por el fuego. -Teatro Argentino. -Don Mariano Pizarro. -Alumbrado y decoraciones. -La garita del apuntador. -La maquinaria; cómo se manejaba el telón de boca. -Platea y palcos. -«Es la comedia espejo de la vida.» -Traje de las señoras. -La Cazuela; palco del Gobierno. -La orquesta. -Piezas dramáticas. -Función de tramoya. -Los beneficios. -Sainetes. -Funciones teatrales en Cuaresma. -Stanislas. -Herman. -Cubas. -Toussand. -La contraseña.


En los años a que preferentemente nos venimos refiriendo, no ostentaba la ciudad de Buenos Aires ni el magnífico Teatro de Colón, ni el Coliseum, ni Variedades, ni la Alegría, ni otro alguno, por fin, de los varios teatros que hoy la hermosean ofreciendo solaz a sus numerosos habitantes.
Vértiz había construido en su época un teatro en el paraje denominado la Ranchería, en la plazoleta que pertenece hoy al Mercado central, o Mercado viejo, como todavía se le suele llamar, frente a la Universidad.
El Coliseo, que estaba situado donde hoy está el Teatro de Colón, se comenzó a edificar en 1804, [58] siendo aquel paraje tan desamparado, que se le llamaba el hueco de las ánimas. Mientras se aprontaba aquel edificio, que debía ser construido a todo costo, se dispuso provisoriamente el Teatro Argentino en aquel mismo año 1804. (10)
La obra del Coliseo se interrumpió estando ya colocados los tirantes y demás maderas del techo. En este estado, se incendió el martes de Carnaval de 1832, habiéndose manifestado el fuego en el depósito de maderas de una carpintería inglesa que estaba allí establecida, pagando arrendamiento al Estado por el local.


II
Por muchos años no tuvimos otro teatro o Casa de Comedias, como generalmente se llamaba, que el Argentino, situado frente a la iglesia de la Merced; donde hoy se encuentra lo que se denomina [59] Pasaje del Teatro Argentino; hasta que algunos años después de su construcción, notándose que la población no podía extenderse en dirección al río, y que crecía prodigiosamente al Oeste, Sud y Norte de la ciudad, se resolvió construir otro más céntrico, y se edificó el Teatro de la Victoria, por el año 33. Allí representó Lapuerta, actor español de mérito, asociado a Alejandra, buena actriz; se dieron algunas funciones en que alcanzó a trabajar, ya en una edad avanzada, Trinidad Guevara, de quien más adelante nos ocuparemos. (11)
El Argentino fue, pues, por muchos años nuestro único teatro, que no fue, por cierto, un modelo arquitectónico. El frente, completamente destituido de todo ornato, ostentaba por entrada un portón de pino, más aparente, sin duda, para una cochera, que para un teatro; y como nada hay que ver aquí, visitemos el interior.


III
El proscenio tenía suficiente extensión para las representaciones de la época y para el personal de que se disponía.
Las decoraciones, bastante pobres, fueron pintadas, en su mayor parte, por don Mariano Pizarro, argentino, maquinista del teatro. El telón de boca y cierto número de bastidores, eran obra de algún artista o aficionado extranjero que caía a la mano.
El alumbrado se hizo, por mucho tiempo, por medio de velas de sebo, y más tarde con aceite. Por más de un año, una fila de candilejas que corría a lo largo de la orquesta, sobre el borde del proscenio, ofuscaba la vista del espectador, solamente por no haber tenido la previsión de colocar una tabla, o cosa semejante, delante de ellas, que defendiese de la desagradable impresión de la luz y la arrojase sobre el proscenio. La fila de candilejas, a más, era permanente y fija, por consiguiente, el proscenio no podía obscurecerse cuando el caso lo requiriese, lo cual hacía ridículas algunas escenas. Las cortinas o cenefas color carmesí, que ocupaban la bóveda de la decoración, destinada a representar un palacio, por ejemplo, servía igualmente para figurar la bóveda del cielo en todos los jardines y bosques y aun en todas las tempestades.
En el centro y parte anterior del proscenio o las tablas, aparecía la garita, o lo que llaman la concha del apuntador. Este personaje, indispensable (y que lo fue por muchos años un señor Insua), hablaba siempre en tan alta voz, que el espectador oía dos veces la pieza, una de boca del apuntador y otra de la de los actores.
A propósito de esta concha, recordamos una aventura del cantor Zappucci. Estaba éste en la mejor de un aria bufa, cuando en medio de sus cabriolas y entusiasmo, desapareció, verdaderamente como por escotilla, hundiéndose en la dichosa concha del apuntador. Dícese que, por el momento, [61] algunos de los espectadores creyeron ser ésta parte de la oración: felizmente el actor no sufrió daño alguno.
La maquinaria no estaba muy adelantada en esa época; y en prueba de ello, veamos cómo se manejaban para subir y bajar el telón.
Para subirlo, colocábanse uno o dos hombres de cada lado, en la parte más alta de la boca del proscenio, detrás del telón, entro las bambalinas; allí permanecían sentados. Cuando se hacía la señal para subir el telón, abandonaban su asiento, y bien asidos de las cuerdas, descendían al piso por su propio peso, haciendo, hasta cierto punto, el oficio de poleas; el telón subía en proporción que ellos bajaban. Aseguraban bien las gruesas cuerdas en unos postes destinados al efecto, y cuando querían que el telón bajase, soltaban las cuerdas, como quien suelta hilo a una pandorga, o como se va soltando con precipitación el valde al aljibe.


IV
Al frente del proscenio se leía la siguiente inscripción:


«Es la comedia espejo de la vida»


La platea contenía, más o menos, 250 asientos. Unos bancos largos, muy estrechos, divididos por brazos, formaban las lunetas, cubiertas con un pequeño cojín forrado de pana. Las señoras jamás concurrían, como lo hacen algunas hoy, a esta parte [62] del teatro: esta innovación, no tiene, en nuestra opinión, inconveniente, y aun ofrece muchas ventajas.
La entrada general valía diez centavos y las lunetas quince; costando algo menos cuando se tomaba por temporada, que creemos era de 10 funciones.
En nuestra juventud tuvimos, por mucho tiempo, luneta por temporada, y citamos este incidente trivial, sólo para recordar que a nuestro lado había un señor algo excéntrico (y no era inglés), que tenía, no una, sino dos lunetas; una para sí y la otra para su capote, su sombrero, sus gemelos y bastón. Este señor era alemán, y por lo que se ve, muy amigo de su comodidad.
En contorno de esta platea, en forma de herradura, 20 o 25 palcos llamados bajos, y, más o menos, otros tantos altos; éstos costaban tres pesos por función, y los bajos un peso. Cabían cómodamente seis asientos, pero el que tomaba el palco, tenía que mandar sillas o alquilarlas a la empresa, por un precio módico.
Las familias que ocupaban indistintamente los palcos, pertenecían, más o menos, a una misma clase de la sociedad, pero parece que eran preferidos los bajos, cuando se quería aparecer con trajes más sencillos.
Las señoras que ocupaban los palcos combinaban en su traje la elegancia y la sencillez. El cuello y el seno ligeramente descubiertos, cuanto para excitar la admiración sin ofender la modestia. A lo más, en cuanto a adornos, llevaban una cadena de oro al cuello; allá por el año 24 o 25, manga corta. Mientras no invadieron las peinetas monstruosas de Maculino, con las que este señor [63] enriqueció, el pelo llanamente arreglado con una pequeña peineta, unas cuantas flores naturales o artificiales completaban el hermoso conjunto. Podía decirse con verdad: «Esa joven, en medio de su extremada sencillez, llevaba el lujo, el exuberante lujo del buen gusto y de la elegancia.»
¡Cuánto más cómodas y a son aise deben haberse encontrado las señoras de aquella época que las que hoy gimen bajo el peso de los atavíos y extravagancias con que el despotismo de la moda las ha recargado!
En el centro de los palcos altos, frente al proscenio, estaba el palco del Gobierno, de dobles dimensiones que los demás, decorado con cenefas de seda celeste y blanco, siendo punzoes en tiempo de Rosas.
Muchos años pasaron sin que los palcos tuvieran puerta, y cuando llegaron a tenerla, la costumbre hacía que rarísima vez se cerrasen, fomentando así el hábito de apiñarse cinco o seis personas en la entrada del palco, obstruyendo el paso y obligando a los dueños o visitantes a esperar cada vez que querían entrar o salir, que se despejase la barra, cosa que se efectuaba generalmente de muy mala gana. A veces había uno o dos de estos intrusos parados dentro del palco mismo, con todo descaro, durante la representación entera.
La Cazuela, vulgarmente llamada aquí el Gallinero (que no tenemos conocimiento que exista en teatro alguno de Europa), estaba colocado más arriba aún que los palcos altos; es decir, como está hoy el Paraíso en Colón, ocupado sólo por hombres, y como permanece todavía en los teatros Alegría y Victoria, sirviendo exclusivamente para el sexo femenino. Allí se notaba más mezclada la [64] concurrencia, viéndose algunas mujeres, aunque de color, muy señoronas, como se decía, en sus portes y modales. En efecto, entre las diosas de la Cazuela, había gente de todas las capas sociales, pero el modo de portarse era verdaderamente tan ejemplar, que hacía honor a nuestras costumbres.
Muchas señoras y niñas de las familias principales, iban, pues, una que otra vez a la Cazuela, cuando no querían vestir como para ocupar un palco. Las jóvenes, particularmente, tenían un gran recurso en la Cazuela; allí se daban cita dos amiguitas que habían inducido a sus mamás o a sus tías a que las llevasen, y hablaban largamente y con descanso de los asuntos, referentes todos al corazón, haciéndose recíprocas confianzas: allí se contaban los incidentes, los encuentros, las entrevistas, etc. Allí ofrecía una a la otra que la tarde o noche que fuese N. de visita a su casa, mandaría sigilosamente llamarla para que tuviese lugar un encuentro, al parecer, casual. ¡Cuántas cartitas se leían allí, que unas a otras se mostraban, en confianza, a pesar de la sonrisa maliciosa de Don Pepe de la Cazuela (12) que todo lo pispaba! ¡Cuántas viejecitas de hoy recordarán esos inocentes entretenimientos!
Todo esto, como se comprende, era imposible, sujetas a la etiqueta del palco, y de ahí la preferencia que en ciertas ocasiones se tenía por la Cazuela.
La orquesta del Teatro Argentino, en sus primeros tiempos era pésima, pero mejoró gradualmente [65] de un modo notable, debido a la incorporación de nuevos aficionados y profesores. Entonces constaba ya de 26 o 28 músicos. Ejecutaban algunas buenas piezas, pero su repertorio era muy limitado; sus progresos serios datan desde la época en que tomó su dirección el célebre maestro Massoni.


V
Algunas de las piezas dramáticas (comedias y tragedias) que por aquellos tiempos estuvieron más en boga, y cuyos títulos queremos consignar aquí, porque con la marcha destructora del tiempo, ni el nombre de algunas quedará, eran: El divorcio por amor, Los hijos de Edipo, El Abate de L'epée, El pintor fingido, La corona de laurel, Los hijos de Eduardo, La muerte de Riego, El médico a palos, La misantropía, La Condesa de Castilla, Marcela o cuál de los tres, El sí de las niñas, La precaución infructuosa, El hombre de la selva negra, El viejo y la niña; Arjía, Dido, tragedias del poeta argentino Juan Cruz Varela; Otelo, La mojigata, El desquite, El Cid Campeador, de Corneille; El Café o la Comedia nueva, de Moratín, y muchísimas otras, de entre las cuales, gran número están, hace mucho tiempo, consignadas al eterno olvido.
Se repetía con remarcable frecuencia Misantropía y Arrepentimiento, de Rostbue, pieza en que se notaban las bellezas y los defectos del drama [66] alemán -mucha naturalidad, conocimiento íntimo del corazón humano, y el arte de conmover sin que aparezca el arte: -pero una acción demasiado larga y la manía de hacer filosofar a todos los personajes.
Las demás piezas que citamos, y muchas más, cuyo título no recordamos, son, como se ve, de la escuela española y algunas traducciones del francés, pero no podemos aplicarles el escalpelo, porque sería apartarnos de los propósitos de esta obra.
Algunas piezas eran horriblemente mutiladas; otras, nos parece que no podrían representarse mejor en el día.


VI
Mister Love hablando de nuestro teatro (1825) dice: -«Otelo suele darse de tiempo en tiempo -no el de Shakespeare, sino una traducción del francés, cuyos absurdos y mansedumbre no pueden soportarse con mediana paciencia por un inglés: busca uno en vano esas expansiones, esos arranques que embargan la imaginación y electrizan al espectador.»
Como se ve, el señor Love no abre juicio sobre la representación y se concreta a censurar una mala traducción.
«Un caballero inglés -continúa el mismo escritor-, tradujo The wheel of fortune, de Cumberland (La rueda de la fortuna) y The Jew (El [67] Judío) ambas piezas demasiado sentimentales para nuestro público.» (13)
De vez en cuando aparecía o subía, como se decía técnicamente, y a beneficio del Maquinista Pizarro, alguna función de tramoya; es decir, representación en que se efectuaban transformaciones más o menos bien ejecutadas, arregladas por él, como Juana la rabicortona, en que se transformaba instantáneamente una cama en un armario, o cosa por el estilo; o el Diablo predicador, en que una figura de cartón representando a Fray Antolín, pasaba volando hasta el campanario de una iglesia que aparece al lado opuesto del escenario, cuando no quedaba a medio camino enredado en los hilos; cosa que, dicho sea en honor del tramoyista, sólo sucedió dos, o a lo más, tres veces.


VII
El público no podía, ciertamente, esperar en aquella época cosa alguna que ni aun remotamente se aproximase a la perfección en el arte, careciéndose de modelos. Verdad es que, la gran maestra del drama es la Naturaleza, pero se necesita quien la encamine hacia la perfección del arte.
De esto, pues, carecían nuestros actores o cómicos, como entonces se les llamaba.
Convertirse, diremos así, en la persona que representan, [68] profundizar la idea que un actor dramático pone en boca de sus personajes, todo esto y algo más descuidaban muchos de los actores de aquel tiempo, y, sin embargo, los espectadores, reconociendo los defectos, gozaban en nuestro modesto y querido Teatro Argentino, y gozaban inmensamente. Verdad es que, éramos felices... y que hoy, en medio de nuestro progreso y de la pompa que nos rodea, nos vemos a menudo obligados a repetir:
¡Nessun maggior dolor
Che ricordarse del tempo felice
Nella miseria!
Todos conocemos el bombo con que se anuncia en el día una representación dramática, lo mismo que todo entretenimiento público; pero no todos saben cómo se hacía en aquellos días. La fórmula ha cambiado completamente. Los carteles de anuncio sacaban por los cabellos la libertad o igualdad del pueblo. Estas y otras absurdas adulaciones, no tardaron en invadir también el proscenio, y en ambos éramos tratados de «público ilustrado, pueblo grande», etc., etc. Los actores, llegado su turno, acostumbraban anunciar su beneficio, no sólo de viva voz desde el proscenio, sino que (aun las actrices), repartían personalmente sus carteles en los que sobreabundaba aquello de ilustrado, generoso, noble, magnánimo y hasta inmortal público, como tuvimos ocasión de leer una vez.
La noche antes del beneficio había música, iluminación, banderas, cohetes y transparentes en la puerta del teatro.
Las zarzuelas no se conocían entonces: después [69] del drama, tragedia o comedia, se daba el sainete o fin de fiesta; especie de peti-pieza, siempre en un acto, del teatro español, y generalmente todo lo más tonto imaginable, en que invariablemente aparecían payos, terminando siempre con darse de palos con garrotes construidos de cartón arrollado. El sainete, sin embargo, era esperado con ansia por los muchachos, y aun por muchos que no lo eran.
Y... ¡quién lo creyera! El 16 de agosto de 1878, se ha dado por fin de fiesta en el Teatro de la Victoria, en el beneficio de la señora Rita Carbajo, el sainete titulado Caldereros y vecindad, que se había dado el año 25, y tal vez antes, en el Teatro Argentino. Aunque ciertamente es de lo mejor de su género y tiene la novedad de que algunos de los actores aparecen y hablan desde los palcos, el patio y la Cazuela, no pasa de un mamarracho, que, francamente, creíamos hubiese hecho su época y que no fuese del refinado gusto del día; y, sin embargo, lo vemos festejado y aplaudido en pleno 1878, después de más de medio siglo. Diráse que las cosas buenas no envejecen; otro tanto podremos decir, por lo que se ve, de las cosas tontas.
Durante la Cuaresma, la época más triste del año, no se daban, según el régimen antiguo, representaciones dramáticas; pero ya en 1822 había ópera, a lo menos dos veces por semana. Se tentó también una Lectura pública sobre astronomía; no tuvo éxito. (14) [70]
En esa época, creemos que en 1825, visitó este país y trabajó en nuestro teatro M. Stanislas, prestidigitador de los más hábiles. Fue él quien, entre otras cosas, hizo pasar un pañuelo, del bolsillo de un espectador, a la torre del Cabildo. Después de éste, pocos hubieron sobresalientes hasta la aparición de Herman, tan conocido y justamete aplaudido aquí como en otros teatros, y tan bien parodiado por el inolvidable Cubas.
En 1823 o 24, estuvieron M. y madama Toussand, bailarines de bastante mérito.


VIII
Hay cosas que parecen perpetuarse a pesar de los adelantos que emanan de la civilización; molestias de que no puede verse libre la sociedad. Sirva esto de ejemplo entre otros varios casos. «¿Encuentra -pregunta el Centinela en 1823-, alguna dificultad física o moral la Policía o el Asentista del teatro, para disipar esa cuadrilla de muchachos que infestan la puerta de la Comedia en todas las noches de función, pidiendo contraseñas, y tomando pañuelos y otras frioleras sin pedirlas? ¿o les parece un asunto que no merezca su atención la grande incomodidad del público al entrar y salir de la Comedia, la perdición de costumbres de tanto joven?» Esta pregunta, como antes lo hemos dicho, se hacía en 1823.
Desde aquella, ya remota época, se vienen combatiendo ciertas costumbres que aún no han podido extirparse por completo. [71]
El mismo periódico decía: -«Mientras dure entre nosotros la costumbre berbérica (que no existe en país alguno de Europa, a no haber sido conquistada por los moros) de relegar al bello sexo a la Cazuela o Gallinero ¿no resultaría alguna comodidad en continuar las dos escaleras de los palcos hasta dicha Cazuela, de modo que se pudieran abrir al acabarse la función, para que los esposos y hermanos de las señoras relegadas no tuviesen que esperarlas en la calle, exponiéndose a la intemperie y embarazando la puerta, puerta la más incómoda de todas las puertas de Comedia del Universo?
»¿Quién había de oponerse a esta mejora, no siendo los médicos o los boticarios?» [73]



Capítulo VII
Actrices. -Trinidad Guevara. -Error del Diccionario Biográfico Americano. -Matilde Díez. -Antonina Castañera. -Ana Campomanes. -Actores. -Velarde Ambrosio Morante. -Quijano. -Cossío. -Felipe David. -Culebras; sus anuncios in voce. -Marineros ingleses en el teatro. -Cultura del público. -Viera. -Díez. -Cáceres. -Casacuberta; su muerte. -Josefa Funes. -González. -Giménez. -Cordero. -Rosquellas. -Carlota Anselmi. -Zapucci. -Massoni. -Los hermanos Tanni. -Richiolini. -Vacani. -Primera ópera en Buenos Aires.


I
La lista de actores en una larga serie de años, tiene necesariamente que ser extensa; no merece ciertamente ningún buen servidor del público, ser relegado al olvido; sin embargo, y muy a pesar nuestro, sólo podemos consignar aquí algunos recuerdos relativos a un corto número de ellos.
Veamos lo que, respecto a una de las actrices más espectables, dice don José D. Cortés, en el «Diccionario Biográfico Americano»:
«Trinidad Guevara. - Artista dramático argentino. [74] Artista por naturaleza y por sentimiento, Guevara ha sido durante muchos años aplaudido frenéticamente en los teatros de ambas riberas del Plata. Es considerado en su patria y fuera de ella como uno de los más notables artistas que en su género ha producido hasta hoy la América de origen español.»
En las palabras que anteceden hay algo de cierto, pero, o el señor Cortés ha sido víctima del cajista o él mismo ignoraba la verdad -equivoca el sexo de la pobre Trinidad, y la convierte en hombre.
Ahora diremos nosotros, que la hemos visto en el proscenio, lo que de ella sabemos. Trinidad Guevara, (primera dama), desempeñaba el rol protagonista en la tragedia y el drama. Era una mujer interesante sin ser decididamente bella; de esbelta figura, finos modales y dulcísima voz; pisaba con gallardía las tablas, y tenía lo que se llama posesión de teatro; había llegado a ser, y con razón, la favorita del público.
Refiérese de ella la siguiente anécdota:
Habiendo el padre Castañera atacado por la prensa a Trinidad, por usar en las tablas, según él, un medallón al cuello con el retrato de un hombre casado, esta señora se retiró del teatro; pero por instancias desistió de su propósito, y en su reaparición fue saludada con calurosos aplausos, dando a entender, sin duda, que el público nada tenía que ver con la vida privada.
Matilde Díez. -Hija del barba señor Díez; actor español mediocre. Era ésta lo que puede llamarse una hermosa mujer; alta, algo corpulenta, pero bien formada, era todo, menos actriz. Convencida, como parecía estarlo, de su hermosura, [75] no se empeñaba en estudiar; jamás sabía su papel, ni entraba en él; los pasajes más patéticos, ni la conmovían ni la afectaban en lo mínimo; asimismo era un adorno en la escena.
Antonina Castañera. -Cuando la conocimos en las tablas era ya cuarentona y desempeñaba el rol de madre, de tía, y algunas veces, de Condesa o de Marquesa. No hay duda que era hábil; sin maestros, sin modelo que imitar, todo lo debía a su talento natural. Antonina trabajó, por lo menos, hasta el año 25; ignoramos cuándo empezó.
Ana Campomanes. -También de más de cuarenta años, fea en grado heroico; desempeñaba papeles secundarios con bastante desenvoltura, particularmente los de criada de confianza, que son las que manejan la intriga. Cantaba, pero tenía una voz cascada y chillona: asimismo era la encargada de las tonadillas de origen español. Su utilidad, sin embargo, en una compañía dramática, no admitía duda.
Había otras varias actrices de distintas épocas, de las que poco o nada tendríamos que decir, habiendo, no obstante, algunas de mérito, pero de las que nos es imposible ocuparnos. Josefa Salinas fue una de las actrices fundadoras del teatro de Buenos Aires, como también la Navarro.


II
Los actores de los primeros tiempos eran Velarde, Ambrosio Morante, González, Quijano, Culebras, Cossío, Felipe David, Viera, Díez, Malpica, [76] Godoy y otros de segundo orden que se iban sucediendo; más adelante tuvimos a Cáceres y Casacuberta, verdaderos artistas; otros muchos que no permanecieron sino poco tiempo en la escena y, por consiguiente, no dejaron recuerdos muy duraderos.
Velarde. -(Primer galán), alto, de buena figura, pero sin elasticidad en sus movimientos y acción; a extremo que al verlo desempeñando el rol de Conde de Almaviva, en el Barbero de Sevilla o la Precaución infructuosa, un crítico de aquellos tiempos decía que más bien debiera llamársele Conde de Almamuerta. A pesar de esto, era simpático, había una modulación dulce en su voz y descollaba en los roles sentimentales; sus diálogos amorosos con Trinidad enternecían, y más de un pañuelo perfumado enjugaba con disimulo los ojos de no pocas bellas. Sus modales eran finos, pero, como sus compañeros, carecía de escuela.
Ambrosio Morante. - Nativo, creemos del Perú; venía de Chile, en cuyo teatro había trabajado. Era grueso, de baja estatura y de tez morena; grave, de voz sentenciosa; tenía posesión de teatro, pero su figura no predisponía en su favor. Una de sus piezas favoritas era el Duque de Viseo, pero su verdadero caballo de batalla era Misantropía y arrepentimiento. Como trágico, no sobresalía. Trabajó, por lo menos, hasta 1822.
Quijano. -Tenía talento natural; poco o ningún estudio; poseía el don de imitación: era lo que puede llamarse un actor general; lo mismo era para él lo serio que lo cómico, tanto le daba representar un personaje conspicuo en una tragedia como tener el último papel en un sainete. Por fin, cantaba, bailaba y aparecía en todos los roles imaginables, [77] sin que pueda decirse que fuese decididamente malo en ninguno. Quijano era oriental.
Cossío. -Apareció en el proscenio Argentino más o menos por el año 23; venía de Montevideo y durante algunos años atendió por temporadas al teatro de ambas riberas, pero parece que daba preferencia al nuestro; su porte era bueno, regular en el drama, pobre en la tragedia, pero miembro indispensable en una compañía de aquellos tiempos.
Felipe David. -(Primer gracejo). Porteño. Este hombre, sin estudio, sin modelos que imitar, poseía dotes especiales; sobresalía en la mímica. Era el amigo predilecto del público que le dispensaba hasta ciertas libertades que a otro, o aun a él mismo, en otras circunstancias, no habría tolerado.
Bastaba ver solamente a Felipe en la escena, para que se pronunciara la hilaridad; antes que dijera una sola palabra, la risa se hacía general. Era extremadamente delgado y de figura raquítica; las pantorrillas (si es que merecían semejante nombre), parecían palillos; tenía una fisonomía particular sin ser desagradable.
Durante su carrera teatral, llegaron de tiempo en tiempo algunos graciosos pertenecientes a compañías españolas, pero no obtuvieron el favor del público; sólo después de la desaparición de Felipe llegó a aclimatarse en el país y a gustar el estilo de éstos. El de David, especial, nativo, diremos así, estaba tan arraigado, era tan nuestro, que el público difícilmente podía acostumbrarse a otro, aunque le fuese superior.
En los sainetes, como es de suponer, Felipe David era el héroe; y a fe que en algunos no dejaba que desear. Por ejemplo, entre otros varios, el público no se cansaba (a pesar de repetirse con [78] mucha frecuencia), de oírle en Los tres novios imperfectos, en el que desempeñaba el rol de tartamudo y cantaba tartamudeando, acompañándose en el arpa, una canción de serenata a su novia que principiaba así:
En el tiempo de Mari-Castaña,
una vieja solía cantar:
a unos pollos chucurrutitos
que corrían por su corral.
Luego concluía cantando como gallo, después de darse una palmada en el muslo, imitando el ruido que hace este animal con el ala cuando canta.
Los muchachos de la contraseña y cierta clase de concurrencia festejaban el chiste con estrepitosas carcajadas, no dejando al fin de asociarse la parte más sería.
Felipe estaba muy bien en ciertas comedias en que representaba el payo, el criado, un escribano o un alcalde de la antigua España, en cuyos roles el objetivo era el ridículo; pero si alguna vez (como tenía que suceder donde el personal era limitado), se le encomendaba un rol serio, era imposible que guardase por mucho tiempo la circunspección debida, y a poco andar se deslizaba alguna chuscada, las más veces de su propia invención, estimulado por la predisposición del público a festejarla.
Luego apareció otro actor cómico, también hijo del país: Cordero; era como David muy delgado, pero más alto. En sus acciones y movimientos era imitador servil de Felipe, verdad que fue su único modelo; más tarde mostró alguna originalidad y obtuvo aceptación. [79]
Culebras. -Era oriundo de España; su lenguaje castizo, pero su figura no le favorecía; la cara, como todo su cuerpo, sumamente delgada, los ojos pequeños y aun creemos que había cierto grado de estrabismo. El público, a pesar de sus defectos físicos, lo apreciaba por sus modales finos, pureza de lenguaje y estilo; tenía buenos conocimientos y fue por muchos años director de escena.
Existía la costumbre de proclamar in voce la función próxima y era Culebras el encargado de hacerlo. Caído el telón se presentaba este señor en alguno de los entreactos, en el espacio que mediaba entre el telón de boca y la fila de luces y allí anunciaba empleando más o menos la siguiente fórmula: -«¡Respetable público! El martes se representará el interesante drama en tantos actos o la tragedia tal, terminando la función con un chistosísimo sainete.»
Este anuncio era invariablemente seguido de una descomunal gritería y algazara por los muchachos (que siempre lograban entrar por medio de las contraseñas), y aun de algunos grandesitos, vociferando: ¡Culebras! ¡Culebras!... ignoramos el origen de esta broma de mal gusto.
Fuera de este pequeño incidente nada ocurría capaz de perturbar en lo mínimo; en efecto, el orden que se observa en nuestros teatros es digno de llamar la atención y ya desde aquellos años se hacía remarcable. Un escritor inglés de entonces, decía:-«El teatro de Buenos Aires a este respecto, podría servir de ejemplo para aquellos países más avanzados en cultura.»
El mismo, cita como excepcional el siguiente incidente. «De tiempo en tiempo, dice, suele colarse al teatro uno que otro marinero inglés; pero como [80] no entiende el idioma, pronto cambia de escena y se va a la taberna. Dos de éstos se hallaban una noche en el patio y hacían sus observaciones en inglés y en alta voz; los concurrentes, atraídos por la novedad, reían a descostillarse, pero no así la policía; los celadores (hoy vigilantes), trataron de sacarlos a la calle; Jack protestaba, gritando que había armado más de un barullo en los teatros de Liverpool y Portsmouth, sin que a viviente alguno le hubiese ocurrido molestarlo y maldecía una libertad semejante a la de Buenos Aires.
»Ayudó -continúa el escritor-, a sacar pacíficamente a mis curtidos (weather beaten) compatriotas, quienes por otra parte, parecían dispuestos a ceder, pues que poco podían contra una policía armada de sable y bayoneta.»
Hecha esta pequeña digresión volvamos a la ligera reseña de algunos actores.


III
Viera. -Era hijo de una negra: tenía un hermano, o acaso medio hermano, negro también, que fue por muchos años tambor mayor de la banda de tambores de uno de los batallones de línea; él era mulato. Su trato atento y sus modales no dejaban que desear, y como se dice muy comúnmente el color no más le faltaba, o mejor dicho, le sobraba. Como actor dramático, poco tenemos que decir de él, pero lo volveremos a encontrar en la parte lírica. [81]
Diez. -Padre de Matilde y a quien ya hemos citado, era lo que en las compañías españolas denominan barba. Hombre ya de edad muy avanzada era, sin embargo, bueno en la comedia y en el sainete.
Más tarde, como antes hemos dicho, tuvimos a Cáceres y Casacuberta. El primero vino de Chile; era un actor muy capaz, hombre educado y estudioso; le hemos visto sobresalir en varios dramas y lo recordamos aún hoy, con placer, en su rol de coronel en la Corona de laurel.
Casacuberta. -Vino después: tendría, según nuestros recuerdos, 35 o 36 años en la época en que le conocimos: sus palabras y sus maneras eran las de todo un caballero; su figura arrogante, y amaba el arte con pasión.
Hubo una época (fue en tiempo de Rosas) en que el teatro llegó a tal estado de decadencia que los artistas no podían absolutamente sostenerse y se vieron obligados a buscar temporalmente otros medios de subsistencia; entonces fue, que Casacuberta que tanto había brillado en la escena, hombre excesivamente delicado e incapaz de vivir sino de su trabajo honrado, se ocupó en hacer bordados de oro, entorchados, etc., para procurarse las necesidades de la vida: hacía entre otras cosas, divisas de paño y de terciopelo carmesí, con inscripciones en letras de hilo de oro.
Las vendía bien; pero quiso su desventura que al señor don Juan Manuel se le ocurriese declarar que sólo eran buenos federales aquellos que llevaban flotando una cinta punzó de media vara de largo, prendida por su parte media al lado izquierdo del pecho, con las palabras impresas en letra [82] negra «Viva el ilustre Restaurador de las Leyes, Mueran los Salvajes Unitarios» o «Viva la Confederación Argentina, mueran, etc.»
Conservamos por muchos años una divisa delicadamente bordada en oro, con que nos obsequió el infortunado Casacuberta, hecha por él.
Era un excelente actor y lo reputamos (después de haber visto muchos desde aquel tiempo), inimitable en ciertas piezas, algunas de mi género tan opuesto como son «El gastrónomo sin dinero» y «Treinta años o la vida de un jugador».
Hemos visto en ambas piezas el rol de Casacuberta desempeñado por buenos artistas, pero nada que tan siquiera se le aproximase.
En cambio de lo que nosotros pudiéramos decir respecto a su mérito artístico, en que nuestras palabras serían siempre pálidas, preferimos transcribir un bello artículo que tomamos del Diccionario Biográfico.
Dice así:


IV
José Casacuberta
Artista dramático argentino. Murió en Santiago de Chile en septiembre de 1849, inmediatamente después de una representación de los Seis grados del crimen. Moliere, el padre de la comedia francesa, murió agobiado de fatiga después de la representación de Le malade imaginaire.
Casacuberta, más afortunado aun, ya que es fortuna [83] para el artista sucumbir sobre la arena, murió deshecho, despedazado por un papel terrible. Su exquisita sensibilidad excitada más allá del grado de elasticidad que admiten las fibras humanas, no pudo reponerse del sacudimiento, y «el último laurel que el público le acordó cayó sobre un cadáver.»
Representaba Los seis grados del crimen. ¡Cuántas vibraciones debieron dar aquellos nervios para extinguir la vida, como las convulsiones causadas por el honghong, ruido con que los chinos matan a los criminales! ¡Cuán artística ha debido ser aquella organización para resistir la congoja y los furores de una muerte afrentosa, para morir víctima de sus emociones!
La naturaleza privilegiada de Casacuberta le echó en aquella noble carrera que coronó gloriosamente. Hijo de un bordador, éralo él también como Máiquez. Su naturaleza artística le había llevado a adivinar papeles imposibles para otros, y reiterados estudios sobre el sentido de esta o aquella palabra obscura, fijaban al fin su manera especial de traducirlas.
Esta escena del criminal escapado del carro, la había creado él, bordando la tela de Ducange con un cuajado de pasiones, de esperanzas desesperadas, imposibles, que se agolpan en un segundo a la cabeza de aquel infeliz.
Para el público que aplaudió aquella escena, que sintió todas sus pavorosas sublimidades, ver morir al actor fue la prueba de que el arte humano había dado la última nota de la pasión; puesto que las cuerdas del corazón se habían roto a fuerza de tirarlas. Murió así el artista, cediendo a las nobles aspiraciones del genio. Ha dejado incrustado [84] en la historia del arte dramático de Chile, asido a su nombre, el suceso de este género más lamentable y ruidoso que haya ocurrido en América.


V
Varios otros artistas de ambos sexos, pudiéramos citar como la interesante joven actriz, Manuelita Funes, doña Josefa Funes, González, Giménez, etcétera, etc., pero no nos hemos propuesto dar una biografía general.
En cuanto a nuestra apreciación respecto de algunos, podría juzgarse apasionada o errónea si hubiésemos escrito en época en que ellos figuraban, pues no habríamos tenido medio entonces de formar juicio por la comparación; pero habiendo visto hasta la fecha mucho mejor y algo peor, creemos habernos puesto en condiciones de juzgar con mayor acierto e imparcialidad.


VI
Nos hemos detenido tanto en lo referente a nuestro teatro dramático, que sólo podremos ocuparnos someramente del modo de crearse la ópera en el país, sin entrar en mayores detalles.
El 28 de febrero de 1823, apareció por primera vez en las tablas del Teatro Argentino, don Pablo Rosquellas, castellano de nacimiento, pero residente [85] por largo tiempo en Italia. Puede decirse que fue él quien nos dio los primeros conocimientos de la música italiana haciéndonos apreciar sus bellezas.
Rosquellas poseía la música como ciencia y la practicaba como arte. Su voz no era poderosa, pero sabía remediar ese inconveniente y suplir esa carencia con suma habilidad con los socorros de la ciencia, la mímica y aun por medio de la orquesta. Era de admirarse cómo con un ademán, un gesto, un movimiento; con poner la mano sobre el corazón, echarse ligeramente hacia atrás y abrir un tanto la boca, suplía una nota que no alcanzaba y que era hábilmente dada por la flauta o el clarinete en momento oportuno.
Había viajado mucho e indudablemente había reportado, inmensa ventaja de sus viajes.
Rosquellas empezó cantando la Tirana, el Contrabandista y otras canciones españolas.
Tenía buena figura, rostro simpático, ojos negros, grandes y expresivos; era muy apreciado y especialmente distinguido por el bello sexo.
En esa misma época llegaron algunos italianos, artistas líricos de mérito; la joven Carlota Anselmi, Zappucci y Massoni.
Carlota era entonces una niña que apenas contaba 12 años, de bello semblante y agradable voz.
Zappucci, bufo, maestro en su arte, pero muy inferior en todo sentido al inolvidable Vacani a quien pronto presentaremos al lector.
Massoni, director de orquesta (tal vez igual al mejor que haya venido al país); era un inteligentísimo profesor de violín, siendo su fuerte la ejecución de trozos difíciles, y parecía que más procuraba lucir por una dificultad vencida, que por la belleza [86] de la pieza ejecutada; sin embargo, Massoni era tan maestro, había llegado a tal grado de perfección en su instrumento, que realmente no precisaba de tal artificio.
Viera, con una rapidez increíble, aprendió la música a fuerza de estudio y constancia, convirtiéndose en artista lírico muy útil en aquellos tiempos.
Con la llegada de Vacani empezó a abrigarse la esperanza de oír una ópera en Buenos Aires. Fácilmente se comprenderán las dificultades con que había que luchar para organizar, siquiera fuese medianamente, elementos tan poco adecuados. Así pasaron algunos meses, dándose algunas funciones en que cantaban arias, duetos, tercetos y acaso algún cuarteto, ausentándose, por fin, Rosquellas, en busca de artistas.
En junio de 1823, regresó y ya contábamos con la familia Tanni, Angela, María, Marcelo y a más un señor Richollini.
Ángela o la Angelita, como en aquellos días se acostumbraba decir, tendría creemos de 26 a 28 años; si la hemos adjudicado uno o dos años de más, no dudamos que ella disculparía nuestro error, sin embargo de ser ésta, como nuestros lectores saben, ofensa que no perdona mujer alguna. Maestra en el arte, daba una expresión particular de dulzura al canto; era de menor estatura que su hermana María. Esta, era de lindas facciones, bella figura, pero inferior a su hermana, como artista.
Richollini, tenía poca voz, pero era un verdadero profesor; su don Basilio podía reputarse como una especialidad. [87]
Marcelo, tenía una voz dulcísima, pero en su figura era lo que se llama desgraciado.
Vacani, el incomparable Vacani, pronto se hizo el favorito del público: deleitó por mucho tiempo con el Molinero, el Maestro de Capilla, el Zapatero, el Viejo Militar, y sobre, todo con su aria de Fígaro. Su trato social, fuera del escenario, era ameno. Hemos visto muchas veces el Barbero de Sevilla desde aquella época, por grandes reputaciones líricas, pero no hemos vuelto a ver un Fígaro como Vacani; y creemos que muchos hay entre nosotros, que dirán otro tanto. En toda la presentación sostenía admirablemente su carácter festivo, gracioso, inteligente y activo.
Vacani, después de muchos años de ausencia, visitó nuevamente nuestras playas, pero muy deteriorado por los años y los trabajos. Volvió a pisar el proscenio, desde donde tanto triunfo había obtenido, pero deshecho, gastado, con la voz muy debilitada, conservando sólo su actitud y su gracia. Como es de suponer, fue recibido con entusiasmo y repetidos aplausos, por un público indulgente y que tanto lo quería, a pesar de ser ya sólo un débil reflejo de lo que había sido en sus mejores días.


VII
Tomaron de acá y de allá algunos italianos de diversos oficios y, luchando con ellos, los convirtieron al fin en coristas.
Así organizados, lograron dar algunas óperas, [88] Tancredo, Otelo, Cenerentola, el Barbero de Sevilla, etc.
En esta última ópera el personal se distribuyó así:
Rosina Ángela Tanni
El Conde de Altamira. Rosquellas.
Don Bartolo Viera.
Don Basilio Richollini.
Fígaro Vacani.


De aquí, como hemos dicho antes, nació el gusto por la música italiana; los señores Rosquellas y Vacani, como los demás profesores, tuvieron gran número de discípulas, muchas de las cuales, sobresalieron en el canto.
Nuestros lectores comprenderán que, ciñéndonos a los límites que en este libro nos hemos trazado, no podemos en muchos casos, dar sino ligeras pinceladas tanto sobre objetos como sobre personas, y que nos obliga a poner punto final a este capítulo.



Capítulo VIII
Plazas. -Plaza de Lorea. -Indios. -Plaza Monserrat, antes Fidelidad. -Plaza Nueva. -De la Libertad. -Huecos. -Plaza del Retiro. -De Toros. -El Rato. -Cuartel del Retiro. -Plaza del General Lavalle. -Palacio Miró. -Fábrica de Armas. -Jardín Argentino.


I
Terminada la tarea, que con gusto nos hemos impuesto, de dar a conocer el estado de nuestro teatro, en lo que podemos llamar su infancia, pasaremos a otros objetos.
En capítulos anteriores, hemos hablado de Plazas. Propiamente dicho, no las teníamos por lo menos de recreo. Habiendo tratado ya de las de Victoria y 25 de Mayo, daremos una breve reseña de una que otra que podemos llamar de segundo orden, en las condiciones en que los tiempos pasados se encontraban.
La plaza de Lorea, hoy perfectamente arreglada como paseo, con asientos, arboleda, etc., llamóse por muchos años hueco de Lorea; viniéndole sin [90] duda el nombre de haber pertenecido el terreno a la familia Lorea. (15)
En esta plaza o hueco, paraban las tropas de carretas que venían especialmente del Norte y Oeste de la campaña con corambre, cerda, lana, grasa, etcétera. Era también el punto a que en mayor número concurrían las carretas de maíz, trigo y cebada. Más tarde fueron trasladadas estas tropas al hueco de Salinas y últimamente a la plaza, hoy Mercado Once de Septiembre.
A Lorea acudían también, creemos que por lo menos hasta los años 25 o 26, los indios que venían a negociar. Traían sal (mejor que la que nos viene del exterior), tejidos, mantas pampas, que dieron origen a las imitaciones inglesas, pero que jamas llegaron a la perfección de las primeras; lazos, riendas, maneas, boleadoras, quillapies hechos de cuero de zorro, liebre, gama, zorrino, etc.; plumas de avestruz y varias otras cosas.
Prolongábanse hasta 4 o 5 cuadras desde la plaza, por la calle hoy Rivadavia, las casas de negocio en donde vendían los indios sus artículos, o los cambiaban por caña, tabaco, hierba mate, etc.; pero volvamos a la plaza. [91]


II
El frente que mira al Oeste, lo constituía una serie de cuartos con un ancho corredor, que aún existen, ocupando toda la cuadra comprendida entre Rivadavia y Victoria. En algunos de estos cuartos había boliches y fondines frecuentados por los troperos, otros los ocupaban los compradores en pequeña escala, de frutos del país, que reunían allí para venderlos luego a los barraqueros o acopiadores por mayor.
En el centro de la fila de cuartos había un enorme portón que daba entrada a una extensísima barraca, propiedad, lo mismo que el edificio que acabamos de citar, del señor don Pablo Villarino, respetable y acaudalado español, casado con hija del país y padre de una numerosa familia.
El frente que mira al Este, era muy semejante en su aspecto al anterior, la misma hilera de cuartos, ocupados también por los acopiadores y en el centro la inmensa barraca conocida por de Cajias; allí guardaban los indios sus caballos.
Los otros dos frentes que daban, uno a la calle Victoria y el otro a la callo Rivadavia, que ha sido sucesivamente de las Torres, Plata, y Federación, estaban como hoy, completamente abiertos por la parte que corresponde a la plaza. [92]


III
La de Monserrat, hoy plaza General Belgrano, alojaba también tropas de carretas con frutos que fueron más tarde a la de la Concepción y últimamente al Mercado del Sud. Ambas plazas están convertidas en el día en paseos, y bien ornamentadas con jardines y avenidas de árboles.
La plaza Monserrat, está situada entre las calles Moreno, Belgrano y Buen Orden; el frente a esta calle es de una cuadra y las otras no alcanza a media cuadra.
En 1808 se le dió el nombre de plaza Fidelidad en conmemoración de la lealtad de los negros, pardos y aun indios que formaron allí un cuerpo de voluntarios contra la invasión inglesa en 1806.
Lo que hoy es Mercado del Plata, denominábase plaza Nueva; sólo ocupaba, como hoy, media manzana, es decir, 150 varas con frente a la calle Artes, con 75 a las de Cangallo y Cuyo.
Reuníanse allí las carretas de los partidos de San Isidro, San Fernando, las Conchas, etc., a vender sus productos que consistían principalmente, en leña de rama y en haces, madera y cañas para ranchos, sandías, melones, duraznos, trigo, maíz, cebada, a veces alpiste y semilla de lino.
De esas carretas, algunas se estacionaban, especialmente las de fruta y choclos, y vendían al menudeo, colocando en ellas de noche, farol; esta fila de luces no venía mal, vista la pobreza del alumbrado de entonces. Como las carretas eran pequeñas [93] y tiradas sólo por dos bueyes, solían convertirse en mercados ambulantes, pues con frecuencia recorrían las principales calles, ofreciendo en venta sus frutos. Esta costumbre no ha desaparecido aún del todo, viéndose algunas veces, carretas con cebollas y particularmente, con leña blanca y de tala o espinillo, que se anda ofreciendo de puerta en puerta.
Cuando la población empezó a crecer y por consiguiente a extenderse la ciudad, las carretas que concurrían a la plaza Nueva, fueron removidas al hueco de Cabecitas o al de Doña Engracia o Ña Gracia, como decían algunos paisanos; hoy plaza de la Libertad, también convertida en paseo.
Gran número de huecos había, en los que se han operado notables cambios; el hueco de Laguna, de Botello, de la Basura (a sólo 3 cuadras del Mercado del centro), de Salinas, de los Olivos, de los Sauces, en el que se ha formado una plaza denominada 24 de Noviembre, y otros varios.


IV
La plaza del Retiro, (16) hasta hace poco de Marte, hoy de San Martín y antiguamente de Toros, era un punto muy concurrido los domingos y días de fiesta, en que tenían lugar las corridas de [94] toros. Con este objeto había un circo construido de ladrillo, en el que podían acomodarse más de 10.000 personas. Tenía palcos de madera en alto y gradas en la parte baja, para toda clase de gente; la entrada costaba 15 centavos.
Las señoras últimamente no concurrían, pero iban a la plaza a ver y ser vistas.
El día de función de toros era un día de excitación y movimiento en la ciudad; la afición era extremada y la concurrencia inmensa: en la calle Florida las señoras en las ventanas y las sirvientas en las puertas, se apiñaban para ver pasar la oleada humana que iba y venía.
El Ñato era uno de los picadores más afamados. Murió al fin, después de sus repetidas proezas, en las astas del toro, quedando su caballo, muerto a su lado.
Según Robertson, bien merecía su trágico fin, pues había sido un asesino contumaz, y lo que hay de más particular es, que su oficio lo salvaba de la justicia.
El mismo señor Robertson, dice, haber asistido un día en que concurrió el Virrey Cisneros.
Bajo el gobierno de Rondeau, fue suprimido este inhumano y brutal entretenimiento. Por decreto de 4 de enero de 1822, se prohibieron las corridas de toros en la Provincia de Buenos Aires. Fue demolido el edificio y construyose con el material, los cuarteles del Retiro.
Esta medida, aunque aplaudida por los más, no dejó, por oportuna que ella fuese, de producir descontento en muchos de los habitantes. La civilización nos ha traído en Buenos Aires, la abolición de la corrida de toros, pero existe aún, a despecho de ella, el no menos bárbaro entretenimiento, [95] si bien menos peligroso para el hombre la riña de gallos.
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Ahora, como todos saben, la plaza es un precioso recreo siempre concurrido, hermoseado por la colocación en el centro, de la estatua ecuestre del general San Martín, fundida en bronce, sobre un pedestal de mármol, y rodeado de preciosos jardines.
Parte del cuartel a que nos hemos referido, fue destruido en 1865 por una explosión que hizo setenta y tantas víctimas.


V
La plaza del General Lavalle, antes del Parque, se encuentra rodeada de hermosas casas, entre las que son conspicuas, el palacio Miró, el Magnífico edificio de la Estación del ferrocarril del Oeste; y la plaza misma, convertida en verdadero parque, con sus jardines, arboleda, kioscos, enrejados, glorietas; pero no pretendamos detenernos en lo que es en el día, y está a la vista de todos.
En los años que venimos recordando, la plaza no era sino un campo abierto, compuesto de 2 manzanas de 150 varas, con una que otra casa de material y varios ranchos en los frentes que la rodeaban: el Parque de Artillería o Fábrica de Armas.
El terreno en que hoy se encuentra el edificio de Miró, perteneció por muchos años a un señor [96] Moron; tenía una casa de pobre aspecto y cercado de tapia.
Cruzaba el extremo Este, donde se halla la salida de los trenes y desde la calle del Parque hasta la del Temple, un ancho zanjón, casi siempre lleno de agua, llegando a hacerse indispensable un puente, que se construyó de ladrillo en la calle del Parque.
La creación del Jardín Argentino, del que tendremos ocasión de hablar más adelante, dio mucha importancia a esa localidad, que hasta entonces, sólo era un arrabal triste con abundantes cercos de tuna.
Tenemos finalmente la plaza de la Concepción, hoy Independencia, Constitución y Once de Septiembre, en las que se han realizado mejoras y embellecimientos de tal magnitud que no las conocería quien hubiese estado ausente por algunos años. [97]



Capítulo IX
Carretillas. -Dueños de tropas. - Lomes. -Almada. -Don Lorenzo. -Caballos; lo poco que se estimaban; su tratamiento. -Apatía de la policía. -Lo que pasa en el día. -White y Bell. -Tropas de carros. -Nuevo sistema. -Primera introducción de animales en el país. -Corambre en 1809. -Caballos de raza.


I
En el capítulo II hemos hecho mención de las carretillas que servían para embarcar y desembarcar pasajeros, equipaje y mercaderías; las haremos conocer ahora, más detalladamente. Servían éstas, para todo el tráfico interior como lo hacen hoy los carros de varas: eran construidas de madera liviana, los costados formados de listones de madera o de caña tacuara cubiertos con un cuero de potro y tirados a la cincha.
Había varios carretilleros o dueños de tropas de carretillas, siendo los principales, un Lomes que tenía su corralón en la calle Cangallo, entonces de la Merced, como a 10 o 12 cuadras de la iglesia de este nombre; no escaseaban en esos barrios, [98] hoy tan poblados, los enormes cercos de tuna y pita y los profundos pantanos; un Almada cerca del Parque y don Lorenzo en la calle Larga de Barracas; los primeros se ocupaban del trabajo del río, la Aduana y las calles, y el último servía a los barraqueros.
Veamos cómo se manejaban en aquellos tiempos estos señores dueños de tropa.
Hacían traer cien o más caballos gordos, de su propiedad o alquilados a algún estanciero por poco más que nada, y trabajaban con ellos hasta que ya no podían moverse de flacos o caían muertos de cansancio y postración. Más barato les parecía mandar al campo por otros, que mantener bien los que ya tenían a su servicio.
Comían mal y cuando no estaban trabajando los soltaban en un corral, entre el barro y a la intemperie. La rasqueta y el cepillo eran artículos de lujo, desconocidos en esos establecimientos; cuando más, raspaban los carretilleros, las patas y el lomo de los más embarrados, con el dorso de su cuchillo que luego limpiaban en la cola del mismo pobre animal.
Debido, sin duda, a la inmensa cantidad de caballos que poseíamos, provenía el poco aprecio que se tenía en general de este noble animal. Podía comprase entonces, un buen caballo para trabajo por 2 o 3 pesos y aun menos, y el estanciero jamás negaba al viajero necesitado, uno o más caballos, sin preocuparse siquiera de su devolución.
En tan poco se tenía en esos tiempos la vida de estos útiles servidores del hombre, primer elemento en todos los trabajos productivos, que era frecuente ver un paisano bajarse del caballo en medio del campo y degollarlo por haberse cansado [99] y no poder andar más. Acto bárbaro, debido en parte a su modo de ser semi-salvaje, y en parte a la facilidad que toma de reponer su pérdida.
Estas mismas causas obraban para que los carretilleros diesen un tratamiento tan brutal a los caballos con que ganaban el pan. Escenas repugnantes se repetían diariamente en nuestras calles; por ejemplo, descargar terribles y repetidos golpes con el cabo del arreador (construido de madera dura del Paraguay), sobre la cabeza de algún pobre caballo que carecía de fuerza para salir de un pantano, dejándolo muchas veces sepultado allí, y dándole luego cuenta a su patrón, como de la cosa más natural del mundo.
Estos actos, como hemos dicho ya, se repetían con lamentable frecuencia, causando admiración y horror al espectador, muy especialmente al extranjero, no habituado a tales muestras de barbarie; y esto, sin la menor intervención por parte de la policía.
¡Quién creería que después de más de medio siglo, y con todo nuestro progreso y civilización, aun hubiera que deplorar igual torpeza en pleno 1879! Sin embargo, a fines de dicho año, leíamos en uno de nuestros periódicos lo siguiente:
«Desde tiempo atrás venimos pidiendo a gritos a la Municipalidad, que vea de impedir los abusos salvajes con que llenan los carreros nuestras calles y nuestros diarios, de escenas deplorables.
»La Municipalidad se hace sorda y se escuda en reglamentos de carga para los carros, que nadie se ocupa en hacer cumplir.
»Nuestra prédica ha hecho camino, no en la Municipalidad, sino en el pueblo, que no quiere tener que avergonzarse con la complicidad de algunas [100] autoridades, en la bárbara conducta de los carreros.
»Lea el pueblo la invitación que sigue, y cuya publicación se nos pide. El Presidente de la Municipalidad debía de ser uno de los asistentes a esa reunión, ya que tiempo tiene hasta para ocuparse de la santificación de las fiestas, y declarar bajo su firma 'que las costumbres se relajan con el trabajo y se dignifican con el ocio'.
»Meeting. -Se pide la asistencia de todos los que simpaticen con su idea generosa, al que tendrá lugar esta noche, a las ocho, en el salón adjunto a la Iglesia Americana, calle Corrientes 214, para tomar en consideración el mejor medio de cortar los abusos inhumanos que cometen los carreros con sus animales en las calles de Buenos Aires.»


II
Hecha esta digresión que hemos creído oportuna, volvamos a lo que pasaba en aquellos tiempos. En el estado que hemos referido, con ligeras modificaciones, existían las cosas, hasta que los señores Bell y White, en 1830, introdujeron, con satisfacción de todos, sus tropas de carros, de la forma que hasta hoy se conocen. Estos mismos han mejorado últimamente, pues la Municipalidad dispuso que todos los carros del tráfico fuesen montados sobre elásticos.
Tomaron buenos caballos, establecieron el sistema de tiro al pecho y cadeneros; construyeron [101] establos confortables, racionaban y cuidaban bien sus caballos, y, finalmente, probaron prácticamente que era más económico mantener bien un par de caballos maestros, que estar mudando a cada paso animales chúcaros y engordados a campo, engorde que, como todos saben, no es duradero.
Con este sistema, lograron, a más de tener bien servidos sus carros, vender a buen precio muchas parejas de buenos caballos para los carruajes, que ya empezaban a ser más numerosos.
Después de White y Bell, muchos establecieron tropa de carros, pero ellos fueron los iniciadores de esta importante mejora.
El haber hablado de las carretillas de aquellos días, nos ha traído, insensiblemente, a ocuparnos también de los animales.


III
Debemos a la España la introducción en nuestro país de los primeros caballos y ganado vacuno que, aun cuando en corto número, dieron origen a los millones de animales que han constituido por años, una de nuestras principales fuentes de riqueza.
Los señores Robertson dicen en su obra, (17) que cuando uno de ellos llegó a Buenos Aires en 1809, se encontraban en las barracas sobre el Riachuelo, tan abarrotados sus inmensos galpones y corredores, [102] de toda clase de frutos del país, tan grande era la cantidad de corambre vacuno y caballar, que los barraqueros se veían obligados a hacer enormes pilas de cueros en sus patios y corralones.
Se calculaba en tres mellones los cueros vacunos depositados en aquella época, sin contar los de potro, la cerda y el sebo que acondicionaban también en cueros, especie de fardo que llamaban chigua.
Allá por el año 1820, llegaron de Inglaterra tres caballos de carro y una yegua, animales mandados traer por el señor Rivadavia. Llegaron bien, a pesar de haber hecho un viaje que duró tres meses y ocho días. Creemos que éste fue el plantel de la cría conocida aquí por de Piñeiro (frisones), de la que se ven aun hoy día algunos, en los carros del tráfico.
Este fue el priricipio de la importación de animales de estimación. Cuanto ha mejorado desde entonces en el país, la cría caballar, por medio de la cruza con sementales de las mejores razas, lo saben nuestros lectores.
«Si seguimos así (dice el señor Plaza Montero, que tan laudable interés toma en el perfeccionamiento de nuestra raza caballar), si seguimos así por tres años más, en el sostenimiento del nivel a que se ha elevado entre nuestros criadores, esta preciosa raza de caballos, pronto estaremos a la par de la misma Inglaterra.
»También se observa este año (18) una dirección más utilitaria y económica en el cultivo de las grandes razas de fuerza y de trabajo, encontrándose [103] en las expuestas, lo mejor y más perfecto de las razas europeas. Así vemos que, los Traquenen, Cleveland, Percherones y algunos de verdadera raza frisona, se presentan con una proporción y un lujo desconocido hasta ahora en el país.»
Pero no se ha concretado sólo a la raza caballar el mejoramiento que observamos, se ha hecho extensivo también a la cría vacuna y lanar, de lo que nos ocuparemos más tarde.
Capítulo X
Españoles; extranjeros, ingleses en su mayor número. -Apreciación de un paisano. -Los muchachos y las señoras inglesas. -¡Ahí va el lobo! -Los hermanos Robertson; su obra sobre estos países. -Don Roberto Billinghurst: su entusiasmo por el almirante Brown. -Bonpland. -Brodart. -Ribes. -De Angelis, sus servicios a Rosas. -Los primeros médicos ingleses. -El doctor Brown. -Wilfrido Latham: su cabaña. -Más ingleses que franceses. -Estafeta, comunicación del «Argos». -Casas de comercio. -Matrimonios entre protestantes, casamientos a flote. -Primer cementerio inglés. -Primera capilla protestante. -Carro fúnebre.


I
Sabido es que en los primeros tiempos fueron los españoles los que exclusivamente se hallaban al frente de todo negocio que se iniciaba en el país, y como decimos en otra parte, fueron reemplazados paulatinamente en diversos ramos, primero por los criollos, y más tarde por hombres de diversas nacionalidades.
No hay duda que por algún tiempo después de los sucesos del año 10, prevaleció un antagonismo hasta cierto punto justificable. [106]
No existía más título, que el derecho de la fuerza, para que se mantuviera sujeta la América por más de tres siglos a los Reyes de España. Nuestra emancipación era inevitable. Esto bien lo conocia la mayoría de los españoles residentes aquí, si bien algunos se mantuvieron fieles a sus principios realistas. Sin embargo, los más se plegaron a las nuevas ideas.
Los exaltados calificaban de rebeldes a los hijos del país, a quienes miraban con cierto rencor y desprecio, mientras que eran retribuidos por éstos, con el epíteto de Gallego, Sarraceno, Mutarrango, etc.
Pero esta saña recíproca, fuese felizmente, relajando, y se estableció una mejor inteligencia; prueba de ello, que entre otras mutuas demostraciones, vino una también de la Autoridad, que el 3 de agosto de 1821 derogó el decreto de 11 de abril de 1817, que prohibía el matrimonio de españoles con hijas del país.
Las causas que pudieron mantener vivas esas ideas encontradas, pendían, sin duda, de apreciaciones. Muchos españoles creían de buena fe que su posesión era justa, «por el valor de sus armas y sus largos años de posesión no perturbada.»
En cuanto a su valor, nadie lo ha puesto jamás en duda. En cuanto a su larga posesión, es un argumento contraproducente. Por esa regla no existiría la independencia de los Estados-Unidos del Norte, y la España misma, sujeta por más de ocho siglos a los moros, no habría por ese principio, podido jamás pensar en sacudir el yugo y recobrar su libertad; y sus heroicos esfuerzos por reconquistar su independencia, se mirarían como actos de rebelión. [107]
Lo que hizo, pues, la España con los Moros, hizo, a su vez, la América con España. Ambas se libertaron de un poder opresor, y ambas gozan hoy del premio de sus nobles esfuerzos.
Estas ideas lógicamente fundadas, trajeron el convencimiento al ánimo de todos, y por eso se ven hoy españoles y americanos confundidos como una sola familia, y unidos por lazos de imperturbable amistad.


II
Hasta 1810, el número de extranjeros era muy limitado, contándose entonces como residentes a los señores Orr, Wright, Gowland, O'Gorman, Barton (Diego y Tomás), Liuch, French, Atkins, Robertson y algunos otros.
Los ingleses, cuyo número era mayor que el de las demás naciones, dejando a un lado esa reserva que puede decirse les es peculiar, y abandonando su costumbre de asociarse casi exclusivamente entre sí, estrechaban sus relaciones con las familias del país, existiendo, desde entonces, entre ellos y los nativos, la mayor cordialidad.
Por parte de la clase baja no eran tan amistosas las relaciones; miraban de reojo a los extranjeros, a quienes invariablemente calificaban de ingleses, cualquiera que fuese su nacionalidad. Efectivamente, por muchos años, no sólo la plebe, sino también aun entre la clase más elevada, llamaban ingleses a todo extranjero, y para complemento, [108] para ellos, todo inglés debía llamarse Don Guillermo.
Recordamos, a propósito, la singular apreciación de uno de nuestros hombres de campo. Existía aquí, por el año 28, un inglés, que a la sazón tendría unos 25 años; había venido muy joven; pronto aprendió el idioma y tomó nuestras costumbres, especialmente las de campo. Andaba a caballo a uso del país; usaba riendas con pasadores y argollas de plata, espuelas del mismo metal, tomaba mate, usaba tabaquera, yesquero, etc.
Dícenos un día el paisano: -«Niño (tendríamos entonces 12 años), ¿conoce a don Ricardo. ¡Como no lo ha de conocer; qué mozo tan güeno, mejorando lo presente; qué caballero!» -Y después de haber puesto a su don Ricardo por las nubes, terminó diciendo: -«¡Él es extranjero, es verdad, pero muy civilizado!»
Por lo que se ve, la civilización para él consistía en lo que dejamos enumerado; usar espuela grande y sentarse bien a caballo.
Las señoras inglesas, particularmente, sufrían cuando salían a la calle, debido a la grosería de los muchachos, a quienes llamaban mucho la atención la gorra o sombrero que aquellas usaban, llegando su atrevimiento hasta seguirlas a veces, por cuadras enteras, gritando «¡ahí va el lobo!» querían decir el globo, refiriéndose a la gorra. «Ay sey» (Y say), «tu madre toma café» y otras lindezas por el estilo. Las señoras, por supuesto, seguían su camino sin darse por aludidas.
Lo que nos sorprende sobremanera es, cómo un pueblo tan culto, tan dado a las buenas costumbres, tan caballeresco como el nuestro, haya podido tolerar y dejar sin castigo a esos pilluelos insolentes; [109] y, sin embargo, nadie intervenía en favor de las señoras, que hacían su propia defensa con un largo y paciente silencio.


III
Por los años 16 o 17, llegaron de vuelta a Buenos Aires los hermanos Robertson, después de haber permanecido algunos años en Corrientes y Paraguay. A estos señores les debemos una obra sobre estos países, que ya hemos citado (Letters on South America), retirándose definitivamente el mayor a Europa en 1830 y su hermano en 1834.
Existían aquí por esa época (1817), entre otras muchas personas recomendables y de posición social, los señores Dickson, Brittain, Fair, Cartwirght, Mackinley, Staples, Sutward, Macneile, Macdougall, Orr (Guillermo y Roberto), Mac Craken, Mac Farlan, Newton, Higgimbothom, Dixon, los hermanos Gowland, Wilde (Santiago), habiendo solicitado y obtenido carta de ciudadanía los señores Wilde (19) y Gowland (don Daniel). Creemos que los primeros que la obtuvieron en época muy [110] anterior, fueron los señores Winton y Miller (don Juan), casados ambos, con hijas del país.
Muchos jóvenes porteños aprendieron el idioma inglés: entre ellos el doctor Manuel Belgrano, los señores Riglos y Sarratea; algunos, aunque pocos, estuvieron en Inglaterra, pero los más lo aprendieron como dependientes de casas inglesas. Más adelante se generalizó, debido al número de escuelas en que se ensañaba, y a la facilidad de aprender que tienen los hijos del país.
Uno de los primeros ingleses que vinieron al país, fue don Roberto Billinghurst, padre de nuestro estimable don Mariano; casó en 1810 en la familia de Agrelo, y en 1812 se hizo ciudadano argentino. Era decidido admirador del almirante Brown, y cuéntase que, a su arribo, después de una de sus espléndidas victorias marítimas, el señor Billinghurst, que era de musculatura atlética, tomó por las varas un tílburi y entró con él, a guisa de carro triunfal, al río, para conducir a tierra al héroe. ¡Qué entusiasmo el de aquellos tiempos!
Aunque en los primeros días de la independencia había pocas familias extranjeras, tuvimos, sin embargo, algunos hombres distinguidos, como el señor Bonpland, célebre explorador y naturalista francés: el señor Brodart, oficial francés, no sabemos de qué graduación, hombre de finos modales, de elegante figura, a pesar de haber perdido una pierna y servirse de una de palo. Ostentaba en el ojal de su levita el cintillo significativo de pertenecer a la Legión de Honor. El señor Zimmerman y su esposa, alemanes. El señor Pellegrini, ingeniero italiano. [111]


IV
En la época de Rivadavia aumentó el número de extranjeros. De aquel tiempo era el señor De Angelis, napolitano, hombre superlativamente feo, pero de modales muy finos y de vasta instrucción.
Angelis había sido preceptor de los hijos de Murat y de Carolina Bonaparte, cuando ocuparon el Trono de las dos Sicilias, y aun su enviado diplomático a la Corte de Rusia. Vino, como ya hemos dicho, a Buenos Aires, en tiempo de Rivadavia, y fundó el Ateneo, en que tantos jóvenes se educaron.
Sirvió después, con asiduidad, a don Juan Manuel Rosas, redactando el Archivo Americano, que se publicaba en inglés, francés y castellano; periódico destinado, casi exclusivamente, para producir efecto fuera del país; aquí poquísimas personas lo leían. Dícese que, a pesar de esta aparente consagración a los intereses de Rosas, era benévolo y que prestó recursos y protección a muchos hijos del país desvalidos y perseguidos por el tirano.
Por el año 36, publicó un trabajo importante: Colección de Obras y Documentos relativos a la historia antigua y moderna de las Provincias del Río de la Plata.
Este señor, como antes hemos dicho, feo en grado superlativo, era casado con una señora francesa, extremadamente afable, muy bonita y de esmerada educación. [112]
De esa misma época era el señor Bevans, de quien hablaremos en otro capítulo.
Hacia el año 22 también llegó a esta ciudad don Próspero Alejo Libes, francés, nacido en la Rochela; hombre instruido, hablaba inglés y su idioma con perfección, tocaba el violín como nadie había tocado hasta entonces, entre nosotros. Su carácter era franco y original: su educación y su talento lo puso en contacto con la mejor sociedad. Empezó a dar lecciones particulares en las principales casas, de los idiomas que poseía, y en 1824 estableció en el grande edificio denominado el Consulado, donde hoy existe el Banco de la Provincia, una escuela por el método de Lancaster, donde sólo se enseñaba francés e inglés. Nosotros fuimos del número de sus discípulos, y recordamos con placer, su enseñanza, y muy particularmente, el orgullo con que nos presentamos a nuestros padres, portadores de un hermoso balero de marfil, como primer premio de la clase de francés. Perdónesenos este pueril recuerdo.
Muchos jóvenes, y aun hombres, asistieron a sus lecciones, pero el carácter inconstante e inquieto de Ribes, le hicieron abandonar al poco tiempo su establecimiento.
En los primeros meses del año 27, cuando los brasileros bloqueaban este puerto, un buque cargado de comestibles y bebidas, naufragó en las costas del Tuyú; monsieur Ribes se hizo cargo, en nombre de la casa a que pertenecía el cargamento, de ir a recoger todos los bultos que el mar había arrojado a la playa, de los cuales se habían apoderado los gauchos, como tenían costumbre de hacer con cualquier objeto que encontraban en la playa. La presencia de este señor francés, desconocido [113] entre ellos, y que con su carácter original les reclamaba las presas que habían adquirido, sin más autoridad que su persona, que ningún respeto les imponía; gauchos semi-bárbaros en aquella época, y en parajes desiertos, no tardaron en quitarle la vida; asesinato que se cometió sin que jamás se supiera quien lo perpetrara.
La noticia de ese lamentable suceso consternó la sociedad de Buenos Aires, porque Ribes era muy conocido y generalmente querido.
Todas estas personas que hemos citado, y muchas no menos meritorias que nos es imposible incluir en esta breve reseña, formaban un valioso contingente de inteligencia y buena voluntad en favor del país, en aquella época.
Los primeros médicos ingleses fueron allá por el año 23, los doctores Lepper (algunos años después médico de Rosas), y Oughan, acreditado médico irlandés, que, desgraciadamente, fue atacado en sus últimos años de enajenación mental.
Los farmacéuticos fueron: Jenkingson y Whitfield.
Por largo tiempo practicó, algo más tarde, con buen éxito, el doctor Andrés Dick. El doctor Bond (norte-americano), vino después, casó en la familia de Rosas.
Algunos años más tarde, llegó el doctor Alejandro Brown, nativo de Escocia; fue cirujano en la escuadra argentina, durante la guerra del Brasil, habiendo llegado a ser cirujano mayor. En 1828 se estableció en la ciudad. Su práctica fue extensa, siendo remarcablemente constante en la asistencia de sus numerosos clientes, por espacio de más de 40 años. Efectivamente, a las doce de la noche, a [114] la una de la mañana, veíase a Brown a caballo, continuando sus visitas. Fue médico de gran número de familias pudientes; asistía gratis una larga clientela de pobres, y según opinión pública, ejerció muchos actos de caridad. Era brusco e imperativo en sus dichos y en sus maneras, y más de una vez dijo al enfermo rotundamente: -«Usted muere, su mal es sin remedio.»
En prueba de que era hombre de pocas palabras, recordamos lo siguiente: Tenía un portero andaluz, cincuentón, rechoncho, conservador inveterado. Un día, hablando en la puerta de la calle con un conocido, le decía: -«Mire uté; hace cuatro años que sirvo al dotó, y por la Virgen de los Milagros, no le he oído más palabras que Juan, saca la caballo: Juan, mete la caballo.»
Murió soltero, y a su muerte, que acaeció en 1868, dejó una buena fortuna, creemos que a una hermana.
El general O'Brien (entonces coronel), después de haber hecho las campañas de Chile y Perú a las órdenes de San Martín, pasó a Europa en 1822, a visitar a su familia en Irlanda. Contrató 200 jóvenes aptos para trabajos de agricultura, que vinieron acompañados de un médico y de un clérigo.
Entre los que en época más reciente han contribuido al progreso del país, no debemos olvidar, por su genio observador y sus perseverantes trabajos en mejorar la cría lanar, a Mr. Wilfrido Latham que tenía su cabaña en la chacra de su propiedad Los Alamos, en el partido de Quilmes. Él fundó ese establecimiento con un plantel de negretes, de la no menos afamada Cabaña (también en Quilmes), de don Manuel Benavente, cuya meritoria contracción a esta industria era remarcable. [115]
Latham publicó varios trabajos relativos a la industria agrícola argentina, y entre ellos, el titulado «The States of the River Plate.»
Vivió muchos años postrado por una parálisis, pero a pesar de esta inmovilidad corporal, su inteligencia continuó en pleno vigor, y desde el lecho enviaba artículos a los periódicos, llenos de conocimientos prácticos.
También desde allí, dirigía ese importante establecimiento con admirable acierto.


V
Ya por el año 21, la población francesa empezó a aumentar notablemente; algunos suponían que había en esa época tantos franceses como ingleses; pero parece que esa apreciación no es exacta. Aunque en número muy diminuto, relativamente, existían también alemanes, brasileros, italianos e hijos de otras varias naciones.
De lo que pasamos a citar, se desprende que, efectivamente la población inglesa en 1821, era la más numerosa: lo tomamos del Argos de este año, y lo transcribimos porque a la vez demuestra el estado en que se encontraba nuestra Administración de Correos, haciendo resaltar el progreso actual. El Comunicado que publica, es en contestación a otro titulado «Estafeta inglesa», en que se acusa de parcialidad por los ingleses, dice así:
«Protesta E. M. A. que hemos procurado la razón que justifique el privilegio que gozan los ingleses de mantener una estafeta particular, y [116] ni la hallamos entre nosotros mismos, ni fuera de nosotros.
»Entre nosotros, la razón es ésta: las desgraciadas cartas inglesas que a veces, por casualidad, van a la estafeta del Correo, se sepultan en ella por días y semanas enteras. Pidiendo una alguno, se le pone todo el montón entre las manos, para que tome la que le dé la gana. Así, con gastar algunos centavos, puede la curiosidad o el interés o la malicia satisfacerse interceptando la correspondencia de cualquiera.
»Si pregunta por qué razón no se forman listas de estas cartas como de las demás (que aun cuando se hiciera no remediaría este último mal), responden (es decir, en el caso de dignarse responder, lo que no siempre sucede) que no saben leer los nombres. A todo esto, podría agregarse los muchos días de fiesta, las largas siestas, y que el tiempo del comerciante es precioso.
»Fuera de vosotros, la razón es que un oficial de buque inglés, de guerra, visita al instante a todos los buques que llegan, para recibir las cartas, o bien obliga a los patrones que las traigan a su bordo. Luego las transmite a la Sala Mercantil. Allí la primera operación es separar las cartas inglesas y enviar las restantes al Correo. En seguida, se toma razón de aquéllas; se cobra el porte que corresponda a cada una, y en media hora todos los interesados están en posesión de sus cartas, entregando cada trimestre el monto al Correo.
»Ahora comprenderá E. M. A. cuán excusada era su pregunta -'¿por qué no gozan de este mismo privilegio los italianos?' -Porque son pocos, tienen pocas cartas y ningún buque; porque les [117] falta motivo para pedir el favor y ejecutar el servicio.»
Esto parece demostrar que estaban en mayoría, respecto a las demás nacionalidades.


VI
Por muchos años sólo hubieron tres casas de comercio norte-americanas; la de Zimmerman y C.ª, Suward y C.ª y M'Calli Ford. La mayor parte de las existentes eran inglesas.
Los ingleses, cuyo número había acrecentado considerablemente, celebraban su casamiento a bordo de algún buque de guerra de su nación, oficiando el capitán, hasta el año 25 en que llegó el reverendo Juan Armstrong.
Hasta 1821, los protestantes no tuvieron cementerio propio. En ese año que el Gobierno dio su asentimiento, y compraron un terreno inmediato al Socorro, cercándolo y construyendo una pequeña capilla. Costó el todo 5.000 pesos de aquellos tiempos, que se reunieron por suscripción entre los protestantes, siendo los ingleses los que más contribuyeron. Desde enero de 1821 hasta junio de 1824, los sepultados fueron 71, de los cuales 60 eran ingleses.
En septiembre de 1824 se instaló el primer templo protestante de ingleses, en Buenos Aires, en virtud del tratado de la República Argentina con la Gran Bretaña. [118]
El carro fúnebre, data también desde el año 21 o 22. El que se usaba para los niños (que llamaban de los angelitos), era pequeño, celeste y blanco, con plumeros o penachos blancos y tirado por mulas, también blancas, manejadas por un muchacho. [119]



Capítulo XI
Población inglesa en 1823. -Censo en 1778. -Artículos de exportación. -Buques mercantes. -Censo en 1800. -Sala de Comercio. -Mr. Love; el «British Packet». -La primera escuela inglesa. -Enrique Bradish; su defensa del Huerto. -El Parque Argentino. -El deán Funes; su muerte. -El primer Banco. -Metálico. -Escasez de cambio, apuro de los cobradores. -Billetes de Banco. -La reforma. -Supresión de monasterios. -Los frailes.


I
En 1823, según los señores Mulhall en su reciente obra «The English in South America», el número de residentes británicos era de 3.500, habiendo, según Love a quien cita, 40 casas de comercio establecidas; calculábase el número total de habitantes de la Provincia en 1824, en 200.000. (20) [120]
Los artículos de exportación eran, por aquellos años, más o menos, los mismos que en el día; cueros vacuno y caballar, cerda de potro y de vaca, sebo, lana, cueros de carnero, de nutria, carne tasajo, plata en barra y sellada. Hoy se exporta, a más, animales vacuno y caballar en pie, maíz y trigo.
He aquí la lista de los buques mercantes entrados al puerto de Buenos Aires, en 1821, 22, 23 y 24:
1821 1822 1823 1824

Ingleses 128 133 113 110
Americanos 42 75 80 143
Franceses 19 21 24 21
Suecos 7 11 6 14
Sardos 3 7 6 6
Daneses 1 1 5 10
Alemanes 2 4 6 8
El aumento de buques americanos que se nota en 1821, fue debido a la introducción al país en gran escala, de harina, que por algún tiempo fue un negocio brillante.
El valor de las manufacturas de Liverpool, Glasgow, etc., ascendía ya, a la suma de 500.000 pesos.
Los ingleses habían establecido una Sala de Comercio en 1811, en la calle 25 de Mayo, en casa de mistres Clarke, apellido que los hijos del país convirtieron en Doña Clara, nombre por el cual, todos la conocían. Era esta señora, viuda del capitán Taylor, quien, según los señores Mulhall, [121] barrió la bandera española de la Fortaleza e izó la argentina.
En 1829, Mr. Love, a quien ya nos hemos referido, redactor del British Packet (creemos que el primer diario inglés publicado en el país), estableció el «Buenos Aires Commercial Rooms» montado sobre una base mucho más liberal, pues eran admitidos los hijos del país, lo que no sucedía en la institución anterior.
Este nuevo establecimiento estuvo, por mucho tiempo, muy joven aún, bajo la asidua e inteligente dirección del señor don Daniel Maxwell, actual contador del Banco Nacional.
Esta Sala de Comercio, que tan importantes servicios ha prestado, estaba muy bien situada; de sus azoteas se dominaba el río. Poseían buenos telescopios, una regular biblioteca y en la sala de lectura, periódicos de varias partes del mundo.


II
La primera escuela inglesa que se conoció en el país, fue establecida en 1823 o 24, y dirigida por la señora Ilyne, esposa de un capitán de buque mercante, retirado. La señora llegó a tener más de 80 niñas. Después de los exámenes daba siempre un té; invitaba a los padres de sus alumnas y en un salón, perfectamente adornado con guirnaldas y ramilletes de flores, bailaban las niñas de la escuela y sus amigas, hasta cierta hora, terminando la fiesta con un baile general. [122]
Más tarde, establecieron escuelas de varones los señores Ramsay, Losh, Bradish y otros.
El que estas líneas escribe, qué discípulo del señor Bradish, como lo fueron en la misma época los hijos del almirante Brown (Guillermo y Eduardo), Carlos Ezcurra y otros varios hijos del país.
El pobre Bradish, después de algún tiempo, empezó a manifestar síntomas de enajenación mental; dejó al fin su escuela y se dedicó a dar lecciones particulares; no tardó en llamar la atención por la excentricidad de su traje y maneras: andaba en todo tiempo, con un paraguas debajo del brazo.
Don Enrique Bradish, hombre culto y bien educado, había sido militar en su país (creemos que teniente), y conservaba algunos de sus hábitos anteriores. Amaba mucho las armas; tenía y cuidaba con esmero, pistolas, rifles, etc., y, por de contado, su espada. Su colegio estaba en una casa muy grande (si mal no recordamos, de Posadas), en la calle Tucumán, cuadra y media antes de llegar al río; tenía la casa una inmensa huerta poblada de hermosísimos naranjos. Empezó a notar que a pesar de tener él la llave, las naranjas desaparecían, y sospechó que entraban de noche a robarlas, y ¿qué hizo? organizó con nosotros, que éramos pupilos, un cuerpo de vigilancia, colocándonos en distintos puntos de la azotea que dominaba la huerta, con escopetas y demás armas de fuego, pero sin cargar, y ciñéndose él la espada, recorría de tiempo en tiempo la línea.
Puede ser que esta no fuese sino una estrategia para vigilarnos en la única hora en que nosotros pudiéramos bajar al huerto, pero también es muy probable que fuesen los primeros síntomas que empezaron a asomar, de trastorno cerebral, pero [123] que entonces, no podíamos comprender en toda su importancia.
¡Pobre Bradish! muchas veces hemos deplorado su desventura, y estamos seguros que Ezcurra, como todo otro discípulo que le haya sobrevivido, recordará su nombre con respeto y cariño.


III
El primer Banco que hubo en Buenos Aires, se estableció en 1822. Su capital, un millón de pesos, en 1.000 acciones de 1.000 pesos. Sus directores fueron 10; seis hijos del país y cuatro extranjeros.
En ese mismo año, el cambio en plata blanca, como se le llamaba, se hizo tan escaso, que era difícil cambiar una onza, sino con cierto premio. A fin de evitar este mal, se hicieron circular papeles de uno, dos y tres pesos; un poco más tarde, llegó de Inglaterra una fuerte remesa de monedas de cobre de diez centavos, cinco y dos. No fue muy bien recibida esta medida, pero pronto se comprendió su conveniencia.
En acuñaciones sucesivas, que se hicieron después de esa época, las monedas eran tan gruesas, que el cobre llegó a ser un artículo de codicia; los almaceneros, pulperos y panaderos los reunían para venderlos a especuladores que los llevaban por barricas a Montevideo, sacando allí de ellos muy buena utilidad. Más tarde, por el año 61, las monedas que se sellaban ya no tenían ni la cuarta parte del espesor de las anteriores.
Recientemente creemos ha sido autorizado el [124] P. E. para la acuñación de 800.000 pesos en monedas de cobre; cantidad generalmente reputada como excesiva. Las monedas de cobre dejan una buena ganancia a los Gobiernos, con la ventaja que no hay tercero damnificado. Hoy tenemos otra ventaja, y es, que no precisa acudir ya al extranjero, pues en el país hay quien haga una acuñación perfecta.
En esa época, venían también de Inglaterra billetes de cinco hasta 1.000 pesos. A más de esos billetes, la moneda en circulación consistía en onzas de oro (17 pesos fuertes) medios pesos o cuatro reales, cuartos de peso o dos reales (pesetas) octavo de peso o un real; medio real, cuartillo o cuarto de real y ochavo u octavo de real.
Antes de la emisión del papel, los dependientes se veían apurados en sus cobranzas; para llevar 100 pesos se necesitaba un changador, y cuando era fuerte la suma, un carro. Agréguese a esto la molestia de cortar y apilar monedas pequeñas, al paso que se tenía que andar con cuidado con la plata falsa.


IV
Los años 21, 22, 23 y 24 fueron de grande movimiento y progreso.
Los anales de aquellos tiempos nos dicen que, después de los sacudimientos producidos por una revolución, se concibió la idea de dar a Buenos Aires una existencia firme y estable. Se entró en el camino de las reformas: se dio principio por el [125] Cuerpo Legislativo, siguió luego la de Ministerios del Ejecutivo. En fin, se efectuó la reforma civil y militar.
La reforma eclesiástica se reputó como una necesidad imprescindible: se citaban abusos y aun corruptelas, que se decía era indispensable remover.
Por recomendable que fuese la medida, se comprende que debía suscitar oposición, como tiene que suceder en toda resolución tomada por la autoridad; unos consideraban que más que reforma, era una verdadera supresión. Otros opositores querían que las faltas sostenidas por siglos, desapareciesen paulatinamente, reconociendo, sin embargo, el bien, pero temerosos de afrontar el cambio rápido.
La supresión de los monasterios en 1822, suscitó acres discusiones, y entre los que aprobaban, existían recelos y parecían dispuestos más bien a dejar que el mal siguiera, antes que provocar un conflicto. El Gobierno debió sentirse fuerte, según lo revelan los escritos de aquellos tiempos, cuando se resolvió a reformar comunidades tan influyentes, teniendo que luchar, por lo menos, contra las preocupaciones de los que habían envejecido en el antiguo estado de cosas.
Entre los frailes había hombres de vastos conocimientos, y aun cuando existía una hostilidad marcada contra la comunidad, no se extendía a ellos individualmente, y sabemos que eran bien recibidos y obsequiados con largueza por las mejores familias.
Santo Domingo tenía en 1822, en la época de la reforma, 48 frailes dominicos; la Merced 45 mercenarios. [126]
Lo que dejamos narrado, demuestra, en parte, lo que acabamos de decir: que los años 21, 22, 23 y 24 eran de grande movimiento y progreso. Como se ve, sólo dejamos señalados los hechos sin entrar en detalles incompatibles con un trabajo como el presente. También repetimos, que en nuestra exposición no hemos de observar un estricto orden cronológico.


V
En 1827, abriose el primer jardín público a imitación de los europeos; más con la idea de dotar al país de una nueva institución, que con la idea de lucro.
Formose un capital de 100.000 pesos, siendo socios varios caballeros ingleses.
Los jardines estaban perfectamente arreglados y cuidados; se importaron muchas plantas y semillas extranjeras, por entonces muy raras aquí. Es preciso confesar que el país, aunque muy adelantado, no estaba aún preparado para esta clase de paseos, en que se mira y no se toca; así es que, a pesar de la vigilancia empleada, los concurrentes, o mejor dicho, las concurrentes, arrancaban a hurtadillas plantas, que sacaban las sirvientas debajo de sus pañuelos o rebozos, creyendo, sin duda, que éste era un pecadillo perdonable, no contentándose con los hermosos ramos de flores que se las permitía llevar, hechos por el jardinero encargado.
El jardín se denominó «Parque Argentino», y [127] por los ingleses «Vauxhall». Ocupaba la manzana comprendida entre las calles Templo, Córdoba, Uruguay y Paraná.
Había en el establecimiento un buen hotel francés, tenido por Porch y Bernard; magníficos salones de baile, circo, con comodidad para 1.500 personas; trabajó allí la compañía ecuestre americana de Smith, la de Chiarini y otras.
Había también un pequeño teatro en el que, durante el verano, dieron varias funciones, por la tarde, los actores del Teatro Argentino; entre ellos, el célebre actor Casacuberta. Hubo, a más, una compañía francesa de aficionados.
Por las tardes tocaba diariamente una buena banda de música; exhibiéronse varios animales, entre ellos, un hermoso tigre, un tapir o anta, etc.
Los edificios eran vastos y ofrecían toda comodidad. Cuando se formó la sociedad, la propiedad pertenecía a don Santiago Wilde, quien comprando más tarde todas las acciones, volvió a ser único dueño de lo que fue, por muchos años, su residencia particular.
El señor Mulhall en su obra, al hablar del Vauxhall, dice: -«Cuando la ascensión de Luis Felipe (año 30), los residentes franceses dieron allí un banquete, y los jardines estuvieron iluminados con lámparas chinescas.»
En el siguiente párrafo comete un error que, aunque de poca monta, en cuanto a detalles, queremos rectificar; dice: -«El venerable deán Funes, el historiador, frecuentaba mucho los jardines, y un día se lo halló muerto en el banco en que acostumbraba sentarse.»
El deán Funes no frecuentaba los jardines, pero visitaba de tiempo en tiempo a don Santiago [128] Wilde con quien tenía, desde muchos años, amistad; una tarde que fue de visita, pasaron de la casa particular de éste al Parque, y parados ambos, en conversación, frente al proscenio del pequeño teatro, repentinamente cayó muerto el deán. Su fallecimiento ocurrió el 1.º de enero de 1829.
El que esto escribe se encontraba en casa de su padre, donde fue conducido el cadáver, mientras se daba aviso a la familia del finado. Aunque muy joven, recordamos perfectamente los detalles. [129]



Capítulo XII
Inmigración española; cómo la trató Rosas. -Vascos. -Suceso de Achinelly. -Inmigración flotante. -Inmigración colonizadora. -Los italianos, como labradores. -Escoceses, irlandeses. -Los hijos de ingleses, nacidos en el país.


Después de la inmigración inglesa, particularmente por los años 21, 22 y 23, no se notaba entrada remarcable de extranjeros al país, en calidad de inmigrantes.
Había entonces pocos alemanes. Hoy, como todos saben, constituyen una inmigración importante, sobria, honrada y laboriosa. Figuran en ella hombres inteligentes e ilustrados.
En la época de Rosas, creemos que en 1845, empezó la de gallegos, consignada a la casa de Llavallol o hijos. Estos se desparramaban por la ciudad y campaña, en calidad de sirvientes, en cuyo carácter no demostraron ciertamente haber inventado la pólvora; o bien como peones, para toda clase de trabajo. [130]
Venían acumulados en buques de vela, haciendo, por consiguiente, un viaje largo y penoso. Los primeros casos de fiebre tifoidea que empezaron a sentirse en el país, de carácter alarmante, datan desde el arribo de esas barcadas a nuestras playas.
Hemos tenido ocasión de notar poco después en el Hospital General de hombres, gran número de casos, algunos del peor carácter, entre esos inmigrantes, debido, sin duda, al hacinamiento en una larga travesía, alimentándose casi exclusivamente de carne salada, probablemente no en muy buenas condiciones, y luego comiendo desordenadamente de la fresca que encontraban aquí en abundancia.
Rosas obligó a estos infelices al servicio de las armas. ¡Bello sistema de atraer inmigración! De entre los gallegos jóvenes, y con algunos rudimentos, eligió don Juan Manuel los de mejor letra (y la letra oficial era entonces la española), y los destinó para escribientes.
Entre el gran número de extranjeros que hoy viven en estrecha unión con nosotros, forma un importante grupo la colonia española. Población dada al trabajo y de buenas costumbres, encontramos españoles en todas las profesiones útiles y contraídos a todas las industrias; españoles de alta inteligencia como Mora, Villergas, etc., han visitado nuestras playas hospitalarias en diversas épocas.


II
Empezaron luego a venir los vascos; aquí aparecieron con su boina, su ancho pantalón, su andar especial, su aire satisfecho, formando, notable contraste [131] con el resto de la población, que vestía la librea que Rosas nos había impuesto, a extremo de que ver un hombre, era ver a todos, en cuanto al traje. Sólo después de caído Rosas, tomó nuestro país el aspecto cosmopolita que hoy presenta, tanto en traje como en costumbres.
Empezaron a venir los vascos, decíamos; magnífica inmigración, compuesta, en su mayor parte, de hombres atléticos, honrados y laboriosos, dedicándose entonces casi todos ellos a trabajos de saladero. Más tarde, fueron más variadas sus ocupaciones, haciéndose labradores, lecheros, horneros, etc. Algunos se ocuparon como picadores en las tropas de carreta, habiendo llegado hoy muchos a ser dueños de tropas bien organizadas, con peones vascos también; haciendo largas travesías en nuestra campaña, tan familiarizados ya con esta clase de trabajo como el hijo del país.
Otros tienen buenas majadas y aun rodeos; en sus establecimientos se nota aseo, prolijidad y buen gobierno.
Otro ramo de industria a que se han dedicado con especialidad es el de tambos en grande escala, en los alrededores de la ciudad, en los partidos de Quilmes, Flores, Morón, etc.; algunos de sus propietarios están hoy ricos.
Casi no se ve en el día, en las calles de la ciudad, un lechero que no sea vasco. Sobrios y de buenas costumbres, aunque ahorrativos, son gastadores en sus reuniones. Son muy trabajadores y no se oye de crímenes perpetrados entre ellos; sin embargo, sabido es que no hay regla sin excepción, y en prueba de ello, en 1846 un vasco-francés asesinó del modo brutal al infortunado corredor Achinelli. Este señor, era cuñado del señor Bayá, [132] también corredor afamado de aquellos tiempos. El vasco pidió a Achinelli llevase a su habitación 1700 pesos oro, y que allí le abonaría su importe. Mientras que Achinelli contaba el oro, le asestó un terrible golpe en la cabeza, dándole luego varias puñaladas. El tiempo ha venido a demostrar que ésta fue una verdadera excepción en una población tan moral y laboriosa.
Entre las vascas hay caras muy lindas, y en general, son de buenas facciones.


III
Últimamente la inmigración nos ha llegado de varias partes del mundo, y empezose el establecimiento de Colonias, algunas de las cuales han dado muy satisfactorios resultados.
Del total de inmigración, hemos: tenido dos clases de inmigrantes; la flotante y espontánea, que busca trabajo en las ciudades, que consume, pero que no produce; la otra que coloniza, y que parece la que más conviene al país. Esta viene directamente a labrar la tierra, llegando muchas veces a ser propietarios de ella con el fruto de su trabajo o a identificarse con el país, a consumir y a producir, arraigándose con su familia.
El problema de la inmigración europea, como colonos, está resuelto prácticamente, dígalo el bienestar en general de las diversas Colonias y los cereales exportados en grandes cantidades.
Aunque hemos repetido varias veces que queremos [133] ocuparnos, puede decirse exclusivamente de los tiempos ya pasados, sin tocar el presente, al tratar de inmigración, no podemos menos que citar rápidamente la cifra que en la actualidad representa.
Desde 1871 al 80, han entrado al país 268.504 inmigrantes, habiendo invertido la Nación 1.935.000 pesos fuertes en los gastos de internación, formación de Colonias, etc.
Los italianos han sobrepasado en número a todas las demás naciones: la italiana es una inmigración utilísima, y son innumerables las instituciones importantes creadas por ella. En todas partes han establecido también sociedades de socorros mutuos.
Sin embargo, como labradores, no los creemos los más útiles al país; nos explicaremos y nos atenemos a lo que personalmente hemos observado.
Un italiano arrienda por cierto número de años, una o dos o cuatro o más suertes de chacra; si no tiene población, levanta un rancho de quincho, con techo de paja y un galpón de los mismos materiales para guardar su cosecha -no planta un solo árbol ni frutal ni de sombra-. Al vencimiento de su contrato, si los ranchos están en pie, se encuentran en tal estado, que no tardan en desplomarse; se van, pues, no dejando una sola mejora en el terreno, ni una sola planta. Muchos de éstos, sin dejar absolutamente nada tras sí, vuelven a su país con el monto neto de sus economías.
Los ingleses, escoceses o irlandeses, han cesado de venir al país, desde aquellos años, como colonos; no obstante, individualmente no han dejado de llegar, constituyendo una población sumamente importante; representan inmensos capitales en [134] giro, en propiedades en la ciudad y campaña, particularmente en magníficas estancias.
Los hijos de ingleses nacidos en el país eran considerados como súbditos británicos; pero desde 1845, según opinión del misino sir Roberto Peel, se declaró que los hijos de extranjeros eran reputados como hijos del país en que nacían, sujetos, por consiguiente, a todos los cargos.
Desde entonces, los anglo-porteños sirven en la Guardia Nacional y sólo son considerados como ingleses y están bajo la protección de la bandera inglesa, cuando se encuentran fuera del país de su nacimiento. Así, en Montevideo, por ejemplo, el hijo de inglés nacido en Buenos Aires, es inglés, si quiere serlo; es decir, puede optar por cualquiera de las dos nacionalidades, Inglesa o Argentina. [135]



Capítulo XIII
Provisión de leche para la ciudad. -Lecheros. -Lecheras. -Tambos. -Don Norberto Quirno. -Cosas de aquellos tiempos. -Carestía de leche. -Manteca. -Mazamorreros. -El lechero, poesía de Florencio Balcarce.


I
La ciudad de Buenos Aires era abastecida diariamente de leche, como lo es hoy, traída de establecimientos de campo, de 2 a 6 leguas de distancia. No se tenía entonces las comodidades de traer grandes cantidades por los ferrocarriles ni se conocía la innovación recientemente introducida de llevar vacas por las calles para entregar la leche recién ordeñada, a domicilio.
Los tambos, que sólo se establecían durante el verano, se situaban en el bajo y ocupaban de trecho en trecho una grande extensión; eran tenidos generalmente por mujeres del campo que venían a la ciudad durante la temporada, con 4, 6, 10 o más vacas.
Creemos que la primera tentativa de establecer en la ciudad un punto a que se pudiese acudir por leche pura y fresca, fue iniciada por el señor Quirno en 1823. El depósito estaba situado en la calle de la Victoria, más o menos donde se encuentra [136] el teatro de este nombre. (21) El señor Quirno hacía conducir diariamente de su chacra en San José de Flores, cantidad suficiente de leche para proveer a varios cafés y a las muchas familias que mandaban todas las mañanas al depósito.
Vamos a citar un hecho que revela la índole de la época. Este establecimiento tan útil, fue reputado por alguien, perjudicial, y a don Norberto Quirno como haciendo un monopolio de la venta de leche, dirigiéndose un juez de paz, en virtud de esa queja, a la policía.
El Jefe mandó suspender la venta mientras daba cuenta a la superioridad.
El jefe de policía consultó al Gobierno la conducta que debía observar respecto al señor Quirno, y éste, en 11 de julio de 1823, expidió el siguiente decreto:
«No resultando que don Norberto Quirno defraude ningún derecho público ni de ningún particular, no usando de exclusiva, sino proporcionando por su actividad o industria un medio de proveer el indicado artículo de mejor calidad: lo que conducirá gradualmente a mejorar el método de proporcionar este y demás artículos de abasto: el jefe de policía dejará a dicho Quirno y su establecimiento, en toda la libertad que le corresponde.»


II
La leche ha sido siempre cara aquí, aun en aquellos tiempos en que ciertamente no había razón [137] para ello, si se considera que las vacas que la proporcionaban, los caballos que la conducían y los campos en que unas y otros se alimentaban, se conseguían por poco más que nada. Es, pues, de extrañarse, que en estas condiciones especiales, fuese tan cara como en las metrópolis en que todos esos elementos cuestan mucho, a lo que se agregan fuertes impuestos. (22) Esto es lo que sin duda explica cómo algunos pobres se costeaban de 5 o 6 leguas con un solo tarro de leche.
La manteca no se conocía en panes como hoy se fabrica; había lo que se llama mantequilla, y que se traía a la ciudad en vejigas de vaca. A más de ser desaseado este procedimiento, como se hacía la manteca en muy pequeñas cantidades, que diariamente iban agregando al depósito en la vejiga, resultaba que casi siempre venía rancia.
La verdad es que entonces, no había gusto por la manteca y la poca que se consumía, la comían siempre con azúcar: la mayor parte era salada y venía en pequeños cuñetes de Irlanda y otras partes del mundo.
La primera manteca bien fabricada y dividida en panes de una libra, empezó a conocerse y apreciarse por el año 1825; trabajada por la Colonia de Escoceses en Santa Catalina, establecida en ese año por les hermanos Robertson.


III
El lechero era un tipo sui generis; no era entonces el vasco, en cuyas manos parece estar hoy [138] exclusivamente, ese ramo. Eran hombres y mujeres, pero del país. Los varones se dividían en hombres de edad, mozos y niños; la mujer empezó sin duda a figurar en ese rol, cuando los hombres, debido a nuestras frecuentes revoluciones y revueltas, o estaban en armas o andaban huyendo o matrereando, como ellos decían.
El apero era semejante al que todavía hoy se usa; sin embargo, no había la simetría que en el día se observa en la batería de tarros, ni eran los accesorios tan prolijos; veíase entonces un completo desaliño; 2, 3 o 4 tarros de desigual hechura y tamaño y tal vez una o dos botijuelas que habían en sus mejores días contenido aceite sevillano, con tapas de trapos no siempre muy aseados.
La lechera hacía una figura muy grotesca, pero con la cual ya la vista se había familiarizado; con un sombrero viejo, acaso de su padre, esposo o hermano, o tal vez regalado de algún marchante; con un enorme poncho de paño puesto sobre su vestido, se presentaba en la ciudad en una cruda mañana de invierno, dejando un charco de agua en donde se paraba, habiendo hecho un penoso viaje de 4, 5 o más leguas, bajo un copioso aguacero, pasando profundos arroyos en el campo y enormes pantanos en los suburbios y aun en las calles más centrales.
Seguía luego el lechero niño; enviado probablemente por la misma razón que la mujer. Criatura apenas de 8 o 10 años, que con dificultad trepaba su caballo, y que lo hacía valiéndose de un estribo muy largo o afirmando su pie desnudo sobre la rodilla de su corcel.
Estas mujeres y criaturas transitaban tan largas distancias con la seguridad (aunque a veces [139] iban completamente solas), de llegar a su destino con el fruto de su industria. En nuestros días los más de los lecheros se han visto obligados a cargar revólver, siendo no pocos los que han sido despojados del dinero y aun de sus ropas.
Más tarde, ya en la época de Rosas, eran hombres por lo general, los lecheros, y a fe que formaban una falange terrible. Después de su reparto se reunían, por ejemplo, los que iban a los partidos de Flores, Morón, Tapiales, etc., en las pulperías inmediatas a la hoy plaza Once de Septiembre, y de allí salían en número a veces de 30 o 40; esos grupos por vía de entretenimiento se burlaban y aun insultaban a los transeúntes, y aquí se trocaban los papeles, siendo ellos los agresores y muchas veces autores de asaltos y robos: iguales reuniones tenían los que salían por Barracas, Recoleta, etc.
El canto especial de los lecheros de aquellos días, ha desaparecido completamente.


IV
Desde algo antes de mediodía hasta las 2 o las 3 de la tarde, andaba por nuestras calles el mazamorrero. Aun se ve uno que otro en el día. La mazamorra, plato eminentemente porteño, jamás podía hacerse tan sabrosa en las casas particulares como la que traía el mazamorrero: probablemente por no ser tan pura la leche que se empleaba en la ciudad, como porque lo faltaba el sacudimiento continuado que experimentaba por varias horas en los tarros.
La vendían en unos jarritos de lata que llamaban [140] medida. Salía a la puerta de la calle la criada y a veces la señora en persona, con una fuente, y allí volcaba el mazamorrero un número de medidas arreglado a la familia.
Era entonces, un postre muy generalizado.
¡Ya no es de moda comer mazamorra! ¡ni se encontraría, tal vez, una señora que saliese a la puerta a ver lo que compraba su sirvienta; tampoco es de moda!


V
Con placer transcribimos aquí, para arrancarlos del olvido, los versos que por aquellos años, dedicó nuestro compatriota Florencio Balcarce al
Lechero
I
Por capricho
soy soltero
que el lechero
gozar debe libertad:
y no tengo
más vestido
que un bonete
carcomido,
y un raído chiripá.
Pero el mundo
todo es mío:
yo en un río
sé nadar;
yo en el campo soy un viento
y en el pueblo me presento
sin deseos
más constantes
que tener buenos marchantes
que me vengan a comprar.

II
Cuando apenas
canta el gallo,
mi caballo
me levanto yo a ensillar:
ningún otro
va conmigo,
ni conozco más amigo
que me sepa acompañar.
Y al oírme
de mañana,
la ventana
va a entornar [141]
La que se había dormido
sobre su lecho mullido,
y con hambre
se despierta,
y me busca
mal cubierta
para tener que almorzar.

III
Si una bella
por ventura,
con dulzura,
en la calle me miró,
de la leche
ya me olvido,
y enamorado perdido
de amor sólo entiendo yo.
Mas si alguna
desdeñosa,
mostrarme osa
desamor,
la digo claro que es fea,
y me crea o no me crea,
yo me marcho
dando gritos:
buena leche;
marchantitos,
buena leche vendo yo.

IV
En invierno
y en verano
siempre gano
para jugar y comer,
y si acaso
pierdo un día,
espero en Dios y en María
que otro día me irá bien:
pues no todo
sale bueno,
se oye el trueno
alguna vez:
y si hoy mi caballo rueda,
llegará un día en que pueda
del alcalde
y el teniente,
hacer burla
frente a frente
cuando esté firme de pie.

V
Así paso
la semana,
y la mañana
no se me ocurre pensar.
Si es domingo
voy a misa,
y no me mudo camisa
si no la puedo encontrar.
Soy en guerra
montonero,
soy lechero
cuando hay paz.
Sólo necesito y quiero
tener pronto un parejo,
en que pueda
bien seguro,
si se ofrece
algún apuro,
no correr sino volar. [143]



Capítulo XIV
Peluquerías. -La barbería de antaño. -El barbero. -Incidente en Montevideo. -Valor de una peluquería en el día.


I
En otros tiempos no se conocían las lujosas peluquerías que hoy abundan no sólo en nuestra ciudad, sino también en algunas otras provincias; peluquerías en donde se encuentra toda la comodidad, aseo y aun lujo que puede desearse; mejora debida al genio francés.
Para que el lector aprecie el contraste, bueno será que nos acompañe y entremos a una barbería de aquellos años.
Constaba ésta de lo que llaman un cuarto redondo; es decir, de una sola pieza a la calle; las de más lujo ostentaban, tal vez, una puerta con vidriera. En esta puerta, con o sin vidrios, flameaba por regla general, una cortina de zaraza de color, con grandes florones (angaripolas); en las paredes, generalmente blanqueadas, casi siempre muy sucias y jamás empapeladas, veíanse unas estampas, a veces en marco, otras sin él. Un sillón de baqueta, [144] una bacía, toallas (no muy limpias), peines ídem, completaban el ajuar; tal vez un poco de aceite de limón, comprado en la botica inmediata, o en donde daban más; en un rincón una escoba, no olvidando el tradicional brasero que, cerca de la puerta, o en otro rincón, sobre unos cuantos pedazos de carbón, mantenía la paba de agua caliente para la barba, y por supuesto para el indispensable mate. Tal era el cuadro que presentaba la barbería en Buenos Aires, hace 50 años.
El barbero era un tipo especial; casi todos eran pardos o negros. Charladores incansables, entretenían al parroquiano con sus cuentos y chistes, y a no dudarlo, sabían la vida y milagros de todo el mundo. Por añadidura, todos eran guitarreros.
Entonces no se usaba el cepillo o pincel de barba para jabonar la cara. El maestro movía con los dedos el jabón y el agua en la bacía (utensilio también indispensable), hasta hacer espuma, y luego con la mano la frotaba en la cara de su cliente. En aquellos tiempos, como se ve, se manoseaba mucho más el rostro del pobre candidato; metían los dedos entre los labios, y en la época en que no se usaba bigote, se prendía el barbero sin compasión de la nariz, elevándola cuanto podía e imprimiéndole movimientos laterales para afeitar el labio superior.
Tales eran nuestros barberos y nuestras barberías, hasta que, como hemos dicho antes, los franceses produjeron un renversement, un vuelco completo, trayéndonos la peluquería cómoda, limpia y arreglada de que hoy disponemos, y el peluquero petimetre. [145]


II
A propósito, recordamos una ocurrencia que nos hizo reír y que demuestra el amor que tienen los franceses al bombo.
Era la época en que Montevideo estaba repleto de emigrados que huían de las garras de Rosas. Tan llena estaba la ciudad, que no había habitación que no estuviese ocupada, y hasta en los zaguanes se acomodaban los menos afortunados. En esa época luctuosa para Buenos Aires, tocole al que esto escribe, siendo aún muy joven, refugiarse por un corto tiempo en la heroica ciudad. Andando cierto día con un amigo por la calle del Portón, vio sobre una puerta la siguiente inscripción: «Grand Salon pour la coupe des cheveux.»
Teniendo necesidad de hacerse cortar el pelo, torció el pestillo y entró, pero volviendo al tiempo de practicar esta operación la cara para hablar con el amigo que venía detrás; en esa actitud dio un paso adelante, al dar el segundo volvió la cabeza, y... se felicitó de haberlo hecho, pues seguro que habría ido a estrellarse contra la pared opuesta del Grand Salon, que medía 2 varas escasas de fondo, por 3 y ½ de ancho.
No hace mucho tiempo que, por casualidad, tuve ocasión de imponerme hasta qué grado se lleva el dispendio en el establecimiento en el día, de una peluquería (ya no se llaman barberías por mucho que se haga en ellas la barba); hallábame [146] incidentalmente en la situada en la calle Rivadavia a pocas varas de la plaza.
La peluquería se estaba desalojando, encontrábase allí el propietario de la casa y por el diálogo sostenido por éste y el dueño del establecimiento, supe que pagaba 6.000 pesos mensuales por dos pequeños cuartos, y que el dueño pretendía 7.000, para hacer un nuevo contrato.
El ocupante la dejaba por haber hallado en la misma acera, casa más cómoda y algo más barata. En el curso de la conversación se habló de lo que importaría la nueva peluquería, asegurando su dueño que no bajaría de 100.000 pesos el gasto de establecerla.
Hoy ya se encuentra en su nuevo local, calle Rivadavia, la lujosa peluquería a que nos hemos referido, que es la de don Francisco Navarro, al lado de la no menos suntuosa farmacia de don Guillermo Granwell; debemos citar también la espléndida peluquería en que no se ha ahorrado gastos para la comodidad de sus clientes, de Ruiz y Roca, calle Florida; habiendo muchas otras en esta ciudad, que brindan toda clase de comodidad.
He entrado en estos detalles para hacer palpable la diferencia que existe entro éstos y aquellos tiempos en que la mejor barbería de la ciudad no tendría mil pesos papel, de capital. [147]



Capítulo XV
Nuestras calles. -Poca extensión de la ciudad; falta de nivelación. -En los pueblos de campaña. -Nivelación parcial en el siglo pasado. -Nuestro mañana. -Calle de los Mendocinos. -Carretas tucumanas. -Arrias. -Tránsito de mulas. -Vino de Mendoza, hasta 1820. -Productos. -Descarga de las mulas. -Alumbrado. -Aumento de la ciudad. -Nomenclatura. Numeración. -Fin de la nomenclatura de Liniers.


I
La ciudad se extendía en todas direcciones a muy pocas cuadras de la plaza Mayor y eran raras las calles empedradas; las veredas malas y estrechas, construidas en su mayor parte de mal ladrillo, habiendo poquísimas de piedra. A poco andar, se encontraba el transeúnte con cercos de tuna pita.
Se conoce que la ciudad en su fundación ha carecido de nivelación, y las consecuencias de este imperdonable descuido se están sintiendo hasta hoy. Recientemente se ha tenido que hacer serias refacciones en algunas casas y aun derribar otras, en la acera frente al costado de la Merced (calle Cangallo), por quedar los cimientos completamente [148] descubiertos y sin base, al rebajarse la calle para llevar a cabo las obras de aguas corrientes; sucediendo igual cosa, en otras varias partes de la ciudad. Por eso se compone ésta de una serie de altos y bajos. (23)
Esta negligencia, heredada por nosotros, se ha extendido a los pueblos de campaña, tanto en los de antigua creación como en los modernos. Hoy todas las Municipalidades tienen, o deben tener, su ingeniero municipal, y les incumbe tratar de remediar cuanto antes este grave mal.
Creemos que en parte alguna del mundo civilizado, se pensaría en levantar un pueblo sin dar cumplimiento a esta precaución fundamental, que es al pueblo lo que el cimiento al edificio; pero es enfermedad endémica entre nosotros, la postergación; lo que da justo motivo para la crítica de los extraños. Por ejemplo, Hutchinson (aunque haciendo justicia a nuestras buenas cualidades), dice en su obra: (24)
«Todo aquel que haya vivido algún tiempo en la República Argentina, estará de acuerdo con mi experiencia, de que hay pocos países en el mundo en que se tenga más devoción por el principio de nunca hacer hoy lo que puede dejarse para mañana. [149] El hereditario mañana domina todo el sistema social, político, comercial y militar.»
Pero volvamos a nuestras calles.


II
Como acabamos de decir, la mayor parte de éstas estaban sin empedrar, y en la calle de Cuyo, a la vuelta de la casa de la señora de Mandeville (calle Florida), llamada entonces del empedrado, había enormes pantanos, tanto en dirección al río, como hacia el campo; denominábase en aquellos tiempos Esquina de Cañas, lo que hoy es esquina de Cuyo y Maipú.
La calle Maipú tuvo por muchos años el nombre de calle de los Mendocinos, debido, sin duda, a los depósitos en los almacenes de esa calle, de los productos venidos de las provincias, y muy particularmente de la de Mendoza, y aquí será oportuno describir cómo se transportaban dichos frutos a esta ciudad.
A más de las tropas de carretas, que en doble fila se extendían en el bajo, desde este, lado del Retiro hasta cerca de la Recoleta, procedentes de las provincias del interior, con cargamento de suelas y varias producciones, veíase también hasta el año 46 o 47, en el trayecto desde el bajo hasta los almacenes en la calle de los Mendocinos, tropas de mulas (arrias) de la misma procedencia, cargadas con barriles de vino y aguardiente; petacas de pasas, de higo y de uva, patay, algarroba y las tabletas y alfajores con que se deleitaban los golosos.
Curioso era ver las mulas, estos pacientes animales [150] en número de 20, 30 o más, seguir a una yegua con cencerro, llevada del cabestro por un individuo a caballo o en mula, formando una hilera a cuyo término iba otro peón o el capataz encargado de conducirlas por las calles, hasta el paraje en que se depositaba la carga. A las mulas más chúcaras les envolvían la cabeza con una jerga o un poncho, y así cubiertos los ojos, seguían perfectamente guiadas por el cencerro.
En los años anteriores a esa época, y aun entonces, poco era el tráfico de carros; muy pocos carruajes transitaban por la ciudad, ni habían tramways que perturbasen la tranquila permanencia de las mulas en las calles; muchas se echaban esperando con toda la calma la hora de la marcha. A los pedestres habituados ya a la larga estadía en las calles, nada les incomodaba; hasta las señoras les habían perdido el miedo.
Apenas depositaban su carga, y después de unos pocos días de descanso, volvían a su destino, unas cargadas con cuatro barriles vacíos, en vez de dos que habían traído llenos, y otras con efectos de ultramar, que llevaban de retorno. Estas excursiones se hacían sólo en verano.
Se cree que Mendoza exportaba anualmente, como hasta el año 20, cosa de cuatro a cinco mil barriles de vino; mucho del cual era remitido por un señor Corvalán.
Ya que he citado algunos de los frutos que venían de las provincias, observaré que muchos de ellos eran superiores en calidad a los que por aquella época introducían de ultramar, particularmente los vinos y las pasas. También los tejidos, que por más esfuerzos que haya hecho la industria extranjera, no ha podido competir con ellos. Desgraciadamente, [151] causas que todos conocemos, nos han obligado por muchos años a ser tributarios, pudiendo haber sido exportadores... Pero volvamos a tomar el hilo.


III
Nuestras estrechas y descuidadas calles se alumbraban por medio de velas de sebo, en pésimos faroles sin reverbero. Más tarde, el alumbrado fue de aceite, y últimamente a gas. Hoy se habla con seguridad de la aplicación de la luz eléctrica. A más de su superioridad sobre la luz actual, está plenamente probado que es grande la economía.
Aceptado este nuevo sistema de alumbrado, parece que se economizará 556.000 pesos moneda corriente, anuales; y que pasados los primeros tres años, la economía será, nada menos, que de 856.000 pesos al año.
Hoy, como se sabe, se ha cambiado el nombre de varias calles; a más, extendiéndose considerablemente la ciudad, cuéntanse muchas nuevas; los Pozos, Sarandí, Rincón, Pasco, Pichincha, Matheu, Alberti, Saavedra, Misiones, Jujuy, Catamarca, Rioja, Caridad, Garay, etc.
Por la misma época se estableció la numeración de las casas, guardando el mismo orden que hoy se observa, es decir, que por cualquiera que se tuerce al Sur o Norte, saliendo de la calle de la Plata (Rivadavia), se encuentra desde el 1 adelante, todo número par a la izquierda y todo impar a la derecha. Tanto los tableros como el nombre de [152] la calle, como las tablillas con la numeración, eran de madera.
Debemos recordar que la primera época en que se puso número a las casas y nombre a las calles, fue aquélla en que gobernó estas Provincias el Virrey don Santiago Liniers. El mandó o influyó en el Cabildo para que se fijasen en las calles los nombres de los vecinos y de los jefes y oficiales que se distinguieron en las acciones del 12 de agosto de 1806 y del 5 de julio de 1807: pero los que se inscribieron fueron, en su mayor parte, Españoles Europeos. Sobrevino la revolución de 1810, y no pudiendo tolerar los patriotas que continuasen inscriptos los nombres de sus antiguos opresores, en una noche, sin la autoridad ni conocimiento del Gobierno, inutilizaron enteramente en las bocacalles los tableros, o borraron los nombres inscriptos.
El cambio en la nomenclatura es cosa, a la verdad, de poco momento, mas no lo es la enorme prolongación de la ciudad en todas direcciones, como muestra inequívoca de nuestro progreso. Pero nosotros, lo repetimos, no nos hemos propuesto hacer una exposición detallada de los adelantos actuales; ellos son ostensibles, y su contraste más evidente, pintando las cosas como se encontraban, cuando los que hoy son viejos, eran niños. Sin embargo, y sensible es decirlo, en medio de tan asombrosos progresos de todo género, hay imperfecciones, hay defectos que permanecen, más o menos, en el mismo estado en que entonces se hallaban. [153]



Capítulo XVI
Sociedad desde 1810 hasta 1830. -Trato y hospitalidad. -Los señores Escalada. -La señora de Mandeville; sus fincas. -Señora de Riglos. -Tertulias. -Tiempo que duraban. -Varias personas notables. -Trajes de las jóvenes. -Tocadores de piano. -Prohibición del fandango. -Cielo. -Bailes de aquellos tiempos. -El general Urquiza. -Maestros de baile. -Espinosa.


I
Buenos Aires, desde 1810 hasta 1830, era ya, podemos decirlo sin temor de equivocarnos, una de las ciudades de Sud América que descollaba por lo selecto de su sociedad. Era ostensible en sus habitantes el buen trato y el más delicado agasajo; a propios y extraños se les recibía con sencillez y amabilidad.
«Por el año 1817, escribe Robertson, Buenos Aires se hallaba en el estado más floreciente; la tranquilidad y la prosperidad interna, el crédito y el renombre en el exterior, mantenían a los habitantes joviales, alegres y contentos, de modo que las bellas cualidades de los porteños brillaban en su mayor esplendor.»
Efectivamente; todo era complacencia y contento; trato franco, sencillez de costumbres, sinceridad en las relaciones, éramos hospitalarios hasta el extremo. No pretendernos decir que todas estas [154] recomendables disposiciones hayan desaparecido, pero ciertamente han disminuido. Nos hemos vuelto más europeos, más dados a las presentaciones formales, a la etiqueta y reserva.
Verdad es que, con el andar del tiempo, cierta clase de hospitalidad se ha hecho menos posible, a la vez que menos inevitable; la ciudad está llena de buenos hoteles, y de cómodas casas de alojamiento, de lo que antes carecíamos, y hace menos necesario que el que llega de otra parte, tenga que ir a parar a casa de algún pariente, amigo, o a un amigo de un amigo que lo hubiese recomendado a alguna familia a quien, ni de vista conocía.
Causas políticas, contribuyeron también, a cambiar casi por completo la faz social.


II
Figuraban en aquellos años, por la estimación y respeto que merecidamente se les profesaba, numerosas familias, algunas de las cuales, tendremos ocasión de citar en oportunidad.
El general San Martín casó, creemos que por el año 18, con doña Remedios, hija de don Antonio Escalada, y tuvo la desgracia de perderla, joven aún, quedándole sólo una hija, Mercedes San Martín, esposa de don Mariano Balcarce, Encargado de Negocios de la República Argentina, en París.
Este señor Escalada y su hermano don Francisco, ambos nacidos en el país, y decididos patriotas, llenos de honradez e integridad, formaban parte de una familia muy estimable y querida.
La señora de Mandeville, de quien antes hemos hablado, y que muchísimos de nuestros lectores [155] han conocido, ya como socia, ya como secretaria o como presidenta de la Sociedad de Beneficencia, y en primera línea, cuando se trataba de ejercer actos de caridad, era nativa de Buenos Aires. Esta señora figuraba ya por el año 17, viuda entonces, del señor Thompson, siendo conocida mas tarde, por la señora doña Mariquita Sánchez de Mandeville, por haber contraído matrimonio con el cónsul francés, de este nombre.
Fue dueña de varias fincas, entre ellas, de la gran casa en que en estos últimos años ha existido por mucho tiempo, un depósito de plantas en la calle Florida; de todas las casas, en esa cuadra, y de la mayor parte de la manzana por la calle de Cuyo y la de Cangallo, donde por muchos años estuvo, en tiempo de Rosas, la imprenta de la Gaceta Mercantil.
La señora doña Ana, viuda de Riglos, altamente aristocrática, pero muy comunicativa y familiar en su trato, era madre de don Miguel Riglos, quien se educó en Inglaterra y volvió a su país en 1813; esta señora era sobrina de doña Eusebia de la Sala, que también figuraba en aquellos tiempos.
La señora doña Carmen Quintanilla de Alvear, natural de Cádiz, de esbelta figura, finísimos modales, esposa del general don Carlos M. de Alvear; pero nos es imposible continuar con la larga lista de personas distinguidas, que daban brillo a la sociedad de entonces.


III
Era costumbre muy generalizada, y especialmente entre las familias más notables y acomodadas, [156] dar tertulias, por lo menos una vez por semana; a las que, con la mayor facilidad podía concurrir toda persona decente, por medio de una simple presentación a la dueña de casa, por uno de sus tertulianos.
Entre otras varias familias distinguidas, en cuya casa se celebraba esta clase de reuniones, estaban las de Escalada, Riglos, Alvear, Oromí, Soler, Barquin, Sarratea, Balbastro, Rondeau, Rubio, Casamayor, señora de Thompson, etc., etc.
Pero no se limitaban las tertulias a las familias de mayor rango y fortuna; tenían lugar también en gran número de casas de familias decentes, aunque de medianos posibles.
Se bailaba, generalmente, hasta las doce de la noche, o algo más, principiando temprano; en tal caso, sólo se servía el mate; cuando duraba el baile hasta el día, se agregaba el chocolate. Esto no quitaba que, de tiempo en tiempo, para un cumpleaños, por ejemplo, u otro acontecimiento, se diesen bailes de tono, con todos sus accesorios; sin embargo, en ningún caso se seguía la costumbre perniciosa, y hasta cierto punto ridícula, que existe hoy, de empezar a ir las familias a una tertulia, por íntima que sea, ¡a las 10 y aun a las 11 de la noche!
Desde las ocho hasta las doce o doce y media, eran horas que no perjudicaban ni alteraban en mucho el orden doméstico. Se divertían un rato, como entonces se decía, y al día siguiente todo el mundo se encontraba en aptitud de entregarse a sus ocupaciones. -Hoy no es así. -De manera que, si la civilización tiene sus indisputables ventajas, suele traer también consigo sus serios inconvenientes. Asistir hoy a una reunión de baile, se traduce por, [157] tener que dormir gran parte del día siguiente, o andar cayendo de sueño, con detrimento del cumplimiento de sus deberes, y aun de la salud.
El traje de las jóvenes era de lo más sencillo y sin ostentación, reinando en aquellas reuniones la mayor cordialidad y confianza. En efecto, esas tertulias eran verdaderas reuniones de familia, sin el lujo, a veces desmedido, ni la fría reserva que se nota en muchas de nuestras actuales soirées.
No se precisaba de espléndidas cenas ni de riquísimos trajes; el baile, la música, la conversación familiar, el trato franco, y sin intriga, y el buen humor, bastaban para proporcionar ratos deliciosos. Bien poco costaba, pues, una de estas tertulias, ni a los concurrentes ni a la dueña de la casa, que todo lo hacía con una libra o dos de hierba y azúcar, el aumento del alumbrado y un maestrito para cuatro horas de piano; y muchas veces, ni aun este gasto se hacía, pues que se alternaban las niñas y los jóvenes aficionados, para tocar las «piezas de baile»; y cuando todo recurso faltaba, siempre se encontraba alguna tía vieja y complaciente, que tocase alguna contradanza, aunque fuese añeja, que el asunto era bailar.


IV
Había sonado la hora fatal: eran las doce, y las señoras mayores empezaban ya a decir a media voz a las niñas: «muchachas, tápense»; muchas contestaban «Ave María, mama» (todavía no se había generalizado el mamá), «es temprano», pero las [158] más no replicaban, aunque ejecutaban la orden con desgano y lentitud, pues sabían que a ese precio habían obtenido el permiso, y esperaban obtenerlo en adelante.
Entonces empezaban los empeños (¿y qué extraño; no es éste, por excelencia, el país de los empeños?) empezaban, decíamos, los empeños de los mozos para con las mamás, a fin de que diesen su consentimiento para sólo un wals más; solicitud, diremos en honor de las señoras madres, que invariablemente, y después de un ligero debate, era despachada como lo pedía la parte.
Por muchos años, estas reuniones, aun entre familias muy respetables, solían terminar con un cielo, pedido por los jóvenes; a veces el denominado en batalla, pero el preferido era el cielo de la bolsa. Las jóvenes apenas lo conocían, pero gustosas lucían su natural gracia y donaire en este curioso baile tradicional.
Los bailes de aquellos tiempos eran: el minuet liso (a veces el figurado, rara vez el de la Corte), con que se daba principio siempre al entretenimiento, cediendo generalmente el puesto de honor a la señora de la casa, acompañada de otra respetable matrona y dos caballeros formales; el montonero o nacional, llamado más tarde, en tiempo de Rosas, el federal; el wals (pausado), la contradanza, la colombiana; ya se había desterrado el paspié, el rigodón, etc. Bailábase de vez en cuando por algún joven el solo inglés.
La contradanza se sostuvo hasta hace veintitantos años, creemos que debido a una simple casualidad. El general Urquiza era aficionadísimo a este baile; era, a la verdad, el único que bailaba, y en Entre Ríos primero y después aquí, en Palermo [159] y en otras partes en esta ciudad, donde se le dieron bailes o a que él asistió, cada tanto tiempo se pedía una contradanza en obsequio del general.
Si retrocediésemos algo más y penetrásemos a la época colonial, encontraríamos aún otras clases de baile, como se colige del edicto de 30 de julio de 1743, en que el obispo don Juan José Peralta prohibió el baile llamado fandango, bajo la pena de ¡excomunión mayor!
Había varios maestros de baile, pero el de más fama, allá por los años entre 20 y 30, el más simpático y querido por los jóvenes de la época, era Espinosa, hijo del viejecito que tocaba el violoncelo en la orquesta del Teatro Argentino, y padre de Espinosa, conocido aquí hasta hace muy poco, como maestro de piano. Tenía en su casa una Academia de baile, donde noche a noche concurrían los jóvenes (no iban sino hombres), los unos a aprender, los otros a practicar y a pasar el rato.
Parecerá tal vez extraño a algunos, que haya sido necesario aprender a bailar, cuando hoy, no hay sino ir a las reuniones y aprender allí, aun cuando sea, ya pisando a la compañera, ya despretinando su vestido, ya confundiendo unas cuadrillas o lanceros; eso no importa, pronto salen bailarines de primera fuerza. [161]



Capítulo XVII
Negros. -La esclavitud en Buenos Aires. -Tratamiento a los esclavos. -Libertad de vientre. -Negros soldados; sus servicios en la guerra de la Independencia. -Medios de libertarse. -Industria de los negros. -Documentos de transferencia de esclavos.


I
Grande era el número de negros que por aquellos años había en el país, esclavos todos.
Este estado entre nosotros, merece algunas observaciones.
«La esclavitud en Buenos Aires, dice Vidal en sus Observaciones sobre Buenos Aires y Montevideo, es verdadera libertad, comparada con la de otras naciones.»
Efectivamente, salvo algunas excepciones, algunos casos, raros felizmente, en que los amos (y lo que es aún peor), las amas, atormentaban más o menos a esta fracción desventurada del género humano, no han existido jamás ninguna de esas leyes atroces, ni castigos bárbaros, reputados necesarios para reprimir al esclavo.
Se les trataba, puede decirse, con verdadero cariño; siendo la excepción los casos raros que acabamos [162] de mencionar. En fin, no hay punto de comparación entre el tratamiento nuestro y el que han recibido en muchas colonias americanas.
Antes de la época de que nosotros preferentemente nos ocupamos, Azara, en la relación que hace a este respecto, habla del trato dado a los esclavos, en términos que honran altamente el carácter español.
Estaban, sin embargo, entre nosotros, por lo general, muy mal vestidos, y un corto número cruelmente tratado. Los negros llevaban un chaquetón de bayetón, pantalón de lo misino o chiripá. Andaban descalzos o con tamangos, especie de ojotas hechas de suela o de cuero crudo de animal vacuno o de carnero, envuelto antes el pie en bayeta, trapos o un pedazo de jerga.
Más adelante, solía verse (especialmente los domingos) algunos negros ataviados con los despojos de sus amos; presentando muchas veces, una figura muy ridícula, v. g. con un sobretodo de largos faldones, una levita de talle corto cuando se usaba larga, un pantalón de un amo alto o gordo en un esclavo bajo o delgado, un sombrero de copa alta y bastón; porque eso sí, el bastón con puño de metal, jamás le faltaba en los días de gala. Algunos gastaban reloj de cobre con cadena y sellos de lo mismo. En fin, parecían monos vestidos.
Las mujeres vestían casi siempre, enagua de bayeta, prefiriendo los colores verde, azul o punzó; rara vez usaban zapatos. Sin embargo, en casa de varias familias pudientes, se veían negras jóvenes muy bien vestidas y calzadas, sentadas en el suelo cosiendo inmediato a sus amas en el estrado. [163]


II
Desde la declaración de la independencia, la suerte de los esclavos mejoró todavía notablemente. Una de las primeras leyes que se promulgaron fue: no la abolición completa de la esclavitud, que eso, al fin, en aquella época y en la situación especial en que se encontraban los negros, más bien les habría sido perjudicial, sino estableciendo y protegiendo su seguridad individual.
Todo esclavo que no estuviese contento con su amo, podía, si encontraba comprador, ser transferido por el precio fijado por la ley, y que en realidad era módico.
Decretose también por la Asamblea Constituyente en 1813, que todos los hijos de esclavos, nacidos en Buenos Aires, eran libres (libertad de vientre) y que todo esclavo de cualquiera otra parte del mundo que viniese, fuese emancipado llegando al territorio del Río de la Plata.
En 1792, la Convención francesa abolió la esclavitud, Y la Inglaterra a principios del presente siglo, prohibió el execrable tráfico de los negros, imponiendo severísimas penas. Con placer podemos decir que, las Repúblicas Sud-Americanas se preocuparon mucho antes que la gran República del Norte, de la emancipación de los negros, pues que ésta recién abolió la esclavitud en 1864. El Brasil, en medio de su ilustración y cultura, por no sabemos qué aberración, la mantiene todavía.
Dícese que el virtuoso misionero Las Casas, con [164] la santa intención de disminuir los sufrimientos de los indios, impuestos por la inaudita crueldad de sus conquistadores, propuso la introducción de negros en América, para reemplazar a aquellos sometidos a la más tiránica esclavitud. Desde entonces, parece que data la esclavitud de los negros en América. (25)


III
El Gobierno, con la mira de secundar los propósitos de la ley que hemos citado, en cuanto fuese posible, estipuló que todo propietario de esclavos, cediese de cada tres, uno, cuyo importe sería reconocido como deuda del Estado. Se resolvió que con éstos se formasen batallones, con oficialidad compuesta de hombres blancos.
En la guerra de la Independencia, en que sirvieron algunos miles de ellos, prestaron importantísimos servicios. Valientes, sufridos, obedientes probaron ser soldados de primer orden, contándose entre la mejor tropa de los ejércitos de la patria.
Los «Libertos» decidieron más de un encuentro con los españoles.
Aquí hemos tenido varios batallones, y en Entre-Ríos el general Urquiza tuvo dos, que se portaron bien en Caseros.
Creemos que en aquella provincia existe en la actualidad, mayor número de negros que en la de Buenos Aires. [165]
La libertad no sólo la obtenían por las medidas adoptadas por el Gobierno; muchos la debieron a la generosidad de sus amos, que la concedieron en vida o dejándolos libres, al tiempo de morir. Infinidad de esclavos se libertaban por sus propios esfuerzos y sus amos les proporcionaban los medios de hacerlo. Por ejemplo, unos salían a trabajar a jornal que entregaban a sus amos, y éstos les adjudicaban una parte, con la cual, más o menos pronto, alcanzaban la suma requerida para obtener su libertad.
Otros tenían ciertas horas del día libres y casi toda la noche para dedicarse a trabajos en casa: lo más general era la construcción de escobas hechas de maíz de Guinea (otro ramo, hoy exclusivamente, en manos de los extranjeros) más toscamente fabricadas que las que se hacen en el día, siendo los cabos de rama de durazno, no muy bien pulidos; y de tripas de cuero y de junco. Salían a vender estos artículos en días señalados, o se les encomendaban a otros ya libres y que se dedicaban a esos negocios.
Entre los artículos de construcción contábase el secador construido de arcos de madera de pipa o de vara; de membrillo o durazno, semejante al miriñaque con que las señoras dieron en abultarse hace no muchos años. Estos secadores, como su nombre lo revela, servían para secar las ropas, especialmente de las criaturas, colocadas sobre un brasero.


IV
Transcribiremos aquí documentos que por casualidad nos han venido a la mano, que darán una [166] idea de los procedimientos para la venta o traspaso de los esclavos; están copiados al pie de la letra:
«Digo yo, N. N. abajo firmado, que en el año pasado de 1811 (en letras) vendí a don N. N. un mulato llamado Agustín, como de 10 a 11 años, en la cantidad de doscientos pesos que recibí, y de cuyo contrato le otorgué el documento necesario en debida forma: pero habiéndose perdido éste en las ocurrencias que sobrevinieron a la casa de aquél el año 20 próximo pasado; y siéndole de urgente necesidad a la señora viuda del expresado N. N., doña N. N., tener un papel o documento que exprese la propiedad o dominio que tiene de aquel esclavo, lo doy éste en papel común, por no haber sellado, a siete de Marzo de mil ochocientos beynte y dos.
»N. N.»
«Paso este documento que tengo de propiedad del mulato Agustín, a don N. N. por habérmelo comprado por noventa cabezas de ganado vacuno de año, que he recibido, y para su resguardo, como también para acreditar el contrato, le otorgo ésta a continuación en el Pergamino a 11 de Marzo de 1822.
»N. N.
Pergamino, 12 de marzo de 1822.
»Así lo otorgaron ante mí el juez de paz del partido y los testigos que suscriben.
»N. N.» [167]


Otro
«Por el presente documento declaro yo, el abajo firmado, haber vendido al señor don N. un criado, esclavo mío, llamado Mariano, con todos los vicios, nulidades y enfermedades que tuviere, en la cantidad de doscientos veynte y cinco pesos; en cuyo equitativo precio me he dispuesto a darlo por haberme asegurado, tanto el expresado don N., como el indicado criado, que el único motivo que hay para esta compra, es el que este mismo criado, dedicándose a trabajar en lo que más le acomode, y sea más conforme a su conservación, entregue mensualmente un salario de ocho pesos a dicho don N.; y lo más que pueda adquirir, será destinado para reunir un fondo con que pueda libertarse del estado de esclavitud; siendo precisa condición que desde el momento que el criado entregue al amo los doscientos veynte y cinco pesos en que ha sido vendido, dejará de contribuirle con los ocho pesos mensuales que debe exhibirle mientras sea su esclavo. Y por cuanto yo, el vendedor he sido íntegramente satisfecho de los doscientos veynte y cinco pesos de esta venta, por tanto, cedo y traspaso al comprador todo dominio que hasta hoy me ha correspondido sobre el criado Mariano; habiendo sido testigos de este contrato los suscribientes que conmigo firman. En Buenos Ayres, hoy 5 de julio de 1823. (26)
»N.» [168]


Cuando los negros no estaban contentos con sus amos o se creían maltratados, solicitaban de éstos lo que llamaban papel de venta. Los amos, en estos casos, o cuando ellos mismos no estaban satisfechos de sus criados, les acordaban carta de venta, con la que salían a buscar nuevo amo. [169]



Capítulo XVIII
Ocupación de los negros después de su libertad. -Maestros de piano. -Hábitos y costumbres de los negros. -Su longevidad. -María Demetria. -Notable disminución de negros y mulatos después de su libertad. -Barrio del tambor. -Organización por naciones. -Sus bailes o candombes. -Manuelita. -Un personaje indispensable. -Distintas ocupaciones de los negros. -El tortero. -El tío o vendedor de dulces. -El vendedor de aceitunas. -El hormiguerero. -El pastelero. -Las lavanderas. -Amas de leche. -Conducta de las negras en tiempo de Rosas.


I
El número de negros y mulatos era crecido, especialmente de los primeros, como ya hemos dicho. Cuando la libertad fue general, se ocupaban en toda clase de trabajo; había cocineros, mucamos, cocheros, peones de albañil, de barraca, etc. De oficio se encontraban sastres, zapateros y barberos; todos los changadores eran de este número.
Casi todos los maestros de piano eran negros o pardos, que se distinguían por sus modales. A estos últimos pertenecían el maestro Remigio Navarro y Roque Rivero, conocido por Roquito. Todos [170] los negrillos criollos tenían un oído excelente, y a todas horas se les oía en la calle, silbar cuanto tocaban las bandas, y aun trozos de ópera.
Tanto durante la esclavitud como en la libertad, veíanse diseminados los negros por todas partes; en la ciudad, en las quintas, en las chacras y aun en las estancias; parece que eran aptos para toda clase de trabajo.
Había casa pudiente en que se contaba más de una docena de esclavos; ignoramos qué clase de ocupación podría dársele a tantos.
Gustaban generalmente del alcohol, pero rara vez se veía un negro en completo estado de ebriedad. (27) Acostumbrados al clima ardiente de África, solían permanecer por horas, sentados al sol; se hicieron decididos partidarios del mate, y lo tomaban con avidez de cualquiera clase de hierba, por mala que fuese. Muchos fumaban chamico (Datura Stramonium) que ellos llamaban pango; bien pronto sentían su efecto estupefaciente: dormitaban, contemplando, sin duda, visiones de la madre patria, olvidando, por algunos instantes, su triste situación.
Como esclavos había un buen número de indolentes, empecinados, o como los llamaban sus amos, arreados, que cambiaron completamente de carácter y se hicieron industriosos y listos cuando les sonrió la libertad.
Los negros son, por lo general, de larga vida; constantemente nos revelan los periódicos la muerte de alguno en una edad muy avanzada; no hace [171] mucho, se daba cuenta del fallecimiento de Cayetano Pelliza, africano, de 115 años.
Muchos otros casos pueden citarse; la Patria Argentina del 29 de mayo del 80, dice:


«121 años
»A esta edad ha fallecido anteayer en el hospital de la ciudad de Dolores, el moreno Matías Rosas.»
Recientemente (agosto, 3 de 1880) nos dice El Siglo, de Montevideo: -«Se van los negros viejos. -Día a día van desapareciendo, abrumados por la edad, los escasos representantes de la raza africana, que pisaron este suelo con las cadenas de la esclavitud.
»Anteayer le tocó su turno a la Reina de los Banguelas, Mariana Artigas, quien contaba 130 años, y fue hallada muerta en su humildísimo lecho.
»Horas antes de conducirse su cadáver al Cementerio, recibía la Extremaunción el Rey de la misma nacionalidad, vulgarmente conocido por Tío Pagóla.»
Hoy mismo, existe entre nosotros María Demetria Escalada de Soler, esclava del general San Martín, a quien acompañó a Chile. Vive del corretaje, colocando sirvientes, y de algunas pequeñas pensiones mensuales que ciertas familias le acuerdan; reside en la calle Moreno, una cuadra al Oeste de la Capilla italiana; tiene 105 años. [172]


II
El número ha ido disminuyendo gradualmente, y hoy los negros son relativamente escasos. Se ve acá y allá algún veterano como representante de la raza que se va: un monumento que el tiempo ha carcomido. Uno que otro de menos edad, ocupa el pescante de algún lujoso carruaje, y un cierto número de negros, la mayor parte jóvenes, están empleados en calidad de sirvientes en las casas de Gobierno Nacional y Provincial.
Residían agrupados en los suburbios, y en determinados barrios, en donde no se veían sino familias de negros, designándose comúnmente estas localidades, con el nombre de barrio del tambor, tomandose el nombre, tal vez, del instrumento favorito que empleaban en sus bailes y candombes. (28)
Los más de los negros eran propietarios; sus ranchos estaban construidos en un cuarto de tierra que, hasta el año 40, valía lo menos 1.000 pesos Algunos de estos terrenos les habían sido donados por sus amos.
Estaban perfectamente organizados por nacionalidades, Congos, Mozambiques, Minas, Mandingas, Banguelas, etc., etc. Tenía cada nación su Rey y su Reina; sus comisiones, con presidente, tesorero y demás empleados subalternos. [173]
Bailaban todos los domingos y días de fiesta, desde media tarde hasta las altas horas de la noche, y tan infernal ruido hacían con sus tambores, sus cantos y sus gritos, que al fin, la autoridad se vio obligada a intervenir, y ordenó se retirasen todos estos tambores a cierto número de cuadras más afuera del sitio que entonces ocupaban.
En tiempo de don Juan Manuel, su hija Manuela que (de paso sea dicho), era muy simpática y muy querida, concurría de vez en cuando a esos candombes, por invitación especial de sus directores, con quienes rosas quería estar siempre bien. Fácil es comprender el entusiasmo con que era recibida, y los obsequios y atenciones que se la prodigaba.
Celebraban frecuentes reuniones para tratar de sus asuntos, y era digno de presenciarse las discusiones allí sostenidas y de oír perorar en su media lengua al señor presidente y a los señores consejeros.
Estaban inscriptos en varias hermandades religiosas, y celebraban ciertas festividades, para lo cual, recolectaban fondos, concurriendo en cuerpo a la iglesia. Sus fiestas de predilección eran las del Rosario, los Santos Reyes, San Benito y San Sebastián.
Aquí debemos presentar a nuestros lectores, un personaje, muy conspicuo, o indispensable en estas congregaciones. Este personaje era, por regla general, blanco; hombre casi siempre maduro, de aquellos que no pueden o no quieren trabajar en otra cosa, y éste era el que llevaba las cuentas, dirigía las notas, etc., siendo frecuentemente también consejero. Cada nación tenía el suyo, y todos ellos parecían cortados por una misma tijera; de [174] labios amoratados y nariz violada, revelando su inmenso amor por Baco.
Cierto día produjo honda sensación en una de estas naciones, como se llamaban, la desaparición brusca de uno de estos caballeros; no impresionó tanto, sin duda su desaparición... ¡es que iban con él los fondos de la Corporación! (29)
Los negros eran bastante industriosos y bien inclinados; no se oía de crímenes cometidos entre ellos. El tratamiento que daban a los blancos era de su merced, agregando muchas veces las palabras el amo, aun cuando la persona con quien hablasen no fuese tal amo.
Aquellos que no se ocupaban de trabajos más fuertes, se empleaban en vender pasteles por la mañana y tortas a la tarde y de noche. Había algunos que con su tipa de tortas calientes, y un pequeño farol, ocupaban puntos determinados, y... admírense nuestros lectores, que no sean de aquellos tiempos, los había estables en las esquinas de las calles Cangallo, Rivadavia y Victoria, en lo que hoy son las célebres y aristocráticas calles Florida y Perú, y admírense aún mas, al saber que las señoras al retirarse de alguna visita, de la iglesia o de su paseo nocturno, se acercaban a la tipa del marchante, quien les llenaba el pañuelo de las sabrosas tortas, que la verdad sea dicha, se han perdido, como otras muchas cosas entre nosotros. ¿Qué señora se inclinaría hoy ante una tipa de tortas? ¿Qué señora haría semejante cosa en este pueblo aristocrático por excelencia?... ¡Ninguna! [175]
Algunos negros, o morenos, como se les solía llamar, vendían por las calles mazas, dulces, alfajores, rosquetes, caramelos, etc., en tableros que llevaban por delante, sujetos por sobre los hombros con una ancha correa de suela; les llamaban tíos; empleaban un silbido especial, que los niños conocían perfectamente, y cuando éstos tenían un medio o aun un cuartillo disponible, infaliblemente era para el tío. Cuando una madre quería hacer callar al niño que lloraba, ofrecía llamarle al tío, que en aquellos tiempos era santo remedio. Entonces escaseaban las confiterías, por consiguiente, los señores tíos, desempeñaban un rol muy importante.
Otra figura notable, era la del vendedor de aceitunas; desde las doce del día hasta las dos de la tarde, hora en que generalmente se comía en las casas de familia, se oía en las calles principales el grito «aceituna una», lanzado por un moreno que llevaba sobre la cabeza un enorme tablero con platillos, llenos de aceitunas condimentadas con aceite, vinagre, ají, ajos, limón y cebolla. Las aceitunas eran, en su mayor parte, producto del país.
Este artículo era muy vendible, y muchas familias especulaban en ese ramo, no teniendo el moreno más parte en el negocio que el vendaje; es decir, el tanto por peso, que generalmente era diez centavos. A pesar de emplearse la aceituna sevillana y aun la francesa, gran parte de la que se expendía, como ya dijimos, era del país; entonces se cultivaba aquí, más que hoy, el olivo.
Otros se ocupaban en vender, también por las calles, escobas y plumeros, que ellos mismos fabricaban; no se conocían los cuartos y fábricas de estos artículos, que hoy abundan en la ciudad. [176] Vendían estos mismos, cueros de carnero, lavados.
Otro oficio que tenían era el de sacadores de hormigas u hormiguereros, como ellos se titulaban. Había algunos muy hábiles en este ramo.
Era de verse el aire de suficiencia y de saber que asumían cuando trataban de explicar a aquellos que los ocupaban, la dirección de los conductos, su extensión, la situación de la hoya, etc. Pero el interés del espectador y oyente aumentaba cuando se juntaban dos profesores, y, en los casos difíciles, tenían una consulta, en castellano chapurreado; su gravedad y su argumentación, realmente divertía. Había también sus intrusos y charlatanes; ¿en qué profesión u oficio no los hay?
Lo cierto es que hoy se les echa de menos, y que las fumigaciones y los venenos (hormiguicidas) los reemplazan muy pobremente en la destrucción completa de un hormiguero, siendo, en muchos casos, impotentes, para librarnos de este enemigo destructor.
Varios negros tenían a dos cuadras al Oeste de la plaza de la Residencia, una fábrica de anafres o braseros de barro, que vendían bien.
Otros, más pobres, se empleaban en recoger por las calles pedazos de hierro, herraduras, huesos, etc. Más tarde, muchos se ocuparon en recoger garras (despuntes y desperdicios del cuero vacuno), que vendían luego a los barraqueros. Hubo una época en que la exportación de garras fue fuerte. [177]


IV
Las negras o morenas se ocupaban del lavado de ropa. Ver en aquellos tiempos una mujer blanca entre las lavanderas, era ver un lunar blanco, como es hoy un lunar negro, ver una negra entre tanta mujer blanca, de todas la nacionalidades del mundo, que cubren el inmenso espacio a orillas del río, desde la Recoleta y aun más allá, hasta cerca del Riachuelo. (30)
Eran excesivamente fuertes en el trabajo, y lo mismo pasaban todo el día expuestas a un sol abrasador en nuestros veranos de intenso calor, como soportaban el frío en los más crueles inviernos. Allí en el verde, en invierno y en verano, hacían fuego, tomaban mate, y provistas cada una de un pito o cachimbo, desafiaban los rigores de la estación.
Por entonces usaban una especie de garrote con que apaleaban las ropas, sin duda con la mira de no restregar tanto, puede este medio haber sido muy útil para economizar trabajo, pero era eminentemente destructor, pues rompían la tela y hacían saltar los botones. [178]
Allí cantaban alegremente, cada una a uso de su nación, y solían juntarse ocho o diez, formaban círculo y hacían las grotescas figuras de sus bailes -especie de entreacto en sus penosas tareas-. Sin embargo, parecían felices; jamás estaban calladas y después de algunos dichos, que sin duda para ellas serían muy chistosos, resonaba una estrepitosa carcajada; la carcajada de la lavandera era característica.
Tan es cierto, que la escena no debe haber carecido de atractivo, que algunas familias iban una que otra tarde en verano, o una que otra mañana en invierno, a sentarse sobre el verde, a tomar mate y a gozar de los chistes y salidas de las lavanderas.


V
No sucede otro tanto hoy; a más de que nuestras costumbres han cambiado, el cuadro es monótono; la inmensa falange que ocupa el lugar que dejó una raza que hemos visto deslizarse ante nuestros ojos como las figuras en la linterna mágica, sigue silenciosa y taciturna en su penoso trabajo; el grupo realmente forma un verdadero contraste. Hijas de todas partes del globo, unas estarán atacadas de nostalgia, otras pensarán sin duda en los hijos que han dejado en poder ajeno y en que el fruto de su trabajo no alcanza a satisfacer las necesidades de la vida, en esta época de extremado lujo y de inmensa miseria. [179]
Otra de sus ocupaciones favoritas era la de vender tortas, buñuelos, etc. Se sentaban en el cordón de la vereda con una bandeja que contenía pastelitos fritos bañados en miel de caña; allí permanecían con la paciencia de Job, y muchas veces al rayo de sol, armados de un gajo de saúco o de sauce, con que espantaban las moscas, que se levantaban a impulso del improvisado plumero y volvían a posarse sobre su presa con voraz tenacidad. Los muchachos, los peones y los carretilleros eran los consumidores cotidianos. También concurrían a las plazas en donde paraban las carretas con frutos del país, y los picadores que traían 10, 20 y a veces 30 días de viaje, sin otro alimento que carne y agua, devoraban con ansiedad lo que ellos reputaban un delicado manjar.
Las amas de leche eran en esos tiempos casi exclusivamente negras, y los médicos las recomendaban como las mejores nodrizas.
Las negras tan bien cuidadas, tratadas con tanto cariño por sus amos, y más tarde por sus patrories, y que habían sabido generalmente corresponder con tanta lealtad y afecto a los bienes que se las prodigaba, llegaron también a tener su página negra... Vino el tiempo de Rosas que todo lo desquició, que todo lo desmoralizó y corrompió, y muchas negras se revelaron contra sus protectores y mejores amigos.
En el sistema de espionaje establecido por el tirano, entraron a prestarle un importante servicio, delatando a varias familias y acusándolas de salvajes unitarias; se hicieron altaneras o insolentes y las señoras llegaron a ternerlas tanto como a la Sociedad de la Mazorca.
Sentimos haber tenido que cerrar este capítulo [180] con un episodio que arroja una mancha sobre una raza que, hasta entonces, se había portado bien... Pero, y nosotros... ¿no tendremos también algo de que sonrojarnos?... Sirva esto para ellas, pobres ignorantes, siquiera como lenitivo en su culpa.
Capítulo XIX
Las cigarrerías. -El picador de tabaco. -El cigarrero. -La cigarrera. -Interior de su casa. -Fabricación de cigarros; absorción por las máquinas y el hombre. -La madre de la cigarrera; su talento diplomático; el almacenero.


I
Las cigarrerías, propiamente dichas, no se conocían en los tiempos a que nos venimos refiriendo. Las vimos con profusión en Montevideo en 1842, donde probablemente existían desde época anterior; luego que la emigración argentina regresó después de la memorable batalla de Caseros, las cigarrerías en la forma que hoy las conocemos, empezaron a establecerse entre nosotros.
Antiguamente, los cigarros se expendían en los almacenes y pulperías. Hubieron después, algunas casas especiales como el almacén de Rey, el de Villarino, el Poste Blanco de Muñoz, de Giménez, de Sánchez al lado de la confitería de Baldracco, etc., en donde se vendían cigarrillos muy buscados por los aficionados al buen tabaco.
Casi todos los almaceneros tenían su picador de [182] tabaco, especie de profesor ambulante que iba de almacén en almacén, permaneciendo en cada uno el tiempo suficiente, con arreglo al despacho de cigarrillos o de tabaco picado.
También tenían su cigarrero; algunos, aunque pocos, trabajaban en sus propias casas, pero los más lo hacían en el almacén o pulpería, precaución que tomaban los dueños de éstos, para que no cambiasen el tabaco. Colocábase el cigarrero en paraje resguardado del viento, (a fin de que el tabaco no se aventara) con una fuente de lata o cosa parecida puesta sobre los muslos, con tabaco picado y una provisión de hojas de papel de hilo, cortado artísticamente con un cuchillo ad hoc, envolviendo y cabeceando sus cigarrillos con admirable prontitud y destreza.
No se envolvían los cigarros en papel de plomo ni tenían envelope con etiqueta, ni nos favorecían los fabricantes con sus importantes efigies; en fin, carecían de toda clase de cubierta. Se ataban simplemente por ambas extremidades, con hilo negro o colorado, en número de 16 a 20, y cada atado se vendía por un medio de plata y más tarde, por un peso papel, reduciéndose gradualmente el número de cigarrillos hasta quedar en nuestros días en ¡ocho!
Aunque se vendían cigarrillos hamburgueses, de Virginia, paraguayos, corretinos y aun algunos habanos, el que más se consumía era el cigarro de hoja, que podía llamarse del país, fabricado aquí con tabaco del Paraguay, de Corrientes, de Tucumán, y, algunas veces, aunque muy raras, del cultivado en esta provincia. [183]


II
Este ramo de industria estaba, puede decirse, exclusivamente en manos de la mujer, y muchas familias pobres se sostenían bien con sólo la fabricación de cigarros de hoja.
Algunas compraban el tabaco al contado; otras pagaban su importe con los cigarros que entregaban, o sacaban la mitad de su valor en gasto; algunas, que podremos llamar mayoristas, y que gozaban de mayor crédito, tomaban un petacón con 10, 12 o más arrobas, que también pagaban paulatinamente, con entrega de cigarros; en fin, como antes hemos dicho, la fabricación de cigarros de hoja les ofrecía un medio honesto de vivir, pero la cigarrera, batida en brecha por las máquinas y los cigarreros, sólo se la ve refugiada en uno que otro suburbio o en la campaña.


III
Penetremos, sin embargo, a una casa de familia pobre, pero honrada, que se sostenía haciendo cigarros, y veamos lo que más o menos pasaba en ella.
La madre o la señora mayor, era, en general, la encargada de ir al almacén a comprar el tabaco; no porque a las muchachas les faltase ganas de ir, sino porque sus manos no podían, sin grave perjuicio, [184] apartarse de la mesa, y la señora vieja tenía una parte menos directa en la elaboración. Cuando podía ostentar un sirvientito, suyo, o pedido en el barrio con ese objeto, éste venía tras la señora, con su arroba, o más o menos, de tabaco colorado. Si de esto no podía hacer gala, ella misma traía su tabaco del modo más disimulado posible, debajo de su mantón o rebozo.
Llegada a su casa, la pregunta más natural era:
-«¿Cómo le ha ido, mama, con don Crisólogo (el almacenero), siempre ventajero?»
Aquí se presentaba la oportunidad de darse la señora importancia y hacer comprender que el buen negocio había pendido exclusivamente de su perspicacia y savoir faire.
-«¡Qué, hijita! Don Crisólogo siempre el mismo; me quería endosar pura tripa, pero yo, tiesa que tiesa, le hice abrir porción de mazos, y al cabo me he traído un tabaco riquísimo; ¡es un oro, pura hoja! Dice que el sábado sin falta le manden 15 o 20 atados de cigarros. ¿Está el agua caliente? ¡queda tan lejos este maldito almacén! Vengo rabiando por tomar mate.» Remuneración, según ella, justamente merecida por su talento y tacto diplomático cerca de don Crisólogo.


IV
Sobre mesas o un catre de lona o de cuero, veíase siempre en el patio, en buen tiempo, tabaco puesto a secar: el tiempo húmedo era el mayor enemigo de la cigarrera. [185]
Toda la familia, o la mayor parte de ella, por lo menos, tenía participación en la operación de abrir tabaco y separar la tripa de la hoja; una de las más prolijas se ocupaba de remojar, luego abrir y apilar hoja sobre hoja, las que más tarde se empleaban para la capa externa o envoltura del cigarro; la niña, o las niñas, eran las fabricantes.
Si, como sucedía con frecuencia, eran buenas mozas, esto daba motivo al almacenero para tomar por pretexto la necesidad apremiante y repentina de cigarros, a fin de tener entrada en casa de la cigarrera, donde, como es de suponer, era bien recibido.
Uno de los recursos con que muy legítimamente contaba ésta, era el de vender por menudeo, pues es claro que del atado (128 cigarros), que vendía al almacenero o pulpero por seis pesos, por ejemplo, sacaba ella diez, y no faltaban compradores.
Así, muchos jóvenes, al pasar por la ventana, hábilmente entreabierta, de la pieza en que, bien peinada y arregladita, trabajaba la cigarrera, no podían menos que detenerse a comprar cigarros de hoja, aun cuando en su vida fumasen sino papel. Por regla general, cuando esto sucedía, no había cigarros hechos, rogándole al comprador que entrase un momento mientras preparaba un peso de los más rubios y bien acondicionados. Mientras duraba esta operación, la conversación no escaseaba, y aun en casos excepcionales, era acompañada de un matecito, tal vez con azúcar quemada.
Pero no se crea por esto que las cigarreras eran como el gran número de desgraciadas que todos han tenido ocasión de ver en estos últimos años despachando en las cigarrerías. No; eran hijas honradas de madres pobres, que honestamente ganaban [186] el pan. Ese deseo de entrar en relación con las personas que consideraban decentes, que acudían a comprar, era, hasta cierto punto, natural y disculpable, y aun instintivo; no diremos que no habría una segunda intención en su cortés invitación, pero ésta se mantenía dentro de los límites del decoro. Con aquella franqueza, pues, con aquella desenvoltura graciosa de la mujer argentina, aun en la clase media, recibían estas visitas, sosteniendo una conversación agradable y mesurada, dando alguna vez su inocente ardid, feliz resultado, pues más de un visitante cayó en las redes, hábilmente tendidas por la graciosa cigarrerita.



Capítulo XX
El limosnero. -Limosneros a caballo. -Escritores ingleses, sobre este punto. -Limosneros negociantes. -Limosneros propietarios. -Asilo de mendigos; su inauguración. -Mendicidad en el día.


I
El limosnero era otro tipo especial en aquella época. Había algunos, y entre ellos muchas mujeres, viejas por lo general, que tenían sus días señalados en que concurrían a determinadas casas, cuyos dueños acostumbraban darles dinero, ropa, o alguna otra cosa; pero los más andaban diariamente por las calles y de puerta en puerta (entonces no había asilo de mendigos), y era una mortificación el inmenso número de limosneros que, uno tras otro, iban llegando a la puerta de calle o al zaguán y aun hasta el patio, desde donde con voz lastimera, pedían una limosna, por amor de Dios, para su pobre ciego, manco, o lo que fuese; y sólo se retiraban cuando se les daba o se les contestaba perdone, por amor de Dios; frase que había generalmente que repetir muchas veces, porque ellos seguían importunando, y no querían darse por notificados. [188]
Casi inútil parece agregar que había entre ellos un buen número de pseudo-cojos, ciegos, etc.; de lo que no hay duda es, que todos eran sordos... cuando se les decía perdone, pues como hemos dicho, había que repetirlo hasta el fastidio.
Ha llamado mucho la atención de Parish, Robertson, Hutchinson y otros que han escrito sobre este país, el ver pordioseros a caballo. En efecto, muchos se veían cruzar, cabalgando, nuestras calles. Estos vivían en los suburbios y hacían sus incursiones diarias.
A la generalidad de los pordioseros rara vez se les daba dinero; recolectaban tanto en las casas de negocio como en las particulares, pan, velas, a veces hierba y azúcar, ropa de deshecho, etc. En el mercado, a ciertas horas, sobrantes de carne, verdura y fruta. No hay duda que lo que no consumían lo convertían en dinero; se hablaba, entre otros, de un negro viejo que vivía en un ranchito inmediato a la Recoleta, cuya mujer tenía allí una especie de puestito o boliche, y vendía el pan y demás que recolectaba su esposo.
Algunos habían podido reunir lo suficiente para comprar una o más casitas, y, sin embargo, continuaban en su productiva profesión. Por lo que se ve, la mendicidad de oficio ha existido en todos tiempos.


II
El Asilo de Mendigos que, según la opinión de algunos, que creemos tienen razón, debiera más bien llamarse Asilo de Pobreza, o cosa parecida, puesto que sus moradores no van ya a mendigar, ha venido a remediar, en parte, el mal. [189]
Este útil establecimiento, creado en el Convento de Recoletos, fue solemnemente inaugurado el 17 de octubre de 1858; mucha parte tuvieron en su buen resultado los esfuerzos de las sociedades filantrópicas, y el 31 de diciembre del mismo año, existían ya albergados 79 mendigos.
El Asilo, decíamos, ha remediado, en parte, el mal; sin embargo, no puede librar a la sociedad de ser víctima de engaños y embustes.
Todos sabemos que pocos años atrás, entre los inmigrantes venían personas que no tenían más oficio, y que, después de mendigar (a veces familias enteras), por más o menos tiempo, se volvían a su país a gozar el fruto de su lucrativa ocupación.
Estos han desaparecido casi completamente, gracias a la persecución tenaz que les ha hecho la policía; pero en cambio, ha aumentado la mendicidad a domicilio, en diversas formas; formas apenas conocidas en las épocas a que este escrito se refiere. Había uno que otro pobre vergonzante, y también uno que otro petardista, pero los casos eran excepcionales.
Hoy tenemos al que viene provisto de mayor o menor número de certificados, que prueban su lamentable situación.
Otro, que presenta una lista de suscripción para remediar, en parte, alguna enorme desgracia, muchas veces, con nombres de contribuyentes que nadie conoce.
El de más allá, tiene a la mujer y Dios sabe cuántos hijos, enfermos, y carece de todo recurso.
También hay mujeres que se ocupan de lo mismo, desempeñando varios roles, tendentes todos [190] a despertar sentimientos de caridad y de conmiseración.
No hay duda que la situación especial en que se encuentra el país ha engendrado esta clase, especial también, de mendigantes, y que el tipo de limosnero de esos tiempos ha desaparecido casi por completo. -Aquello era mortificante; esto va haciéndose insoportable. [191]



Capítulo XXI
El señor Bevans. -Proyecto de muelle. -Noria de la Recoleta. -Los primeros sepultados en la Recoleta. -La ensenada de Barragán. -El camino blanco. -Traje de Bevans. -Su aventura en la Quinta.


I
Nos hemos ocupado ya incidentalmente del señor Bevans; sin embargo, vamos a decir algo más a su respecto.
Don Santiago Bevans, ingeniero hidráulico, llegó a Buenos Aires, con su familia, en 1822.
Tratose entonces, utilizando a la vez los conocimientos de un ingeniero francés, señor Cattelin, de la construcción de un muelle, pero nada pudo hacerse por falta de fondos.
Dio principio en 5 de enero de 1824, al ensayo de un pozo artesiano en la noria de la Recoleta; pero este ensayo no dio el resultado que se esperaba.
Y ya que de la Recoleta hablamos, recordaremos, de paso, que el 18 de noviembre de 1822, se sepultaron los primeros cadáveres en el Cementerio del Norte (Recoleta), único que existía entonces. Según el asiento del libro del Cementerio, esos cadáveres [192] fueron, del párvulo liberto Juan Benito y de la mujer de 26 años, blanca, nacida en el Estado Oriental, María de los Dolores Maciel.
Volviendo al señor Bevans, él declaró que la Ensenada de Barragán, era nuestro verdadero puerto. Él construyó gran parte del célebre camino blanco, que aún existe en esa localidad.
Don Santiago Bevans era cuáquero, y su esposa pertenecía a la misma secta. Vestían, pues, un traje especial; él usaba un casacón ancho, de faldones, y sombrero muy semejante al que usan hoy los clérigos, que es mucho más reducido en tamaño que el que usaban antiguamente. A propósito de este casacón, referiremos una anécdota de su familia.


II
Sea consultando la salud, sea por gusto o por economía, ignoramos el motivo, el señor Bevans habitó con su familia la quinta conocida por de Peña (hoy creemos del señor Cazón), inmediata a la del señor Rodríguez, conocida por de Bola de Oro; nombre que, hasta hace poco, se daba también a la Capilla del Carmen, edificada en terreno, y aun se dice que con dinero de dicho Rodríguez, que, siendo inmensamente rico, mereció ese apodo.
Esta quinta de Peña era, por aquellos años, sumamente lóbrega, pues todos estos barrios estaban tan despoblados, que en muchas cuadras no había un solo edificio. La quinta misma, tenía más de dos cuadras de frente, sin calle que la dividiese en manzanas. [193]


III
Era una hermosa noche de verano, y el señor Bevans comía, como a las siete y media, muy tranquilo con su familia, en un espacioso comedor, cuya puerta daba al patio; este patio no tenía separación alguna de la quinta. El calor excesivo lo había inducido a dejar la puerta abierta. El señor Bevans daba la espalda a ésta; repentinamente, un gran número de hombres emponchados y cubiertas las caras, se lanzan a la pieza; uno de ellos se arroja, cuchillo en mano, sobre el dueño de casa, y con la rapidez del rayo, corta de un solo tajo, que envidiaría el más experto cirujano, ¡ambos faldones de su enorme casaca, apoderándose de un rico par de pistolas que ocupaban sus bolsillos, y que el dueño no tuvo tiempo de sacar!
Esté hombre había sido, sin duda, peón o sirviente, de la casa, a juzgar por la seguridad con que procedió.
En un momento, todos los miembros de la familia quedaron prisioneros en sus propios asientos. Ataron a todos, menos a un niño como de 12 años, que a obscuras, se encontraba, por casualidad, en una pieza contigua; allí se agazapó.
La gavilla empezó su registro, felizmente, en las piezas al lado opuesto de donde el niño se hallaba, y después de haber vaciado los cajones de las cómodas y armarios, empezaron a acomodar su contenido [194] en ponchos, colchas y aun en los forros de los colchones.
Pero mientras esto sucedía, el niño logró salir de su escondite y escapar por una pequeña ventana sin reja, y huyendo por el fondo de la casa, consiguió salir a la calle, llegando a todo correr, a la quinta de don Santiago Wilde, distante unas cinco o seis cuadras, la casa de su relación más inmediata, con el parte de lo que ocurría.
Mientras se armaron el capataz, un peón, un sirviente, un amigo que se hallaba de visita y el alcalde, que vivía enfrente, y llegaron con dos individuos más, que en el camino se incorporaron, al lugar del siniestro, sólo alcanzaron a libertar a los infelices que, atados codo con codo, habían presenciado el audaz robo de que eran víctimas.
Los salteadores tuvieron tiempo de hacer sus atados con toda calma, montar a caballo y perderse en esas soledades. [195]



Capítulo XXII
Primer establecimiento de Correos en Buenos Aires. -El correo de aquellos tiempos. -Don Melchor de Albin. -Transformaciones desde la Revolución de Mayo, su antigua residencia. -Don Manuel Rodríguez de la Vega. -Distribución de oficinas. -Mejoras introducidas por su director don Gervasio A. de Posadas. La actual Casa de Correos; pormenores sobre el edificio.


I
Vamos en este capítulo a ocuparnos ligeramente de nuestro Correo. (31)
Por el año 1811, desempeñaba el cargo de administrador don Melchor de Albin, que en época del [196] Gobierno colonial había ascendido a contador de la Administración de Correos, a consecuencia de la destitución de su antecesor, señor Tejada, ordenada por la Junta Gubernativa, y en 1814, el Supremo Director don Gervasio A. Posadas, le expidió el título con la denominación de administrador general de Correos de las Provintias Unidas del Río de la Plata.
En los años que han transcurrido la Revolución de Mayo, la Administración de Correos ha sufrido varias transformaciones. Fue nacionalizada en 1814, bajo la dirección de Albin; en 1826 volvió a serlo, bajo la Presidencia, al cargo del administrador señor don Juan Manuel de Luca, y en 1862, por decreto del 3 de octubre, con la denominación de «Dirección General de Correos de la República», según la ley del presupuesto, sirviendo para ello de plantel la Administración regida por don Gervasio A. de Posadas, hijo del Director Supremo.


II
La Dirección General de Correos y Administración del ramo, de la Provincia, permaneció por muchos años, y hasta hace muy pocos, en la hoy calle de Bolívar, número 115. Su constructor y dueño, don Manuel Rodríguez de la Vega, la adjudicó en su testamento a la Casa de Ejercicios; este mismo señor Rodríguez, fue fundador del Hospital de Mujeres, de la Casa de Expósitos y otras instituciones caritativas a que contribuyó con su peculio.
No se crea que era ésta una casa de Correos ad [197] hoc; era simplemente una casa grande, elegida, sin duda, por esa sola circunstancia; a más, no era central en esos tiempos. Las diversas oficinas estaban distribuidas en las piezas que, ciertamente, no eran adecuadas para el objeto.
De que su servicio fue por muchos años malísimo, no cabe duda; ni método, ni orden, ni regularidad en sus funciones; pero sobre este punto no nos detendremos, siendo suficiente para comprenderlo, lo dicho en el capítulo X.
Mientras estuvo últimamente al frente de la Administración el señor Posadas, se hizo notable la introducción de innumerables mejoras debidas a la buena voluntad e inteligencia de este señor, que hacía loables esfuerzos por poner este útil e importante establecimiento, a la altura en que se encuentra en países más adelantados.
Las reformas que introdujo, fueron el fruto de su constancia en combatir la vieja rutina que por tantos años había prevalecido.
Habiendo hecho algunas ligeras observaciones sobre el Correo de aquellos tiempos, vamos a presentar el reverso de la medalla, ofreciendo algunos datos sobre la actual «Casa de Correos», no deteniéndonos cuanto pudiéramos, en detalles, por no ser nuestro propósito tratar preferentemente de lo que está a la vista de todos; sin embargo, haremos la excepción, que bien merece esta espléndida estructura, y por lo que puede importar en el extranjero.
Con este objeto, nos serviremos de la Memoria presentada por el director del Departamento de Ingenieros. [198]


III
El edificio contiene 3.500 metros cúbicos de albañilería; 350 metros cuadrados de azotea y 120 metros cuadrados de bóvedas. La superficie, cubierta con pizarra, es de 1.500 metros cuadrados, con zinguería artísticamente trabajada, todo ejecutado en el país. Las piezas tienen, por lo menos cinco metros de luz.
Los pisos son: 950 metros cuadrados de baldosa de mosaico, 750 de piedra inglesa y 15.000 de pino de tea.
El terreno que ocupa el edificio, mide 50 metros de frente por 35 de fondo, lo que da 170 metros longitudinales de frente.
La altura media hasta la cornisa, es de 15 metros, y 19 hasta la cumbre del techo. La altura, hasta la cúpula, es de 23 metros.
Los muros, han sido construidos con buenos ladrillos de cal (del país), en mezcla de arena del río de la Plata, de la República Oriental, y cal viva de Córdoba: los revoques con cal viva de Córdoba, arena de la República Oriental y cimiento de Portland: los pisos bajos son de baldosa de mosaico de mármol, de fabricación nacional; los entrepisos, con tirantes de madera dura y bovedillas de acanto, tirantillos y tablas de pino de tea: los patios y veredas cubiertos con piedra inglesa.
Las puertas y ventanas exteriores y las persianas, son de cedro, las demás de pino, las primeras barnizadas y las otras pintadas. [199]
Toda la casa, pintada interior y exteriormente al aceite, exceptuando las piezas bajas del costado Oeste, las bohardillas y los sótanos que lo han sido al temple.
El gran vestíbulo de entrada salón de pasos perdidos, galerías alta y baja, sala de la dirección y despacho del director, oficina pública del telégrafo, oficina de abonados y la casa particular para el director, pintados los cielos-rasos y los muros con esmero y buen gusto, lo que ha inducido a creer que el edificio ha sido construido con lujo, pero si se inspecciona detenidamente el edificio y se tiene en cuenta su costo, se verá que lo único que se ha hecho, es emplear bien el dinero.
Las oficinas para el servicio público, se encuentran en el piso bajo, y en la parte alta las que corresponden a la Administración, siendo su distribución la siguiente:
Entrando, a la izquierda, se encuentra el salón de abonados, con casillero para 2012, y en seguida, la oficina de distribución hasta la entrada para coches, que queda en el extremo Nordeste del edificio.
A la derecha de la entrada, queda la oficina del Telégrafo Nacional, y en seguida, en el frente de la calle Victoria, las oficinas de expedición para el exterior o interior de la República. La parte baja que queda al Este, o sea el fondo, está ocupada por la oficina de certificados, carteros, talleres, depósitos, letrinas y urinales.
El sótano, que se extiende desde la esquina Victoria y Balcarce, siguiendo todo el frente de la calle Victoria, hasta la mitad del que queda al Este, está dividido en: un salón para los mensajeros, una [200] caballeriza para los caballos de servicio de éstos, y un depósito para útiles del telégrafo.
A los costados del gran salón de pasos perdidos, están las oficinas de listas, franqueo, cartas, etc.
Las oficinas de la Administración, ocupan la parte alta del edificio, exceptuando el ala de la izquierda, que es destinada para habitación del director, y tiene entrada particular, en el frente que da a la Casa de Gobierno.
El costo del edificio, sin incluir el valor del terreno, es de 160.000 pesos fuertes. [201]



Capítulo XXIII
Agua para el consumo. -Los pozos. -El agua en verano. -El aljibe. -Reparto del agua. -La carreta aguatera. -El aguatero.


I
El agua para el consumo de la población, se tomaba, como hoy, del río de la Plata; pero de muy diferente modo, no como aguas corrientes. El de los pozos de balde, cuya profundidad varía entre 18 y 23 varas, es, por lo general, salobre e inútil para casi todos los usos domésticos.
Se señalaba por la autoridad, el punto de donde los aguateros debían sacar su provisión del río; pero esta disposición era burlada muy frecuentemente, sacando de donde más les convenía, aun cuando estuviese revuelta y fangosa.
El agua, rara vez se encontraba en estado de beberse cuando recién llegada del río; en verano, expuesta a los rayos de un sol ardiente, no sólo en el río, sino en su tránsito por la ciudad, se caldeaba de tal modo, que no se tomaba porque, según la expresión de aquellos días, estaba como caldo.
Casi siempre se encontraba turbia, y sólo después [202] de permanecer por más o menos tiempo en las tinajas o barriles en que en las casas se depositaba, se hallaba en condiciones de poderse tomar.
Otras veces, era preciso emplear el alumbre u otros medios, como el filtro, por ejemplo, para clarificarla.
El aljibe era entonces, como es hoy, un valioso recurso, pero sólo se encontraban en determinadas casas, a pesar de prestarse éstas por sus azoteas planas y con declive al acumulo de agua potable.
Veamos cómo se inicia el reparto del agua del río.
La carreta aguatera era tirada por dos bueyes. El aguatero, que por supuesto usaba el mismo traje que el carretillero, el carnicero, carnerero, etc., es decir, poncho, chiripá, calzoncillo ancho con fleco, tirador y demás pertrechos, era hijo del país, y ocupaba su puesto sobre el pértigo, provisto de una picana (una caña con un clavo agudo en un extremo), y una macana, trozo de madera dura, con que hacía retroceder o parar a los bueyes, pegándoles en las astas. Como es de suponer, con los pantanos y el mal estado, en general, de las calles, estos pobres animales tenían que sufrir mucho.
La carreta aguatera era toscamente construida, aunque algo parecida a la que hoy se emplea tirada por un caballo; tenía en vez de varas, pértigo y yugo.
A cada lado de la pipa, en su parte media, iba colocado un estacón de naranjo, u otra madera fuerte, ceñidos ambos entre sí, y en su extremo superior por una soga, de la que pendía una campanilla o cencerro, que anunciaba la aproximación del aguatero. [203]
No se hacía entonces uso de bitoque o canilla; en su lugar había una larga manga de suela, y alguna vez de lona, cuya extremidad inferior iba sujeta en alto por un clavo; de allí se desenganchaba cada vez que había que despachar agua, introduciendo dicha extremidad en la caneca, que colocaban en el suelo sobre un redondel de suela o cuero, que servía para impedir que el fondo se enlodara. Por mucho tiempo, daban cuatro de estas canecas por tres centavos. [205]



Capítulo XXIV
Cafés y hoteles. -Cafés Catalanes; sus varios dueños. -Cómo se servía el café con leche. -Los mozos, sus trajes. -Hoteles de hoy y hoteles de entonces. -Banquetes en ellos. -Residentes escoceses. -Ministros norteamericanos. -Banquete del 23 de abril de 1823; concurrentes a él. -Brindis. -Cordialidad entre nativos y extranjeros. -Banquete a César Augusto Rodney; su inesperado fallecimiento; honores fúnebres decretados por el Gobierno.


I
Como nuestros lectores saben, tenemos hoy gran número de cafés y hoteles de primer orden, montados a la europea; no nos detendremos, pues, mucho en ellos, y trataremos de dar una ligera reseña de lo que fueron éstos, en tiempos pasados.
Los cafés más lujosos y mejor atendidos, eran el Café de Marcos y el de la Victoria; seguía el de Catalanes, Martín, Santo Domingo y varios otros de segundo orden. El de Catalanes como se sabe, existió hasta hace muy poco, sufriendo repetidas transformaciones, exigidas imperiosamente por el progreso general. Los actuales habitantes de la ciudad de Buenos Aires, lo han conocido en manos [206] de los señores Perdriel; muchos en las del simpático Migoni, y un número desgraciadamente hoy más limitado, en las de su director, y creemos que fundador, don José Bares.
Después de algunos años, llegó a ser uno de los más importantes por su proximidad al Teatro Argentino, por sus espaciosas salas y hermoso patio, siempre muy concurrido en las noches de verano; y el Café Catalanes, por el año 70, se contrató por un largo período a razón de 15.000 pesos mensuales.


II
En aquellos tiempos de Dios, no se conocían los helados (por lo menos en la forma que en el día se expenden); solían fabricarse en las casas de familia, allá a su modo; ni la grosella, la soda, el tamarindo, ni tanta otra cosa que hoy se encuentra en establecimientos de esta clase y en las confiterías. No se daba de almorzar en los cafés; el despacho quedaba reducido a café, té, chocolate, candial, horchata, naranjada y algunas copitas.
Servíase entonces el café con leche; o como muchos decían, café y leche, en inmensas tazas que desbordaban hasta llenar el platillo; jamás se veía azúcar en azucarera; se servía una pequeña medida de lata llena de azúcar, generalmente no refinada; venía colocada en el centro del platillo y cubierta con la taza; el parroquiano daba vuelta a la taza, volcaba en ella el azúcar, y el mozo echaba el café y la leche hasta llenar la taza y el plato. [207]
Las tostadas con manteca, siempre traían azúcar por encima.
El chocolate que se servía era, por lo general, bueno, acompañado, invariablemente, de su correspondiente vaso de agua.
Los mozos respetaban poco a los concurrentes, presentándose en verano en mangas de camisa, y esa, no siempre de una limpieza intachable, y muchas veces, fumando su cigarrillo.


III
Una mirada a nuestros innumerables hoteles de hoy, bastará para comprender cuánto hemos adelantado a este respecto.
Allá por los años (creemos que entre 22 y 25), existían dos hoteles ingleses, uno de Faunch, el otro de Keen; (32) el de Faunch, era de primer orden y satisfacía por completo el gusto inglés; de manera que allí celebraban sus suntuosos banquetes, sus días de festividad nacional, el cumpleaños del Soberano reinante, etc.
A estas espléndidas comidas asistían siempre los miembros del Gobierno argentino. (33)
Los residentes escoceses festejaban también en [208] aquellos años, el día de San Andrés (30 de noviembre), en este mismo célebre hotel, con presencia, casi siempre, del gobernador y sus ministros.
Los norte-americanos en Buenos Aires, han acostumbrado siempre celebrar su independencia (4 de julio), en aquellos tiempos, en los hoteles de mayor rango, y después, con banquetes dados por sus ministros residentes.
Como un justo recuerdo de las personas y de los sentimientos dominantes en aquella remota época, transcribiremos aquí algunas palabras relativas a uno de estos banquetes, el 23 de abril de 1823.
En conformidad con la práctica seguida en esta ciudad, el comercio británico celebró el aniversario de su Rey Jorge IV, en el hotel inglés, situado en la plaza de 25 de Mayo, dando un banquete, a que asistieron 62 individuos de dicha nacionalidad, y 10 de Buenos Aires.
«Según la descripción que se nos ha pasado, observa El Centinela, no es fácil decir lo que más se ha distinguido en aquel acto; si el adorno brillante, si la decoración expresiva de la sala, si la circunspección en todas las acciones de los concurrentes, si el espíritu patriótico que se desenvolvió en dicho acto, o si la reciprocidad afectuosa que se notó entre extranjeros y nacionales. Las armas británicas estaban colocadas a la cabeza del presidente, y las de Buenos Aires a la del vice-presidente.»
En este banquete se pronunciaron, entre otros, los siguientes brindis:
El Rey.
El Ejército y Marina.
La Constitución británica. [209]
Su Excelencia el gobernador de Buenos Aires, y buen éxito en su empresa actual.
El Gobierno representativo y ejecutivo de Buenos Aires, que ha demostrado prácticamente a los demás Estados de Sud América las ventajas sólidas de las buenas leyes, sabiamente administradas.
El presidente de los Estados Unidos.
El ilustrado estadista de Sud América S. E. don Bernardino Rivadavia.
___
El señor don Bernardino Rivadavia. -Después de manifestar, en idioma inglés, su reconocimiento a las expresiones con que era favorecido, y de excusarse por no poder expresar en dicho idioma, con más extensión, los sentimientos que lo ocupaban en aquel momento, se contrajo a pedir se le acompañara a beber: por el gobierno más hábil: el inglés; y por la nación más moral e ilustrada; la Inglaterra. El interés comercial y agrícola de la Gran Bretaña; y que el tiempo extienda y consolide su unión con los individuos de Sud América.
___
Unanimidad y prosperidad de los Gobiernos independientes de Sud América.
___
Don Manuel García.
___ [210]
Don Manuel García. -Que al fin de la gran lucha de la razón humana contra los privilegios y preocupaciones, se muestre la Inglaterra, bajo Jorge IV, tan gloriosa como se mostró al principio de esta lid, bajo la Reina Isabel.
___
El doctor don Valentín Gómez, y buen éxito en su misión.
___
Don Valentín Gómez. - La nación inglesa se ha hecho digna de la admiración del mundo entero por su poder, su política y su moral. Los ciudadanos ingleses, llevan por todas partes el distinguido carácter que ella les inspira. En Buenos Aires han sido siempre buenos padres de familia, buenos huéspedes. La provincia debe toda la protección a que se han hecho acreedores. Sobre estos principios, brindo por la prosperidad del comercio británico en este país; y que él reciba nuevo incremento por el resultado de la misión a la Corte del Janeiro, del que tengo el honor de hallarme encargado.
___
Las bellas británicas.
___
El progreso de la libertad civil y religioso por el mundo.
___ [211]
La señora de S. E. el gobernador de Buenos Aires, y sus bellas paisanas.
___
Don Juan Cruz Varela. -El complemento de la libertad civil, perfectamente garantida por la Constitución inglesa: -el juicio por jurados. -¡Pueda cuanto antes hacérsele lugar en mi país!
___
La rosa, el cardo y el trébol.
___
El Ministerio inglés.
___
Don Ignacio Núñez. -Al honor que resulta a la diplomacia inglesa de haber ella sola neutralizado la influencia total, que la santa alianza se preparaba a derramar por el mundo civilizado.
___
Don Manuel Sarratea. -Los ingleses residentes en Buenos Aires. -Que nuestras mutuas relaciones se estrechen más y más cada día; y que esta conexión sea tan útil a nuestra independencia política y libertad civil, como lo ha sido para el comercio de nuestro país.
___ [212]
Don Carlos Alvear. -A la memoria de Nelson, héroe de Trafalgar.
___
Don Valentín Gómez. -El duque de Wellington, tan grande en Waterloo como en Verona.
___
La libertad de la prensa y juicio por jurados.
___
Estos brindis se interpolaron con músicas alusivas y con cantos repetidos, que se entonaron por varios de los concurrentes al banquete.
Lo citado basta para demostrar la cordialidad y buena inteligencia que reinaba en aquellos tiempos, entre nativos y extranjeros; sentimiento que, como nuestros lectores saben, lejos de debilitarse, se ha fortificado más y más.


IV
El 25 de mayo de 1824, hubo también un gran banquete oficial dado a César Augusto Rodney, primer ministro plenipotenciario de los E. U., que vino al país, al que asistieron 127 personas.
El señor Rodney fue uno de los primeros en brindar; su palabra animada y patriótica, su jovialidad y desenvoltura no indicaban, ciertamente, [213] su próximo fin, y, sin embargo, quince días después ¡no existía! La mención de este suceso inesperado, nos conduce a una triste, pero inevitable digresión.
El 10 de junio de 1824, a las seis de la mañana, murió, casi repentinamente, este hombre tan generalmente querido.
El Argos, al citar este lamentable acontecimiento, se expresa en estos términos: -«Es nuestro deber manifestar, como lo ha hecho toda la ciudad, el sentimiento que nos ha causado este triste, suceso, y agradecer, por lo que a nosotros toca, el modo cómo lo ha testificado el Gobierno por su decreto.»
El decreto a que se refiere, fue el siguiente:


Buenos Aires, junio 10 de 1824
«El fallecimiento del señor César Augusto Rodney, ministro plenipotenciario de los Estados Unidos, ha producido en el ánimo del Gobierno de Buenos Aires, todo el sentimiento que inspira la pérdida para su país de un ciudadano distinguido; y para la América, de un celoso defensor de sus derechos, muy especialmente adherido a las Provincias Unidas del Río de la Plata. En su virtud, deseoso el Gobierno de dar un testimonio público de este sentimiento y del reconocimiento en que lo queda, ha acordado y decreta:
»1.º Se elevará un monumento sepulcral costeado por el Gobierno, donde se depositen los restos del honorable César Augusto Rodney, como una memoria de gratitud.
»2.º El costo del monumento será cubierto de [214] los fondos destinados a gastos discrecionales del Gobierno.
»3.º Líbrense las órdenes que el cumplimiento de este decreto manda, e insértese en el Registro Oficial.
»Heras.
»Manuel J. García.»
___
Los ministros secretarios con toda la plana mayor del Ejército, y Jefes de los departamentos, asistieron a las exequias del señor Rodney, en el Cementerio inglés, y el Gobierno decretó los siguientes honores:
A la salida del cuerpo, de la casa mortuoria, una salva nacional en la Fortaleza.
Al entrar el cuerpo al Cementerio, otra salva igual, por la artillería volante que había formado fuera del Cementerio.
Al depositar el cuerpo en el sepulcro, una descarga por un batallón de infantería.
___
Se estrenó con su cuerpo el carruaje fúnebre de primera clase, en el cual iban cruzadas las banderas de los Estados Unidos y de las Provincias Unidas del Río de la Plata.
El señor Rodney, habiendo desembarcado en Buenos Aires el 16 de noviembre del 23, sólo residió entre nosotros seis meses y 26 días. En tan corto tiempo supo captarse la estimación y aprecio de todos. Hecha esta pequeña digresión, que, hemos creído del caso, continuaremos en el siguiente capítulo nuestra pincelada sobre los hoteles. [215]



Capítulo XXV
Hoteles de Faunch, de Keen, de Smith, de Thorn. -Fonda de la Ratona. -Cómo eran las fondas. -Vinos. -Anécdota de Ramírez. -Los mozos; su traje y comportamiento. -Hoteles del día. -Posadas.


I
Más o menos, por la misma época en que citamos la existencia de los hoteles de Faunch y de Keen, teníamos también el de Smith; hombre de color, pero, en su trato, un cumplido caballero. Smith servía también a la inglesa, y se hizo célebre por sus beefsteaks. Era, a ese respecto, en aquel tiempo, aún más afamado que lo es hoy Charley, en los altos frente al Banco Nacional. Al Hotel de Smith concurrían muchos hijos del país.
Los norte-americanos frecuentaban uno tenido con esmero por una señora norte-americana, la señora de Thorn.
Después de los hoteles que acabamos de citar, si mal no recordamos, nada había en ese ramo que pudiera ofrecer mediano confort. Teníamos bodegones, fondines y fondas; entre éstas, la Fonda de la Ratona, en la calle hoy Cangallo, inmediato, o acaso en el mismo sitio que ocupa en el día el Ancla Dorada, y otras varias por el mismo estilo.
En estas fondas todo era sucio, muchas veces asqueroso; manteles rotos, grasientos y teñidos con vino carlón, cubiertos ordinarios y por demás desaseados. El menú no era muy extenso, ciertamente; se limitaba, generalmente, en todas partes, a lo que llamaban comida a uso del país; sopa, puchero, carbonada con zapallo, asado, guisos de carnero, porotos, de mondongo, albóndigas, bacalao, ensalada de lechuga y poca cosa más; postre, orejones, carne de membrillo, pasas y nueces, queso (siempre del país), y ese de inferior calidad.
-El vino que se servía quedaba, puede decirse, reducido al añejo, seco, de la tierra y particularmente carlón.
Este último vino nos trae a la memoria una anécdota de aquellos tiempos. Había un tal Ramírez, hombre de alta estatura y bastante corpulento, que tenía grande apego al teatro y a todo lo que se relacionaba con él. Ayudaba entre bastidores al acomodo, cambio de decoraciones, etc., y solía hacer también de vez en cuando, su papelillo, de aquellos en que, entra un criado, presenta una carta y se va, o cosa por el estilo; aunque algunas veces se aventuraba a roles un poco más largos, y en los que no podemos decir se portase mal.
Pero viendo sin duda Ramírez, que esto no daba para satisfacer sus necesidades, resolvió ocuparse de otro negocio, y estableció (contando siempre, con la protección de sus hermanos de arte) una especio de fondín, en muy modesta escala, en la esquina (hoy almacén) que hace cruz con el entonces Teatro Argentino, siendo los actores sus más constantes clientes. [217]
El vino que daba era carlón, del que traía una damajuana de algún almacén inmediato, cada vez que lo precisaba. Pero algunos parroquianos quisieron variar y siendo ese el vino más barato, tuvo que idear cómo satisfacer ese deseo, consultando a la vez su propio interés, y un día anunció con mucho aplomo que tenía en su fonda tres clases de vino, carlón, carlín y carlete; todos estos vinos salían, por supuesto, de la misma damajuana; el secreto estaba en la mayor o menor cantidad de agua con que rebajaba el carlón. La broma fue muy bien recibida; lo cierto es que, sus clientes tomaban de los tres vinos; pero continuemos nuestra historia.


II
Los mozos se presentaban en verano, a servir en mangas de camisa; baste decir que sólo se ponían la chaqueta para salir a la calle, esto es cuando no la llevaban colgada sobre un hombro a lo gitano: en chancletas y algunas veces aun sin medias, y como los del café, fumando su papelillo, y con el aire más satisfecho del mundo, entrando en conversación tendida y familiar con los concurrentes.
Este tipo se conserva aún hoy en los fondines y bodegones de la ciudad y en la campaña en algunos hoteles, presentándose los mozos sin saco ni chaleco, con el pantalón mal sujeto por medio de una faja y en chancletas.
Se ha repetido muchísimas veces, que los pueblos [218] tienen el gobierno que merecen, y este dicho es en cierto modo, aplicable a los parroquianos de aquellos tiempos; no porque dejase de ser gente muy digna, sino porque no sabían infundir respeto, dando lugar a la descortesía y aun insolencia de los sirvientes.
Por ejemplo; en verano, cada concurrente no bien salvaba el dintel del comedor en la fonda, entraba resbalándose la chaqueta, saco o levita y comía en mangas de camisa; nadie soñaba en quitarse el sombrero para comer. En fin, toda regla de urbanidad desaparecía por el mero hecho de hallarse en una fonda. Esta falta de respeto recíproco entre los concurrentes, esa familiaridad, nada más que porque comían en una misma pieza, pronto se hacía extensiva a los mozos, que terciaban también. Puede ser que esa intimidad ya extremada, haya nacido de la circunstancia que, siendo la población mucho más reducida, éramos casi todos más o menos conocidos, puros nosotros; no se veían entonces en las fondas, tantas caras desconocidas. Sea de ello lo que fuere, a poco andar, la conversación se hacía general de mesa a mesa; cada uno levantaba cuanto podía la voz a fin de hacerse oír, de aquel a quien se dirigía, armándose, al fin, una tremolina, en que nadie se entendía, entre este fuego cruzado de palabreo.
Los jóvenes, también, que las frecuentaban, muy especialmente los militares, hacían alarde de portarse mal y tenían el singular gusto de perjudicar cuanto podían al fondero, ya mellando a hurtadillas los cuchillos, rompiendo los dientes a los tenedores, echándole vinagre al vino que quedaba, mezclando la sal con la pimienta, en fin, haciendo mil diabluras que sin duda reputaban travesuras [219] de muy buen gusto; previniendo, que, generalmente, eran jóvenes de buenas familias, los que hacían gala de mal educados. Todo esto, pues, concurría sin duda para desalentar al dueño de casa, en sentido de mejorar el servicio de mesa.
¡Qué diferencia entre aquéllos y los hoteles de hoy! ¡Qué orden, regularidad y limpieza se nota en la generalidad de éstos! La circunspección y mutuo respeto en los concurrentes; la atención y actividad en la falange de sirvientes, bajo el ojo vigilante del propietario, uniformemente vestidos, bien peinados, bien calzados y ostentando su albo delantal.
Las posadas eran escasas y las que habían, desaseadas por demás. Las casas amuebladas no se conocían, ni la comodidad que hoy ofrece para pasar la noche, el Hotel de Roma, el de París, de la Paz, del Globo, L'Universel, del Ancla Dorada y tantos otros.
En las casas particulares, con frecuencia se alquilaban piezas, a veces amuebladas; y los extranjeros, muy particularmente los ingleses, procuraban esta clase de alojamiento con la idea de aprender más pronto el castellano. En algunas casas de familias muy respetables del país, daban también almuerzo y comida a sus inquilinos.
No hay que dudarlo: en algunas cosas hemos progresado asombrosamente; en otras... estamos donde estábamos; y en muchas, preciso es decirlo, estamos peor.
La marcha del progreso tiene que ser lenta para ser segura. [221]



Capítulo XXVI
Usos y costumbres. -Patrullas. -¿Quién vive? -La Patria. -Crímenes; menos que hoy. -Asesinato de Misereti. -El uso del cuchillo. -Criminales en el día. -Empeños. -Administración de justicia; lentitud de sus procedimientos. -Exposición de cadáveres. -El suicidio. -Vida fácil en tiempos pasados. -Velorios. -Saludo en la calle. -Medidas filantrópicas. -Presos en Jueves Santo. -Azotes. -El bando.
I
En este capítulo vamos a ocuparnos de algunos usos y costumbres, que gradualmente han ido cayendo en desuso unos, y modificándose otros.
En aquellos tiempos no había vigilantes apostados en las boca-calles; el servicio de policía en la noche, se hacía por medio de patrullas encabezadas por un alcalde, un teniente alcalde o algún vecino. Todos los hombres estaban obligados a hacer la patrulla cuando llegaba su turno o a poner un personero que costaba, generalmente, de 20 a 30 centavos.
Casi excusado parece decir, que eso se convertía (como todo es susceptible de convertirse) en negocio, y que las citaciones se menudeaban para [222] con aquellos que podían pagar. Muchas veces estas patrullas prestaban buenos servicios, impidiendo peleas, llevando a la policía, ebrios o mal entretenidos; pero algunas ganaban un baile y no salían sino cuando amanecía, hora en que debía terminar su tarea.
Durante la noche empleaban la siguiente fórmula: cuando llegaba cierta hora y veían gente, el comandante de la patrulla daba la voz -«¿Quién vive?» La contestación, de la que la población estaba al corriente, era: «La patria» -«¿Qué gente?» -«Patrulla»- «Haga alto la patrulla y avance el comandante a rendir santo y seña.» Entonces, ambas patrullas hacían alto, los comandantes avanzaban algunos pasos a vanguardia de su respectiva comitiva, y el uno decía en voz baja el «santo» y el otro contestaba la «seña.»
Si en vez de patrulla era uno o más individuos, al «¿quién vive?» se contestaba -«la patria»- al «¿qué gente?» -«paisano», militar o lo que fuese y como es de suponer en ese caso, no había ni santo ni seña.
En estas patrullas, iban ya por tocarles el turno, o como personeros por los 20 centavos, algunos vejetes que podrían derribarse de un soplido, armados, uno de un machete o un latón, otro de un fusil de chispa, tal vez sin gatillo.
La verdad es, que la vigilancia armada no era tan necesaria como ha llegado a serlo después; los crímenes de toda clase eran infinitamente menos numerosos.
No queremos decir que absolutamente no se cometía alguno; pero lo cierto es que eran rarísimos los robos y los asesinatos premeditados, excepcionales; la mayor parte de las muertos violentas [223] resultaban de peleas. Entre los crímenes cometidos recordaremos el siguiente: Creemos que fue en 1824, un genovés, Misereti, (ignoramos si era nombre o apodo) que tenía hojalatería, del Colegio media cuadra para el río, fue bárbaramente asesinado por dos negros de su servicio. Estos fueron fusilados en la plaza del Retiro; y un muchacho cómplice, se salvó de la última pena por su poca edad, pero se le obligó a presenciar la ejecución.
Algunos dicen, que el mayor desenvolvimiento del crimen en estos días, está perfectamente explicado por el aumento de población y por la poca escrupulosidad que hemos observado en recibir toda clase de inmigrantes. No hay duda que esta circunstancia en mucho ha influido, pero hay además otras muchas causas que han obrado poderosamente en el aumento aterrador del crimen, entre nosotros.


II
Preciso es confesarlo; teníamos una mancha negra; el uso del cuchillo. En la clase baja, tanto en la ciudad como en la campaña, en la más trivial contienda, a un dos por tres salían a brillar los cuchillos, dagas, o facones; los casos, pues, de heridas en pelea eran casi diarios, y frecuentes los de muerte.
Durante la sabia administración de Rivadavia, debido a la prohibición de cargar cuchillo, los casos fueron algo menos repetidos, y no se oía jamás de les crímenes atroces que hoy diariamente registra la prensa, en que aparecen familias enteras [224] asesinadas, mujeres y criaturas, hasta en brazos, bárbaramente degolladas. Con placer declaramos, sin embargo, que hace algún tiempo que no se repiten estas horribles escenas; mucho puede haber influido la presencia de la policía rural en la campaña: sin embargo, siguen los robos en toda escala, con profusión.
Comprendemos que en todas partes del mundo se cometen crímenes, que éstos no se pueden evitar; pero sí puede reducirse el número de ellos: entre nosotros no disminuyen como debieran, por el modo deficiente de administrar justicia y la lentitud de sus procedimientos cuando ella se aplica. Entonces, por ejemplo, un hombre daba una puñalada en pelea por quítame esas pajas; sabía, de antemano, que le costaba unos días de prisión, o cuando más, unas semanas de trabajo en las calles, y esto era ciertamente lo suficiente para intimidar al heridor.
Hoy sucede otro tanto en crímenes de mayor entidad (tal vez la Penitenciaría vendrá a resolver el problema); cansados están los jueces de paz de campaña de enviar a la ciudad criminales famosos que debían 4, 5 o más muertes, y de verlos 4 o 6 días después, paseándose en su partido con toda desfachatez y como desafiando su autoridad. ¿Qué es lo que ha pasado? Es muy fácil de explicar. Ha llegado el reo a la ciudad con un formidable proceso; crúzase el empeño de algún magnate, y hete aquí puesto en libertad al asesino, que vuelve a continuar en su camino de crímenes y a burlar la autoridad que había cumplido con su deber, y a quien no le queda gana de volverlo a cumplir.
Cuando no ha mediado este empeño, viene la [225] inmoral y degradante medida de convertir al presidiario, al feroz asesino, en soldado de línea, deshonrando al Ejército y facilitando la evasión del criminal. «Este hecho solo -dice el doctor Quesada (34) refiriéndose la esta medida-, formaría el proceso y la deshonra de una administración que fuese verdaderamente libre»: y a fe, que tiene razón.
Las reflexiones que han surgido nos han hecho detener demasiado al hablar de las patrullas.


III
Era costumbre poner en exhibición, bajo los portales del Cabildo, el cadáver de alguien que se hubiese encontrado muerto en las calles, sin duda con el objeto de que fuese reconocido y reclamado por sus deudos. No era raro ver al lado del cadáver un platillo destinado a recolectar limosna para ayudar a sepultarlo, o para velas o una misa.
Los progresos de la civilización nos han libertado felizmente, de tan triste y repelente espectáculo. (35)
La generalidad de los cuerpos exhibidos eran por peleas, accidentes casuales o muertes repentinas; porque, lo repetimos, hasta entonces, estábamos libres, casi por completo, de esos crímenes premeditados y salvajes, que han manchado los anales de las naciones más civilizadas de Europa y que hoy se repiten con aterradora frecuencia, entre nosotros.
El suicidio, puede decirse, que era igualmente desconocido. En el espacio de muchos años, sólo ocurrió uno que otro caso y los suicidas fueron extranjeros.
Verdad es, que aquellos tiempos eran de abundancia y bienestar; los afanes, las ansiedades consiguientes al sostenimiento de una familia, aun numerosa, no preocupaban a nadie en un país en que se vivía sencillamente; en que era tan fácil ganar dinero y en que los artículos de primera necesidad costaban tan poco, y cuando la desenfrenada pasión por el lujo no había establecido su tiránico imperio entre nosotros.
También eran raros los desafíos; no sabemos si porque entonces había menos honor que hoy; lo cierto es que eran rarísimos los duelos; y asimismo, se adoptaban medidas tendentes a supresión, como lo prueba el decreto del Supremo Director, de 30 de diciembre de 1814, inculcando sobre la irremisible aplicación de la pena de muerte a los que se desafiaban y asistían a los duelos en calidad de padrinos: considerándolos a aquéllos «como a verdaderos asesinos, no obstante, que un falso y criminal punto de honor se esfuerce en disculparlos.»


IV
Era también muy común, hasta hace algunos años, en caso de muerte, colocar el cadáver en el ataúd rodeado de cirios o de velas, según los [227] posibles de los deudos, en la sala o pieza a la calle, abriendo las ventanas o, cuando menos, entornándolas, pero de modo que pudiera verse de la calle.
Gran número de personas pasaban la noche de velada en la casa mortuoria, y lo más particular es, que muchos de los concurrentes ni siquiera conocían a los deudos del finado.
Esto ocurría más frecuentemente, y hoy mismo ocurre en la clase baja cuando muere una criatura; entonces se invita aún a las personas más indiferentes, y nada de extraño tiene que un individuo encuentre a otro en la calle y lo invite a ir a un velorio, aun cuando ninguno de los dos les haya visto jamás la cara a los dueños de casa.
Entre la plebe y especialmente en la campaña, eso es entendido; se sale exprofeso a convidar. En el velorio se fuma, se bebe, y se toma mate; para acortar la noche se juega al truco o al monte, se baila, y gracias cuando la cosa no acaba a puñaladas. A veces son tantos y tan fuertes los empeños, que la madre o los deudos conservan por dos noches al angelito en exhibición, sacando provecho de la limosna con que contribuyen los concurrentes, de los que uno lleva una libra de hierba, otro un paquete de velas, el de más allá, cinco pesos, etc. Las autoridades deben velar que estos actos inmorales no se repitan.


V
Existía la costumbre invariable del saludo; todas las personas que se encontraban en la calle se hacían un saludo de paso; unos con una simple inclinación de cabeza, otros quitándose o tan sólo [227] tocándose el sombrero; pero la generalidad en la clase culta con un «beso a usted la mano», «buenos días, tardes o noches», y a las señoras «a los pies de usted, etc.»
En la campaña aun no se ha extinguido del todo esa manifestación de fraternidad y cortesía.
En aquellos años sobraba el tiempo para poder ser cumplido con todo el mundo; hoy sólo saludamos a las personas de nuestra relación y eso no siempre. A través de los tiempos se operan estas mudanzas en las costumbres de los pueblos; entre nosotros, el aumento de población, el trato con extranjeros (a quienes sea dicho de paso, bastante hemos criticado eso que llamábamos descortesía), y el materialismo mercantil, ha influido sin duda en el cambio.


VI
Entre las medidas filantrópicas que adoptó Rivadavia, se encuentra la supresión de la exposición de presidiarios cargados de cadenas que se colocaban el jueves santo a pedir limosna al lado de una mesa en las puertas de las iglesias.
También se suprimió el afligente espectáculo de ver en las calles, delincuentes montados a caballo, azotados por mano del verdugo, en cumplimiento de alguna sentencia judicial. Estos eran legados da los antiguos usos de la colonia española, que ya chocaba con el adelanto o ilustración de la época. También se mandó no llevar los presos encadenados a los trabajos públicos. [229]


VII
Otra costumbre abolida. El modo de comunicar las resoluciones al pueblo, a más de su publicidad en los periódicos (Gaceta de Buenos Aires), era por medio de lo que se llamaba «Bando». Un notario, acompañado de tropa y a veces de música, proclamaba en alta voz en cada boca-calle el decreto gubernativo.
Debemos agregar, aunque con pesar, que los decretos entonces, como antes y como después, se sucedían con asombrosa rapidez, muchos de ellos tan ricos en teoría como desprovistos de utilidad práctica. Especialmente en esa época (la de los bandos), se notaba una vacilación, que sólo puede justificarse por las dificultades y la inexperiencia de Gobiernos nuevos. [231]



Capítulo XXVII
Cruces en la Boca. -Al pasar por la iglesia. -Imágenes y estampas. -Pedir el fuego. -Incidente de carnaval. -La pajuela. -Mujeres fumando. -El mate. -Horas de almorzar y de comer. -El cumpleaños. -Música. -Afición al baile.


I
Continuaremos, en este capítulo, el tema del anterior, pues que nos falta ocuparnos, aunque someramente, de algunos de los usos y costumbres de los tiempos que fueron.
Era muy común, y puede decirse que en todas las clases de la sociedad, hacerse cruces con una rapidez prodigiosa ante la boca abierta cuando se bostezaba; parece que hoy todos han perdido el miedo de que Mandinga se les escurra por ella.
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La costumbre de sacarse el sombrero al pasar delante de la puerta de una iglesia, y que era extensiva a todas las clases, va también desapareciendo. Nadie pasaba por el lado de un sacerdote [232] sin descubrirse; hoy nadie lo hace. No comentamos, citamos simplemente el hecho.
Las imágenes y estampas sagradas se veían en mayor número que hoy. Los adornos y ofrendas que ostentaban los santos en casa de los muy pobres, formaban un contraste que chocaba con la miseria y aun con el desaseo de la habitación.
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Las boticas tenían cada una su santo o imagen de cuerpo entero, que ocupaba en alto el estante frente a la puerta de entrada.
En la calle hoy de Cuyo, entre Defensa y 25 de Mayo, había un nicho en la pared, inmediato a la casa de la familia de Robledo, cerrado con una rejilla de alambre, que contenía una imagen que todas las noches se alumbraba. Creemos que era promesa, ignoramos de quién.
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Otra costumbre que parece que ha desaparecido por completo, debido sin duda a la abundancia, baratura y comodidad de los fósforos, es la de parar a un prójimo en la calle para pedirle el fuego. Costumbre molesta sin embargo de ser recíproca. Algunas veces detenían a un hombre 5 o 6 ocasiones en una cuadra, hasta que le deshacían el cigarro a fuerza de estrujarlo.
Con motivo de esta costumbre, presenciamos un incidente chistoso. Era un día de carnaval y en momentos que pasaba un grupo de jóvenes que jugaban a caballo, acertó asomarse a la puerta de calle un señor muy respetable, con un habano [233] que en este momento encendía; acerca uno de los jóvenes su caballo al cordón de la vereda, y con mucha urbanidad le dice: «¿Me permite usted, señor, su fuego?» a lo que el caballero con un ligero movimiento de cabeza que indicaba asentimiento y dejando escapar la primer bocanada de humo, le presenta su habano. El joven sin inmutarse, tira el cigarrillo empapado que traía en la mano, mete en la boca el habano y con un gracioso y atento saludo se alejó al tranco de su caballo, sin revolverse a volver la cabeza para siquiera ver el efecto que había producido su travesura, dejando estupefacto al caballero. Todo esto fue obra de un instante. ¡Bromas de carnaval!
Los fósforos no se conocían; los primeros que empezaron a usarse fueron de palito. Lo que se empleaba para prender el cigarro era el yesquero, de plata y aun de oro, siendo los más comunes hechos de punta de asta de vaca; y para la vela, hacer fuego, etc., la pajuela. De ahí que cuando alguien quiere dar a entender que alguna cosa es antigua, dice: eso es del tiempo de la pajuela.


II
¿Fumaban las señoras en aquellos tiempos? No se ruboricen ni se enojen nuestras bellas lectoras... Sí: ¡y mucho! En la clase baja era sin recato; veíanse mujeres fumando con toda desenvoltura en las puertas de calle.
En la clase media se empleaba siempre algún disimulo, pero no era raro sorprender a la señora de la casa y aun a sus amigas, sentadas en el patio, en una tarde de verano, medio encubiertas por alguna [234] frondosa planta, con un enorme cigarro, que trataban de ocultar a la entrada súbita e inesperada de algún importuno, quien aparentaba no haberlo notado, a pesar de estar ellas envueltas en una densa nube de humo.
Las de más alta jerarquía lo hacían con todas las precauciones del caso.
En otras provincias, el hábito de fumar está mucho más arraigado en la mujer, y se fuma con menos reserva. Aun no se ha extinguido por completo en la nuestra, aunque es ya mucho más raro. El cigarro que se usa es el de hoja, de tabaco paraguayo, correntino, etc., y hecho en el país.
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Del mate se hacía más uso que en el día; y a pesar de haber aún bastante gente matera, en muchas familias está hoy en completo desuso y en otras apenas se toma una vez por día. Entonces se servía en ayunas, muchas veces se tomaba en la cama, como que había para ello bastantes sirvientes y menos necesidad de economizar el tiempo. A las 9 o 10 el almuerzo; entre éste y la comida mate; de 2 a 3 de la tarde, la comida; de 6 a 7 otra vez mate, cena (según la posición social de la familia) a las 9, 10, 11 y aun 12 de la noche.
Los niños cenaban; se les daba, al anochecer o algo más tarde, café con leche, leche sola o chocolate; esto se llamaba merienda.
La hora aristocrática europea, de almorzar entre 11 y 1 y de comer entre 6 y 8 de la noche, aún no había llegado hasta esta parte del mundo.
___ [235]
La costumbre de mandar obsequios el día de cumpleaños existía más o menos como en el día; lo que poco a poco se logró abolir, es la perniciosa costumbre entonces tan en uso, de dar música al del santo. Esto era sin duda muy agradable, si se concretaba a una serenata con buenas voces y buenos tocadores de guitarra. Pero era abominable la aparición, de día, de una banda compuesta de 4 a 5 músicos de la legua, en que figuraban un clarinete rajado, un par de platillos ídem, un serpentón y una tambora. Toda precaución era inútil para evitar que invadiesen la casa: cuando menos se pensaba, estaban en el patio aturdiendo el barrio entero. A veces iban enviados por alguien, como obsequio, pero generalmente esta invasión era por su propia cuenta.
___
En Buenos Aires siempre ha habido pasión por el baile. Bastaba que estuvieran 2 o 3 jóvenes de visita para que se iniciase el baile. 30, 40, 50 años atrás, las familias bailaban entre sí, por pasatiempo, hermanos, madres, tías y aun abuelas. El piano era el instrumento favorito; los más usados eran los de Stodart y de Clementi: uno bueno costaba de 1.000 a 1.200 pesos de aquellos tiempos.
En las casas más pobres se contentaban con la guitarra, muy generalizada por entonces en el país. [237]



Capítulo XXVIII
El comedor de hoy. -El comedor de antaño; su mueblaje. -Servicio de mesa. -Platos de aquellos tiempos. -Día de mantel largo. -El almuerzo. -Eramos más frugales. -La siesta. -Muchachos en las horas de siesta; duración de ésta. -Revelaciones íntimas.


I
En el día, muchos hacen ostentación de sus bien arreglados comedores, con sus lujosos aparadores, vidrieras repletas de cristalería, electro platina, fuentes, platos, juegos de té, de café, bandejas, etc., etc.; rico alfombrado, espléndido servicio de mesa, delicados vinos y demás. Otros, sin pretensiones ni intención de lucir, llevados por el gusto reinante y para su propia satisfacción, pueden sin duda recibir en su comedor al más escrupuloso y delicado en estas materias.
Nuestro comedor de antaño, al contrario, se mantuvo por muchos años siendo simplemente una pieza completamente desprovista de todo adorno y de cuanto pudiera llamarse confort. Sin embargo, recibían al que llegaba a la hora de almorzar, comer o cenar, con ese franco agasajo y afabilidad [238] peculiar a nuestro país, especialmente en aquellos tiempos de frugalidad y sencillez, sin ruborizarse por la falta de mueblaje. Y ¿por qué no? si todos los comedores eran más o menos lo mismo.
Excusado parece hacer notar que nuestra apreciación es el sentido general, pues, aunque raras, había excepciones; no obstante, aun familias en extremo pudientes se preocupaban muy poco del adorno y arreglo de sus comedores.
La pieza en que se comía era por lo general espaciosa y lo parecía tanto más por lo despoblada que se encontraba. En el centro había una mesa de pino larga y angosta, pintada sí o no; muchas veces en lugar de sillas, un par de bancos, también de pino, colocados a los costados y una silla en cada extremo, asiento de preferencia que se cedía siempre al huésped.
La mesa, cubierta con un mantel de algodón (que algunos sostenían debía estar manchado de vino para que se conociese que era mantel), no contenía ni bandeja para pan, ni cuchillo de balanza, ni salseras, ni ensaladeras, ni mostaceras, ni lujosas salvillas, ni tanto otro apéndice que hoy se hace indispensable en nuestras mesas. Había un número suficiente de platos; el vino (carlón casi siempre) se ponía a la mesa en botella negra, y se tomaba en vaso, porque hasta hace algunos años, nadie tomaba vino en copa; una jarra con agua y eso creemos era todo.
En las casas menos acomodadas, pero no tan absolutamente pobres que no pudiesen tener más, sino porque esa era la costumbre, se servía el vino para todos en un solo vaso, o en dos cuando más; vaso que pasaba de mano en mano y por consiguiente de boca en boca de los presentes. [239]
Las campanillas no se usaban en la mesa para llamar los sirvientes; lo hacían por su nombre o golpeando las manos: tampoco las había colgadas, ni en las puertas de calle.
Mientras se comía, lo que muchos años se hacia a las 2 de la tarde, al toque de la campanita de San Juan, la puerta de calle permanecía cerrada, con la particularidad que estaba abierta todo lo restante del día y hasta muy tarde en la noche.


II
Aun cuando de poco interés por el momento, daremos una lista de los platos que más se servían en nuestras mesas: quién sabe sí dentro de algunos años no llegará a ser una verdadera curiosidad, en vista del ascendiente entre nosotros, de la cocina extranjera. Hela aquí:
Sopa de arroz, de fideos, de pan y de fariña; puchero, desde el caldo limpio hasta la olla podrida. Asado de vaca, carnero, cordero, ave, matambre; la carne de ternera poco o nada se empleaba en la cocina del país. Guisos de carne, carbonada con zapallo, papas o choclos; picadillo con pasas de uva, albóndigas con ídem, zapallitos rellenos y estofado con ídem; niños envueltos, tortilla (pésimamente hecha con harina); guisos de porotos, lentejas, chícharos, etc.; ensaladas de chauchas con zapallitos, lechuga, verdolaga, papas, coliflor y remolacha; locro de trigo o de maíz, humita en grano o en chala, y algunos extraordinarios, carne con cuero, etc. [240]
Postre, mazamorra, cuajada, natilla, bocadillos de papa o batata, dulce de todas clases en invierno y fruta de toda clase en verano.


III
En la rutina diaria, los platos no eran ciertamente muy variados, siendo la comida más general el puchero, la carbonada y el asado, con ligeras variaciones. El caldo no se tomaba al principio de la comida, sino al último, y se traía desde la cocina en tazas (tazas de caldo) para cada persona que quisiese tomar. El día del santo de algún miembro de la familia, día de mantel largo; eso sí, no faltaban nunca ni pasteles, ni arroz con leche: eran los platos de orden.
Ni tampoco escaseaban en esos días los brindis, vaciados generalmente en un mismo molde y limitándose casi siempre, a la fórmula de «desear que, en igual día del año venidero, estuviesen todos reunidos y gozando de salud.» Si era en tiempo de la esclavitud, y aun después en el de la criada de confianza, hasta a tía María o tía Francisca la obligaban a entrar en danza, haciéndola brindar en su media lengua, que no olvidaba por de contado aquello del año que viene, etc.
Pero no podemos decir que no hubiesen excepciones: en cierta clase de familias, cuando era la señora y especialmente la niña, la del cumpleaños, no faltaba algún joven que la obsequiase con alguna elaborada composición poética, en la que figuraba el día (sin saber si había sido de noche), [241] en que había nacido, la felicidad que la sonreía, su extremada bondad y belleza, y, por fin, todo aquello que el lector demasiado sabe, para que me tome el trabajo de repetirlo.
En otra grada de la escala social encontramos un estilo que podremos llamar intermediario. Al oír lo que vamos a reproducir, no pudimos menos que tomar nota por su originalidad y el fárrago de disparates que contienen estos llamados versos, y hoy los arrancamos de nuestra cartera a fin que el lector tenga también el gusto de conocerlos; a pesar de todo, no dejan de ser ingeniosos.
Dicen así:
1.
Ahí le presento este brindis
dirigido a su persona,
si Vd. recibe este brindis
me pone Vd. una corona.
2.
Ahí le presento ese brindis
guarnecido de matices
con un letrero que dice,
que los cumpla muy felices.
3.
Sobre mi mano está el vino,
sobre el vino está el licor,
con mucho gusto y honor
lo sirvo a usted caballero;
pues yo quisiera tomar,
pero tome usted primero. [242]
Tendremos que confesar que éramos muy desarreglados en cuanto a nuestras comidas, especialmente respecto al almuerzo. Algunas familias no almorzaban jamás; pasaban con mate con pan hasta la hora de comer.
En otras casas se presentaba el almuerzo a horas más o menos fijas, pero no toda la familia concurría a él. Todavía en el día no somos un modelo de orden doméstico, pero nos hemos modificado un tanto. Entonces, una de las niñas, por ejemplo, tomaba chocolate (tal vez en la cama); otra, mate, la de más allá se hacía freír un par de huevos; el niño los quería pasados por agua; otro mandaba llamar al pastelero y almorzaba pasteles, y así; no se crea que exageramos; esto pasaba en muchas familias, y podían hacerlo gracias a la abundancia de esclavos y que, como hemos repetido varias veces, el tiempo parece que no era tan precioso, sin embargo que todavía lo gastamos lastimosamente.
Este sistema, si bien respondía al que algunos autores recomiendan (el de comer cuando haya apetito), era poco sociable o indudablemente introducía el desorden y aumentaba el trabajo a la servidumbre.
Con todo, la gente era más frugal, los alimentos más sencillamente condimentados y los hábitos, en general, menos destructores que en el día.
Alguien ha dicho, y es la verdad, que la civilización de algunos años a esta parte ha desterrado nuestro modo frugal de comer; bebidas adulteradas, alimentos que no lo son menos, combinados con abusos de todo género, han traído consigo una degeneración manifiesta. Se dirá que la ciencia médica ha hecho prodigiosos progresos en sentido [243] de remediar estos males, verdad: pero debemos convenir en que la generación actual se ha complotado para perder el fruto de esos progresos.
¿Qué hacer en este dilema, querido lector? Parece que no hay sino dejarse arrebatar por la corriente... Sin embargo, nosotros optaríamos por los accesorios modernos y la alimentación antigua.
En aquellos tiempos era muy limitado el uso del café después de comer.


IV
Como complemento de lo que venimos tratando, no debemos omitir una costumbre que ha jugado entre nosotros un gran rol, en otros tiempos.
En la estación que para los labradores y jornaleros principiaba el 12 de octubre, día del Pilar, inmediatamente después de comer, se dormía la siesta y a ella se entregaba toda la población, si exceptuamos los muchachos que daban ímprobo trabajo a sus madres para conseguir que durmiesen; y cuando obtenían éstas que aquéllos hiciesen un simulacro de siesta, apenas la madre era presa de Morfeo, ellos se escurrían e iban a hacer sus travesuras dentro y aun fuera de la casa, saltando las paredes del vecino, y cayendo al huerto a robar fruta.
Como hemos dicho, toda la población dormía; las puertas se cerraban y las calles quedaban desiertas, circunstancia, probablemente, que indujo según se cuenta, al doctor Brown, a decir: «en las [244] calles de Buenos Aires no se ven, en las horas de siesta, sino los perros y los médicos.»
La siesta era cuestión de muchas horas para algunos; y en aquellos tiempos, en que la vida era fácil para todos, y poco había que afanarse, no faltaba quien dijese: -«Ayer me acosté a echar mi siestita, y dormí hasta la oración; me recordé, tomé mi mate, y volví a dormir hasta hoy, sol alto.» ¡Qué tiempos y qué vida!
Dentro de algunos años, tal vez se pondrá en duda lo que voy a decir respecto a la siesta, a saber: que algunas personas, tanto hombres como mujeres, se desnudaban tal cual lo hacían para pasar la noche en sus camas.
¿Qué diremos de esta costumbre, que hoy ha quedado limitada casi exclusivamente a la campaña, y en la ciudad a los desocupados, los peones de barraca, albañiles, etc., a quienes se les concede dos horas de siesta? El cambio de las horas de comer y las ocupaciones hacen que sea difícil continuar en el sistema antiguo; pero creemos que, en los meses de excesivo calor, ya que pocos comen antes de las seis o las siete, conviene, terminadas las ocupaciones a las cuatro o cuatro y media, recostarse un rato, y aun dormir, cuando más no sea que por huir del calor abrasador de nuestras calles.
Terminaremos citando lo que con relación a la siesta dice el ameno y erudito escritor Benjamín Vicuña Mackenna, en sus Revelaciones íntimas. «En cuanto a los soldados chilenos, mostrábase su antiguo generalismo caluroso admirador de sus inapreciables cualidades; la bravura heroica, la humildad, más heroica todavía, y, como consecuencia de ambas, la virtud de una disciplina [245] incomparable. Pero el sagaz capitán añadía, sonriéndose, que había un medio infalible de derrotar a aquellas tropas, y era el de atacarlas a la siesta.» Verdad incontrovertible en aquellos años de insondable ociosidad, en que todo el arte de la vida consistía en acortar su inconmensurable duración, de día por la siesta, este sueño de la pereza; de noche, por la cena, este sueño de la gula. [247]



Capítulo XXIX
Los hombres de entonces. -Proyecto de telégrafo antes del año 20. -Primer paquete en 1824. -Primeras tiendas extranjeras de ropa hecha. -Relojerías. -Ferreterías, etc. -Varangot. -Un polaco. -Sala de Comercio; quienes podían ser socios; su biblioteca; modificación de su reglamento. -Cordialidad entro nativos y extranjeros. -Efecto de las cuestiones políticas. -Testimonio de gratitud de escritores extranjeros.


I
Por aquellos años ya se llamaba la atención hacia algunos de los portentos que más tarde se transportaron a nuestro suelo, y cuyos beneficios y utilidad gozamos hoy: lo que nos prueba que los hombres de aquella época pensaban ya en adelantos, que circunstancias adversas hacían, por entonces, irrealizables.
Por ejemplo: en 1823, El Centinela, en uno de sus números, decía: «Las máquinas telegráficas establecidas en el Almirantazgo de Londres, y el Arsenal de Portsmouth, que dista 24 leguas, comunica un oficio corto y su respuesta en un minuto de tiempo. ¡Cuánto servicio hará el establecimiento [248] de estas máquinas entre esta capital y sus fronteras, y entre la rada exterior y la Ensenada!»
Esto se escribía en 1823, y dos años antes (1821), don Santiago Wilde, nuestro padre, en su Memoria, (36) presentada a la Comisión de Hacienda, de la que él era vocal, había indicado entre otras mejoras: «Establecer telégrafos desde la capital hasta todas las guardias fronterizas, Ensenada, etcétera, etc., como también uno a bordo de dicho casco (se refería al pontón), según el plan de fácil y económica ejecución que presentó años hace, el autor de esta Memoria, y debe hallarse en Secretaria. Por este medio tendría el Gobierno noticias desde la frontera más distante, en pocos minutos, y no sería tan factible, entonces, que invadiesen los bárbaros la provincia, impunemente.»


II
El establecimiento de paquetes de ultramar, siendo el primero el Countess of Chechester, que llegó a este puerto el 16 de abril de 1824, fue un verdadero acontecimiento. Traía la correspondencia de Chile y Perú, abriendo una comunicación directa y expeditiva con regiones, que hasta esa; época, los españoles habían excluido de toda relación. [249]
Los viajes eran largos entonces, haciéndose en buques de vela.
En ese mismo año se celebró el tratado con la Gran Bretaña.


III
Mister Niblett fue el primer inglés que estableció en Buenos Aires una tienda de ropa hecha; en los primeros tiempos, muchos ingleses hacían traer sus trajes hechos de Inglaterra, que con los derechos, etc., salían tan caros o más que los hechos aquí.
Entre los primeros sastres que abrieron tienda de alguna consideración en el ramo de sastrería, que nosotros recordamos, fueron Coyle, inglés, y luego Mayer, alemán, Moine y Hardois, franceses.
Una de las primeras relojerías de algún valor fue la de don Diego Helsby, inmediato al café Catalanes.
Las sillas de montar se importaban en gran cantidad y sólo después de muchos años empezaron a construirse en el país llegando a hacerse tan buenas como las inglesas.
Mr. Pudicomb tuvo también en esa época, en la esquina San Martín y Piedad, donde hoy se encuentra la armería, una tienda de ropa hecha, confeccionada en Inglaterra, y recibía gran cantidad de sombreros ingleses.
Don Diego Hargreaves creemos que fue, sino el primero, de los primeros en establecer una ferretería en todos sus ramos, incluyendo armas de fuego: [250] puede decirse que todas las ferreterías antes, y por mucho tiempo después de esa época, eran de españoles.
Monsieur Varangot, francés, víctima más tarde de Rosas, fue, si no nos equivocarnos, el primero que planteó un establecimiento de sombrerería en alta escala; antes de eso era insignificante la fabricación en el país, y lo que se hacía era de clase muy inferior. Se introducían del extranjero, siendo más caros los ingleses, pero de mejor calidad. Los sombreros de Varangot se vendían por siete u ocho pesos; los ingleses, de buena clase, no valían menos de 10 o 12.
Hubo otro fabricante, creemos que también de origen francés, un señor Cornet, que tenía su fábrica inmediata al molino de viento.
Un polaco, cuyo nombre ignoramos, alto, delgado, derecho como un huso, hombre de pocas palabras, tuvo por muchos años un cuarto al lado del Teatro Argentino, en la calle Cangallo con calzado extranjero, sombreros, guantes, medias, corbatas, etc., una cierta especialidad en aquellos tiempos. Poco a poco, esta clase de establecimientos, y otros en diversos ramos, fueron cundiendo, hasta alcanzar el número, el lujo y esplendor que todos conocemos.


IV
Los ingleses tenían su «Sala de Comercio», que se estableció, creemos que en 1810. Según su reglamento, sólo ellos podían ser suscriptores; esta institución era sumamente importante; por medio [251] de buenos telescopios, estaban a cabo de todas las entradas y salidas de los buques. Tenían, también, allí, una biblioteca, y en su sala de lectura, se encontraban los periódicos de varias naciones y todos los del país. Estaba situada en la calle del Fuerte, hoy 25 de Mayo, donde aun existe.
La biblioteca llegó a tener, en 1820 o 21, más de 600 volúmenes, y en esa época ya podían ser, y eran, en efecto, socios los hijos del país, y de cualquier otra nación.
Esta medida, justa y conciliadora, nacía, sin duda, de la armonía que reinaba entre nativos y extranjeros; parece que todos concurrían a un mismo fin. Había, además, por aquellos tiempos, muchas familias distinguidas que formaban la alta sociedad, y aunque sus jefes o cabezas eran españoles de origen, por educación, costumbres e inclinaciones, tenían el buen sentido y el gusto de estrechar amistad con los que participaban y eran adictos al nuevo orden de cosas.
La cordialidad y buena inteligencia que existía en nuestra sociedad, en la que prevalecía un sentimiento puramente nacional, un amor entrañable a la patria; sentimiento del que no sólo participaban los hijos del país, sino también la generalidad de los extranjeros, llegó a descollar en las convulsiones políticas que vinieron, por nuestra desventura, ¡a engendrar los partidos con sus inevitables odios y rencillas!
Los ingleses, tan ligados hasta entonces con las familias del país en todas sus diversiones, en todas sus alegrías y regocijos patrios, empezaron, a su vez, a retirarse y a asociarse casi exclusivamente entre sí; pero debemos agregar, con satisfacción, que ese extrañamiento no fue sino temporal. [252]
Robertson recuerda, con gusto y gratitud, la afabilidad con que eran tratados los extranjeros en aquella época; esos lazos, como todos saben, no se han relajado; al contrario, parecen haberse estrechado más y más; y en prueba de que esa cordialidad, por nuestra parte no ha cesado, y antes bien ha aumentado, citaremos las palabras a este respecto de un escritor alemán más moderno.
El señor Napp dice: «El argentino siempre es benévolo y afable con el extranjero; en esta República no se conoce el nativismo brusco; antes al contrario, los extranjeros ocupan aquí una posición distinguida, pudiendo llenar casi todos los empleos públicos. El extranjero bien educado tiene acceso a todos los círculos, a todas las familias, y el obrero es acogido con mucha benevolencia.» [253]



Capítulo XXX
Episodio histórico. -Batalla de Ayacucho. -Entusiasmo popular. -Festejos. -Representación dramática. -El coronel Ramírez. -Serenatas. -Banquetes. -Brindis. -Baile en el Consulado. -Otro dado por los norteamericanos. -Los cónsules Poussett y Slacum.


I
No podemos abstenernos de consignar en estas páginas, siquiera como medio que contribuya a generalizar el conocimiento de hechos gloriosos, el siguiente episodio de nuestro pasado, que, sin duda, interesará a muchos de nuestros lectores.
A las ocho de la noche del 21 de enero de 1825, llegó a Buenos Aires la noticia de la batalla de Ayacucho, en el Perú. Una victoria tan decisiva, y casi puede decirse inesperada, produjo una verdadera explosión de entusiasmo y alegría. El pueblo se agrupaba en los cafés y parajes públicos para oír a los diversos oradores que, con la exaltación del patriotismo, daban detalles sobre la batalla.
A las diez de la noche hizo un saludo la Fortaleza, que fue contestado por el Aranzazú, bergantín de guerra nacional, y por otro bergantín de guerra [254] brasilero, anclados ambos en balizas interiores. Se iluminó, como por encanto, gran parte de la ciudad, y el ruido de cohetes era incesante.


II
En la noche del 22, hubo una representación dramática en nuestro Teatro Argentino, antecediendo el Himno Nacional en medio de estrepitosos vivas a la patria, a Bolívar, a Sucre, etc. El coronel Ramírez, parado en un palco, leyó el Boletín oficial, vivado con igual frenesí. La iluminación del teatro se había duplicado; los palcos ostentaban festones de seda, blancos y celestes, y una banda de música militar tocaba en la calle, frente al teatro.
Las fiestas duraron tres noches, y el entusiasmo era inmenso.
El Café de la Victoria estaba completamente lleno, lo mismo que toda la cuadra. Allí se sucedían los brindis patrióticos, y entre ellos el de «tolerancia religiosa.» Grandes grupos, con música y banderas desplegadas, recorrían las calles cantando la canción y vivando en las casas de los patriotas. Visitaron también la residencia del cónsul inglés, dando vivas a Inglaterra, al Rey, a la libertad. Otro tanto se hizo con el ministro norte-americano, coronel Forbes, quien obsequió espléndidamente a los concurrentes.
Varios banquetes se dieron en el afamado Hotel de Faunch. Cubrían las paredes del comedor las banderas de todas las naciones, entre las que aparecían [255] retratos de Bolívar, Sucre, etc. La bandera tocó «God save the King», al brindarse por el Rey de Inglaterra.
El gobernador, don Gregorio Las Heras, dio otro espléndido banquete en el Consulado, en que abundaron también los brindis entusiastas.
En uno de estos banquetes, en celebración de la victoria de Ayacucho, se brindó por Mr. Canning, en los siguientes términos: «¡El sabio ministro de Inglaterra, el primer estadista del mundo, el honorable Jorge Canning, fiel amigo de la libertad! La justicia preside sus deliberaciones; su nombre será un motivo de placer para nosotros y para las generaciones que nos sucedan.»


III
Varios caballeros dieron baile, también en el Consulado; los adornos del gran patio toldado, que constituía el salón, la cena y demás accesorios, nada dejaban que desear: el baile duró hasta las siete de la mañana.
Los norte-americanos dieron, igualmente, un gran baile, en el mismo local, el 23 de febrero de 1825, en celebración de la batalla, y a la vez el aniversario de Washington. Fue la fiesta más espléndida que hasta entonces se viera en Buenos Aires. El exterior del Consulado estaba vistosamente iluminado, ostentando, en letras de fuego los nombres de Washington, Bolívar y Sucre.
La cena fue preparada por Mr. Faunch que, como [256] nuestros lectores saben ya, era el más competente de su época en esas materias.
Las fiestas duraron los tres días de carnaval; en la lista civil y militar que asistió al Te-Deum, iban incluidos los cónsules extranjeros. Caminaban a la par Mr. Poussett, vice-cónsul inglés y Mr. Slacum, cónsul norte-americano. «Cincuenta años atrás», dice el escritor Mr. Love, refiriéndose en aquel tiempo a este suceso, «quien hubiera soñado semejante acontecimiento -Un cónsul británico, unido en un cortejo a un cónsul de sus colonias, hoy independientes, para celebrar la independencia de otra parte del continente americano!»
Tales fueron las fiestas en celebración de este importante y glorioso acontecimiento. [257]



Capítulo XXXI
Continuación de costumbres. -Baño en el río. -Escuela de natación. -Las señoras y el baño. -Escenas grotescas. -Galletas. -Las tormentas de verano. -Familias en el campo; modo de transportarse.


I
A fin de no desviarnos del plan que nos hemos propuesto, de dar la variedad posible al relato que hacemos, volveremos a ocuparnos, por el momento, de algunas otras costumbres de tiempos pasados.
Empezaremos por el bailo en el río, que todavía hoy continúa, aunque en escala muy reducida. Es preciso recordar, para que sirva de disculpa a su generalización en aquellos tiempos, que no existían entonces las numerosas casas de baños de que hoy disponemos, ni la comodidad que ofrecen las aguas corrientes para poder tomar baños en casa: entonces (salvo raras excepciones), todo el mundo se bañaba en el río. (37) [258]
Los empresarios pedían su explotación por veinte años, pasando luego a ser propiedad de la nación: ignoramos por qué no se llevó a cabo este útil proyecto.
No podemos menos que recordar una circunstancia que hoy a muchos parecerá extraña. La costumbre que existía, respecto a los baños, desde la época colonial, se armonizaba con cierta creencia religiosa; así es que, en general, las señoras esperaban para ir a los baños del río, que llegara el 8 de diciembre, que, como nuestros lectores saben, es el día de la Inmaculada Concepción, y en el que se bañaban los Padres Franciscanos y Dominicos, que bautizaban el agua.
Durante la estación, concurría gente desde que aclaraba hasta las altas horas de la noche; algunos eligiendo las horas por gusto o comodidad y otros por necesidad. Los tenderos y almaceneros, por ejemplo, casi en su totalidad iban de las diez de la noche en adelante, después de cerrar sus casas de negocio. Las familias preferían la caída del sol; y sentadas en el verde, gozando de la brisa, esperaban que obscureciese para entrar al baño, dejando sus ropas al cuidado de las sirvientas.


II
Muchos hombres, a más de los almaceneros y tenderos, acostumbraban reunirse e ir a las once, y aun a las doce de la noche, llevando fiambres y vino para cenar en el verde, después del baño. Algunas personas pasaban toda la noche sobre las [259] toscas, gozando de las deliciosas brisas del magnífico río. No lo harían hoy; a menos que contasen con un escuadrón de caballería, que les guardase la espalda contra los cacos.
Algunos han criticado severamente el baño de las señoras en el río; pero la verdad es, que no tenía cosa alguna de reprochable, más allá de lo incómodo en sí, pues que en nada, absolutamente, se quebrantaban los preceptos del decoro. Los grupos sobre las toscas, en las noches que no eran de luna, se servían de pequeños faroles.
Se observaba el mayor orden y respeto; los hombres que llegaban a esa hora, se alejaban de los grupos de señoras, y buscaban sitios menos concurridos por ellas. Habría, no hay duda, una que otra aventura, pero... ¿en qué parte que concurran hombres y mujeres se podrá asegurar que no puedan éstas ocurrir?
Se presenciaban, a veces, escenas grotescas; veíase, por ejemplo, un hombre en el baño a las doce del día, resguardado de los rayos ardientes de un sol de enero, por un enorme paraguas de algodón. Una mujer sumergida en el agua hasta el cuello, saboreando con garbo su cigarro de hoja. Más allá, en las toscas, algún desventurado, desnudo de medio cuerpo, tiritando y empeñado, con uñas y dientes, en desatar los nudos que algunos traviesos se habían entretenido en hacer en sus ropas menores. (38)
Los frecuentes y repentinos huracanes, o lo que se llamaba tormentas de verano, tan comunes aquí, y que parece eran aún mas frecuentes en [260] aquellos años, solían sembrar el terror entre los bañistas; era, a veces, tan rápida su aparición, que no daba tiempo para vestirse; en algunos casos se mantenían firmes en sus puestos, contemplando desde allí la ciudad envuelta en densas nubes de polvo; en otras, todos huían, unos a medio vestir, y otros habiendo perdido sus ropas. Esto mismo servía de tema y entretenimiento (a lo menos para los que no habían sufrido), pues que tales incidentes venían a quebrar la monotonía de aquello de llegar al río, desnudarse, bañarse, volverse a vestir, e irse tranquilo a su casa.


III
Durante el verano, muchas familias pasaban temporadas, más o menos largas, en el campo, en donde algunas tenían casa propia. El mal estado de los caminos, hacía casi imposible el uso de los pocos carruajes que entonces había, para transportarse de la ciudad; así es que, las familias, se veían obligadas a viajar en carreta, por pudientes que fuesen, empleando seis, y aun más horas, para ir o venir, por ejemplo, de San Isidro.
En San José de Flores hizo, por muchos años, el servicio, un renombrado don Dalmacio, humilde propietario de ese partido, con una carretita toldada, tirada por un par de bueyes mansos, con los cuales atropellaba los profundos pantanos que eran el terror de los troperos. Don Dalmacio era muy estimado entre las señoras que iban y venían, como hombre previsor y de probada paciencia. [261]
En San Isidro, las Conchas, etc., también había sus carretitas ad hoc, pero las señoras, muchas veces iban de la ciudad en las carretas que traían fruta y regresaban desocupadas. El lector se hará cargo de cuán incómodos serían estos viajes, y de cuántas horas durarían. Sin embargo, hoy echamos chispas si un tren viene retardado de algunos minutos... Pero es condición humana no conocer límite en nuestras aspiraciones.
En los pueblos que quedan sobre la costa, continuábase el baño en el río.
La costumbre, hoy tan generalizada, de vivir fuera de la ciudad, si bien casi exclusivamente en el verano, fue introducida, desde aquellos años, por los comerciantes ingleses, quienes siguiendo su inclinación de residir lejos del punto en que tienen su negocio, formaban, en los suburbios, preciosas quintas como la de Fair, Mackinley (hoy Lezama), Cope, la familia Dickson, que ocupaba la quinta de Riglos, situada sobre la barranca, al Norte de la ciudad, la de Brittain, en Barracas, y tantas otras.
Los que no poseían casas de recreo, llevados de su afición por el campo, hacían sus excursiones, especialmente a San Isidro; salían los sábados a la tarde, o víspera de fiesta, grandes cabalgatas, que presidía el conocido rematador de aquellos tiempos, muy relacionado entre los ingleses, don Julián Arriola. [263]



Capítulo XXXII
Traje a la española. -Taco alto. -Medidas adoptadas en diversas épocas contra el lujo. -El figurín en Buenos Aires. -Gorras y sombreros. -Don Juan Manuel. -El moño. -El mono. -Modistas. -Escritor inglés en 1823. -Avisos en 1817.


I
El traje de las señoras fue, por muchos años, a la española, y a fe que era elegante y airoso. Usaban, no sólo la graciosa mantilla, sino también variedad de pañuelos y chales, con que se cubrían a veces la cabeza, bajándolos a la espalda en tiempo de calor; jamás se cubrían entonces la cara con velo, ni cosa parecida.
No diremos que en aquellos tiempos no variaban los trajes a impulso de la moda; pero los cambios eran menos bruscos y más limitados. Un vestido, por ejemplo, de ancho se convertía en angosto; o de largo en corto, etc., sin que, como hoy, se viese a una señora envuelta en 20 o 25 varas de género, formando un todo, que de todo tiene menos de vestido; llena de cenefas y colgaduras, precisando de otros accesorios, entonces [264] innecesarios como pajes, centenares de alfileres, y, por añadidura, una mano eternamente ocupada en levantar ese mundo de exuberancias.
Había un tapado que llamaban rebozo, muy general entre las sirvientas y gente de color; todas las negras lo usaban, y cuando hablaban con sus amos, con alguna persona de respeto o iban a dar recado, se descubrían, bajando el rebozo de la cabeza, dejándolo caer sobre los hombros. Este tapado era de bayeta, con mucha frisa; casi siempre color pasa.
Las señoras dieron en usarlo en invierno. Eran de mejor calidad, ribeteados con una ancha cinta y forrados de seda o algún género de lana. En casa era el tapado de privilegio, y a veces, aun salían con él, particularmente en las noches de invierno. Medían como dos y media varas de largo por tres cuartas de ancho.
Siempre se ha usado en nuestro país, y probablemente, en otros muchos, el calzado ajustado; pero el taco alto, que es una de las muchas locuras de la moda, no se conocía, por fortuna.
Y, a propósito, oigan nuestras estimables lectoras, lo que al respecto indica el doctor Mallo en sus Lecciones de Higiene: «Debe atribuirse, dice, al uso de los tacos altos, desde la tierna edad, la carencia de buenas pantorrillas en las mujeres, que se va notando, según opinión de varios observadores del país.»
Lady Kinghtly, se expresa así: -«Es fuera de toda duda que a la vista, un pie cualquiera, con taco alto, aparece diminuto, aun en la mujer más alta; pero el taco no constituye una base segura para la progresión; el pie, dentro del calzado, hace trabajar la extremidad del dedo grande, y sólo [265] se apoya sobre los metatarsianos, de manera que viene a tomar la forma de un pie equino.»
El pie, en efecto, está construido de modo que forma un doble arco sostenido por un trípode, formado por el talón, el dedo grande y el pequeño. El movimiento de la marcha se produce así sobre el vértice del arco, y se evita el choque y el contra golpe; pero cualquiera adición a la altura del talón, compromete el equilibrio y se convierte en un serio peligro.
De extrañarse es que no se vea con más frecuencia luxaciones, fracturas, etc.
Tanto puede, sin embargo, la costumbre, que podemos darnos maña para soportar hasta las cosas más incómodas y perjudiciales. -¿Pero dónde vamos? -Nuestros lectores bien saben que es y ha sido siempre inútil, la prédica contra ese déspota llamado la moda.
Saben que Enrique IV, en 1604, trató de poner un freno al lujo, en un edicto en que empleó esta especie de artificio, sin duda para inducir a que fuese observado: «Se prohíbe a todos los súbditos llevar oro o plata en sus vestidos: exceptuando, sin embargo, a las prostitutas y a los rateros, por los cuales no nos interesamos lo bastante para hacerles el honor de ocuparnos de su conducta.»
A estas disposiciones (que parece fueron ineficaces), siguieron otras de Luis XIII y Luis XIV.
Saben que Carlo Magno prohibió llevar chaleco que valiese más de veinte centavos.
Que bajo Carlos V, se usaban unos zapatos de pico muy largo y con muchos adornos. La Iglesia declaró la guerra a estos zapatos, como contrarios a la Naturaleza, desfigurando al hombre en esta parte del cuerpo. Los condenó en varios Concilios, [266] en 1212, 1365 y 1368. Pero ¿dónde nos van conduciendo los tacos altos y las locuras de la moda?


II
Las señoras, decíamos, vestían a la española; aún no nos habían invadido las gorras y los sombreros ingleses, ni las altas novedades de París; así es que, prescindiendo de una que otra aberración, el traje era sencillo, a la vez que elegante.
Mas no tardó en aparecer este terrible enemigo, y el figurín europeo era esperado en Buenos Aires, con avidez extraordinaria. (39)
Con rapidez increíble empezose a suceder entonces al vestido corto el inmensamente largo; el angosto de «medio paso», era seguido por el de 20 paños; los talles cortos, luego los largos, como todo en las modas, tocando los extremos: trajes estirados, trajes con tablones, boladones, etc., desde una sola enagua hasta 14 o 16; mangas anchas, angostas, a medio brazo, largas; mangas globo, mangas con buche, rellenos con lana, algodón o lo que caía a la mano; los miriñaques, los tontillos, etc. Los zapatos escotados, altos, bajos; los atacados; innumerables peinados y hasta pequeños rulos pegados [267] con goma sobre la frente, sobre las sienes, y aun más hacia la cara, y que se denominaban patillas; flores, lazos, cintas de todos colores, plumas, etc. En cierta época, peinetones, que medían algunos dos varas de vuelo.
En cuanto a gorras, pamelas y sombreros, sería imposible describir la variedad en su nombre, forma, tamaño, colocación, con velo, sin él: baste decir, que se han cambiado y siguen cambiando, con tanta frecuencia, como en cierto tiempo los gobernadores en Buenos Aires.
En tiempo de don Juan Manuel, no se consentían gorras por ser moda anti-americana. Las señoras, pues, se veían obligadas a lucir sus bellas cabelleras, si bien a costa de usar el distintivo federal -un enorme moño punzó, al lado izquierdo de la cabeza.
El vestido blanco se usaba mucho antiguamente; el traje para la iglesia era siempre negro, a ninguna le ocurría presentarse en el templo de color.


III
Rarísima vez ocupaban modista las señoras; ellas mismas cortaban, armaban y cosían sus trajes. Es verdad que una modista, en toda la extensión de la palabra, habría sido una novedad en aquellos tiempos.
Y aquí conviene hacer notar otra particularidad; y sirva esto para aquellas que no bien notan una grietita en su calzado, van corriendo a casa de Bernasconi. [268] En los años a que nos referimos, por ejemplo, desde 1810 hasta 1820, era muy general que las señoras hicieran ellas mismas sus zapatos, que eran de raso, casi siempre negro; al efecto, mandaban preparar las suelas y cabos a un zapatero. Ellas tenían sus hormas y los útiles necesarios, y como entonces no se usaba taco, los terminaban con bastante perfección. Como los vestidos se usaban cortos, y llevaban rica media de seda, bastaba ver el pie de una persona, para saber si era distinguida, puesto que la gente de segunda clase, y las sirvientas, nunca usaban calzado semejante.


IV
Mucho cuidaban del pelo, que era, por lo general, muy largo; no era raro ver trenzas de más de vara y media, sujetas sólo por medio de una peineta; no había, pues, tanto postizo como en el día. No hay duda que los enmarañados peinados que más adelante se vinieron usando y acaso la cantidad y calidad de perfumes empleados, han contribuido poderosamente a la destrucción o a la diminución por lo menos, de ese bello ornato, no habiendo hoy tal vez, una entre quinientas que puedan hacer gala de una trenza de vara y media. ¡Que lástima!
Si quisieran convencerse de que la sencillez y el aliño modesto es el mejor ornamento de la mujer; si quisiesen comprender que en general las hijas de nuestro país no precisan de atavíos para ser hermosas, acaso volverían esos tiempos de encantadora [269] sencillez, o aligerarían por lo menos, la pesada carga que les impone el desmedido lujo.
Un inglés, escritor de aquellos tiempos (1823), se expresa así: «Creo que ciudad alguna del mundo con igual población, pueda ostentar mayor número de mujeres hermosas, que Buenos Aires. Su brillantez en el teatro, no es mayor en los teatros de París ni de Londres; y escribo con un regular conocimiento de los teatros de ambas capitales. Verdad es, que los valiosos diamantes que luce el bello sexo inglés y francés, no se ven en Buenos Aires; sin embargo que, en mi humilde opinión, nada añaden estos costosos accesorios a la hermosura de la mujer.»
¡Cómo han cambiado desde que eso se escribía, las cosas en cuanto a brillantes y adornos de exorbitante precio! ¡y cuánto han cambiado también, respecto al mueble indispensable, la modista!... Tal es hoy el furor, que aún no ha dado ésta la última puntada en la última novedad, cuando ya otra viene surcando los mares a dar ocupación a la máquina y a sus diligentes dedos, y dolores de cabeza a los pobres esposos o padres de familia.
Es más que probable que aquí el lector encogiéndose de hombros, exclame: «¡tiempo perdido!» Siguiendo pues, su opinión, dejaremos este punto y cerraremos este capítulo transcribiendo algunos avisos; tienen un tipo especial y a la verdad, no van acompañados de tanto bombo como muchos de los de la actualidad; para muestra y recuerdo basta con los que siguen. [270]


V
Aviso
La persona que guste vender una criada para la Guardia del Monte, con advertencia que a los 8 años de su servicio prestado con buena comportación y conducta, se le otorgará la carta de la libertad, ocurrirá a la esquina de la patria, donde darán razón del comprador.
___
De la Merced dos cuadras para el campo y una para el Retiro, calle del Empedrado, se venden y alquilan coches y sopandas y otros carruajes de esta especie, nuevos, a precios equitativos. En la misma casa o hueco en donde vive el dueño y maestro en este arte.
___
El que quiera comprar una criada de 28 años, general en su servicio, pero embarazada, ocurra a esta imprenta (de los Expósitos) que darán razón.
___
El día 1.º de julio entrante, abre la aula de Gramática latina y castellana el ciudadano José León Cabezón.
___ [271]
Una casa sita en el atrio de la iglesia de Monserrat, quien quiera comprarla véase con el señor doctor Sola que vive en ella.
___
Una casa nueva y cómoda, sita en la calle del Correo, hacia el Retiro, se vende, y se deja a favor del comprador y sobre ella misma, una capellanía de tres mil pesos. El que quiera comprarla véase con doña Josefa Salces, que vive en el cuartel número 10, en la manzana número 95 cerca del Retiro.
___
Se vende una mulata de todo servicio sin vicio conocido; es esclava de don Celedonio Garay.
___
Se vende una criada casada: sabe cocinar regularmente, planchar liso y es buena lavandera: quien quiera comprarla véase con su ama, la señora doña Ana Warnes. (40)
Capítulo XXXIII
Incidente sangriento con un inglés. -Fanatismo religioso. -Repique de campanas. -Concurrencia a las iglesias. -Diversiones. -Sucesos del año 10. -Zozobra de los españoles. -Contento de los sud-americanos. -25 de Mayo; fiestas mayas. -El himno nacional. -El doctor López. -Las danzas. -Pueblos de campo. -Paseos a caballo. -Carruajes hasta el año 20; el primer fabricante en ese año.


I
Por espacio de muchos años, las diversiones eran muy limitadas en Buenos Aires. A todas horas del día se oía el grave y acompasado tañido de las campanas y eran evidentes los hábitos clericales; poco a poco, sin embargo, fuéronse aumentando aquéllas y desapareciendo éstos.
No se crea que queremos decir que hoy el pueblo sea menos dado a las prácticas religiosas, pero en aquellos tiempos había ciertamente más dedicación a los actos religiosos y en algunos un tanto de fanatismo.
Para corroborar lo que acabamos de decir, citaremos un hecho. Por el año 22 o 23, un soldado [274] de los que acompañaban a Su Majestad hirió con la bayoneta a un joven inglés que recién llegaba al país, porque no se hincó, aunque estaba ya en actitud de hacerlo, agregándose que el soldado ejecutó este acto por mandato del sacerdote que llevaba a Su Majestad.
No podemos creer que semejante proceder partiese de un ministro de una religión de paz, llevando en sus manos la imagen del Dios de caridad. Pero el fanatismo existía indudablemente en alguna parte; si no residía en el sacerdote, estaba ciertamente en el soldado, que creía, sin duda, que era obra santa herir a un hereje.
Los repiques se oían todos los días por horas enteras, tan violentos eran que aturdían, obligando a los que andaban por la calle o vivían inmediato a una iglesia a elevar la voz hasta el grito a fin de hacerse oír de aquellos con quienes hablaban. Tan era así, que la autoridad tuvo que intervenir, como se verá por las siguientes palabras, de un periódico del tiempo, del señor Rivadavia.
..... ..... ..... ..... .....
«Será también agradable que publiquemos que el señor Provisor Gobernador del Obispado...
..... ..... ..... ..... .....
»Ha dictado un reglamento sobre el uso que debe hacerse de los campanarios tanto en los Conventos como en los Curatos, reduciendo a mucho menos tiempo el entretenimiento que facilitaban a la juventud ociosa; y, en fin, otras varias providencias de tanta importancia como trascendencia.»
La concurrencia a la iglesia era casi constante. La verdad es que para cumplir y asistir debidamente [275] a todas las fiestas y funciones de iglesia, era preciso pasarse en ella gran parte del día y aun algunas horas de la noche.
Las procesiones se repetían con admirable frecuencia, y la concurrencia era inmensa; una y aun dos horas antes de salir, las campanas atronaban el aire, lo mismo que durante la procesión.
A propósito, recordamos un acontecimiento que pudo haber terminado de un modo muy serio.
Salió de la Merced, la procesión del Sepulcro: iba en andas la Dolorosa, San Juan y la Verónica.
Habría llegado a la mitad de la cuadra por la calle Reconquista (entonces de la Paz) entre Cangallo y Piedad, cuando repentinamente tuercen a escape, de la calle Piedad a la de la Paz, dos bueyes, perseguidos sin duda. Los bueyes o no pudieron o no quisieron retroceder y prefirieron abrirse paso a través de la masa de seres humanos.
Más fácil será formarse una idea que describir la escena que entonces tuvo lugar: la gente se atropellaba, cayendo muchas personas al suelo; hubo sombreros pisoteados, vestidos despretinados y mantones desgarrados, golpes y contusiones; una señora buscaba a su criada, una madre a su hijo extraviado. Cayeron santos, andas, hachones y faroles; en fin, si no fuera una profanación tratándose de una ceremonia religiosa, diríamos que era aquello un verdadero infierno.
Y esta concurrencia no interrumpida que entonces se notaba, ¿no podría atribuirse a la carencia casi completa de entretenimientos y de centros recreativos, y ser, para muchos, la iglesia un punto de reunión? Pero dejemos este punto, para ocuparnos sumariamente de las pocas distracciones que por entonces teníamos. [276]
Acaso algún joven de los que hoy se desviven en medio de ellas, al ver lo exiguo del talle exclame: ¡oh, yo habría muerto de tedio a haberme tocado por desgracia vivir en una época semejante! Pues no, mi querido amigo; no habría sido así; usted estaría tan contento como lo estaban los jóvenes de aquel tiempo, y si, como es de suponer, es usted discreto y prudente, repetiría con Talleyrand, «un hombre cuerdo nunca se irrita contra los acontecimientos; éstos siguen su rumbo sin preocuparse del despecho de nadie»; y habría tomado las cosas y los tiempos como eran, creyendo que nadaba en un mar de diversiones.


II
Aunque una que otra vez hemos tenido que retroceder a épocas más remotas, para poder citar hechos o acontecimientos que hemos reputado de interés y pertinentes, debemos recordar al lector que, al principiar este bosquejo, nos propusimos hacer partir nuestras reminiscencias del célebre 1810; año en que llegó a Buenos Aires la noticia de la entrada victoriosa de las tropas francesas en Sevilla.
Los españoles como era natural, se desconcertaron y alarmaron a la sola idea de que su país fuese subyugado por la Francia.
Los americanos, al contrario, alborozados, preveían que el momento de su emancipación había llegado.
Sin embargo, los patriotas procedieron con cautela [277] y prudencia; habían formado la resolución de ser libres, pero supieron con suma habilidad disimular su primordial objeto, disfrazándolo con un amor entrañable hacia la misma autoridad que pretendían derribar.
Se posesionaron, pues, de lo que legítimamente les pertenecía, con la apariencia de defender los derechos del Soberano.
Después de evoluciones más o menos hábiles, que no son de nuestro resorte referir, amaneció el glorioso 25 de Mayo que abría para la patria una era de libertad y grandeza. Día justamente reputado de los más conspicuos, en la historia de nuestro país. Llegamos, pues, a nuestro objeto, mencionar entre los entretenimientos y diversiones, los festejos con que se conmemoraba tan grande acontecimiento.


III
Las fiestas mayas constituían una de las recreaciones anuales: fueron establecidas y declarado de fiesta cívica el 25 de Mayo de cada año, por la Asamblea de Buenos Aires, el 5 de mayo de 1813. Duraban desde el 23 hasta el 26, día en que, como hasta hoy, distribuía desde su instalación, la Sociedad de Beneficencia, los premios en las escuelas confiadas a su dirección.
De notarse es, que en esos cuatro días de regocijo, y en que el pueblo se entregaba libremente a sus expansiones, ni un desorden ni un robo ocurría. [278]
Los niños, y especialmente los de las escuelas de la Patria, se reunían, como también hoy se acostumbra al pie de la pirámide, a saludar el sol glorioso del 25 de Mayo entonando el Himno Nacional; y a propósito de esta bella inspiración, reproducimos lo que a su respecto leemos en la Revista de Buenos Aires; dice así:
«1813. -Mayo 13. -Siendo el doctor don Vicente López y Planes, miembro de la Asamblea General Constituyente del Río de la Plata, se le comisionó para proyectar un Himno Nacional, habiendo obtenido al efecto todos los votos menos 3 o 4 que hubo a favor de Fr. Cayetano Rodríguez; fue presentado por aquél, el grandioso canto que empieza:
»Oíd, mortales, el grito sagrado
libertad, libertad, libertad...»
En la sesión del 14 de mayo de 1816, fue aprobado por aclamación, y declarado el único Himno Nacional del Estado.
Había en la sola aclamación de ese Himno, una verdadera declaración de independencia, al menos en esta poderosa estrofa:
«Ya su trono dignísimo abrieron
las provincias unidas del Sud;
y los libres del mundo responden
al gran pueblo argentino, salud.»
Para colmo de acierto, si ningún poeta del mundo podía haber traducido, con más inspiración que López, el pensamiento de un pueblo ávido de libertad, ningún músico habría sabido comprender mejor al poeta. Y sin embargo, no era americano: [279] era un catalán, llamado don Blas Parera, que pocos años después regresó a España, donde es probable guardase el incógnito como autor, o mejor dicho, reo de aquella obra guerrera de arte, que por cierto equivalía al delito de suministrar armas al enemigo: tan poderosa ha debido ser, en efecto, la influencia de esa música llena de magnetismo, tocada en nuestros ejércitos.


IV
Existía mucha semejanza en las fiestas de cada año, como sucede aún hoy misino, que a la verdad poca variedad ofrecen.
En 1822, y creemos que también en 23, había a más del palo jabonado, rompe-cabezas, calecitas, etc., que han alcanzado hasta nuestros días. Había entre otras diversiones, la de las danzas, niñas y niños elegantemente vestidos con los colores de la patria. Estas danzas bailaban en la plaza sobre un tablado construido con ese objeto. Elegían de entre las niñas, una de las más airosas y bonitas: llevábanla por las calles en un carro triunfal fantásticamente adornado y tirado por cuatro hombres disfrazados de tigres, leones, etc. Las danzas iban siguiendo el carro en orden de formación.
Sobre el tablado bailaban, marchaban y formaban graciosos grupos, llevando cada uno un arco cubierto de tul blanco en buches, separados por moños de cinta celeste, con los que hacían también variedad de figuras. [280]
La noche del 25, las danzas concurrían en cuerpo al teatro.
El Gobierno ocupaba también su palco, en esas noches.
Había como hoy Te Deum, formación en la plaza, salvas, etc., y no escaseaban los cohetes y la música, las rifas, los globos y los fuegos artificiales. Como se ve, pues, poca diferencia hay entre las fiestas de hoy y las de entonces.
Los cohetes voladores han producido desgracias lamentables, entre las que recordamos se encuentra el caso de la señora doña Micaela Peralta, de 32 años de edad, que llena de vida asistía a la función de la Recoleta, acompañada de sus tres hijitas, cuando repentinamente un cohete volador, atravesando el espacio horizontalmente, fue a herirla en la frente, despedazando el cráneo y produciendo una muerte inmediata.
El Cónsul holandés, señor Bilberg, murió herido por un cohete volador, en la inauguración del ferrocarril de Chivilcoy.
En tiempo de Rosas, uno de éstos causó la muerte de una señorita, despedazándole el vientre. En fin, es larga la lista de las desgracias de diverso género que han producido estos instrumentos peligrosos.


V
Después de abolido el detestable entretenimiento de la corrida de toros, nos quedaban algunas, aunque muy pocas diversiones, más en consonancia con nuestros gustos y costumbres. Hemos tenido [281] ocasión de hablar de las tertulias; de la confianza y sencillez que reinaba en ellas; como también de los paseos, durante la estación, a los pueblos de campo inmediatos a la ciudad, donde concurrían muchas familias.
Allí, a plus forte raison, continuaba esa franqueza que pudiéramos llamar primitiva; se hacían paseos, almuerzos verdaderamente campestres.
Las niñas salían en grupos a caballo, solas o acompañadas de jóvenes de su relación, y si por acaso escaseaban las sillas de señora, la joven más elegante y de la mejor familia, no trepidaba en subir en un caballo con recado, por desmantelado que fuese, y con un pañuelito pasado por la cabeza y atado bajo la barba. Hoy... hoy se necesita caballo arrogante, silla de primer orden, pollerón hecho por modista, sombrero, etc. Lo que importa decir, que para la que no puede disponer de todo esto ¡no hay paseo!
Lo cierto es que a la generalidad de pueblitos los han convertido en pequeñas cortes, en donde se hace una verdadera ostentación de lujo, desterrando así los placeres de la vida campestre, en la corta temporada en que se procura huir de la etiqueta y el fastidio de las grandes poblaciones.
En la ciudad, los paseos a caballo eran distracción favorita de los jóvenes, que casi siempre se limitaban a la calle Florida hasta el Retiro y algunas veces hasta Barracas; debido sin duda al pésimo estado de la generalidad de nuestras calles.
En cuanto a carruajes, pocos eran los existentes en Buenos Aires antes del año 20 o 21, en que se veían tal vez una veintena de ellos modernos (para la época) de propiedad particular: los demás y esos muy pocos, eran del siglo XVII. Antes del año 20, [282] se empleaban mulas; las guarniciones eran pésimas; no había pescante y se tiraba a la cincha.
El primer fabricante en grande escala de carruajes a la europea y de gusto moderno, creemos que por el año 20 más o menos, fue un inglés, don Jorge Morris, que se estableció en la calle 25 de Mayo, detrás de la Merced, en el corralón en que hoy mismo existe una fábrica de carruajes. En cuanto a carruajes de plaza, por aquellos años, eran artículo desconocido.
Tan escasas eran, en fin, las distracciones para el pueblo, que a veces concurrían las familias a presenciar alguna corrida de sortija; a pasear a pie por las quintas y aun a pararse a cierta distancia a ver bailar los negros en sus candombes. No teníamos paseos públicos, circo de carreras, juegos atléticos, ni tanto otro atractivo que ofrece distracción a los habitantes de esta ciudad. [283]



Capítulo XXXIV
Academia de música. -El padre Picazarri. -Massoni. -Juan Pedro Esnaola. -Don Esteban Massini. -Trillo. -Robles. -Serenatas. -El Cancionero argentino- Introducción. -Canciones; sus autores. -Gusto por las óperas. -Los doctores Cordero y Albarellos. -Pancho Munilla. -La magna serenata. -Venia de Rosas. -Ocurrencia inesperada.


I
Hemos dicho en otra parte, que ha habido siempre entre nosotros decidida afición por la música, y también que fue Rosquellas quien creó aquí el gusto por la música italiana. No es de extrañar, pues, que gran número de jóvenes de ambos sexos, se dedicasen con entusiasmo a su estudio.


II
El martes 1.º de octubre de 1822 a las seis y media de la noche, (41) se hizo la apertura de la Academia [284] de Música que planteó y dirigió el señor don Antonio Picazarri (eclesiástico) en los altos de la casa del Tribunal de Comercio. Concurrieron los ministros de Gobierno y Hacienda y el doctor Seguí, enviado cerca del Gobierno de Buenos Aires, y Secretario del de Santa Fe.
Se ejecutaron las piezas siguientes: Canción La gloria de Buenos Aires; poesía de Juan C. Varela. -Concierto de piano de Dusek. Cavatina de la Urraca ladrona. -Andante y Rondó del Concierto. -Dúo de la misma ópera.
2.ª parte. -Obertura de Mozart. -Dueto de Puchita. -Trío de piano. -Cavatina de la Italiana en Argel, de Rossini. -Cavatina de Torbaldo y Dorlizka, Rossini. -Terceto de Inés, y se cerró la función con la misma canción con que empezó.


III
El 15 de enero del 23, dio Massoni en una de las salas del Consulado, un concierto.
Massoni, como ya hemos tenido ocasión de hacer notar, era de los profesores más aventajados que se conocían hasta entonces en el Río de la Plata. Ya había sido favorablemente juzgado en el Brasil, por jueces competentes, donde ocupó el puesto de primer violín en la Capilla Real.
Amenizó el acto el entonces joven de 16 años Juan Pedro Esnaola, sobrino del que fue su maestro, el padre Picazarri; ese joven sobresalía ya en esa edad por su admirable ejecución en el piano.
Cantó también tres arias de diferentes óperas. [285]


IV
Llevados de esa afición, los jóvenes se reunían, ensayaban canciones y daban serenatas con frecuencia.
Después de otros muchos, cuyos nombres no recordamos, daba lecciones de guitarra el aventajado profesor don Esteban Massini. Figuraban como buenos guitarristas un Trillo y un Robles; ambos enseñaban, y muchas noches acompañaban a los jóvenes aficionados que querían dirigir sus endechas al tierno objeto de su amor.
Mientras que uno de los jóvenes ejecutaba el sencillo acompañamiento de una canción, uno o los dos profesores preludiaban acompañados algunas veces de una bandurria y el efecto de esta armónica combinación, era magnífico en las horas calladas de la noche. A más de estas canciones, cuya variedad era inmensa, solía cantarse uno de aquellos tristes tan característicos y conmovedores.
Tan grande era el número de canciones, que se notó la conveniencia y utilidad de hacer una recopilación de ellas. En efecto, el que esto escribe editó y publicó entonces en 1837, el primer número del «Cancionero Argentino», libreto de 100 páginas más o menos, que fue seguido por otros tres de igual tamaño.
Servía de introducción una preciosa composición [286] del inolvidable Juan María Gutiérrez, que principiaba con la siguiente estrofa:
«Id, agraciados versos, a las plantas
de las hermosas ninfas de mi río:
y si en sus labios la sonrisa asoma,
plácidas os reciben y festejan,
de gozo saltaréis, graciosos versos.»
..... ..... ..... ..... .....
Y terminaba:
«Suene, hermosas, la voz que os diera el Cielo,
para gloria y tormento de los hombres,
a par de las canciones que os ofrezco:
suene la voz y el verso a las estrellas,
al corazón más duro, al seno mismo
llegará de la tierra, convirtiendo
en paraíso encantado y armonioso
la lobregosa soledad del mundo.»
___
Como nos hemos propuesto salvar del olvido muchas cosas que el tiempo irá borrando, vamos a dejar en estas páginas el nombre de algunas de las numerosas canciones contenidas en el «Cancionero» el de sus autores y de los compositores que les arreglaron canto y acompañamiento; son éstos:
El desamor. -Esteban Echeverría; acompañamiento de piano, J. P. Esnaola; para guitarra, Esteban Massini y Manuel Fernández.
Amelia. -Florencio Varela; música de Remigio Navarro.
La muerte de Corina. -Juan Cruz Varela; música de la señorita Josefa Somellera. [287]
Don Roque y don Tadeo; duetino bufo, por M. P. Música de Juan Bautista Alberdi.
La diamela. -Esteban Echeverría, música de J. P. Esnaola.
El sueño importuno. -Arriaza; música de Esteban Massini.
Delia. -Hilarión Moreno; música de Vive feliz ingrata.
Elisa. -José Rivera Indarte; música de J. P. Esnaola.
La Tirana. -(El que sin amores vive), Florencio Varela; música de Pablo Rosquellas.
Elena. -Vicente Peralta; música de E. Massini.
El pensamiento. -Arriaza; música de Virgilio Caravaglio.
Dorila. -R. V.; música de Roque Rivero.
Himno. -(Premios por la Sociedad de Beneficencia) Vicente López; música J. P. Esnaola.
Canción (de la comparsa de Momo en el carnaval de 1835), Manuel Belgrano; música de J. B. Alberdi.
La aroma. -E. Echeverría; música de Esnaola.
La tórtola viuda. -Rivera Indarte; música de E. Massini.
La despedida de Barracas. -Vicente Rivero; música del mismo.
___
Lo que antecede lo tomamos de las primeras páginas del primer libro, por carecer de los números 2, 3 y 4, que constituían la colección; no hemos podido obtenerlos por más que los hayamos procurado. [288]


V
Como se ve, el gusto por la música se generalizaba. Del cielo, décima y triste, habíamos pasado por grados a las canciones españolas, muy graciosas y de un estilo especial; y más tarde aún, a una mezcla de éste con la italiana, que se adaptaba a las canciones.
En la alta sociedad, prevalecía el gusto por las óperas, o sea la música italiana pura. Gran número de señoritas tuvieron afición por el canto, entre las que recordamos a Micaela Darragueira, a Carmen Madero, Feliciana Agüero, después de Maldonado; Enriqueta Molina y otras.
Los instrumentos favoritos eran el arpa y el piano, en que muchas señoritas sobresalieron; en el arpa, Florencia, hija de la señora de Mandeville y creemos que una hermana de esta niña, Clementina.
En el piano, muchas y en primera línea Florencia Albarellos y otras varias cuyos nombres no recordamos.
Algunos jóvenes se dedicaron también al piano, como Esnaola, y más tarde, Alberdi; otros a la flauta, violín, guitarra, etc., entre los que figuraban Fernández, Rivero y otros. En esa época eran ellos los exclusivos compositores de piezas de baile y de canto, algunas de las que hasta hoy se conservan y que en nada ceden a las mejores que se componen por los primeros maestros.
Entre los aficionados, que más bien merecían el [289] nombre de profesores, se distinguían por su habilidad el doctor Cordero (abogado), y el doctor Albarellos (médico), cuya ejecución y gusto en la guitarra eran admirables. El doctor Albarellos aun sigue deleitando a sus amigos (en los ratos que lo permite su ardua profesión), con ese difícil y armonioso instrumento, y ha llamado la atención la precisión y limpieza de su ejecución en varios conciertos.


VI
Vamos a terminar este capitulo refiriendo otro caso, tal vez el único entre nosotros, que demuestra la afición y gusto por la música que ya desde muchos años atrás se desarrollaba en el país.
Don Francisco Munilla ocupaba el café anteriormente denominado de Marcos. Muy relacionado Munilla y situado en un paraje tan central (frente al Colegio), no podía ser sino muy concurrido.
Tenía don Francisco, a más de un carácter jovial, extremada afición por el piano, de modo que la pieza en que él tenía éste, su instrumento favorito, era el punto de reunión de gran número de aficionados; allí se tocaba y se cantaba. De aquí surgió la idea de salir a dar una serenata magna: en vez de guitarras como se acostumbraba, debía hacerse con piano.
Nacer la idea y llevarla a cabo, todo fue uno. Con la celeridad propia de la edad de las ilusiones, y de la realización de cuanto se concibe, sea cuerdo o descabellado, se resolvió que esa misma noche [290] tuviese lugar la serenata; se convino en las piezas que debían cantarse, y por quién, arreglándose, por fin, todos los detalles.
La noticia, como es de suponer, se propagó rápidamente, esparcida por los mismos aficionados y sus relaciones, y por los numerosos concurrentes al café.
A las doce de la noche, noche hermosa de verano, templada y de luna, salvó el dintel del antiguo Café de Marcos el piano, levantado en alto y como en triunfo, por los robustos brazos de cuatro changadores, seguidos éstos de otros cuatro, prontos para relevarlos, y de sirvientes con la música, atriles, faroles, etc. Acordonados en ambas veredas de toda la cuadra, esperaban más de 300 acompañantes, que la curiosidad había agrupado allí.
No olvidemos decir, que esto pasaba ya en los primeros tiempos de don Juan Manuel, aunque antes que hubiese éste mostrado del todo las uñas; sin embargo, ya se reputaba conveniente obtener su venia o su aprobación, tan siquiera fuese indirecta, y excusado parece decir que los primeros pasos de la comitiva fueron hacia su morada, para dar la primera serenata a Manuelita.
Fue muy bien recibida, y de allí salió, más satisfecha, a dirigirse a casa de las familias de la relación de cada uno de los que tomaban parte activa en este nuevo modo de dar música.


VII
Entre los aficionados que cantaron, citaremos a Fernando Oyuela, José María Cabral, Francisco Miró, el que esto escribe y varios otros, cuyos nombres [291] hemos olvidado. Entre las piezas cantadas recordarnos dos dúos de Tancredo, All'idea di quel metallo, del Barbero de Sevilla, un precioso dueto de Torbaldo y Dolizka, el dúo del Militar y varias canciones.
Era curiosa la marcha que llevaba esta especio de procesión, que duró toda la noche. Frente ya a la casa convenida, se aproximaba el piano a la ventana con toda prontitud; se arreglaban los atriles, se colocaba la partitura, se acercaban los faroles; el tocador tomaba su asiento, y su puesto los designados para el canto. Terminado éste, seguía la recompensa; es decir, los agradecimientos, las felicitaciones por la idea, y... con la música a otra parte.
Hubo esa noche una concurrencia que no podemos menos de recordar. La familia, a quien iba a darse la serenata vivía en altos; esto, hasta cierto punto, presentaba un inconveniente; pero, como era una noche calurosa de verano, dormían con los balcones abiertos; esta circunstancia favoreció nuestro intento. Se cantó; y cuál no sería nuestra sorpresa, cuando la respuesta inmediata fue un preludio en el piano desde los altos, seguido de la magnífica cavatina Una voce poco fá, del inmortal Barbiere de Rossini.
Así terminó esta humorada, que no tonemos noticia que se haya repetido. [293]



Capítulo XXXV
Solicitud del interesado para continuar enseñando en un colegio. -Informe de los testigos requeridos. -Información del Director del Colegio. -Tramitación interminable. -Curiosa circular del Obispo Medrano.


I
Aunque de una época reciente, relativamente a lo que venimos recordando en este escrito, vamos a poner en conocimiento del lector un documento curioso que tenemos a la vista, y que transcribimos íntegro, para patentizar una de las innumerables excentricidades de don Juan Manuel Rosas. Es el testimonio de una solicitud hecha para poder enseñar en un establecimiento de educación. Dice así:


II
Corresponde
¡Viva la Confederación Argentina!
¡Mueran los Salvajes Unitarios!
N. N. ¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios! Buenos Aires, diciembre [294] veinte y seis de mil ochocientos cuarenta y cuatro. Año 35 de la libertad, 30 deo la Independencia y 15 de la Confederación Argentina. Solicita le conceda Su Excelencia la declaratoria de Federal, mediante la información, y lo permita continuar enseñando en el colegio N. -Excelentísimo señor. -N. N., natural y vecino de esta ciudad y ante Vuecelencia, sumisa y respetuosamente expone: -Que hace mucho tiempo se halla de profesor en el colegio N., y no pudiendo continuar en este destino, sin que acredite su firme adhesión por el Santo Sistema Nacional de la Federación, así como también su virtud, moralidad ejemplar, su profesión de la fe Católica Apostólica, Romana, y su competente idoneidad en el ramo que enseña, cuyos requisitos exige Vuecelencia por decreto de veinte y seis del mes de América del año presente, por tanto: A Vuecelencia suplica encarecidamente admita la competente información sobre los antecedentes expresados, para lo cual presenta por testigos a don Pedro Larrosa, Juez de Paz de la Parroquia de la Concepción y a don Domingo Diana, Juez de Paz de la del Pilar, y evacuada que sea, se sirva Vuecelencia concederle la declaratoria correspondiente y el permiso de continuar enseñando en el expresado Colegio, cuya gracia espera de Vuecelencia. -Excelentísimo señor. -N. N. Buenos Aires, Enero, 14 de 1845. -Por presentado: recíbase con citación del Ministerio Fiscal la información que ofrece. Los Jueces de Paz indicados, informen sobre los particulares que comprende el presente pedimento, pasándoselas al efecto. -Pereda. -Proveyó y firmó el anterior decreto el señor Asesor General de Gobierno, doctor don Bernardo Pereda, en Buenos [295] Aires, día, mes y año de su fecha. Rufino Basavilbaso. -En 17 de dicho mes y año lo hice saber a don N. N., y firmó, doy fe. -N. N. Basavilbaso. -En el mismo día, mes y año, lo hice saber, citándole, como en él se manda, al señor Fiscal, doy fe. -Una rúbrica. -Basavilbaso. -En el mismo día, mes y año, pasé este expediente a informe del señor Juez de Paz don Domingo Diana. Lo anoto para constancia. -Basavilbaso. -¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios! El que firma, evacuando el informe que ordena el precedente decreto del señor Asesor de Gobierno, dice: Que conoce individualmente a don N. N., por natural de esta ciudad, y sabe su adhesión a la Causa Nacional de la Confederación Argentina, como también su virtud, moralidad, profesión de fe Católica, Apostólica, Romana, y capacidad para enseñar. -Buenos Aires, Enero, 20 de 1845. -Excelentísimo señor Domingo Diana. -¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios! Buenos Aires, Enero, 21 de 1845. Excelentísimo señor. -El que firma, Juez de Paz de la Parroquia de la Concepción, evacuando el informe que se le pide por el señor Asesor de Gobierno, expone: Que conoce por algún tiempo a don N. N., vecino de esta ciudad, adicto a la Sagrada Causa Nacional de la Confederación Argentina y a la esclarecida persona del Excelentísimo señor don Juan Manuel de Rosas, Gobernador y Capitán General de la Provincia, como igualmente su virtud, moralidad de fe Católica, Apostólica, Romana, y talento para la enseñanza en el Colegio N. Excelentísimo señor. -Pedro Larrosa. -Enero, 25 de 1845. -Vista al Ministerio Fiscal. -Pereda. -Proveyó y firmó el anterior decreto el señor Asesor [296] General de Gobierno, doctor don Bernardo Pereda, en Buenos Aires, día, mes y año de su fecha. -Rufino Basavilbaso. -En el mismo día lo hice saber a don N. N., y firmó, doy fe. -N. N. Basavilbaso. -En 27 de dicho mes y año, lo hice saber, pasándole este expediente al señor Fiscal, doy fe. -Una rúbrica. -Basavilbaso. -¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios! Excelentísimo señor. -Habiendo justificado don N. N. el tenor de la información que ha producido, hallarse con todas las aptitudes que requiera el Supremo Decreto de 26 de Mayo del año próximo pasado, para poder dedicarse, a la enseñanza pública, no hay inconveniente para que Vuecelencia se sirva otorgarle el permiso que solicita. Buenos Aires, Febrero, 13 de 1845. -Cárdenas. -Buenos Aires, Febrero, 20 de 1845. El Director del Colegio N. informe si el suplicante enseña en él y si está o no satisfecho de sus aptitudes para el efecto. -Pereda. -Proveyó y firmó el anterior decreto el señor Asesor General de Gobierno, doctor don Bernardo Pereda, en Buenos Aires, día, mes, y año de su fecha. -Rufino Basavilbaso. -En 24 de dicho mes y año lo hice saber a don N. N. y firmó, doy fe. -N. N. Basavilbaso. -En el mismo día le hice saber al señor Fiscal, y lo rubricó, doy fe. -Una rúbrica. -Basavilbaso. -En 25 de dicho mes y año, lo hice saber, pasándole este expediente, al Director del Colegio N. y firmó, doy fe. -Basavilbaso. -¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios! Excelentísimo señor. -El que suscribe, evacuando el informe que ordena el anterior decreto del señor Asesor de Gobierno, dice: Que don N. N. enseña como profesor en [297] el Colegio N. y que está completamente satisfecho de sus aptitudes al efecto, como públicamente lo ha manifestado en los exámenes generales del presente año. Febrero, 26 de 1845. -Excelentísimo señor. -N. N. ¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los Salvajes Unitarios! -Excelentísimo señor. -El suplicante reúne las cualidades que debe tener un Preceptor, según lo últimamente dispuesto. Él, lo es del Colegio N., y el testimonio de su director sobre su suficiencia, de que también ha dado prueba pública, hace innecesario todo otro paso. Corresponde por lo tanto, que Su Excelencia le conceda el permiso que solicita para continuar enseñando el presente año en el establecimiento predicho. Al efecto, el Asesor, acompaña el conveniente proyecto de resolución. Buenos Aires, Marzo, 13 de 1845. -Pereda. -Marzo, 31 de 1845. -Atento el mérito de la información producida, lo expuesto por el Fiscal del Estado, y dictaminado por el Asesor General, se declara que don N. N. ha acreditado suficientemente ser adicto a la Causa Nacional de la Federación, igualmente que su profesión de fe Católica, Apostólica, Romana, su moralidad ejemplar e instrucción; en su virtud, se le concede el permiso que solicita para continuar enseñando el presente año 1845, en el Colegio N. Hágasele saber, y désele testimonio íntegro de este expediente para que le sirva de comprobante de este permiso: al efecto, vuelva a la Escribanía Mayor del Gobierno, archivándose después. Y transcríbase este decreto al Jefe interino de Policía. -Rúbrica de Su Excelencia. -Garrigós. -En 10 de Abril del mismo año, lo hice saber a don N. N. y firmó, doy fe. -N. N. Basavilbaso. -En el mismo día, mes y año, lo hice saber al señor Fiscal, [298] quien lo rubricó, doy fe. -Una rúbrica. -Basavilbaso.
Concuerda este testimonio, con el expediente original en su contexto, que queda archivado en la Escribanía Mayor de Gobierno, y a que me refiero, y para entregarlo a la parte interesada, lo autorizo y firmo en Buenos Aires, a 11 de Abril de 1845. Año 36 de la libertad, 30 de la independencia y 16 de la Confederación Argentina.
† Rufino de Basavilbaso.
Escribano público auxiliar del Gobierno.


III
Tal era el fárrago a que tenía que lanzarse el infeliz que se dedicase a la enseñanza de cualesquiera ramo; probando o fingiendo ser de todo corazón adicto a la Santa Causa y a la esclarecida persona del ilustre Restaurador de las leyes. ¡Por cuánta humillación no tuvieron que pasar en aquella época, los hijos de este país!
A más de las trabas que se ponían a la propagación de todo conocimiento útil, calcúlese el perjuicio individual que traían consigo estas largas y farsaicas tramitaciones. El expediente que nos ocupa se inició el 26 de diciembre de 1844 y como se ve, terminó su tramitación el 11 de abril de 1845; es decir, a los tres meses dieciséis días de haberse iniciado. Es evidente que mientras no fuese aceptado, el suplicante no podía ejercer su profesión, y, por lo tanto, se privaba a una familia [299] de ese, tal vez único recurso, por tres meses y medio.
Nos abstenemos de hacer más comentarios, sobre la ridiculez y maldad de semejante procedimiento.
El documento que acaba de leerse, jamás ha sido publicado, que sepamos, y lo damos con la misma ortografía y forma que tiene el original como igualmente la siguiente circular que reputamos digna de conocerse, aunque creemos se registre en la publicación «Diabluras de Rosas.» Él demuestra la abyección a que habíamos llegado y la torpeza, a más de la maldad e infamia que encierra, dice así:


IV
Circular
¡Viva la Federación!
Buenos Aires, Septiembre 7 de 1837; año 28 de la Libertad, 22 de la Independencia y 8.º de la Confederación Argentina.


Al Cura Vicario de Santos Lugares de Rosas.


Nada más justo que el Clero conforme sus opiniones con las del Superior Gobierno; cualquiera divergencia en esta parte podría ser ruinosa al Estado, y perpetuar males que a todos nos serían sensibles y que una dilatada experiencia nos lo ha hecho sentir con dolor. Es preciso, por lo tanto, [300] que usted que está a la cabeza de esa feligresía desde el púlpito, y con su ejemplo, exhorte a todos sus feligreses a que lleven constantemente la divisa federal que tiene ordenada el Superior Gobierno, y que tan necesaria es en las presentes circunstancias para fixar el sistema Federal, sin el que seríamos víctimas de las más negras pasiones y veríamos correr la sangre de nuestros mismos hermanos.
Extienda usted también sus alocuciones a todas las mujeres, sin exeptuar los jóvenes de uno y otro sexo, haciéndoles presente que llevando la divisa Federal hacen un servicio singular a la Patria, a sus familias y a sí mismos: pues que viviendo en quietud y tranquilidad gozarán de sus trabajos, y acabarán sus días, no en los campos y desiertos, sino en el regazo de los suyos y al lado de sus maridos y de sus hijos.
Hágales usted entender igualmente, que los hombres deben llevar la divisa de Color punzó al lado izquierdo sobre el corazón; y las mujeres, en la cabeza, al mismo lado; debiendo, también, advertirles, que en adelante procuren abolir una moda que han introducido los lojistas unitarios de hacer usar a los paisanos la ropa almidonada con agua de añil, de modo que luego queda de un color que tira a celeste claro, lo que es una completa maldad en los Unitarios impíos, en cuya meda han hecho entrar a los paisanos, que la siguen con la mayor inocencia, y que es preciso advertirles para que la oborrescan y nadie la siga.
Pero si usted advirtíese que alguno o algunas de sus feligreses fueran indiferentes a sus exhortaciones, reconvéngales por dos o tres veces, y si ni aun así cumpliesen con sus insinuaciones, hágales [301] usted entender que, por último resultado de su inobservancia, se les prohibirá la entrada en la iglesia, para cuyo efecto se pondrá usted de acuerdo con el Juez de Paz de ese Departamento.
Recuerdo a usted, por último, que no omita rezar después de las Oraciones, el Rosario, las buenas noches y en seguida los dos Padre Nuestro que tiene ordenado el superior Gobierno, por las almas de los señores Generales don Juan Facundo Quiroga y don Manuel Dorrego; este acto de religión, será una prueba de la gratitud que toda la Provincia debe a estos señores, y una memoria de los distinguidos servicios que prestaron a la Santa Causa Nacional de la Federación, hasta derramar su sangre y perder sus vidas por ella.
Espero, por lo tanto, que usted, cuyos sentimientos patrióticos son bien notorios al Público, cumplirá con lo que ordenamos. Acusándonos recibo de esta nuestra comunicación con la Celeridad que lo permita la distancia en que se encuentra.
Dios guarde a usted muchos años.


Mariano. -Obispo. [303]



Capítulo XXXVI
Contraste notable. -La primera Sociedad Literaria. -Algunos de sus trabajos. -Sociedades en 1822. -Las de época anterior.


I
Los documentos que hemos consignado en el capítulo anterior forman un notable contraste, con lo que pasaba en el país, 23 años antes de la época en que esos documentos figuraban y obraban con fuerza de ley. Lo que prueba que los progresos no marchan siempre en relación con los años de existencia que cuenta una nación, sino que, circunstancias dadas, imprimen una fisonomía especial a cada época, sin tener en cuenta el número de años transcurridos. Compárese, si no, lo que vamos a recordar en el presente capítulo, y que tuvo lugar bajo la inspiración de un Gobierno ilustrado, liberal y progresista, con lo que 23 años más tarde se efectuaba bajo uno tiránico, absoluto y retrógrado. [304]


II
La primera Sociedad Literaria que existió en Buenos Aires, se estableció en 1822; emanación de sus trabajos públicos fueron el Argos y la Abeja; una revista de sus tareas literarias se publicó a principios de 1823.
Vamos a hacer conocer algo de esos trabajos:
La Sociedad Literaria de Buenos Aires, propone el premio de 25 de mayo de 1823, para quien desenvolviese mejor el siguiente programa:
Determinar, por los acontecimientos históricos, el número de pueblos indígenas que habitaron el territorio del Río de la Plata, al tiempo de su descubrimiento, y qué influencia tuvo este acontecimiento sobre su civilización y estado.
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¿Se pueden designar con probabilidad sus costumbres, y la organización y fuerza en que al presente se hallan constituidas?
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¿Cuál es la forma de su sociedad interna y externa?
¿Podrán nuestros pueblos civilizados sacar algún partido de ellos, sea en punto a comercio, rentas o acumulación de población, o sería posible algún género de cultura, y por qué medio?
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¿Se han de tratar como naciones separadas, o han de ser reconocidos como enemigos a quienes es preciso destruir? [305]
Propuso para el premio de 8de junio, del mismo año, este programa:
¿Cuáles son los medios prácticos de promover la población de nuestro país?
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¿Cuáles son las causas que detienen los progresos de la agricultura en esta provincia, y cuáles los medios de removerlas?
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En ambos casos, el premio era una medalla.


III
Las Sociedades y Academias establecidas en 1822 fueron:
Socios Honorarios Corresponsales Total
Sociedad Literaria 13 7 20
Sociedad de Ciencias
físicas y Matemáticas 12 3 6 21
Sociedad de Jurisprudencia 10 10
Academia de Medicina 15 6 21
Academia de música y canto, por suscripción
Academia de música, por suscripción [306]
Antes de esa época, se habían hecho tentativas efímeras en ese sentido. Se ensayó en diferentes períodos la creación de cuerpos literarios, con la idea de disipar las tinieblas que nuestros mayores nos legaron. El «Club de 1810»; «La Sociedad Literaria», de 1812; «La Patriótica», en 1816; «El Buen gusto del teatro», de 18: todos desaparecieron casi al momento.



Capítulo XXXVII
Don Santiago Wilde. -Sistema de contabilidad. -Memoria de Hacienda. -Caja de Ahorros. -El Argos. -Don Ignacio Núñez. -Carta del doctor Gutiérrez.


I
La célebre literata señora de Gorriti, en su obra «Impresiones y Paisajes», dice:
«Córdoba. -Un anhelo me traía hacia esta ciudad.
»Mi padre la llamaba patria de su espíritu; allí adquirió la vasta erudición que lo hizo el oráculo de su tiempo...»
Si tal dice la ilustrada escritora, de su padre, ¿no me será permitido dedicar en este libro algunas palabras consagradas al recuerdo del mío, tanto más, cuanto que su nombre se encuentra vinculado con acontecimientos pertinentes a la época que venimos estudiando? Esperamos que el indulgente lector nos disimulará este acto que reputamos de justicia. No pretendemos escribir su biografía; vamos a dar simplemente algunos apuntes. [308]


II
Don Santiago Wilde fue, desde 1821, Contador de Cálculo, hasta 1834, época en que Rosas suprimió ese empleo en la Contaduría General, quedando, si mal no recordamos, encargado interinamente en ese puesto el señor don Antonio Marcó del Pont, oficial primero en esa repartición.
Don Santiago Wilde dio nueva forma y organizó el sistema de contabilidad, no empleado hasta entonces en el país. Concurrió también a la organización e introdujo el orden y arreglo en los libros de la Policía, siendo Contador de ese Departamento don Damián de Castro, español.
El plan propuesto por él, si bien fue el que recibió la sanción del tiempo y la práctica, no dejó de hallar opositores, o, por lo menos, un opositor, que lo fue don Ventura Arzac.
Esa oposición se desprende de lo siguiente, que dice el Argos del 23 de junio de 1821:
«Siente infinito el Argos no poderse contraer «todavía el examen de la Memoria presentada por uno de los Vocales de la Comisión de Hacienda; bien es que las mismas que se llaman contestaciones al plan que en ella desenvuelve el autor, con el método posible, la están justificando en términos de hacerla incontestable. Pero ¡¡¡hasta cuándo los errores del entendimiento se han de atribuir a la voluntad!!!
»Entretanto, el Argos tendrá el mayor gusto en que se sirvan de las columnas que tiene destinadas [309] al artículo Crédito Público, los partidarios o antagonistas del plan presentado por el señor Wilde, y también tiene el honor de ofrecérselas a él mismo, para sostener o explanar los principios que ha establecido, lo propio que al señor don Sebastián Lezica, para lo que, sobre los puntos del día, quiera y tenga que publicar.»
Hablando de la creación de recursos para la Policía, dice también el Argos: «¡Ojalá que el autor de la Memoria sobre los ramos de Hacienda nos favoreciese con sus ideas sobre este punto, que también recomienda al fin de sus observaciones.»
Daremos una breve relación de algunos de sus trabajos, en sentido de mejoras, en la época en que vivió, dejando, al efecto, que hablen otros.
En 1821, como Miembro de la Comisión de Hacienda, escribió una Memoria, que se mandó publicar en folleto, por la Junta de Representantes.
He aquí la nota con que la Comisión de Hacienda la elevó a dicha Junta:
El Vocal de esta Comisión de Hacienda, don Santiago Wilde, ha presentado a ella la adjunta Memoria sobre los objetos que debe proponerse esta Provincia en el nuevo sistema de hacienda que quiere entablar. -Motivos que hace apetecibles estos objetos. -Medios de conseguirlos.
La Comisión la ha leído con sumo gusto, y se ha propuesto tomar en consideración oportunamente cada uno de los puntos que abraza.
Ella tiene el honor de elevarla a V. H., creída en que merecerá su agrado; y que, si lo tiene a bien podrá mandarla dar a la prensa, para que se estimulen los periodistas y sabios a escribir y a hablar de las materias que envuelve, con lo que es de esperar se generalice en ellas la instrucción pública, se forme y fije la opinión; y que ilustrada con abundantes luces esta Comisión, logre concluir un plan de hacienda, que, si no perfecto, sirva a lo menos de base a la común felicidad.
Dios guarde a V. H. muchos años. Buenos Aires, 28 de mayo de 1821. -Muy Honorable Junta. -Juan de Bernabé y Madero. -Manuel José de la Valle. -Sebastián Lezica. -Antonio de Dorna. -Muy Honorable Junta de Representantes de esta Provincia de Buenos Aires.


III
Esta Memoria, como otros muchos trabajos suyos, no tuvieron más móvil que su deseo de ser útil al país de su predilección.
En 1822, formó parte de la Sociedad Literaria. -A este respecto dice el señor Cabenago, en su Tributo a la memoria de don Bernardino Rivadavia. -«Se formaron algunas sociedades científicas, entre otras, la literaria, en cuyo programa del 8 de julio de 1822, se propuso, como motivo de una memoria, lo siguiente: -¿Cuáles son las causas que detienen los progresos de la agricultura en esta Provincia; y cuáles los medios de removerlas? Entrando en este certamen, el finado señor don Santiago Wilde, uno de sus miembros, escribió un interesante Ensayo sobre la Agricultura de la Provincia de Buenos Aires»; y agrega en una nota: -«Existe en nuestro poder este trabajo inédito, que nos ha facilitado su hijo, don José [311] Antonio Wilde, y que publicaremos en el Labrador Argentino.»
Esta publicación no se hizo, y por el inesperado fallecimiento de este laborioso y patriota amigo, el folleto no volvió a nuestras manos.
Tuvo intervención en la instalación de la primera Caja de Ahorros, como se desprende del final del decreto al efecto, del 24 de abril de 1823, que dice:
«Quedan nombrados para componer la Junta Directiva el dignidad de Diácono, actual Gobernador del Obispado, doctor don Mariano Zabaleta, Presidente. -Don Francisco del Sar, Vice-presidente. -Don Guillermo Robertson, Tesorero. -Don Santiago Wilde, Contador. -Don Miguel Riglos, Secretario.»
«Líbrense las órdenes correspondientes, e insértese en el Registro Oficial, para su cumplimiento. -Bernardino Rivadavia.»
Tomó una parte activa en la publicación de algunos de los periódicos de aquella época. Para demostrarlo, sirve a nuestro propósito la siguiente rectificación que hace el doctor don Luis Varela, con motivo de un artículo publicado por el doctor Gutiérrez (don Juan María), en la Revista de Buenos Aires.
«A la fundación del Argos de 1822», dice: «no había periódico ninguno en Buenos Aires, como usted lo afirma, pues el decreto de 11 de setiembre de 1821, con el destierro del doctor Castro, dio muerte a la Gaceta, que había atravesado todas las vicisitudes que siguieron a la Revolución de 1810 que le dio origen.
»Pero el primer Argos ya había nacido el 12 de mayo y muerto el 24 de noviembre de 1821. [312]
»Su fundador fue el señor don Santiago Wilde, hombre notable en muchos conceptos, y a quien dieron en las sociedades literarias el puesto que le correspondía. El señor Núñez, campeón de la reforma que entonces se operaba en la sociedad de Buenos Aires, contribuyó, es verdad, con sus escritos, a dar importancia a ese periódico, pero no fue su fundador, etc., etc.»


IV
Encontramos también otro dato que no conocíamos en los Nuevos Capítulos de la Historia de Belgrano por Bartolomé Mitre, refiriéndose a las impresiones y publicaciones de aquellos tiempos: «La imprenta de los Niños Expósitos, la primera del Río de la Plata que originariamente establecieron los jesuitas en Córdoba, era a la sazón del Estado. Publicábanse por ella tres periódicos. Era el primero de ellos la Gaceta de Buenos Aires, el monitor de la Revolución en sus relaciones con la América independiente y con el país, que, contraída exclusivamente a los intereses generales, prescindía generalmente de la política interna por un discreto patriotismo.
»Era el otro el Redactor del Congreso, órgano de la Asamblea Constituyente, que daba cuenta al país de sus operaciones explicándolas.
»El tercero era el Censor, que, como queda explicado, ejercía una especie de magistratura periodística establecida por la Constitución, que gozaba del privilegio de censurar al Gobierno [313] con sus propios tipos, siendo inviolable su Redactor.
»El cuarto periódico, que por la imprenta de los Expósitos se publicaba, era una revista miscelánica destinada a la ilustración popular, que redactaba con amenidad don Santiago Wilde, inglés aclimatado en el país.»


V
Volviendo al Argos, parece que sus redactores guardaron por mucho tiempo el incógnito, según demuestra lo siguiente que tomamos de dicho periódico.
«Hemos reconocido un grande interés entre nuestros compatriotas los argentinos, por descubrir los autores de ese periódico; pero para que en adelante no pierdan el tiempo y se empleen más bien en considerar lo bueno y lo malo que contengan nuestros trabajos, queremos anticiparles la noticia de que no es fácil acierten con los nombres de los que se los dedican.
»Conocemos el motivo de que nace este interés; pero es menester que nos acostumbremos de una vez a juzgar de las cosas como ellas son en sí, y no por la más o menos prevención o predilección que tengamos respecto de las personas que las promuevan.» [314]


VI
Con gusto transcribo algunas palabras referentes a mi padre, de carta que nos dirigió en 1873 nuestro inolvidable amigo, el doctor Juan María Gutiérrez cuando fundamos en Quilmes, el Progreso, porque estas palabras expresan el juicio de un hombre como Gutiérrez, dice así:
..... ..... ..... ..... .....
«Ahora que usted, que, como he recordado y lo pregona su apellido, lleva sangre sajona en sus venas, ha tenido la buena idea de crear un periódico en ese pueblo donde se ha avecindado. En esto continúa usted la obra de su padre a quien imita, cediendo a inclinaciones heredadas, tal vez sin advertirlo. El señor don Santiago Wilde fue del número de los que tienen fe en el poder de la letra de molde, cuando se acerca a la comprensión del pueblo, y a imitación de Franklin, publicó entre otras cosas por varios años, bajo la forma de modestos Almanaques, una serie de opúsculos llenos de noticias curiosas y anécdotas humorísticas de agradable lectura aun para las personas más desaplicadas.
»Conservo todavía en la memoria muchos de esos cuentecillos que saboreaba como caramelos cuando era muchacho. También arregló para el teatro algunas comedias inglesas llenas de buena doctrina moral, y emprendió otros muchos trabajos [315] civilizadores que no es del caso mencionar, sin incurrir en la reprobación de Horacio: non est hic locus.»
..... ..... ..... ..... .....
En cuanto a las piezas dramáticas, el mismo doctor Gutiérrez nos dice en carta de fecha anterior:
«Agradezco a usted mucho las interesantes publicaciones con que me ha favorecido. La piecita dramática, a más de ser escasa, tiene el mérito de contener una lista autógrafa de las composiciones que su padre de usted arregló para nuestro teatro. Repito, pues, mis agradecimientos.»
Con lo que antecede creemos haber llenado un deber. [317]



Capítulo XXXVIII
Las flores. -Jardines. -Jardines antiguos. -Incidente. -Vasijas para plantas. -El Barón de Holmberg. -Catálogo antiguo. -Sillas en la calle. -Braseros en la vereda. -Pescado frito. -Puestos. -Cómo se vendía la carne. -Carretas de carne en las calles. -Traje del carnicero de entonces. -Carnereros.


I
La afición a las flores no es de fecha reciente en Buenos Aires; existía desde los años que venimos recitando, y tal vez aún antes del año 1810. No había entonces ni hubo por muchos años, el lujo y gusto que se nota hoy en los jardines, tanto en las casas de campo como en los patios en la ciudad, siendo muy pocas las casas en que no los hay.
Las estatuas, los copones, las fuentes, etc., no se conocían; sin embargo, existía el gusto por las flores, con la diferencia que entonces las señoras las cultivaban con sus propias manos y hoy gran número de ellas las hacen cuidar con sus jardineros. [318]


II
Los jardines se improvisaban con la mayor facilidad: con unos pedazos de tabla acomodados sobre unos pequeños pilares de ladrillo o sobre pies de madera, formaban lo que llamaban bancos; en hilera se colocaban en ellos, y con la simetría posible, las vasijas con plantas. En las casas en que se contaba con mayores recursos, había cierta uniformidad, pues se empleaban pequeñas tinas o cajones más o menos iguales en el tamaño, y con una mano de pintura, verde generalmente, hasta el tiempo de Rosas en que todo era colorado.
Esto nos trae a la memoria un pequeño incidente; buscábamos en esa época la casa de un amigo; sabíamos la calle en que vivía pero no conocíamos el número. Cuando nos suponíamos próximos a la casa, preguntamos a una mujer parada en una puerta de calle, y nos contestó: «camine usted dos cuadras derecho, y como a la mitad de la otra cuadra, sobre la derecha, una puerta colorada; no tiene usted cómo errar.» Se comprenderá que las señas eran infalibles o lo que llaman mortales... ¡todas las puertas eran coloradas!
Pero volvamos a los jardines. En las casas más pobres era una verdadera miscelánea; allí todo se aprovechaba, desde la cacerola agujerada, o el balde de lata viejo, hasta la... en fin, todo se utilizaba y cuando un tiesto viejo ya no servía para su primitivo destino, decían «para poner una planta está bueno.» El balde de lata abollado a fuerza [319] de servir formaba al lado de un tarro viejo o de una palangana rajada.
Allí pasaban las señoras sus horas en sacar el pastito y los yugos que crecían en las vasijas, en poner varillas a las plantas de clavel, en perseguir las hormigas, en regar, etc. Por lo que hace a las niñas eran probablemente lo que son hoy día, muy afectas a las flores, pero enemigas de cuidarlas.


III
Por muchos años fue muy limitada la variedad en las flores: más tarde empezaron a llegar diversidad de plantas y semillas. El Barón de Holmberg fue de los primeros, sino fue el primero, que introdujo plantas exóticas y se dedicó a su aclimatación. Los introductores y cultivadores se multiplicaron hasta elevar ese ramo a la altura que todos conocemos, y que el extranjero admira al contemplar la variedad y el gusto que ostentan nuestros jardines.
A pesar de esto hay algo con que no puede lo importado competir. Por ejemplo, en el inmenso número y variedad de rosas que ha venido al país, desde algunos años acá: ¿puede presentarse alguna, cuya fragancia se aproxime siquiera a la de nuestra rosa de todo el año o rosa criolla?... ¿y el jazmín del país?
Trataremos mientras tanto de salvar, aun cuando no sea más que en parte, el catálogo que entonces imperaba y que dentro de algunos años quedaría sepultado en el olvido. Aun hoy mismo ha de [320] haber muchas personas que ni tan siquiera han oído el nombre de algunas de las flores que en tiempos pasados formaban parte de un bouquet.
He aquí algunos:
Clavel, Clavellina, Rosa de olor, de cien hojas y de la India, de mayo, bomba, morada, Multiflora, Congona, Toronjil, Bergamota, Cedrón, Albahaca, Palma imperial, Campanilla, Unquillo blanco y amarillo, Clérigo boca abajo, Violeta del país (la francesa no se conocía), Alelí blanco y amarillo, Retamo, Jazmín del país, de Chile y del Paraguay, Marimonias, Botón de oro, Siempreviva, Jacinto, Agapanto, Espuela de Caballero, Trébol de olor, Flor de cuenta, Virreina, Copete, Nardo, Yuca, Pensamiento, Margarita, Madreselva, Buenas noches, Narciso, Don Diego de día, Calá, Diamela, Alberjilla, Pastilla de olor, Mosqueta, Flor de caracol o tripa de Fraile, Pelegrina, Viuda, Taco de la reina, Amapola, etc., etc.


IV
Una costumbre muy generalizada fue por muchos años la de sacar sillas los tenderos, almaceneros, talabarteros, etc., en las noches de verano, y sentarse en la calle debajo del cordón de la vereda, a fin de no impedir el tránsito de los pedestres; y como tenían la calle por suya, puesto que no había peligro de tranways, carruajes y demás, allí tocaban algunos tranquilamente la guitarra, instrumento favorito, divirtiendo a los transeúntes. [321]


V
En nuestras enlodadas calles de aquellos tiempos, veíase con frecuencia al frente de los puestos que entonces abundaban, o impidiendo el paso en las veredas, enormes braseros con su correspondiente sartén en que se freía pescado, que vendían a 3 centavos la posta, en dichos puestos. Según el estado de vacuidad o de plenitud del estómago del transeúnte, así le incitaba o le repugnaba el olor que el pescado despedía.
Esta clase de obstrucciones en las veredas, como otras muchas, eran toleradas por la Policía.
En los puestos se vendía pan, chorizos asados y cocidos, verdura, etc., y los había en todas partes de la ciudad.
En la estación, a más de éstos, establecíanse, también por diversas partes, puestos especiales para la venta de sandías, melones, duraznos y otras frutas.
Todo esto desapareció con el establecimiento de mercados con sus correspondientes radios; pero parece que volveremos a los puestos aun en los puntos más centrales, si hemos de estar a una resolución municipal de fecha reciente. [322]


VI
El modo de vender carne fue por muchos años, entre nosotros, repugnante por mil circunstancias y muy especialmente por falta de aseo.
A ciertas horas de la mañana y de la tarde, se estacionaban en diversos puntos, principalmente en las boca-calles, unas carretillas con toldas y costados de cuero vacuno o caballar, en que venía la carne colgada en ganchos. Llegados allí desprendían los caballos, quedando la carreta inclinada hacia adelante, descansando sobre el pértigo; frente a éste, extendía el carnicero sobre el suelo (con barro o con polvo), un cuero en el que destrozaba la carne con hacha, pues que entonces nadie soñaba en dividir los huesos con serrucho. El cuero presentaba centenares de soluciones de continuidad, por las que pasaba a la carne, o el barro o el polvo. Es claro que el carnicero no lo mudaba sino cuando ya estaba hecho trizas e inservible.
Cuando llegaba la noche, raro era el que ostentaba un farol: casi siempre encendían una vela de sebo (vela de baño), hacían una incisión en un cuarto de carne y allí colocaban la vela, que con la brisa o el viento fuerte, según fuese el caso, goteaba o chorreaba el sebo sobre la carne, que era un gusto.
Como el despacho se hacía inmediato al cordón de la vereda, el viandante no dejaba de pasar con cierto recelo, al ver enarbolar la enorme hacha, ni se veía libre de algunos salpiques.
Esta carne, tan desaseadamente conducida, tan [323] desaseadamente despachada, iba a dar a la tipa no menos desaseada, de la negra cocinera que era la compradora.
Esas tipas eran de cuero, y cuando más de junco con fondo de cuero, de las que construían los negros; poco se conocía la canasta de mimbre. Aquellas tipas, por mucho que se quisiesen cuidar, siempre ofrecían una vista desagradable y un aspecto repugnante, repugnancia que sólo la costumbre podía atenuar un tanto.
El traje del vendedor o carnicero estaba en relación; calzoncillos anchos con fleco, y en los más lujosos con cribo, salpicado de sangre y de lodo; en mangas de camisa en verano, con poncho en invierno, descalzo o con bota de potro.
El modo desaseado de conducir la carne desde los mataderos sobrevivió por muchos años a la abolición de las carretillas, pues hasta hace poco se traía en carros y aun a caballo, expuesta al sol, el polvo, el lodo, etc. Es de data muy reciente su condución en carros aseados, con cortinas y demás accesorios.
Cruzaba también por nuestras calles el carnerero con una pila sobre el caballo, de cuartos de carne de oveja, que colgaban por ambos costados, atravesando pantanos y recibiendo sus correspondientes salpiques de barro.
Los vendedores eran generalmente muchachos, gastaban el mismo traje que los carniceros e invariablemente andaban descalzos. Así transitaban las calles, gritando «Capón de grasa pa el alivio de tu casa» o «de peya pa el alivio de la beya.» [324]


VII
Después de las carretas en las calles, vinieron los puestos o cuartos de carne en diversas partes de la ciudad. Esto duró mientras no se establecieron los mercados y con ellos los radios. Entonces poco a poco fuese introduciendo el traje más decente de los vendedores, las mesas de mármol y demás mejoras que hoy todos conocen.
Emprendiéronse también importantes reformas en los mataderos. [325]



Capítulo XXXIX
La lotería. -Los billeteros de aquellos días. -Seña y contraseña. -¡Viva Clavijo! -Los esclavos y la lotería.


I
Allá por el año 1816 hasta 1821 se jugaba una lotería -creo que por cuenta de la Hermandad de Caridad-, que se efectuaba en armonía con el atraso en materia administrativa de aquellos tiempos.
El billete se vendía a 10 centavos; para efectuar esta venta se ponía en la esquina de cada cuadra un hombre a quien se le llamaba lotero, que estaba sentado teniendo por delante una mesita con los papeles necesarios rayados y numerados, un enorme tintero y arenillero de estaño, una larga pluma de ganso, etc. Cuando se retiraban de noche, dejaban la mesita en el zaguán de alguna casa inmediata.
El que quería comprar una o más cédulas, que así se llamaban los números, que eran unos papelitos de dos pulgadas cuadradas, numerados y al reverso llevaba escrita la contraseña, le decía [326] al lotero: -«Quiero una cédula» -«¿Qué quiere usted poner?» -le preguntaba aquél, calándose ya las antiparras. -«Ponga usted» -contestaba el comprador- «San Antonio, dame suerte», -«¿y de contraseña?» -«Ánimas benditas.»
Esta se transcribía en el reverso del pequeño billete que contenía el número elegido.


II
La lotería se jugaba todos los martes en la plaza de la Victoria, delante del Cabildo, y en presencia del pueblo, a la una del día.
Unos muchachos sacaban de los globos los números y un andaluz llamado Clavijo los repetía en alta voz. A cada suerte que salía el populacho gritaba: ¡viva Clavijo! Las suertes eran de cien pesos y una entre ellas de trescientos. Sólo había ocho o diez suertes y los extractos impresos se entregaban a los loteros a quienes ocurrían los interesados a saber si sus números habían obtenido premio.


III
Como en ese tiempo, como nuestros lectores saben, había esclavos, éstos entraban con interés a tomar un billetito todas las semanas, y como éste sólo valía 10 centavos, tenían casi siempre cómo comprarlo y sucedió más de una vez, que [327] uno de estos desgraciados se sacase una de 300 pesos y con ellos rescatase su libertad.
Los extractos se publicaban con la seña y contraseña, en esta forma: por ejemplo:
«Virgen del Carmen, dame suerte.»
Contraseña. -«Alma de mi abuela, con 100 pesos, número 240.»
«La calva de Clavijo». -Contraseña. -«Jesús me ampare, con 100 pesos, número 350.»
Tal era la lotería de aquellos días. [329]



Capítulo XL
Don Manuel Álvarez, el primer médico en 1601. -Doctor don Cosme Argerich. -Primer curso de anatomía por el doctor Fabre. -El protomedicato. -Médicos de policía de campaña. -Don Salvio Gafarot. -Anécdota. -Doctor Montufar.


I
En otra parte hemos hecho mención de algunos de los médicos que existieron aquí en tiempos pasados; vamos ahora a dar algunos detalles, mas sin invadir, sin embargo, demasiado este terreno, pues que todo lo relativo se hallará en orden cronológico hábilmente estudiado en la Historia de la Medicina, que se nos asegura pronto publicará nuestro inteligente amigo el doctor Albarellos.
Será curioso, no obstante, recordar que en 1601 apareció el primer médico que tuvo este vecindario; entonces Manuel Álvarez (que así se llamaba) se presentó al Cabildo ofreciendo exhibir carta de examen para acreditar que era hombre de ciencia en el arte de la cirugía y conocimientos de algunas enfermedades, pidiendo se le señalase un salario por asistir a los vecinos, quedando éstos [830] obligados a pagarle el valor de las medicinas, ungüentos y demás cosas que precisare para las tales enfermedades y heridas.
Pero, como antes hemos dicho, no teniendo la intención de ocuparnos de la historia de la medicina desde su origen entre nosotros, daremos, por lo tanto, un salto mortal sobre dos siglos, para caer de pie en la época cuyos acontecimientos nos hemos propuesto referir.
Sin embargo, haremos un retroceso todavía de 10 años a fin de recordar un nombre ilustre. El doctor don Cosme Argerich. A él cupo la gloria de establecer en la ciudad de Buenos Aires una escuela de Medicina.
Por requisición de algunos médicos prácticos, hecha al Virrey del Pino, a fin de fundar una escuela en este virreinato, en agosto de 1801 se recibió en ésta, una real cédula que con intervención del Protomedicato de Madrid nombraba para la enseñanza de este ramo de la ciencia, a los doctores don Eusebio Fabre y al protomédico, don Miguel O'Gorman para fundar dicha escuela. El doctor O'Gorman renunció y fue reemplazado por el doctor don Cosme Argerich. La escuela se abrió con 14 alumnos.
En 1808 concluyó el primer curso, del que salieron jóvenes médicos muy aventajados, considerando las dificultades de la época.
En 1813 se dio a la enseñanza una forma regular, dotando 5 catedráticos, proveyendo un anfiteatro anatómico, y fue nombrado director del Instituto Médico el doctor Argerich.
Este hombre, que prestó tan buenos servicios a su país, falleció el 14 de febrero de 1820.
La creación de la Universidad cerró el segundo [331] período. Las cátedras de Medicina fueron agregadas a ella, disuelto el Instituto y reunidos todos bajo la vigilancia del Rector.
Entre los primeros arreglos que meditó el Gobierno entró el de la Facultad de Medicina; y, por mucho que nos duela, necesario es confesar que hasta principios de 1822 ella se hallaba en un estado de completa anarquía; sus miembros en una hostilidad abierta y encarnizada, sin un reglamento que les rigiera, desatendidos los principales objetos de su Instituto y en un estado tal, que los efectos de este desorden eran transcendentales al público.
En estas circunstancias el Gobierno suprimió el tribunal del Protomedicato, que por su misma naturaleza había caducado; se erigió en su lugar el Tribunal de Medicina; hoy Consejo de Higiene.
Por aquel mismo año se sentó, en vano, establecer médicos de Policía en la campaña. No bien se hacía el nombramiento, cuando renunciaba el nombrado, como consta por publicaciones de esa época.


II
No pretendemos pasar en revista a todos los médicos que practicaron en aquellos tiempos, pero no podemos menos que citar uno que otro, debido a ciertas peculiaridades que llamaban la atención.
Conservamos, por ejemplo, un débil recuerdo de la figura y modales del entonces célebre cirujano catalán, doctor don Salvio Gafarot; era por el año [332] 22, ya hombre cincuentón; muy esmerado en su traje; usaba corbata blanca; en invierno un sobretodo o levitón muy largo con una especie de esclavina semejante a la de la capa española; bota granadera charolada y con borla de seda, bastón con puño de oro y borlas de seda negra. Su porte arrogante; era bastante serio y mesurado, hombre de buena educación e instrucción, pero con un dejo catalán bastante pronunciado. En sociedad, agradable aunque algo excéntrico. Casó en el país y tuvo un hijo que lo fue el malogrado doctor José Gafarot, Catedrático de materia médica. Vivió don Salvio Gafarot por muchos años, en la calle hoy San Martín, en unos altos al lado casi de la familia de Escalada, y que se conservan en el mismísimo estado con sus balcones antiguos, etc. Algunos años después, edificó una buena casa con altos en la acera frente al Colegio. Estaba muy preocupado con esta construcción a que asistía en todos los momentos que su profesión le permitía. Esto dio origen a una anécdota que de él se refería.
Dicen que, requerido por un enfermo de gravedad que se había empeorado, salió de la obra, y al formular, recetó a su cliente 25.000 ladrillos de piso. ¡Es de suponer que el boticario quedaría atónito con semejante receta!
Probablemente esto no pasa de una de las mil y una bromas con que satirizan a los médicos, pues que para eso hay en el mundo más de un Moliére.
Otro personaje digno de mención era el doctor don Martín Montufar. Por los años 23 o 24, tendría, creemos, próximamente 68 o 70 años; tenía el cabello abultado y completamente blanco; vestía [333] esmeradamente; su traje era generalmente negro; muy atento y constante admirador del bello sexo, hacía grandes esfuerzos por parecer joven.


III
No olvidaremos de entre los médicos antiguos a los doctores Justo García Valdés, O'Gorman, Fernández, Carlos Durand, que fue el primer médico de Policía que hubo en la ciudad de Buenos Aires, padre del actual doctor Carlos Durand, etc.
Los médicos de aquellos tiempos no gastaban el boato que ostentan, desde hace algunos años, los de la época presente. No lucían entonces hermosos carruajes con arrollantes caballos y apuestos cocheros; marchaban humildemente a pie y cuando más a caballo, dejándolo, como antes hemos dicho, en algún poste lejano, cuando algún pantano mediaba entre éste y la casa de su enfermo.


IV
Ya hemos tratado, currente cálamo, de los médicos; en lo poco que hemos dicho, sólo hemos querido no excluirlos del cuadro de una época ya [334] remota. En cuanto al cambio de personal, progresos en la ciencia y mejoras llevadas a cabo honrosamente entre nosotros, el lector hallará cuanto apetezca a este respecto en la Historia de Medicina por el doctor Nicanor Albarellos. [335]



Capítulo XLI
El pasaporte. -El pase. -La Sociedad de Beneficencia. -Su instalación. -Quiénes fueron socias.


I
Entre los resabios de la época colonial debemos incluir el pasaporte, que creemos desapareció recién con la caída de Rosas.
Por muchos años, pues, ningún residente en este país, aun cuando no lo fuese sino transitoriamente, podía salir de él sin estar munido de su correspondiente pasaporte.
El infeliz habitante de la campaña no podía salir de su partido tan siquiera por un día, sino llevaba un pase de su Comandante o del Juez de Paz. Lo gracioso es que un pobre paisano, que vivía, por ejemplo, en los confines de su partido, tenía que galopar 5, 6 o más leguas, a procurar la autoridad que debía darle el pase para poder penetrar tal vez unas cuantas cuadras en el partido lindante; y no tan malo cuando daba con él, pues que muchísimas veces sucedía estar ausente u ocupado y tener el solicitante que volver a su casa, habiendo galopado 10 o 12 leguas inútilmente, o que quedarse [336] un día o más en el pueblito, perdiendo su tiempo y gastando, como es de suponer.
Esto último no nos debe sorprender, porque entre nosotros siempre ha sucedido y aun hoy sucede con lamentable frecuencia, que en vez de estar las autoridades cumpliendo con su deber para con el público, es éste el que invariablemente se ve sometido a las conveniencias, comodidades a veces, y aun a los caprichos de aquéllas.
El paisano tenía, pues, que someterse a todas estas molestias y cumplir con lo ordenado, porque si lo tomaba sin pase una partida, en un distrito que no fuese el suyo, aun cuando no distase sino pocas cuadras de su casa, no le valía decir que no había podido dar con la autoridad que debía concedérselo y recibía el castigo que la ley imponía.
En la ciudad, el que quería ausentarse del país, tenía que solicitar de la Policía su pasaporte. Dejaba en la Oficina de pasaportes, que en tiempo de Rosas la servía el Comisario don Ramón Torres, su nombre y el destino a que iba, y tenía que esperar que se hiciese su publicación por tres días seguidos en el Diario de la tarde y no recordamos si en otros también.
Como dijimos antes, la caída de Rosas nos libró de esta traba molesta y perjudicial.


II
Vamos ahora a ocuparnos, aunque ligeramente, de algunos detalles respecto a la creación de una [337] institución que prestó valiosos servicios al país; nos referirnos a la «Sociedad del Beneficencia».
Por decreto del 2 de enero de 1823 se nombró una Comisión destinada a acelerar la erección de la «Sociedad de Beneficencia» y esta Comisión elevó al Gobierno las bases sobre que estimaba conveniente realizar su instalación; reservándose presentar el proyecto de reglamento para cuando el Ministerio les indicase los establecimientos que han de estar a cargo de la Sociedad, y los trabajos a que ella debía contraerse con antelación.
El resultado fue que, facultado sin duda el Ministro de Gobierno para el nombramiento de las señoras que debían componer este cuerpo, expidio títulos de socias a las expresadas.
Las señoras nombradas fueron:
Presidenta. -Doña Mercedes Lasala.
Vice-Presidenta. -Íd. María Cabrera.
Secretaria. -Íd. Isabel Casamayor de Luca.
Íd. -Íd. Joaquina Izquierdo.
Socia. -Íd. Flora Azcuénaga.
Íd. -Íd. Cipriana Viana y Boneo.
Íd. -Íd. Manuela Aguirre.
Íd. -Íd. Josefa Gabriela Ramos.
Íd. -Íd. Isabel Agüero.
Íd. -Íd. Estanislada Tartás y Write.
Íd. -Íd. María de los S. Riera.
Íd. -Íd. María Sánchez de Mandeville.
Íd. -Íd. Bernardina Chavarria de Viamont.
El doctor don Valentín Gómez formuló su Reglamento. [338]


III
El 12 de abril de 1823 se celebró la instalación de la Sociedad. Reunidas las señoras socias en su sala, se presentó en ella el Ministro Secretario en los Departamentos de Gobierno y Relaciones Exteriores, don Bernardino Rivadavia, acompañado del Oficial Mayor en el Ministerio de Gobierno, y de algunos jefes militares.
El patio de la Casa de Expósitos, en cuyo edificio estaba la Sala de la Sociedad se encontraba lleno de un lucido numeroso concurso. El Ministro después de haber hecho leer al indicado Oficial Mayor todos los decretos y reglamentos que se relacionan con esta Sociedad, la proclamó instalada a nombre del Gobierno de la Provincia, y en seguida pronunció un brillante discurso, que creemos se encontrará en la Abeja Argentina, mandado publicar por la Sociedad literaria de Buenos Aires.
La señora Vice-Presidenta, doña María Cabrera, tomó en seguida la palabra, agradeciendo al Gobierno por la confianza que depositaba y el honor que confería a la «Sociedad de Beneficencia».
Así terminó este importante acto, creando un cuerpo cuyos servicios y abnegación jamás deben olvidar los argentinos.
Se necesitarían volúmenes para dar completa la historia de los bienes que ha prodigado; el consuelo [339] que ha esparcido esta bella institución desde su instalación en 1823. Por otra parte, su marcha es demasiado bien conocida en época más inmediata, razón por la cual nos hemos limitado a dar algunos datos relativos sólo a su instalación.
Hemos dicho que al doctor don Valentín Gómez debió la Sociedad su Reglamento. Algunos de nuestros lectores desearán, sin duda, saber quién es; vamos, pues, en pocas palabras, y con permiso de aquellos que ya lo saben, a satisfacer su legítima curiosidad. Fue un hombre conspicuo en su época, que, como muchos otros, yace en el olvido.
Don Valentín Gómez nació en Buenos Aires el 3 de noviembre de 1774. Muy niño aún, fue destinado al estudio de latinidad; pasó luego a la Universidad de Córdoba y recibió el grado de doctor en teología a los 20 años de edad.
En 1796 recibió de la Universidad de Chuquisaca el grado de bachiller en derecho canónico y civil. Entró luego en la Real Audiencia en esta capital a la práctica forense para recibirse de abogado, y si no concluyó esta carrera, fue por haberse dedicado a la de la cátedra.
A los 23 años de edad, fue nombrado Fiscal Eclesiástico; permaneció en este empleo hasta que hizo voluntaria renuncia por incompatibilidad de sus funciones con la cátedra de filosofía que se le había dado en concurso de opositores en 2 de enero de 1799.
Cuando tuvo la edad competente, recibió las órdenes sagradas que le fueron conferidas en la ciudad de Córdoba por el Ilustrísimo señor doctor don Ángel Mariano Moscoso, Obispo de esa diócesis.
Después de 5 años de servicio en la parroquia [340] de Moron, obtuvo, en concurso, el curato de Canelones en el E. O., ejerciendo igualmente las funciones de Vicario foráneo.
De vuelta de Canelones en 1811, fue nombrado, en esta ciudad catedrático interino de teología, sirviendo el cargo hasta que en 1812 obtuvo la canonjía, habiendo sido gradualmente promovido hasta la segunda dignidad del Senado Eclesiástico.
En 1813 fue Provisor y Gobernador del Obispado, cargo que renunció en 1815. Fue elegido nuevamente en 1821.
En 1826 el Presidente de la República le nombró Rector de la Universidad, encomendándole la organización y reglamentación de los estudios. Planteó importantes mejoras, y renunció en 1830.


II
En el orden político prestó eminentes servicios, cuando se proclamó la Independencia en 1810.
Fue diputado en la Asamblea Constituyente desde su instalación hasta que terminaron sus trabajos, y desempeñó en ella por algún tiempo el cargo de Secretario por el término que fijaba la ley.
A la creación del Directorio, fue miembro del Consejo de Estado.
En 1818 fue enviado extraordinario a las Cortes de Londres y de París, hasta 1821. Poco tiempo después, fue nombrado Diputado para la Junta de la Provincia, cargo que desempeñó hasta 1823. [341]
En todo sentido era el doctor Gómez un hombre ilustrado. En política, sus principios fueron siempre los más liberales; su moral ejemplar; grande fue siempre el amor a su familia. Murió rodeado de ella, lleno de virtudes, el 20 de septiembre de 1833. [343]



Capítulo XLII


I
Vamos a dedicar en este capítulo algunas palabras a la memoria de un hombre que prestó eminentes servicios a nuestro país, que ha contraído para con él una deuda de gratitud: nos referimos al denodado almirante Brown.
El año 1814 fue de grande movimiento y excitación, como fueron importantes los sucesos que en él se desenvolvieron. Los hombres que se hallaban al frente de los negocios públicos eran inteligentes y de reconocida capacidad.
Veamos cómo se expresa Robertson, para presentar en la escena a su héroe Guillermo Brown.
«Posadas, el Director, sensato, prudente y reflexivo.
»Herrera, su secretario, perspicaz, activo y elocuente; un verdadero hombre de Estado.
»Rondeau, como jefe del Ejército que sitiaba a Montevideo, era, sin faltarle valor, circunspecto y precavido, mientras que:
»Alvear, que le sucedió en el mando, era vivo, ambicioso de renombre, valiente y resuelto.»
Pero el que aparecía en primera línea, el héroe [344] de la jornada, un segundo Cockrane, o nuevo Napier, como se le ha llamado, era el almirante de la Escuadra Argentina, Guillermo Brown, secundado eficazmente en la empresa de su improvisada creación por Mr. White, ciudadano norteamericano.
El mismo día en que el general Alvear se recibió del mando en jefe del ejército (mayo 17), participó al Gobierno que las escuadras, la de Buenos Aires al mando del almirante Brown, y la de Montevideo a las órdenes de Michelena, después de dos días de calma, a la vista la una de la otra, al levantarse la brisa, habían partido, Brown en seguimiento de la escuadra enemiga, haciéndose cada vez más recio el cañoneo, hasta que disminuía gradualmente cesando por completo a las 3 de la tarde.
Tal era el conocimiento dado por Alvear desde el Miguelete, cerca de Montevideo.
La escuadra enemiga se componía de las corbetas Mercurio, Mercedes, Neptuno y Paloma; los bergantines San José, Hiena, Cisne, una goleta, la chata de Castro, la falúa Fama y la chata San Carlos.
La del Río de la Plata la formaban las corbetas Hércules, Belfast, Agreable, Zephir; el bergantín Nancy, la polacra Nancy y sumaca Santísima Trinidad.
El Hércules,
«Débil barquilla, pero no débil
desde que Brown en él se alzara.»
llevaba la enseña del almirante; en su parte del 19 de mayo da cuenta de un glorioso triunfo sobre [345] una fuerza naval, muy superior a la que mandaba el día 14 del mismo.
Nuestro almirante, después de haber incendiado el bergantín Cisne y la balandra Castro, que se hallaban varados, trayendo escoltados por su flotilla los buques capturados, corbetas Neptuno y Paloma, y una goleta, 500 prisioneros, incluso varios oficiales de alta graduación, muchos pertrechos de guerra, desembarcó el 25 de mayo, aniversario de la gloriosa Revolución.
Fue recibido con indecible entusiasmo por la población entera, en medio de ardorosas felicitaciones. ¡Viva Brown! ¡Viva la patria! se repetía por miles de espectadores. ¡Viva la patria! ¡Palabras mágicas que hoy rara vez, o mejor dicho, nunca se oyen!
El tomo I de la Revista de Buenos Aires, en sus Fastos de la América Española, dice:
«Junio, 11 -1826. -Cuatro buques de la escuadra argentina, al mando del general Brown, anclados en los pozos del Río de la Plata, rechazan a 30 naves portuguesas, entre las que se encontraban algunas corbetas y fragatas. Desde las alturas inmediatas a la ribera, el pueblo, sobrecogido, asistía a aquel desigual combate, en el que una vez más triunfó el almirante Brown. Publicó la proclama de éste el número 63 de El Correo Nacional.»
Esto basta para dejar inscripto en estas páginas destinadas a recordar nuestro pasado el glorioso nombre de Brown, y estimular, especialmente a los jóvenes, para que lean su biografía y escritos, que narran sus heroicas acciones.
Mencionaremos ahora uno que otro incidente, que se relaciona, más bien, con su vida privada. [346]


II
Se dice que, después de muchísimas aventuras en sus primeros años, Brown estableció el primer paquete entre Montevideo y Buenos Aires; por esa época fue que compró el terreno en Barracas, donde construyó la casa-quinta que aun existe, y que todos conocen por del almirante Brown, y en la que vivió, con su familia, por más de 40 años.
___
Entre las anécdotas que se refieren del inteligente e intrépido Brown, se recuerda la siguiente:
Visitándolo algún tiempo después de las acciones navales entre nuestra escuadra y la del Brasil, el almirante Norton, su reciente adversario, le dijo: -«Si como usted ha servido a la República, hubiese servido al Imperio, sería usted, a esta hora, Duque, gozando de una buena pensión.» A lo que Brown, modestamente, replicó: -«Yo sé que Buenos Aires no olvidará nunca mis servicios.»
Después de 33 años de esclarecidos servicios, prestados a su patria adoptiva, muere Guillermo Brown, en Buenos Aires, en 1857, a los 80 años de edad. [347]


III
Todos conocen la Aduana Nueva; esta circunstancia, y la de quedarnos ya poco espacio, nos justificará para sólo ocuparnos de la vieja, de la que diremos algunas palabras.
La Aduana es de la época de la fundación de la ciudad, que, como se sabe, lo fue por el general Juan de Garay, en nombre del Adelantado don Juan de Torres de Vera, en 1580.
Es de presumir, por los documentos que se conocen, que en 1581, don Diego de Olabarrieta, funcionario público en esta ciudad, cobró los derechos correspondientes al capitán Alonso de Vera y demás personas, que importaron mercancías en su buque; quedando, incuestionablemente, establecida la Aduana, desde entonces.
El primer Administrador (que después se denominó Colector General) que nombró el Gobierno patrio, fue el señor don Manuel José de Lavalle, quien había desempeñado el cargo de Administrador General de la Real Renta de Tabacos, desde el tiempo colonial, cuyo ramo de monopolio fiscal abolió el nuevo Gobierno.
La Aduana era un edificio de pésimo y ruinoso aspecto, aunque interiormente presentaba la suficiente comodidad para el tráfico y exigencias de aquellos tiempos.
Ya que nos hemos ocupado de este edificio, mencionaremos otro inmediato, que ha desaparecido, el Cuartel de Restauradores. [348]


IV
La manzana circunvalada por las calles Defensa, Balcarce, Méjico y Chile, con excepción de una pequeña fracción ocupada por las dos últimas casas en la calle Defensa hasta la esquina de la de Chile, era el Hospital y Convento de los Religiosos Betlemitas, hospitalarios, fundado en 1748. Suprimido por la ley de la Provincia de 1822, fue ocupado por el piquete de policía que se le llamaba por el pueblo La partida de Alcaraz, que era el apellido de su jefe; la cual se hizo célebre por su celo y habilidad en perseguir a los criminales y los vagos.
Posteriormente, sirvió algunas veces de cuartel de tropa, hasta que, finalmente, y por muchos años, lo ocupó el batallón de infantería, de negros, denominado Restaurador de las leyes, por cuyo nombre lo conocen los modernos; después sirvió de depósito de los carros de limpieza, y en el sitio que ocupaba, acaba de construirse el bello edificio para Casa de Moneda Nacional.
El primer jefe que tuvo el batallón Restauradores, lo fue el general don Félix Alzaga; quien fue separado por Rosas, en 1835, y puesto dicho batallón al mando del coronel don Agustín Ravelo, comandante Narbona, negro, y mayor del cuerpo, Barbarín, negro también. [349]



Capítulo XLIII
Pulperías. -Pulperos. -Su traje. -¿Quiénes eran? -Refrescos. -Cómo se hacían. -La llapa. -Cómo eran los pulperos.-Su libro de fiados. -Almacenes. -Progresos.


I
El establecimiento de almacenes de comestibles es, entre nosotros, de fecha relativamente reciente.
También la mayor parte de los artículos que hoy constituyen el surtido de un almacén de comestibles, eran completamente desconocidos algunos, y otros sumamente escasos, como el azúcar de pilón, y aun refinada, la cerveza inglesa, y tanto otro artículo que hoy abunda.
El té, por ejemplo; quien quisiese tomarlo bueno, tenía que valerse de algún comerciante inglés, para que le hiciese venir una caja o dos. En las pulperías se vendía en cartuchos, que habían estado en exhibición, expuestos al aire por meses enteros. Allá, de tiempo en tiempo, alguien pedía un medio de té, agregando siempre para remedio, pues nadie tomaba té. Lo particular es que, por muchos [350] años, se vendía en las boticas como hierba medicinal.
Antes de esa época, sólo teníamos pulperías o esquinas, como también se llamaban esas casas de negocio, sin duda porque ocupaban siempre los ángulos de las calles.
A las pulperías sólo concurrían los sirvientes en busca de lo necesario para la casa, como hierba, azúcar, etc., y las gentes de baja esfera a comprar bebida, que tomaban allí mismo.
En muchas de estas casas, pasaban algunos de estos hombres bebiendo hasta caer y quedar dormidos allí dentro, o tal vez en la vereda; mientras no llegaba este caso, algunos tomadores cargosos vociferaban, pronunciaban palabras obscenas, insultaban o se mofaban de los que pasaban, y mortificaban a las familias, inmediatas a la pulpería. Sin embargo, acostumbrado estaba el pueblo a estas escenas, que nadie hacía caso; los hombres se encogían de hombros, y decían: «cosas de borrachos.»
Las señoras tenían a menudo que cruzar a la vereda opuesta, a cierta distancia de una pulpería en que hubiese reunión de tomadores, que a veces obstruían completamente el paso.
Una que otra vez, un policiano llevaba a planazos a alguno de estos molestos parroquianos, pero esto sucedía rarísima vez, a no haber ocurrido pelea.


II
La mayor parte de los pulperos eran hombres, no diremos, precisamente, que de baja esfera; pero [351] sin duda tenían, en general, muy poca instrucción, más allá de lo que se relacionaba con su negocio.
Su traje, durante el verano, era, comúnmente, el siguiente: se ponían tras del mostrador, en los primeros tiempos, en mangas de camisa, sin chaleco, con calzoncillos anchos y con fleco; sin pantalón, con chiripá de sábana o de algún género delgado, o bien un pañuelo grande de algodón o de seda, que entonces se usaban más que hoy, a guisa de delantal, medias (algunas veces), y chancletas.
Como no entraban personas de lo que se llama decentes, como hoy sucede en los almacenes, ese traje estaba más que suficientemente bien para la clase de parroquianos o marchantes que tenían; sin embargo que, algunas veces, cuando estaban desocupados, salían a lucirlo a la puerta, y aun paseándose por la vereda.


III
Originariamente, los pulperos eran, puede decirse, todos españoles; más tarde, fueron reemplazados por hijos del país, quienes, a su vez, cedieron el puesto a los italianos. (42)
El pulpero no sólo vendía comestibles, vino y toda clase de bebida blanca, sino que en invierno despachaba café, que servía en jarritos de lata, con [352] tapa, por la cual pasaba una bombilla, también de lata, o a veces de paja.
En verano se consumía gran cantidad de refrescos. Estos eran sangría, que se hacía con vino carlón, agua y azúcar; vinagrada, como su nombre lo indica, con vinagre, y naranjada hecha con el zumo (agrio de naranja), que se traía, generalmente, de las islas del Paraná.
Los tres refrescos se preparaban por el pulpero a la vista del solicitante, del mismo modo. Se echaba en un vaso cantidad suficiente del líquido que la iba a servir de base; es decir, vino, vinagre o agrio y se le echaba el azúcar. Con una especie de macanita de madera, ad hoc, revolvían y deshacían los terrones; terminada esta operación, se agregaba el agua, y pasaba todo a un embudo de lata. Retiraba entonces el pulpero el dedo índice del émbolo, haciendo caer, de más o menos altura (que en esto también había lujo), el líquido dentro del vaso. Este procedimiento se repetía dos o tres veces, como hemos dicho, en presencia del impaciente solicitante, cuyas glándulas salivares estaban, durante la operación, en pleno juego, o como se dice vulgarmente, la boca se le hacía agua, en vista del brebaje que debía aplacar su ardiente sed.
A estas naranjadas se les agregaba, muy frecuentemente, un vasito de caña, por ser fresca, según el dicho de los tomadores.


IV
La ñapa o llapa era una especie de guerra de recursos, que se hacía el gremio, con la intención de atraerse cada uno mayor número de marchantes, [353] especialmente entre los muchachos del barrio. Consistía en dar en proporción a lo que cada uno compraba, maní o unas cuantas pasas de uva o un terrón de azúcar, etc. Es presumible que el terrón salía de lo que acababa de comprar.
Los pulperos no eran hombres que se preciaban de ser comerciantes, en cuanto a las formas y ordenanzas comerciales. Sus libros contenían, las más veces, simples apuntes, y éstos con una letra y ortografía, a la verdad, poco envidiables.
Su libro de fiados constaba del nombre, y a veces tan sólo de las iniciales del marchante, y en seguida tantas rayas cuantos reales debiese, poniendo un crucero en la parte superior de cada octavo real, para representar otros tantos pesos.
Este modo de llevar cuentas de fiados era tan general, tan conocido de todos, que cuando alguien creía que el pulpero no la recaudaría, le decía: «ráyela en la tina del agua.»
Así como hemos dicho que los pulperos españoles iban gradualmente cediendo su puesto a los argentinos, y éstos a los italianos, así también, las pulperías mismas, fueron, poco a poco, cediendo el suyo a los cómodos, bien surtidos y lujosos almacenes que hoy vemos esparcidos por la ciudad en todas direcciones, y aun en la campaña.
Del mismo modo que se ha operado esta importante modificación en el antiguo pulpero, así se han sucedido con asombrosa rapidez las mejoras y adelantos en este hermoso, fértil y rico país, que sólo necesita paz, para ocupar su puesto entre las naciones más cultas y prósperas.
Entre otras innumerables que pudiéramos citar, hace 25 años (1855), se construyó el espléndido [354] edificio para la nueva Aduana. En 1856 se introdujo el gas. En 1857 se inauguró el ferrocarril del Oeste, el primero en el país. En 1863, empezaron, y terminaron en 65, los trabajos para el ferrocarril a la Ensenada. En 1866, el cable eléctrico. En 1868, las aguas corrientes; en fin, sería inacabable la lista de nuestras mejoras; basta decir que, especialmente desde 1852, cada año que ha transcurrido, señala una nueva adquisición en sentido de progreso. [355]



Capítulo XLIV
La educación entre nosotros. -El primer maestro de escuela. -Belgrano y Rivadavia. -Adelanto en la educación; esfuerzos por mejorarla en 1823. -Otra vez la Sociedad de Beneficencia. -Ateneos y colegios. -Primer acto de distribución de premios.


I
Curioso e interesante sería recorrer la historia, y estudiar las vicisitudes porque ha pasado la educación entre nosotros, no diremos desde el primer maestro que tuvo Buenos Aires, que lo fue don Francisco de Victoria, quien se presentó al Cabildo en 1600 y tantos, pidiendo se le señalase casa para establecer una escuela, de que carecía la ciudad, sino, por ejemplo, desde muchos años después, aunque bajo el sistema colonial todavía, el ilustrado general Belgrano decía: -«No hay objeto más digno de la atención del hombre, que la felicidad de sus semejantes», fundando, con razón, esa felicidad, en la educación; hasta la época [356] en que Rivadavia pronunciara su favorito axioma: -«La escuela es el secreto de la prosperidad de los pueblos», y desde esa fecha hasta el presente. Pero, como se comprende, no podemos afrontar la cuestión en esa forma, mas lo haremos, si, como en otra parte hemos dicho, este trabajo mereciese los honores de una nueva edición, en la que trataríamos los diversos puntos en él contenidos, en distinto orden, y con mayor latitud.


II
Bien pobre cosa fue, a la verdad, la instrucción dada a la juventud en los primeros tiempos de nuestra emancipación. La de la mujer estaba muy lejos de lo que es en el día. Entonces, se las enseñaba a leer mal, a escribir mal, las cuatro reglas de la aritmética, y, en casos raros, la música y el baile; perdiendo, por consiguiente, la oportunidad de reportar todas las ventajas que ofrece el talento natural de la mujer argentina.
Otro tanto sucedía con los varones: se les enseñaba a leer, escribir y contar. En las escuelas de la Patria, tal vez sin sospecharlo, se les daba ligeras nociones de higiene, en las repetidas marchas y evoluciones que ejecutaban.
Por muchos años, se siguió con ambos sexos una rutina, de poco o ningún provecho. Después, la educación marchó en escala ascendente, en relación [357] siempre con los medios de que podíamos disponer, de la mayor o menor voluntad de los Gobiernos, y de las perturbaciones políticas, tan frecuentes en nuestro país.
Desde la época del Gobierno de que formó parte don Bernardino Rivadavia, es, como todos saben, que se viene haciendo esfuerzos en sentido de favorecer la enseñanza elemental, como base de sólida instrucción.
Por los pocos periódicos publicados en aquel tiempo, vemos que el pueblo se preocupaba ya algo de este punto importante para el adelanto del país.
En uno de ellos se leía, en 1823, lo siguiente, que era entonces una verdadera novedad, y es una prueba de lo que acabamos de exponer:


«Manual para las escuelas elementales de niñas, o resumen de enseñanza mutua, aplicada a la lectura, escritura, cálculo y costura.


»Con este título se acaba de publicar en Buenos Aires, una obra escrita en francés, por madama Quignon, y traducida de aquel idioma al nuestro, por la señora doña Isabel Casamayor de Luca, secretaria de la Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires. -Esta obra se vende a tres reales en las tiendas de Osandivares y Ochagavia.»


Este pequeño libro puede reputarse, pues, de los primeros que en favor de la educación, aparecieron en el país, después de las publicaciones hechas, por años enteros, por la imprenta de los Niños [358] Expósitos, de catones, cartillas y libros puramente religiosos.
Y en otro periódico del mismo año, se lee:


«Sociedad Lancasteriana de Buenos Aires. -El 23 del pasado junio empezó sus tareas la Junta directiva de esta Sociedad, que continuará los días 15 y 30 de cada mes. Desea extender el benéfico influjo de este útil establecimiento a la campaña, donde más se necesita. Al efecto, espera que los amantes del bien público, aumenten el número de suscriptores.»


El sistema Lancasteriano era el más generalizado.
Ya en esa época empezaron a establecerse Ateneos, Colegios, etc., en que la instrucción era más lata; muchos de estos establecimientos de educación, tuvieron por directores a extranjeros de vasta instrucción, y avezados en la enseñanza, tales como Brodart, Persi, Rives, y tantos otros, y antes que éstos, Cabezón, Rufino Sánchez, Peña, etc.
Inútil parece indicar que la Sociedad de Beneficencia, de la que ya hemos hecho mención, prestó desinteresados e importantes servicios en favor de la educación, en la dirección y enseñanza de niñas pobres.
Conocida es de todos la solemne distribución de premios hecha por ella desde su instalación, el 26 de mayo, de cada año, acordados a la aplicación, la industria, la moral, y al amor filial.
Recordaremos aquí, con este motivo, que el primer acto de distribución de premios en las escuelas de campaña, tuvo lugar en San José de Flores [359] el 1.º de junio de 1828, a virtud del decreto de 5 de mayo del mismo año.
Larga es la lista de las inteligencias que han puesto sus conocimientos y voluntad al servicio de la juventud, en tiempos más modernos; las señoras Manso y Caprilli, los señores Sarmiento, Sastre, Peña, Gutiérrez, Domínguez y otros muchos. [361]



Capítulo XLV
Prácticas religiosas. -Oración en la mesa. -El rosario. -El toque de oraciones. -La primera salida a la calle. -Nacimientos. -La bendición. -El repartidor de pan. -Su modo de vivir. -El apero. -Lomillerías. -Dónde había más. -El señor Adrogué. -Inconvenientes y ventajas del recado. -Puebleros transformados en gauchos. -Su despedida. -Rosas.


I
Hemos hablado ya de ceremonias de la Iglesia Católica; de la inmensa concurrencia que a ellas asistía, pero hemos omitido algunas de las prácticas observadas por el pueblo, con escrupulosa exactitud, hasta hace algunos años, habiéndose borrado aún el recuerdo de algunas de ellas, en la época presente.
Por ejemplo: Al ir a la mesa, antes de empezar a comer, la persona de más respetabilidad, decía: -«Dadnos, Señor Dios mío, vuestra santa bendición, [362] y bendecid también el alimento que vamos a tomar, para mantenernos en vuestro divino servicio. Padre nuestro, etc.»
Y después de haber comido: -«Os damos gracias por el manjar que nos habéis dado; esperando que, así como nos habéis concedido el sustento corporal, os dignaréis también concedernos un día la eterna bienaventuranza. Padre nuestro, Ave María y Gloria Patri.»
Rarísima era la casa en que dejaba de reunirse de noche la familia a una hora fija, para rezar el Rosario; a ese acto concurría todo el personal de la casa, inclusive la servidumbre de ambos sexos. Las visitas de confianza solían también asistir.
___
Al primer toque de campana que anunciaba la Oración, todo movimiento cesaba como por encanto, en un instante. Esto no sólo sucedía en las casas; todos los hombres, a quienes la primera campanada sorprendía en la calle, se paraban en el acto, se sacaban el sombrero, rezaban el Angelus Domini, se persignaban, volvían a cubrirse, y seguían su camino.
Desde ese momento daban ya las «buenas noches.»
___
Los españoles, y más tarde algunos de sus descendientes, jamás dejaban de persignarse en la puerta, al ir a efectuar su primera salida a la calle.
___ [363]
Los Nacimientos eran otro motivo de atracción y de devoción.
___
Los niños jamás dejaban de pedir su bendición a sus padres, al levantarse y al acostarse; otro tanto hacían con sus abuelos, tíos, etc., en su primer encuentro, a cualquiera hora que fuera.
Aun los adultos pedían la bendición a sus padres al separarse de ellos. Los criados hacían lo mismo con sus amos.
Esta señal de respetuosa sumisión ha desaparecido casi por completo, como otras muchas costumbres de tiempos pasados. Creemos que aun subsiste en algunos pueblos de las Provincias Argentinas.
Pasemos a otra cosa.


II
Nos hemos ocupado, sucesivamente, del lechero, del vendedor de carne, del carretillero, del aguatero, del pulpero, etc., justo es que no olvidemos al panadero, o repartidor de pan, que no es, a fe, exactamente el repartidor actual, que se instala en su carro o jardinera, llevándose por delante cuanto encuentra al paso, como una de tantas manifestaciones de la vida activa en el día.
Entonces, cuando todo era calma, y había, como [364] tantas veces lo hemos repetido, tiempo para todo, el panadero llevaba sus enormes árganas sobre el lomo de una paciente mula, que no salía del tranco, y cuando más, de un trote corto.
Los repartidores eran, puede decirse, en su totalidad, hijos del país. Madrugaban, y a las diez de la mañana ya habían terminado su reparto en las casas particulares y en las pulperías. Por consiguiente, como no se conocían las necesidades que hoy apremian, y como la palabra economía no existía en su vocabulario, como buen porteño franco, desprendido, y aun derrochador, creía completamente inútil emplear las largas horas que quedaban a su disposición, después de su reparto, en cosa alguna de provecho, las mataba, pues, comiendo, durmiendo y jugando.
Lo primero en que pensaba el repartidor de pan era en hacerse de un caballo trotador y de un apero más o menos lujoso, con algunas prenditas de plata; cosa que pronto adquiría (pues parecía una especie de símbolo del gremio), con sus ganancias, o (lo que era aún más común), con el atraso de sus cuentas con el patrón.
A la tarde, pues, salía en su caballo criollo puro, tusado a la criolla, con su apero arreglado, también a la criolla, y con su mejor ropita, a recorrer las pulperías, y buscar, tal vez, marchantes. Tal era el panadero de aquellos tiempos, que malgastó sus horas de ocio, y que, como muchos, muchísimos de sus paisanos, no «leyó en el porvenir...»
Hoy ha desaparecido, casi por completo, de la escena: habrá tal vez un repartidor hijo del país, entre mil extranjeros. [365]


III
Hemos hecho mención del apero, y esto nos conduce, inevitablemente, a ocuparnos del lomillero.
Las lomillerías existían esparcidas por varias partes de la ciudad, especialmente en los barrios de Monserrat y la Concepción; pero donde se encontraban aglomeradas, era por la plaza Nueva (Mercado del Plata), en las calles Cangallo y Artes. En esas cuadras se oía un ruido fastidioso y continuo todo el día, y aun en las primeras horas de la noche, producido por los golpes de maza sobre los fierros o pequeños instrumentos con que tallaban o floreaban las orillas de las caronas de suela, etc.
Las lomillerías eran entonces tan numerosas, como escasas eran las talabarterías.
El consumo de recados de todas clases era inmenso, como que era lo que más generalmente se usaba.
Muchos dueños de lomillerías ganaron dinero, y dícese que el señor Adrogué, fundador del pueblo que lleva su nombre, hizo una fortuna, como proveedor de monturas, correajes, etc., para el ejército, en tiempo de Rosas.


IV
Esta montura, aunque muy pesada para el caballo, o incómoda para ensillar, especialmente en un día de viento, ofrecía, sin embargo, gran comodidad, [366] particularmente cuando hacía las veces de cama. Así es que, cuando alguien se aventuraba a salir en silla de la ciudad, aun cuando fuese a corta distancia, los paisanos, al verle, exclamaban en tono de mofa: «¡qué güena cama lleva ese mozo!»
Por gran número de años, muchos hombres de campo no conocían otra cama que su recado.
Los viajeros, aun cuando fuesen hombres de pueblo, y habituados a los regalos, iban ya dispuestos a dormir también sobre su recado, porque en aquellos años no se conocían las estancias llenas de comodidades, como se encuentran hoy. Rara es, en efecto, en el día, la que no proporciona una buena cama y demás comodidades, al que llega a pernoctar.
En aquellos tiempos apenas había otra clase de población que ranchos, y aunque los dueños fuesen ricos, no en todas habían camas sobrantes.
Por consiguiente, ya dentro del rancho, ya bajo el alero, ya en la ramada, tendía su cama, colocando las piezas de que se componía su apero, más o menos en el orden siguiente:
Primero la carona de vaca, luego las bajeras, después la carona de suela (a no ser que fuese verano y entonces la ponían encima), luego las jergas, el cojinillo y sobrepuesto; para cabecera el lomillo o recado, relleno con la chaqueta o chaquetón y demás ropa de que se despojaba al acostarse. Por mucho que se crea que no, podemos asegurar que era esta una magnífica cama, especialmente después de una jornada a caballo de 25 o 30 leguas.
Los más delicados, cuando andaban de viaje, solían llevar entre las caronas un par de sábanas; pero esto sucedía rarísima vez, porque temían exponerse a la rechifla, particularmente los jóvenes. [367]
Estos, en vez de usar bola fuerte, que podía garantirlos un tanto contra el frío, el agua, las espinas de cardo, etc., se ponían botas de potro, con los dedos del pie de fuera: usaban calzoncillos con cribo y fleco, chiripá; llevaban lazo y bolas, aun cuando en su vida hubieran enlazado o boleado animal alguno; no les faltaba la espuela grande, aunque fuese de hierro, y los ricos las usaban de plata, de dos a tres libras de peso. De manera que, en lugar de procurar con nuestro contacto levantar al gaucho a nuestra altura, tan siquiera fuese en las costumbres, nosotros hacíamos lo posible por descender hasta él.


V
Con este traje atravesaba el pueblero la ciudad, de regreso de la campaña.
Cuando iba a pasar dos o tres meses en una estancia, ya sea que la tuviese a su cargo, o sólo fuese a pasear, la operación era más larga complicada; se vestía con su traje de gaucho, y así ataviado, y con su caballo enjaezado en toda regla, iba a despedirse de las familias de su relación.
Joven hemos conocido nosotros, que hacía durar esta operación dos o tres días, antes de salir definitivamente de la ciudad. Según él, debía partir al momento, pero, no podía menos que ir a casa de las señoritas de N a despedirse. Repentinamente, en esa casa se oía un ruido inusitado, áspero, pero acompasado, que llamaba la atención de sus habitantes; era la enorme rodaja de la espuela de [368] Fulano, que rechinaba en el pavimento del zaguán y luego del patio.
Pasado el primer momento de sorpresa, era recibido, como es de suponer, con algazara. Las muchachas lo rodeaban; ésta admiraba el bordado de su tirador, aquélla se extasiaba con el cabo cincelado del inmenso puñal que traía a la cintura; la de más allá hacía una exclamación al contemplar el tamaño descomunal de sus espuelas. -Debía marchar al momento, pero... Alguna de las muchachas (tal vez la que más le agradaba), decía:»¡Ave María! ¡Qué apuro! tome, siquiera, un mate con nosotras, y luego se irá.»
No era posible resistir, y entre mate y mate y cambio de palabras, y uno que otro ramito para recuerdo, las horas volaban; al fin se despedía, pero no crean ustedes que para seguir su viaje, no; era para ir a otra y otra casa, en donde se repetía más o menos la misma escena, con variación de personal.


VI
Nos hemos desviado, sin pensarlo, de lo que íbamos refiriendo, respecto al recado. Hemos citado ya las piezas de que se componía. Los había para todos los gustos y todos los posibles; desde el recadito cantor, hasta el que costaba miles de pesos; lo que no es de extrañar, si tenemos en cuenta que muchos gastaban riendas con argollas y pasadores de plata, cabezada y fiador del mismo metal, chapas de plata en las cabezadas del recado (chapeado), espuelas hasta de tres libras de peso, estribos [369] más o menos pesados, pasadores en las estriberas, rebenque, etc., todo de plata, y algunas veces con rosetas o adornos de oro.
Los estribos de zahumador y el pretal, fueron introducidos por los Orientales; los jefes y oficiales de Oribe todos los usaban.
En tiempos de Rosas, poquísimas personas usaban silla; el recado estaba a la orden del día, aun entre los hombres más decentes. Temían pasar por Salvajes Unitarios, y salían a caballo con apero, chaqueta, chaleco colorado, cintillo ancho del mismo color, en el sombrero, y divisa. ¡Tal era la librea que Rosas impuso, por muchos años, a los hijos de esta tierra!
Dicen que esta clase de humillaciones no las sufren las naciones sino una sola vez... ¡Quiera Dios que así sea! [371]



Capítulo XLVI
Fiesta de la Recoleta. -Opinión de la prensa a su respecto. -Duración de la fiesta en años atrasados. -Bailes. -La tempestad.


I
Mucho se ha hablado últimamente sobre la supresión de las Fiestas de la Recoleta. Algunos diarios las han reprobado como ofensivas y peligrosas. Entre otros, dice el Standart, del 15 de octubre del 79:
«La Pampa publicó ayer un elocuente y enérgico artículo contra las vergonzosas escenas y asesinatos en la Fiesta de la Recoleta. Pensamos con nuestro colega que la Municipalidad debe abolir una vez, y para siempre, dicha fiesta.»
No es de nuestra competencia abrir opinión respecto de que si, por regla general, las fiestas públicas deben suprimirse por temor de sus efectos, o si deben ser más vigiladas por la Policía. [372]
Vamos, pues, a nuestro rol, que es simplemente el de narrar algo relativo a estas fiestas, in illo tem pore.
Sabido se está que esta fiesta tradicional empieza el 12 de octubre, día de Nuestra Señora del Pilar. Duraba en su origen, y por mucho tiempo, una semana. La mayor parte de la concurrencia (y era siempre numerosa), se componía de pedestres. Entonces no se veían filas prolongadas de vistosos carruajes ni había tramways.
Así es, pues, que la calle larga era una verdadera romería. La gente de toda clase y condición iba y venía a pie, porque a la verdad, ¿quién no iba a la Recoleta?... sin cuidarse, sin duda, del dicho español: «a las romerías y a las bodas, van las locas todas.» Un número, relativamente limitado, iba a caballo.
Las familias concurrían durante el día, dando lugar a que a los sirvientes les tocara también su turno.
A la noche quedaban los compadritos y la gente baja, y en las barracas se armaban bailecitos o changangos, que duraban hasta el día, con uno que otro barullo, como accesorio indispensable.


II
En 1822 sobrevino una tempestad espantosa; volaron tiendas o barracas, lienzos, banderas, tablas, causando muchas pérdidas y algunas desgracias personales. Centenares de personas se refugiaron en la iglesia. [373]
En aquellos tiempos, el embanderamiento, las decoraciones, las barracas, galpones, etc., ocupaban la plazoleta, en vez del bajo, como hoy sucede.
Como hemos dicho, se notaba un constante ir y venir de gente, a todas horas, sin exceptuar la noche; aunque entonces en número menor.
En esos tiempos, la calle larga, como es de suponer, no estaba como hoy, guarnecida de edificios; sólo había tal cual casa de mala apariencia, a gran distancia la una de la otra; circunstancia, sin duda, que la haría parecer más larga aún. Los cercos de pita, con su correspondiente zanja, ocupaban casi toda su extensión.
Los muchachos, para acortar el camino, se entretenían, en su tránsito, tirando pedradas a los pájaros, que volaban de entre los cercos o se posaban sobre los encumbrados pitones, o bien chupando los tallos de vinagrillo, que crecían en el cerco o en la zanja.
En aquellos años, casi siempre hacía calor por ese tiempo; tan era así, que el 12 de octubre solía ser el día de estreno del pantalón blanco.
La compostura de la calle larga se hacía con arena, y puede decirse que todo él era un vasto y profundo arenal, que cruzaba jadeando el viandante. A la ida se notaba mayor animación, había más brío, sin duda alentados los concurrentes por el placer que iban, o creían iban a gozar a su llegada a la Recoleta. En cuanto a la vuelta, la cosa cambiaba de aspecto; era un verdadero sacrificio, un cansancio inexplicable.
De ahí vendría, a no dudarlo, una frase que se popularizó. Cuando se veía que alguien se desalentaba, después de haber emprendido alguna cosa [374] con empeño y animación, se le decía: -«¿Adónde vas?... ¡A la Recoleta! ¿De dónde vienes?... De la... Re... co... le... ta.» Dando a la voz una entonación viva y de resolución en la primera contestación y de decaimiento y languidez extrema a la segunda.
Hubo una época, creemos que en tiempo de Rosas, en que esta fiesta se suprimió, o, por lo menos, se restringió mucho; tenemos idea de que algo se hizo análogo, pero en escala menor, en la hoy plaza de la Libertad.


III
Aun cuando el incidente que pasamos a referir no tiene conexión con la fiesta que venimos describiendo, acaeció en el paraje en que ella tenía lugar, y siendo un episodio de la época, no nos parece fuera de propósito recordarlo.
Sucedió que cierto día, o noche, no estamos ciertos, y al fin esto poco importa, les ocurrió a un par de tigres llegar sobre uno o más camalotes a nuestras playas, y tomar tierra frente a la barranca del Retiro. De uno de ellos no se supo el paradero, pero el otro, deseando satisfacer su apetito, estimulado, sin duda, por una larga travesía, lo efectuó devorando un caballo que se encontraba en un potrero inmediato, y era de la silla del padre Ascola.
Parece que el tigre, satisfecho, se dirigió tranquilamente hacia la Recoleta, acomodándose en [375] un matorral, terreno que hace esquina con la plazoleta, y perteneciente al canónigo Figueredo.
Un pulpero, que vivía en la esquina opuesta, abrió muy temprano su puerta, y lo primero con que se encontró fue con el señor tigre, que, desde su escondite, le clavaba los ojos. Verlo y volver a cerrar, se supone que fue obra de un instante. Previno en el acto a la familia, y dio la voz de alarma.
En esos momentos acertaron a llegar dos cazadores (creemos que eran franceses), acompañados de un par de perros.
Al ver al tigre, era imposible retroceder; mandaron como vanguardia a sus perros, e hicieron fuego sobre el animal, que por entonces no mostraba intención de atacarlos. No tenían sino munición gruesa, y parece que ésta no producía efecto.
Empezó a reunirse gente; algunos traían también perros. La falange, pues, iba haciéndose más formidable; sin embargo, nadie se resolvía a llevar el ataque, y el tigre se mantenía en sus trece, puesto, no obstante, en jaque por los perros.
Apareciose, en esto, un ebrio, empeñado en desafiarlo, con un poncho envuelto en el brazo izquierdo, y un pequeño palo en la mano derecha, que pretendía, según decía, introducirle en la boca. Costó disuadirlo y alejarlo de allí.
No tardó en presentarse en la arena un nuevo campeón, en mejores condiciones que el anterior; era nada menos que el Alcalde de barrio Darmao; hombre fornido y de garras, armado de un trabuco naranjero, con cuatro o cinco balas. Avanzó sereno, trabuco en mano, pero con precaución, hasta cierta distancia de su formidable enemigo; levantó [376] el arma, pero antes de poder descargar su trabuco, el tigre se echó sobre él, arrojándole al suelo. Darmao, sin embargo, no había soltado su arma, y el tigre, constantemente acosado por los perros, atendía a éstos, volviendo a todos lados la cabeza, sin hacer más que tener sujeto a su presunta víctima, con las uñas clavadas en su pecho.
Hombre resuelto y de previsión, fue trayendo su arma a una buena posición y, colocando la boca del trabuco en la garganta del tigre, hizo fuego; éste dio un vuelco, cayendo para atrás, quedando el Alcalde libre, pero destilando sangre.
El tigre aun vivía; se acercó un carnicero, y, sacando su puñal, lo acodilló.
Aquí pudo haber terminado el asunto, pero no fue así. Suscitose la grave cuestión de saber a quién pertenecía el cuero, si a Darmao o al carnicero. No sabemos cómo terminó la cuestión; creemos que no hubo pleito, que, a haberle, es más que probable que ¡ambos se habrían quedado sin el codiciado cuero! [379]



Epílogo
I
Hemos terminado nuestra obra; el objeto que en ella nos propusimos fue arrancar del olvido ciertos rasgos característicos de nuestro estado social, en una época ya lejana, y por su simple exposición poner en relieve el progreso actual. Conocemos que no es completa; pero estamos satisfechos con que estas páginas sirvan de mamotreto o pedestal para un trabajo más amplio.
Creemos haber sido imparciales en nuestras opiniones, emitidas parcamente; sin embargo, el juicio que de ellas se forme, dependerá de la apreciación individual. Nos explicaremos: se ha dicho que todos los hombres han sido y serán eternamente dominados por dos potencias diametralmente opuestas; en unos, la fuerza del hábito; el amor a la novedad, en otros. Por una parte, se encomia todo lo relativo a los buenos tiempos pasados; por otra, se ridiculiza todo cuanto hicieron los antiguos.
Alguien ha hecho esta pregunta: ¿somos mejores que nuestros antecesores? That is the question, [380] diremos, repitiendo las palabras de Shakespeare. Para muchos, la antigüedad no es sino un inmenso vacío, que nada enseña, que nada vale. «¿Pueden acaso -exclaman-, los sabios de otros tiempos compararse siquiera con los del día?...» Pónesenos a algunos entre ceja y ceja que nada tenemos que aprender en el gran libro del pasado; que en la historia del mundo, el presente es la época más notable, más culminante; que, si nosotros no hubiésemos venido a él, todo sería obscuridad y atraso: que somos, en fin, los inventores de todo lo bueno, lo luminoso, y los reconstructores de todo lo que estaba desquiciado; y que para la marcha gigantesca de progreso que llevamos, tanto mejor será cuanto menos nos acordemos de los hábitos, costumbres y usanzas de tiempos que pasaron.
Para otros, a pesar de este asombroso adelanto, a pesar de nuestros telégrafos, máquinas, luz eléctrica, observatorios astronómicos, institutos da toda clase, civilización e inmenso progreso, muchas veces conviene hacer alto en la carrera vertiginosa, y volver atrás para ampararnos de alguna medida, alguna costumbre, alguna ley que imperaba, antes tal vez de nuestra emancipación, o aun de época más remota.
Estos, sin duda, están de acuerdo con Moratín, cuando decía:
En el filosofador siglo presente
más difíciles somos y atrevidos
que nuestros padres, más innovadores;
pero mejores, no. [381]


II
Las grandezas que admiramos no son la obra de un día; paulatinamente, y en el curso de muchos años, han ido eslabonándose los anillos que forman la larga cadena que en el día asombran a aquellos que, con los ojos de la imaginación, contemplan a Buenos Aires, de ahora setenta años.
Mucho se ha hecho, es verdad, desde entonces acá; pero es preciso confesar que mucho hicieron también, y con poquísimos elementos, nuestros antepasados. Seamos, pues, ante todo, justos; ensalzemos, saludemos con entusiasmo y placer los rápidos progresos que debemos a la actividad e inteligencia actual; pero tributemos, a la vez, nuestro respeto a los primeros obreros, a los que colocaron la primera piedra.
Si nuestros antecesores volviesen a la vida, de cuántas cosas se admirarían, pero, ¡de cuántas, también, no tendrían que ruborizarse!...


Fin
Autor/a: Wilde, José Antonio

Título: Buenos Aires desde setenta años atrás.

Nota: Edición digital basada en la edición de Buenos Aires, Imp. y Estereotipia de La Nación, 1908.
Portal: Biblioteca Nacional de Argentina

Materias:
• CDU
o (908) Descripción geográfica-histórica de un territorio.
o (93) Historia.
• Encabezamiento de materia
o Buenos Aires - Civilización
o Buenos Aires - Historia
o Buenos Aires - Usos y costumbres

CDU:
• 908.82
• 982

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